2 Current status of RTD for spent fuel disposal
2.6 Safety case
2.6.6 Retention and transport processes
2.6.6.7 Model and code development and testing
Con el tiempo sucede algo parecido. El tiempo, como siempre, es fundamental. En cualquier obra literaria lo es, y en estas Memorias también. Enmarca el recorrido del libro, lo sitúa en los años previos a la Guerra Civil, ya casi superados, y luego en la guerra y la posguerra. Pero Umbral, como hace con el espacio, lo para, lo mete en una vitrina desde el cual estudiarlo, o disfrutarlo, mejor. Es un tiempo detenido, un tiempo que no corre. Tiempo y espacio en Memorias de un niño de derechas actúan como lo pudieran hacer en un ensayo de tema histórico. Aquí se nos revela la naturaleza del libro.
“El recuerdo de la posguerra es el de un largo invierno de varios años, y sin duda debió de nevar mucho”.191 Y Umbral cuenta ese largo invierno flotando en la nebulosa cronológica. Es un todo, no se preocupa en dar fechas concretas que encuadren los acontecimientos o las anécdotas. Son ellas mismas, con su aire de época, las que se encargan de fijar el cauce temporal: las canciones que se oían en la radio, los toreros que levantaban pasiones, como el mítico Manolete, o las revistas que ya hemos dicho que se leían entonces –y otras anteriores- y que para el autor conservan el aroma de aquel tiempo. Umbral escribe desde su presente, muy cerca de la fecha de publicación del libro (abril de 1972). La rememoración cubre ese “largo invierno de muchos años de la posguerra”, y algún recuerdo de la propia guerra civil. Todo el libro es entonces una gran analepsis porque el escritor deja claro el momento en el que escribe. Desde la guerra, aunque con alguna referencia a la España del pasado, la de sus padres, que prepara la que ya vive él, hasta los años cincuenta, cuando se decide a trasladarse a Madrid para probar fortuna en el ruedo literario de la capital. Sus reflexiones sobre el Madrid que él deseaba asaltar cierran el libro.
Los niños de derechas fuimos unas generaciones centralistas que nos orientábamos naturalmente hacia Madrid, girasoles geopolíticos y opositores a nada concreto. Madrid, panal de rica miel, nos aglutinó y aquí estamos. En nuestra memoria de ex-niños sigue sonando, organillo triste de posguerra, la fascinación pobre, nacionalista y cachonda de una vida mejor, que era la vida de Madrid.192
191
Op. cit., p. 31.
192
Las memorias se escriben al hilo de los recuerdos, que no tiene por qué coincidir con el hilo estrictamente cronológico. Más que una época Umbral se ha propuesto describir el ambiente de esa época, tal como lo ha sentido él y tal como su habilidad literaria ha sido capaz de reproducirlo. Para darnos ese ambiente, o su recuerdo, el autor ha elegido unos temas (la tuberculosis, los desfiles, el guateque, las excursiones, la vespa, entre otros muchos), saltando de unos a otros no siempre observando la coherencia temporal; los ha desarrollado con mucha viveza y ha formado el mosaico completo que muchos hombres de su generación pueden conservar en la memoria.
II.4.4. El estilo:
El estilo de Memorias de un niño de derechas, como es costumbre en Umbral, es un
estilo vivo, con mucho ritmo, próximo en ocasiones a la poesía en prosa, evocador siempre. Es la forma que asume todo lo que hemos dicho antes sobre el espacio, el tiempo, el espíritu nostálgico y reivindicativo –con ribetes de crítica- de unas memorias atípicas, novedosas, que paralizan el pasado y sus habitantes en una especie de revista de época. El autor muestra su faceta de cronista y trata el material que ha elegido como algo muy próximo, aunque el tiempo de las memorias parezca alejarlo; él mismo y el lector están
encima del mundo de las Memorias, de todos esos personajes del cine o de la política, o esa
gente indeterminada que realiza sus acciones cotidianas y que ya han cogido la pose de las fotografías de la época. Fragmentos muy cortos, que no se nos presentan como capítulos, sino más bien como estampas, viñetas –una organización a la que Umbral es muy aficionado-, y una prosa muy suelta, sin dubitaciones, con una voz narrativa también firme, consiguen que el libro se parezca más a una revista –muy literaria, sublimada-, que a un libro de Historia o unas memorias convencionales. Al fin y al cabo, lo que nos depara la lectura de Memorias de un niño de derechas es un paseo por el interior ilustrado de “aquellas revistas amarillecidas”, que dormitaban “en los baúles profundos” de las casas de esos “niños de derechas” que Umbral reúne en el punto de vista de su narrador. Unas existencias, un clima, aletargado en la tipografía de unos papeles antiguos, que el estilo de nuestro autor logra resucitar.
Ya dijimos en el capítulo sobre Balada de gamberros y Travesía de Madrid (II.1) que a Umbral le habían reconocido el valor del estilo desde sus comienzos. En una reseña muy próxima a la publicación de Memorias de un niño de derechas, el crítico de La
Estafeta Literaria Enrique Sordo, después de presentar el contenido de la obra y de ver en
ella “un múltiple bosquejo de consideraciones sociológicas”, resume así el instrumento literario con el que Umbral logra sus objetivos:
Para irnos presentando todo esto (y mucho más), Umbral emplea una expresión fluida, agilísima, llena de ironía, de humor sarcástico o de humor tierno, que a veces estalla en arranques líricos y otras veces se apoya en quiebros agudísimos, de pura estirpe ramoniana.193
El elogio del estilo se hace en todas las épocas que ha transitado el autor. En las reseñas de sus primeros libros siempre es un aspecto destacable, y lo sigue siendo en los más recientes. Del mismo modo, en manuales e Historias de la Literatura Española, la prosa de Umbral es acreedora de la admiración de profesores y críticos. Santos Sanz Villanueva, en Historia de la literatura española 6/2. Literatura actual, termina su comentario de la trayectoria umbraliana con una valoración muy positiva del estilo:
En todos los libros, por otra parte, debe destacarse la peculiar y rica prosa del escritor, repleta de variados registros del habla –desde el lenguaje metafórico a las formas y a los usos particulares de grupos sociales o humanos- y de una gran fluidez.194
En un estudio sobre la narrativa de Francisco Umbral tiene que estar presente
Memorias de un niño de derechas. El lector encuentra en él el mundo que Umbral
desarrollaría luego en su ciclo narrativo sobre la infancia y la adolescencia, desde Los
males sagrados hasta Los cuadernos de Luis Vives, ya fuera del molde novelístico,
incluyendo “novelas históricas”, o “episodios nacionales” (recordemos otra vez la expresión de Lázaro Carreter, que ya se ha convertido en un lugar común en los estudios críticos sobre Umbral). Ese ambiente, esa época, está encerrado de forma más pura, más
193
Enrique Sordo: “Reseña de Memorias de un niño de derechas”, La Estafeta Literaria, nº 499, 1 de septiembre de 1972, Madrid, p. 1060.
194
Santos Sanz Villanueva: Historia de la literatura española 6/2. Literatura actual, Barcelona, Ariel, 1994 (1ª ed. 1984), pp. 178-179.
comprimida también, en Memorias de un niño de derechas que en Balada de gamberros.195 El estudioso de la novela umbraliana puede analizar en esta especie de reportaje literario sobre el pasado un buen número de motivos, obsesiones, detalles, escenarios, que serán constantes en el resto del ciclo. Como Los males sagrados, pero de otra forma, estas
Memorias son embrionarias de lo que vendrá después. La guerra civil y la posguerra que
Umbral reproduce, en sus costumbres y objetos, con un sentimiento de haber sido ultrajado en cierto modo, él y su generación (implícitamente la de los hijos de los perdedores de la contienda), dejan una huella en el escritor tan profunda que tal vez esta época, aislada, serviría para explicar, en ideas, en contenido, una buena parte de su obra.
Había unos blocs de fotografías de Franco levantando la mano, saludando con la mano en alto. Si se dejaban correr las hojas, las fotos muy deprisa, resbalando por la yema del dedo pulgar, se producía un movimiento, una película en la que Franco subía y bajaba la mano, saludaba una y otra vez.
Era el truco del cine, pero en directo. Una serie de posturas sucesivas hilvanadas en la secuencia rápida del pasar las fotos. Algunos chicos teníamos este álbum de bolsillo y nos entreteníamos creando el movimiento, el saludo brazo en alto. Alfredo Mayo ganaba batallas en los frentes del celuloide, “Raza”, “A mí la legión”, “Escuadrilla”, “Botón de ancla”, películas con sangre, heroísmo, himnos, aviones y, finalmente, aquella venda un poco ladeada, en la frente del galán, con el hilillo de sangre en la sien, el bigote muy fino y los ojos fijos en el mañana. Stalin sonreía bajo su bigote espeso y Winston Churchill encendía un cigarro puro que hacía humo de trasatlántico.
Manuel Rodríguez, Manolete, inventaba la manoletina, que era un pase repulido, y luego se pusieron de moda unas gafas de sol que él llevaba, antifaz de su timidez, muy pegadas al rostro, y que también llamaron manoletinas.196
195
Darío Villanueva, en la reseña que ya hemos citado, se muestra muy duro con el libro de Umbral, aunque lo llame “buen libro de memorias”. Cree que si el escritor quería contar su infancia, contar el niño que fue, y la época que le sirvió de marco, se equivocó de procedimientos, de tono, de estilo. A poco de empezar su crítica Villanueva señala lo inadecuado del título y algo más grave:
Lamentamos, sin embargo, que el autor haya sido más fiel a su personalidad adulta que a aquellos recuerdos que de su niñez le hayan podido quedar. El niño de derechas que Umbral pudo haber sido está traicionado en este libro; al menos, eso nos parece a nosotros. Y el lector no deja de sentir la falta de correspondencia entre título y contenido”. Más adelante repasa algunos episodios de la obra, humorísticos, quizá injustos, como el retrato del opositor, “caricatura”, según Villanueva: “En el mejor de los casos, una vez recuperados del deslumbramiento producido por estas luminarias inconcretas decimos qué bonito o qué ingenioso. Pero después lamentamos que el autor no haya dado más de sí, correspondiendo a la exigencia del tema que ha decidido tratar, como estamos seguros que podría dar si se lo propusiese. (Camp de l´Arpa, nº 5, enero/febrero 1973, pp. 26 y 27.)
196