MOVER UNA CULTURA DE LA VIDA
Finalmente, me gustaría comentar en forma breve dos hechos en los Estados Unidos que subrayan la necesidad de ir más allá del aborto y la eutanasia si, ver- daderamente, queremos promover el Evangelio de la vida: la guerra en Irak y el huracán Katrina.
La guerra en Irak
El anterior Papa, Juan Pablo II, y el actual Papa, Benedicto XVI expresaron sus opiniones en contra de la guerra, al mencionar que no cumple con los crite-
rios de una guerra justa. Juan Pablo II habló muchas veces de la guerra antes de morir, en todos los casos sostuvo que la guerra es “siempre una derrota para la humanidad” (Miniter, 2003). Sin embar- go, muchos neoconservadores estadou- nidenses utilizaron el Catecismo para apoyar su causa. En los párrafos 2302- 2317, el Catecismo enseña lo que consti- tuye la legítima defensa de una nación en contra de un agresor (CCC 2302- 2317). El Papa Benedicto, cuando era cardenal, buscó revisar esta sección del Catecismo. Benedicto, que fue proclama- do el Papa por la paz, estableció que las armas de destrucción masiva que se uti- lizan hoy en día posibilitan una cantidad desproporcionada de destrucción que va más allá de los grupos en combate. En los casos en donde las armas tienen el poder de causar tal destrucción ¿podemos admitir la existencia de una guerra justa? El Papa Benedicto sostenía firmemente que “el daño sería aún mayor que los valores que uno intenta resguardar” (Griffin, 2005).
Sin embargo, el presidente Bush con- tinuó con la declaración de guerra a Irak. El 19 de marzo de 2003, los Estados Unidos comenzaron a arrojar bombas sobre Bagdad. Antes de que comenzara la guerra, Francia, Rusia y Alemania con- sideraban que el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas debía intensificar las inspecciones de armas en Irak, en lugar de declarar la guerra. Su intención
Evangelium Vitae: su eco en Norteamérica / ARTÍCULOS
97 Instituto de Bioética / UCA
era garantizar una “verdadera oportuni- dad para lograr un acuerdo pacífico” y que la “opción militar fuera, únicamente, como última instancia”. (Brunner, 2003) Los Estados Unidos no obtuvieron el apoyo de las Naciones Unidas y declara- ron la guerra sin un mandato de la ONU. Wilton Gregory, presidente de la Conferencia Estadounidense de Obispos Católicos, emitió una declaración varios días después de comenzada la guerra, estableciendo que había rezado para que se evitara la guerra y, dado que eso no había ocurrido, deseaba que las conse- cuencias fueran limitadas. “La vida de los civiles debe protegerse, las armas de des- trucción masiva deben destruirse y espe- remos que el pueblo de Irak disfrute, a la brevedad, de la paz y la libertad” (Gregory, 2003). Bush declaró el fin de la Guerra en Irak el 1º de mayo de 2003. Desde el comienzo de la guerra murieron más de 26.000 civiles Iraquíes y más de 2.000 soldados estadounidenses. La mayoría después de que se declaró el fin de la guerra. (IraqBodyCount.net, 2005) No se encontraron armas de destrucción masiva y la amenaza de una sublevación, que causaría estragos tanto en los solda- dos como en los civiles, podría llevar 12 años para sofocar. (Regan, 2005)
Los neo conservadores estadouniden- ses permanecen implacables por la falta de apoyo a su posición por parte del Vaticano. Su disenso con las enseñanzas de la Iglesia se basa en el argumento de
que la guerra es justa por naturaleza. Para ellos, Saddam Hussein representaba un agresor contra el pueblo estadouni- dense y contra su modo de vida, por lo tanto, justificaban la defensa. El Padre Andrew Greeley desafía a los católicos conservadores sosteniendo que “los cató- licos conservadores prácticamente, vene- ran al Papa, por lo tanto, ¿no deberían escucharlo en lo que se refiere a la cues- tión de la guerra, aunque no sea fidedig- no?” (Greeley, 2005) Para Greeley y muchos católicos liberales es difícil com- prender que no está mal disentir con las enseñanzas Católicas sobre la guerra justa y sí lo está en lo referente a la anti- concepción y al aborto.
Huracán Katrina
En 1964 el entonces presidente
Lyndon B. Johnson declaró la guerra a la
pobreza. “Desafortunadamente, muchos estadounidenses viven desesperanza- dos—-muchos debido a la pobreza y algunos debido a su color, y la mayoría, debido a ambas cosas. Nuestra tarea es ayudar a reemplazar su disparidad con oportunidad” [Discurso del Estado de la Unión, 1964]. A pesar de que los Estados Unidos han luchado a brazo partido para combatir la pobreza, todavía queda mucho por hacer. De acuerdo con la edi-
torial principal del Washington Post el
19 de septiembre de 2005, la tasa total de pobreza cayó del 19 por ciento en 1964 al 12,7 por ciento el año último, a
pesar de que la mayor parte de esa caída tuvo lugar durante la primera década. Desde 1999 la tasa de pobreza ha estado aumentando en forma constante. De hecho, un cuarto de los estadounidenses negros y un tercio de los niños negros viven actualmente en la pobreza- una cifra inaceptable para 2005. Su difícil situación, junto con la indiferencia cul- pable de los Estados Unidos, se transmi- tió al mundo cuando el huracán Katrina devastó el Delta del Misisipi. No es mi intención, en modo alguno, disminuir los esfuerzos heroicos y ayuda de miles de personas … sin embargo, los Estados Unidos tendrán que vivir por siempre con el hecho de que la red de seguridad le falló a miles de personas en Alabama, Louisiana y Misisipi.
De los muertos que se encontraron hasta el momento en el área de Nueva Orleáns, más de un cuarto o, por lo menos 154, eran pacientes, con predomi- nio de ancianos que murieron en hospi- tales u hogares de ancianos. La mayoría, personas que no tuvieron la posibilidad de elegir entre irse o quedarse, perecie- ron en Nueva Orleáns, atrapados en cen- tros del cuidado de la salud y, en muchos casos, abandonados por los supuestos socorristas del gobierno. En definitiva, fue el calor agobiante y no las inunda- ciones lo que causó tantas muertes, ya que las temperaturas llegaron a los 110º F en edificios sofocantes, sin suficiente energía para aire acondicionado.
CONCLUSIÓN
Podemos estar agradecidos a Juan Pablo II por la reafirmación precisa y
enérgica de la Evangelium Vitae en
cuanto al valor de la vida humana y su inviolabilidad. Si hemos de ser fieles a su legado y respetamos, protegemos, ama- mos y servimos cada vida humana, no podemos dedicarnos, en forma excluyen- te, a los no-nacidos y a aquellos que están analizando la posibilidad de ingerir un cocktail letal de barbitúricos, sino que debemos estar atentos a las necesidades acuciantes de los más vulnerables a nuestro alrededor. NNiinngguunnaa mmuueerrttee iinnnneecceessaarriiaa eess mmááss tteerrrriibbllee qquuee oottrraa ssii ccoonnssiiddeerraammooss qquuee ttooddaa vviiddaa eess iinnvviioo-- llaabbllee.. Repito, ninguna muerte innecesa- ria es más terrible que otra si considera- mos que toda vida es inviolable. Se nece- sitan desesperadamente participaciones más fuertes para crear auténticas cultu- ras de la vida comprometidas con el cumplimiento de la promesa de Jesús de tener vida y tenerla “en abundancia”. En esta breve presentación ni siquiera abor- dé el tema de los desafíos globales para la Bioética. Mi reciente experiencia en Zambia y los conocimientos que adquirí sobre las condiciones en África sub Sahariana hacen que los desafíos para los Estados Unidos sean mínimos. Nuestro desafío es claro: ¡Poder morir cansados de haber participado en la carrera y de haber luchado la justa batalla!
Evangelium Vitae: su eco en Norteamérica / ARTÍCULOS
99 Instituto de Bioética / UCA