Vinculada con las prácticas más recientes de turismo en espacios naturales, surge una nueva forma de consumir espacios donde la naturaleza “prístina o salvaje” brinda el marco necesario para desarrollar actividades, donde diversas prácticas de “turismo de naturaleza” comienzan a ser relevantes.
Los valores asignados a la naturaleza son representados por Godfrey-Smith de acuerdo a valores de tipo instrumental y a valores intrínsecos. En relación con el primer tipo, se refiere a una serie de recursos que la humanidad puede utilizar para obtener sus objetivos específicos, desde una mirada antropocéntrica. En el segundo caso se trata de una ética de la naturaleza, donde las entidades no humanas tienen el mismo valor que la especie humana, es decir, de tipo ecocéntrica. Asimismo, el autor sostiene que existen cuatro categorías vinculadas a las justificaciones que realiza el hombre en función de su relación con estos valores asignados a la naturaleza. La primera categoría refiere a las “estéticas o espirituales”, donde la naturaleza es valorada por su capacidad de generar una renovación espiritual y un gozo estético. La segunda se relaciona con las “biológicas”, desde esta perspectiva se asigna a la naturaleza un valor en tanto diversidad genética. La tercera agrupa las “científicas”, es decir, por las posibilidades que ofrece para la investigación científica. Por último, la cuarta categoría engloba las razones “atléticas”, donde la naturaleza ofrece opciones para el turismo y las actividades de tipo recreativas (Godfrey-Smith, 1980 en: Wearing y Neil, 2000).
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Los lugares procedentes de la naturaleza virgen, indómita se oponen a la naturaleza domesticada, producto del desarrollo de una sociedad postindustrial. Es así como nos encontramos ante la búsqueda de espacios excepcionales que simbolicen la alteridad, en clara oposición a lo ya conocido y experimentado como así también lo auténtico.
En este sentido, entender la naturaleza como atractivo turístico nos lleva a pensar en una nueva relación que se inicia de cierta manera en la modernidad entre naturaleza y sociedad, es decir, ¿cómo se piensa la naturaleza y cómo se recurre a ella?
El orden moderno construye una nueva relación entre la sociedad y la naturaleza, presentando la mirada dual donde se encuentran el utilitarismo y el idealismo.
Por un lado, ante una visión utilitaria de la naturaleza, a través de la ciencia y de la técnica se accede a un mayor conocimiento y, en consecuencia, se ejerce un control más eficiente sobre sus recursos. Es así como la naturaleza es objeto del trabajo humano y como tal sostiene las actividades productivas. En este marco, el turismo encuentra en las cualidades naturales una posibilidad de satisfacer las necesidades de disfrute. Esta visión utilitaria lleva implícita una idea de progreso asociada a la naturaleza, que refuerza el esquema de pensamiento del Iluminismo.
Por otra parte, la relación entre turismo y naturaleza desde una visión idealista se entiende, particularmente, desde la idea de pristinidad o desde una valoración estética que destaca ideales de pureza, donde el hombre no ha prácticamente intervenido, de algún modo se establece la dicotomía de mirada terrenal versus espiritual.
La visión idealista va en contra de la utilitarista (progreso). Centrándonos en la perspectiva del idealismo y de la naturaleza como valor sublime, cuyo uso material únicamente la denigra, observamos que la idea de belleza y de lo sublime fueron ya abordadas en el siglo XVIII por Burke (2010 [1757]) y por Kant (2003 [1876]) como componentes de un sistema de estética. En el año 1750 Baumgarten se refiere a la estética, definida como percepción tanto desde los sentidos como la percepción de lo bello (en: Summerson y Bishop, 2011). Para Burke y Kant lo bello siempre es pequeño, con formas redondeadas y suaves, se refiere a aquello que podemos someter, en cambio lo sublime implica objetos grandes y rugosos, oscuros de superficies escarpadas y a los cuales nos entregamos desde la admiración. Burke (2010 [1757]) plantea que la inclinación por lo sublime lo proporciona el temor que ocasionan estas formas mediado por una sensación de seguridad y también por la emoción. Asimismo, dota de un valor extraordinario al poder que provoca lo sublime:
[…] surge el gran poder de lo sublime, que […] anticipa nuestro razonamiento y nos apura con una fuerza irresistible. La sorpresa […] es el efecto de lo sublime en su grado más alto, los efectos inferiores son la admiración, la reverencia y el respeto1.
Para ambos autores, Kant y Burke, el rasgo más importante de lo sublime se refiere a los sentimientos que provoca desde el temor, como poder arrollador o
1 Traducido del texto en inglés: […] arises the great power of the sublime, that […] anticipates
our reasoning, and hurries us on by an irresistible force. Astonishment […] is the effect of the sublime at its highest degree; the inferior effects are admiration, reverence and respect. (Burke, 2010 [1757]. Sin paginación en la versión electrónica del libro.
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abrumador, en tanto que la belleza es entendida desde la idea del placer que genera.
Los conceptos de bello y sublime y, posteriormente, pintoresco, asignados a la naturaleza fueron discutidos y revisados a la luz de distintos momentos históricos. El romanticismo impuso la apreciación por el paisaje y la naturaleza en el centro del interés cultural de la Europa del siglo XIX, desde distintas ramas del arte, transformándose en un indicador de la sensibilidad educada de las clases medias. (Cosgrove, 1998). También se incorporó el conocimiento científico en la apreciación estética (Hettinger, 2005), así como la “ecología estética”, que involucra la valorización estética de la naturaleza en su propia razón de ser, aun cuando ésta sea “no-escénica” (Saito, 1998).
Al referirnos a la estética de la naturaleza debemos tener en consideración las distintas valoraciones, preferencias y gustos por el paisaje ya que estos valores van a estar mediados por la sensibilidad personal, la influencia de los medios de comunicación o la época histórica (Nogué i Font, 1992).
En la actualidad, prácticas turísticas vinculadas a espacios de alto valor ecológico y ambiental, en localizaciones remotas, reproducen el esquema de los viajeros románticos de fines del siglo XIX, identificándose en esa forma de “leer” el paisaje, especialmente descripto en las relaciones de viaje de viajeros y exploradores. Al respecto, se puede observar que varios programas de viaje de Patagonia, Tierra del Fuego y Antártida siguen derroteros en función de los escritos más relevantes en términos de descripciones que destacan los valores relacionados con la naturaleza prístina y salvaje, definida en inglés por el término wilderness2. Este concepto, que tiene su origen en la palabra bíblica
que describe regiones desoladas con connotaciones siniestras “will-of-the- land3”, ha sido resignificado aplicándose a extensiones de tierra que tienen una máxima integridad natural, adquiriendo también matices relacionados con las ideas románticas, cierto elitismo ecológico e, inclusive, imperialismo ambiental. (Summerson y Bishop, 2011). Para muchos norteamericanos, wilderness sigue representando los últimos refugios donde el hombre aún no ha intervenido, como el único lugar donde podemos escapar para el encuentro con uno mismo y el alejamiento del mundo civilizado (Cronon, 1995).
La idea de naturaleza salvaje o wilderness adquirió mayor notoriedad desde aportes de naturalistas conocidos como precursores de la corriente preservacionista en Estados Unidos: Thoreau, Muir, Marsh y Leopold. Esta corriente puede ser definida como la reverencia a la naturaleza en el sentido de apreciación estética y espiritual del wilderness, pretendiendo proteger la naturaleza contra el desarrollo moderno, industrial y urbano (Diegues, 2000). Entornos que representan lo remoto, lo prístino, ocupan un lugar importante en las nuevas demandas turísticas. Es así como viajes a los polos y expediciones a la alta montaña representan la esencia de un paisaje extraordinario. A modo de ejemplo, nos referimos a un estudio (Vereda, 2008b) realizado a visitantes antárticos donde las expectativas de los visitantes se vinculan con vivir una experiencia singular en relación con un espacio aún no intervenido por el hombre, en varios casos refiriéndose al término “pristinidad”. En otros trabajos (Vereda, 2010; 2016) que abordan la mirada de los visitantes sobre el paisaje antártico, predomina la idea de “temor reverencial”, término que adquirió notoriedad durante el siglo XVII para definir sensaciones vinculadas a los
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grandes elementos del cosmoscomo montañas, desiertos, océanos (González Bernáldez, 1981) y que en la actualidad utilizan los viajeros modernos para expresar sus sentimientos hacia un espacio que los asombra y cautiva.