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Chapter 2: Patterns of microhabitat utilization in the field

2.5 Discussion

Metodológicamente nuestras exploraciones teológicas de la inspiración, infalibilidad y autoridad de la Biblia tienen que ser gobernadas por una confesión de "fe buscando entendimiento" (Anselmo). Pero sobre estos tres aspectos de la doctrina de la Escritura la tradición cristiana nos deja con una variedad de puntos de vista alternativos.

Inspiración. Se refiere a los procesos misteriosos por los cuales fueron Escritos

los libros de la Biblia. La reflexión teológica sobre esto se mueve en tres direcciones agudamente contrastantes. En un extremo está la teoría "mecánica" o de "dictado." Según este concepto los autores humanos sirvieron meramente como instrumentos pasivos del Espíritu Santo en el proceso de Escrituración. No eran sino plumas en las manos del Espíritu, o (usando imágenes más contemporáneas) máquinas de escribir/procesadores de texto en los que el Espíritu grababa su mensaje. Aquí el énfasis cae en una forma radicalmente exclusiva sobre la actividad divina. Incluso las variaciones en el género literario, gramática, estilo, vocabulario, y dicción son asignados a la influencia impuesta por el Espíritu Santo. Lo divino eclipsa lo humano e histórico. El resultado es una revelación docética. Este concepto tiene una historia casi tan antigua como el cristianismo occidental mismo.

Un concepto totalmente opuesto, que surge de los desarrollos modernos del post- Esclarecimiento, es la teoría "dinámica" de la inspiración. Su énfasis cambia radicalmente al lado del discernimiento y logro humano. La Biblia escala grandes alturas en la lista de la gran literatura sagrada del mundo. Es un documento histórico maestro. Pero no es un libro único en su clase. El genio humano eclipsa el origen y contenido divino de la Escritura como Palabra de Dios.

Estos dos conceptos contrapuestos, referidos a la inspiración reflejan una vez más los falsos dilemas que hemos encontrado repetidas veces. Porque implícitamente a estas dos posiciones polarizadas se encuentra el problema inescapable de todas las teologías bi-factores. Requieren que la norma sea puesta o en o en el hombre. Por eso ambas teorías de la inspiración "mecánica" y "dinámica" son el resultado consistente aunque contradictorio de un compromiso compartido con visiones bi- factores de la realidad. Estructuralmente, tanto "conservadores" como "liberales" afirman un mismo punto de partida, aunque desarrollan sus conceptos en direcciones muy opuestas.

Una teología tri-factor es útil para aliviar esta tensión que de otra manera no tiene solución. Implícitamente hay un tercer concepto de inspiración conocido como teoría "orgánica." Quienes sostienen esta posición tratan de evitar la contraposición de lo divino y humano, de lo histórico y transhistórico. Ellos comienzan inclinándose ante el misterio divino/humano de la Escritura en vez de intentar resolverlo. El concepto "orgánico" se basa en la convicción de que en la Biblia escuchamos la Palabra de Dios en palabras de hombres. Consecuentemente, la Escritura es totalmente divina y totalmente humana. Esta posición señala a la

Palabra mediadora como su foco normativo. Porque por medio de la obra supraintencional del Espíritu Santo, Dios es condescendiente para acomodar su palabra trascendente a nuestro pecaminoso entendimiento de criaturas, poniéndola en forma lingual a través de la agencia de escritores hebreos y griegos. Del mismo modo que este concepto "orgánico" afirma la inspiración, también afirma, de manera concomitante las doctrinas de la infalibilidad y autoridad bíblica. Toda actividad divina involucrada en la producción de las Escrituras es calificada por la participación humana, pero no limitada a ella.

Desde los tiempos de la Reforma también se ha invertido mucho tiempo en el diálogo teológico referido a las cuatro "marcas de la Escritura," es decir, su necesidad, suficiencia, claridad, y autoridad. Demasiadas veces estas verdades son reducidas a conceptos abstractos. En realidad son discernimientos profundamente religiosos forjados en las encrucijadas de una lucha espiritual intensamente dramática. En la conflictiva situación del siglo dieciséis, cuando Roma afirma la necesidad primordial de la "madre iglesia" para la salvación, en detrimento de la Escritura, los reformadores proclamaron la necesidad fundamental de la Escritura para iluminar el camino de la vida. Cuando Roma puso en juego la suficiencia de la Escritura afirmando su doctrina de las dos fuentes de revelación, Escritura y tradición, los reformadores afirmaban que la Escritura sola es suficiente para el verdadero conocimiento, y que aun la tradición misma debía ser probada por ella. Cuando Roma asignó la claridad (perspicuitas) de la Escritura al oficio docente de la iglesia (el magisterium), los reformadores sostenían que, bajo el poder liderante del Espíritu, la Escritura es su propio intérprete (analogia Scripturae), de manera que su mensaje central y comprehensivo es inconfundiblemente claro para el cuerpo de los creyentes. Puesto, entonces, que la Escritura es necesaria, suficiente y clara, debemos sometemos humilde y obedientemente a su autoridad redentora, autoridad a la que la iglesia misma debe someterse.

Una confesión de la autoridad de la Biblia, y la reflexión teológica sobre ella, es calificada pervasivamente por un misterio divino-humano que jamás podremos sondear totalmente. La autoridad escritural proviene de Dios. En su alcance total y en todas sus partes la Escritura es la inspirada Palabra de Dios y con ello también infalible y autoritaria. Lo que dice Pablo, lo dice Dios. Como mensaje de salvación en Jesucristo ella arroja su luz sobre la historia del mundo, llamándonos a un servicio renovado en el espectro total de todas nuestras relaciones de la vida. La Escritura revela todo el consejo de Dios mediante la instrumentalidad de sus autores humanos.

En vista de la creación caída, renovada ahora en principio, y en proceso de ser redimida en Cristo, la Palabra de Dios no solamente nos llega en forma continua "por la creación, preservación y gobierno del universo," sino que Dios también "se da a conocer a nosotros más abiertamente por su santa y divina Palabra, en la medida en que lo necesitamos en esta vida, para su gloria y para la salvación de los suyos" (Confesión Belga, Artículo II). Esta confesión es fiel a 10 que la Escritura misma pretende ser. A lo largo de su ministerio terrenal Jesús enseña y demuestra

que la "Escritura no puede ser quebrantada" (Jn. 10:34). Por su propio testimonio él no vino "para abolir la ley y los profetas, ... sino para cumplirlos" (Mt. 5:17). En toda la Escritura Cristo es céntrico: En forma inconfundible se presenta a sí mismo como el cumplimiento de las antiguas promesas de los escritores del Antiguo Testamento: "Ellas dan testimonio de mí" (Jn. 5:39). Citando a Isaías 61 anuncia a la gente de su ciudad diciendo: "Hoy se ha cumplido esta Escritura ante vosotros" (Le. 4:21). Cuando Jesús abrió las Escrituras a los caminantes de Emaús, se nos dice que "comenzando con Moisés y siguiendo por todos los profetas, les declaraba en todas las Escrituras lo que de él decían.

La Escritura toda resuena con autoridad redentora. En las palabras de Pablo "las Sagradas Escrituras, ... te pueden hacer sabio para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús" porque "Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra" (2ª Tim. 3:15- 17). En un pasaje clásico Pedro escribe: "Entendiendo primero esto, que ninguna profecía de la Escritura es de interpretación privada, porque nunca la profecía fue traída por voluntad humana, sino que los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo" (2ª Pe. 1:2-21). Entonces, lo que dicen las Escrituras, lo dice Dios. El Dios que una vez habló, Y todavía habla la palabra para la creación, quien, "habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas" y quien "en estos postreros días nos ha hablado por su Hijo" (Heb. 1:1-2), también habló en cada página de las Escrituras. Y cuando Dios habla, sea cuando fuere, donde fuere y como fuere, habla en su carácter de Dios, y por eso con plena autoridad divina, es decir, tanto en la creación, como en Cristo, como también en la Palabra escrita. La autoridad de la Escritura es plenaria y verbal, así como también es plenariamente y verbalmente inspirada e infalible. Por lo tanto, es la guía confiable para vivir fielmente como también la norma para la teología. La validez de esto no es para las palabras de la Escritura como discretos símbolos verbales, y sílabas aisladas, sino para sus palabras en su secuencia establecida como comunicadores de su mensaje redentor. La inspiración, infalibilidad, y autoridad de la revelación bíblica consecuentemente son servidoras de su mensaje salvador y transformador de la vida y calificadas por él. De tal manera que todos estos atributos de la Escritura están relacionados directamente a su contenido y propósito específicamente redentores.

Además este concepto de la Escritura puede ser clarificado trazando una comparación con la revelación de Dios en la creación. En cuanto a su naturaleza y extensión, lo que vale para la revelación bíblica en su manera singularmente te propia también vale para la revelación creacional en su manera singularmente propia. Mediante su eterna Palabra para la creación Dios impartió su buen orden y dirección a la vida en el mundo. A pesar del pecado, aún mantiene, en virtud de esa Palabra las estructuras y funciones del cosmos. Después, para superar los efectos dislocadores del pecado, Dios repúblico su Palabra en forma lingual para

reorientar nuestras vidas a su designio y propósito original. Por eso, en extensión, ambas formas de revelación son globales en su autoridad. Son términos concomitantes. Ambas son comprehensivas y exhaustivas en su alcance. Sin embargo difieren en su mensaje y en la naturaleza de su autoridad, una diferencia análoga a la que existe entre redención y creación. En una, Dios habla con plena autoridad como Creador, en la otra como Creador-Redentor. Aun cuando la Escritura habla de creación y de Dios como Creador, cosa que ciertamente hace, lo hace dentro de la perspectiva de la redención. En las obras creadoras de sus manos, así como en las palabras re-creadoras de la Escritura, la voluntad de Dios se nos comunica con plena autoridad e infalibilidad, aunque la inspiración solo se puede asignar adecuadamente a la Escritura. Además, los otros atributos de la Escritura, necesidad, claridad y suficiencia, también pueden ser aplicados a la permanente revelación de Dios en la creación. Ella también es necesaria todavía, porque por su Palabra para la creación Dios mantiene su permanente dominio sobre todas las criaturas. Su mensaje todavía es claro. Toda falta de claridad está de nuestro lado, no del lado de Dios. Es por los resultados de las distorsiones no- éticas del pecado, por las que no alcanzamos a captar la revelación bifocal de Dios, su bondad que fue desde el principio, y su severidad que vino en respuesta al pecado. La revelación creacional también es todavía suficiente en cuanto a los fines que le fueron dados originalmente. La culpa de su actual insuficiencia no está del lado de la revelación divina, sino del lado de la respuesta humana. Todavía es suficiente para que los hombres no tengan excusa (Rom. 1:20). De manera que la revelación creacional cubre todo el cosmos. La Escritura vuelve a cubrir el mismo terreno. Pero lo hace como una revelación salvadora, desplegando en forma redentora los motivos centrales de creación, caída, y redención, mirando hacia la futura consumación. Por eso el mensaje bíblico no es parcialmente redentor y parcialmente alguna otra cosa. La totalidad de la Escritura es plenamente redentora, al republicar y reinterpretar el significado de la vida en la creación. Por eso, todo patrón dualista que se imponga a la Escritura es ajeno a su mensaje.

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