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DISKXTENDER FOR WINDOWS

Y llegamos así al principio del final. Hemos visto hasta aquí prácticamente una pelea muy despareja en la que uno de los contrincantes ha atacado violentamente a golpes de puño a un inexperto sujeto que sólo se ha dejado golpear sin poner defensas. La victoria del enemigo es prácticamente un hecho. Pero aún falta un golpe…el GOLPE MORTAL, el último golpe.

El golpe mortal

El último golpe está expresado en la frase:

“Fue a buscar trabajo y se puso al servicio de un habitante del lugar que lo envió a su campo a cuidar cerdos. Hubiera deseado llenarse el estómago con la comida que daban a los cerdos, pero nadie le daba algo” (Lc 15, 16)

Recordemos que hasta este momento de la pelea el hijo pródigo ha recibido cuatro tipos de golpes impactantes: en el pecho, en la sien, en el rostro y un golpe antirreglamentario en las zonas bajas. El último golpe es en el mentón.

La crisis de aquel país lejano, lejos de hacerle volver a su hogar, donde abundaba el alimento, el afecto, el vestido, el honor…lo hace instalarse más aún en una búsqueda absurda que lo llevará a la peor parte de esta novela: el chiquero.

Como lógica consecuencia de la necesidad y escasez que estaba viviendo, el hijo pródigo tiene que salir a buscar trabajo. Esta es otra materia que desconocía absolutamente. Recordemos que estamos suponiendo figurativamente que se trata de un príncipe. En su hogar, junto a su padre, el rey, no sabía lo que era trabajar. Estaba más bien acostumbrado a emitir el sonido de un chasquido con sus dedos y tener a la servidumbre de su padre a sus pies atendiendo cada una de sus necesidades. El trabajo era algo que ignoraba por completo.

Pero la realidad que le tocaba vivir le obligaba a buscar trabajo necesariamente. Caso contrario se

convertiría prontamente en alimento de los buitres. Ahora bien, ¿qué clase de trabajo se le puede ofrecer a un sujeto que lo único que sabe hacer es dar órdenes? ¿Qué trabajo darle a un inexperto en toda clase de trabajo? Aunque Jesús no lo nombre en la parábola, me gusta suponer que fue rechazado en muchos empleos que buscó. Me lo imagino ir bajando de pretensiones a medida que iba tomando conciencia de que carecía de un currículum. Podría haberse presentado simplemente como el hijo de un rey, y quizás se hubiese ganado un puesto de honor. Pero no olvidemos que a esta altura de la pelea el muchacho se había olvidado por completo de su identidad a causa de los golpes recibidos.

Finalmente termina aceptando la única oferta de trabajo que había para su nivel: cuidar cerdos. No podemos comprender el alcance de semejante humillación si no entendemos lo que significa para un judío (más aún, un judío de la época de Jesús) un cerdo. El cerdo era considerado un animal impuro, abominable, endemoniado. Comer cerdo para un judío era ofender gravemente a su Dios, era una imperdonable traición a la religión de sus padres; más aún, era preferible perder la vida antes que cometer semejante falta. Esta es la razón por la cual los colonizadores griegos de la época de los macabeos utilizarían el cerdo a modo de anatema, para hacerlos renunciar a su identidad religiosa (Cf. 2 Mac 6 y 7). Tocar a un cerdo era cosa que merecía realizar una serie de ritos de purificación (Cf. Lev 11, 7-8.24).

Ahora bien, el trabajo que se le encomienda al hijo pródigo consiste en no sólo tocar a los cerdos, sino más aún en limpiarlos íntegramente, velar por

ellos…alimentarlos. Lo que está enseñando figurativamente Jesús en esta parábola es que el joven había llegado al grado máximo de impureza y perdición. Había llegado a perder tanto su identidad que no tuvo reparo en inmiscuirse con esos animales impuros. Al fin y al cabo ya estaba perdido.

Trabajar cuidando cerdos es un golpe mortal en pos de la pérdida completa de su identidad. Sin embargo aún quedan dos golpes más duros aún. La parábola afirma algo sumamente curioso: “Hubiera

deseado llenarse el estómago con la comida que daban a los cerdos”. ¡¡Oh my God!! Esto sí que es un

golpe duro. Estamos ante una afirmación sin precedentes en toda las Escrituras: un sujeto que tiene envidia del alimento de los cerdos. ¡Qué tragedia más grande!

Predico acerca de esta parábola desde hace más de 10 años por todo lo que tiene que ver con mi historia personal, pero recién hace un año atrás me tomé el trabajo de analizar personalmente a estos animales tan curiosos como lo son los cerdos. En un momento libre que tenía mientras realizábamos una misión popular en el pueblo de San Jerónimo, en medio de la región montañosa de Los Gigantes, en la provincia de Córdoba, me dediqué a observar por unos minutos a un cerdo para ver si eran verdad todas las cosas que sobre ellos siempre predicaba.

Lo primero que me llamó la atención fue el sitio que elegía para descansar. En el paisaje se contemplaban verdes pastizales, arena, pedregal y un charco de barro pantanoso con olor podrido. ¿Qué sitio de los cuatro pudo haber elegido el cerdo para tirarse a descansar? El barro.

Con mucho cuidado me tomé el atrevimiento de lavarlo arrojándole agua desde una manguera. El cerdo no puso resistencia, cosa que me llamó la atención. Pero apenas solté la manguera se sacudió, fue de nuevo al barro y comenzó a revolcarse bien revolcado. En sus ojos podía ver como si me estuviese diciendo: “¡Tomá para vos! ¿A mí me vas a lavar?

Vaya, vaya”

La otra prueba que necesitaba realizar era corroborar acerca de su alimentación. Parecía un investigador de esos programas de documentales sobre la vida animal, sólo me faltaba la cámara. Le pregunté a la dueña del cerdo con qué comida solía alimentarlo. Y me respondió que ella solía tirarle maíz, pero que come lo que uno le tire, sea lo que sea. Uno puede arrojarle el tacho de basura con comida vencida hace dos semanas, con cáscaras de todo tipo, con papeles sucios, con hierba, etc. y el cerdo lo comerá sin hacer discernimiento de comida. De hecho, un perro puede discernir lo que come, pero un cerdo no. Es más, descubrí que come tripartitamente: una parte con la boca, otra con la nariz y otra con los ojos.

Esta es la razón por la cual la afirmación de Jesús me resulta tan llamativa; ¿Cómo puede este joven de la parábola desear la comida inmunda de los cerdos? Supongo que hay que tener demasiada hambre.

Sin embargo todavía eso no era lo peor. A continuación Jesús llega al colmo de la locura al decir algo tremendamente trágico: “…pero nadie le daba

algo” ¿Cómo? ¿Qué está diciendo Jesús? He aquí el

hijo pródigo, es el último…el golpe en el mentón que lo dejará tirado en el ring. Una cosa es tener ganas de comer la comida de los cerdos y otra cosa mucho peor aún es que no le quieran convidar de la misma.

Horror, sufrimiento, desesperación, dolor, tristeza, angustia, soledad, abatimiento, crisis, desierto, amargura…cuántas palabras se quedan cortas para reflejar lo que estaba viviendo este joven pródigo. Puedo imaginármelo arrodillado al frente de los cerdos mendigándoles aunque sea un bocado de su alimento. Y allí arrodillado lo puedo ver llorando de amargura, porque acaba de entender de golpe que ya no solo no lo tienen en cuenta, sino que ni siquiera lo consideran un ser humano. Lo tratan como inferior a la peor de las bestias de su época.

Su obstinación por huir de su hogar lo llevó a ese punto: envidiar a los cerdos.

Mendigando en un chiquero

¿Cuán identificado te sentís en este momento de la historia del muchachito que se fue de su casa a un país lejano? Cuántas veces vos y yo solemos ir tan lejos en nuestra terquedad que terminamos arrodillados en cualquier chiquero.

A veces solemos conformarnos con cualquier abrazo, con cualquier caricia, con cualquier piropo, con cualquier afecto. Sin darnos cuenta nos arrodillamos interiormente ante alguien al que mendigamos que nos proteja, que nos escuche, que

nos mire, que nos preste atención, que nos visite, que nos de una nueva oportunidad, que nos perdone, que nos ayude.

La Biblia nos enseña en infinidad de pasajes que debemos arrodillarnos únicamente ante Dios, que no hay que mendigar…porque somos hijos de Dios; y si nuestro Dios es cierto que es Rey, entonces vos y yo somos sus Príncipes o Princesas. Nada más y nada menos. Se nos ofrece gratis un océano entero de agua fresca, dulce y cristalina para beber, pero vos y yo somos tan necios que preferimos arrodillarnos a suplicar que nos conviden un vasito de agua sucia.

Recuerdo una de las ocasiones en que más patentemente me descubrí mendigando en un

chiquero. Al comienzo del libro te abrí mi corazón

acerca de mi experiencia de ser un pródigo del Amor de Dios. Ahora necesito hablarte de la segunda vez en que emprendí mi retirada del hogar, y quizás esta fue más impactante que la primera, pues ya conocía bien a mi Padre…o al menos eso es lo que hasta ese entonces creía.

Tenía yo dieciocho años, hacía tres que conocía el Amor de ese Dios que nos devuelve la identidad. Su amor me había sanado mi montaña de heridas de autoestima y de complejos de todo tipo que tenía. Con el correr de los años fui creyendo que era capaz de estar de novio con una chica linda, porque al fin y al cabo el Señor me había enseñado que yo no era un monstruo, como en otras épocas pensaba. Así fue que conquisté con mi encanto seductor (ja, es broma claro) a una linda señorita que no podía menos que fijarse en esta belleza de creación (esto no es broma, ja). Era mi primer noviazgo o intento del mismo.

Pasados un año y medio de relación las cosas fueron cambiando un poco en ambos. Mientras yo estaba cada vez más abocado a mi pasión por Dios y su reino, ella por el contrario, cada vez se alejaba más de Dios. Yo la notaba cada vez más rara, su felicidad estaba puesta en salir a boliches, juntarse con sus amigas, conocer personas nuevas…y todas esas cosas que uno vive al máximo en su último año de su secundaria pensando que se va a arrepentir toda su vida si no vive a “full” esta etapa tan venturosa.

De pronto, un mal día me descubrí fuera de sus planes, de su alegría, de sus intereses. Y tuve que escuchar esa famosa frase que uno odia con todas las fuerzas de su corazón quizás por ser una de las mentiras más rebuscadas que existen en las parejas:

“Creo que necesito un tiempo…es un tiempo nada más. No tiene que ver con vos, sino conmigo” Uno

quizás no lo dice mintiendo, cree estar siendo sincero. Pero en el 99, 9% de los casos, el tiempo termina siendo un “para siempre” y el “no tiene que ver contigo” se convierte en una especie de burla cuando a los días la ves caminando con otro de la mano.

Eso fue al menos lo que a este servidor le tocó vivir a los veinte años, con una consecuencia algo traumática. Verla con otro y con tanta indiferencia hacia mi persona me provocó un impacto terrible en el alma. Y entonces comenzaron los malditos golpes del enemigo que estaba al acecho de atacarme.

El primer golpe, el del pecho, me hizo guardarle una especie de rencor al Dios al cual yo había servido durante estos años con fidelidad y que pudiendo haber frenado el curso de los acontecimientos

permitió que yo tenga que vivir esa angustia tan horrible. Me sentí tan desilusionado de Dios. Mis oraciones empezaron a ser de quejas, semejantes a esta: “Haber Señor, explícame algo ¿Cómo es la

cosa, yo me dedico a servirte a toda hora y como paga me retribuyes con esto? ¿Qué clase de Dios eres? Así no vale la pena ser cristiano…si por tu culpa la perdí. Por ser un estúpido metido en la Iglesia me cambió por otro tipo más alegre y que la acompaña en todas las diversiones que ella quiere. Claro, qué va a querer estar al lado de alguien tan aburrido, que vive en las cosas de Dios”

Y el segundo golpe fue inminente: “¡Basta de ser

este tipo de cristiano comprometido! ¡Me cansé! Me voy” Y como era de suponerse empaqué mis talentos

y me fui al país lejano. A medida que más corría huyendo de esa dulce voz que me decía cuán amado soy, más me dejaba seducir por esos zumbidos infernales que me alentaban a recuperar mi dignidad estropeada a cualquier precio.

Así fue que llegó el tercer golpe: comencé a malgastar los talentos que Dios me había dado para servirle a mis hermanos. Empecé a utilizar la música y el canto como una herramienta de seducción cantándole en forma de serenata todas las canciones que hacía sólo unos días juraba que jamás cantaría. A toda costa necesitaba que ella me viera más atractivo que aquel muchachito del que se había enamorado perdidamente. Cambié mi manera de vestir, empecé a obsesionarme por la ropa de marca que nunca me había interesado usar. El plan consistía en impresionar, aún a costa de volver a fumar, a tomar, a ser el “rebelde ganador” que ella necesitaba ver.

El cuarto golpe llegó cuando luego de tres semanas seguidas sin dormir ni comer bien, golpeando mañana y tarde la puerta de la casa de mi ex – novia, un día fui visitado por las indeseables visitantes nocturnas: la escasez y la necesidad. Allí estaban a la puerta de mi corazón recordándome que ya estaba acabado, que no tenía nada más remedio que recurrir al tan odiado…CHIQUERO.

Y así fue que llegó el golpe fatal, el definitivo. No creo haberme humillado en toda mi vida en la forma en la que lo hice aquella tarde de octubre de 1999. Entré a la casa de esta jovencita decidido a todo. Ella estaba con su amado conversando mientras fumaba, acerca de las aventuras que habían realizado juntos el fin de semana. Yo permanecía en el sillón vecino contemplando la escena; obviamente que era absolutamente ignorado por ambos. La planta del patio de su casa era tenida más en cuenta que yo en ese momento. Al cabo de un prolongado tiempo me miró. Yo me sentía como esos perritos muertos de hambre que están mirando desesperados la mano de sus dueños para que le conviden las migajas de lo que están comiendo. Y en tono de mando me pidió que le fuera a comprar cigarrillos. Yo no sólo accedí al pedido, sino que se lo pagué yo…todo con tal de que me quiera aunque sea un poquito.

Y allí estaba, arrodillado ante quien no podía de ninguna manera satisfacerme. Le supliqué que me escuche un segundo, pero ella solo me gritó a la cara que me odiaba y que no quería volver a verme más en su vida. Quedé tirado en la vereda de su casa, inmóvil, sin ganas de seguir viviendo. Me sentía un inútil, me comparé tanto con ese muchacho seductor,

que me veía a mi mismo como un gusano, un fracasado, un perdedor.

Hoy día sé que nunca amé a aquella jovencita como creí amarla; lo que me movió a toda esa locura no fue el amor sino el orgullo personal, fue la idea de recuperar a la persona que me hacía sentirme tan admirado y envidiado…a mi trofeo. No sufría por perderla sino por perder yo. Todas mis fuerzas estuvieron puestas en sentirme amado por quien creí que podía satisfacer todas mis necesidades.

Tendrás que seguirme acompañando hasta el final del libro para saber cómo terminó esta historia, pero lo narrado hasta aquí es más que suficiente para ilustrar las veces en que vos y yo solemos arrodillarnos ante las personas a suplicarles que nos amen, que nos perdonen, que nos miren, que nos escuchen, que nos visiten, que nos respondan ese mensaje, que nos den una migaja de su cariño. Y una voz en nuestro interior nos dice suavemente: “Vuelve

al hogar, no tienes que mendigar que te quieran, eres mi predilecta, mi amada/o…vales demasiado para que vivas allí…en ese chiquero”.

Sin embargo, esa voz, en ocasiones suele ser tapada con otra voz más fuerte que nos invita a quedarnos a vivir mendigando en ese chiquero…la voz de los cerdos.

6. No escuches la voz de los cerdos

Una vez que nos instalamos en el chiquero Satanás vuelve a hablarnos fuertemente, pero ya no se trata de un zumbido infernal como hablábamos en el capítulo 2, donde la voz era una voz interior que nos inducía a buscar en el país lejano lo que solo Dios nos puede dar. En el chiquero se escucha la voz de los cerdos; se trata de una voz muy poderosa que nos invita a quedarnos en ese sitio oscuro y macabro. Nos grita que ese es nuestro lugar, que merecemos que se nos trate mal, que merecemos que nos griten, que se abusen de nosotros, que se nos burlen, que nos critiquen, que nos manoseen, que nos sean infieles, que nos hagan daño.

Nosotros le hemos dado esa autoridad para hablarnos así desde el momento en que nos postramos ante ellos, pues de algún modo, si les hemos llegado a mendigar alimento es porque los consideramos superiores a nosotros.

Inferior a los animales

Cuántas veces vos y yo nos consideramos a nosotros mismos como una miserable criatura, como un animal, peor aún…como un insecto. Transcribo a

continuación un fragmento de uno de mis artículos

acerca de la autoestima12:

Como producto de una autoestima baja y herida, los fracasados tienen comúnmente una imagen de sí mismo bastante negativa. Probablemente si le preguntas cómo se ve a sí mismo te dirá cosas como esta:

- “Como una larva” - “Como un tarado/a” - “Horrible”

- “Soy un monstruo, lo se”

Y si le preguntas maliciosamente: - ¿Sabes que eres feo/a, no?

De seguro te responderá convencido/a algo así: - Por supuesto. Lo soy. Yo soy sincero/a.

Y realmente son sinceros, eso es lo que realmente piensan de sí mismos. Y probablemente sean personas objetivamente bellas, pero alguna serie de complejas vivencias le han hecho convencer de que no lo son.

En la Biblia hay varios testimonios de personas que se sentían de esta manera. Me detendré a analizar sólo dos ejemplos:

Sentirse como langosta

“La tierra que fuimos a explorar mata a la gente que vive en ella, y todos los hombres que viven allá eran enormes. (…) Al lado de ellos nos sentíamos langostas, y así nos miraban ellos también”

Num 13, 32b.33b

Este es el comentario que le hicieron a Moisés los jefes de las tribus de Israel que fueron enviados a inspeccionar la tierra prometida. Fíjate qué estima tan pobre que tenían de sí mismos:

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