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“Como las aguas cubren el mar, así será llena la tierra del conocimiento de Yahvé”

Is 11, 9b

De la misma manera que le sucedió al hijo menor, nos suele suceder a nosotros respecto de la ignorancia que muchas veces tenemos del verdadero Dios. Cuántas veces tenemos terror de Dios en lugar de temor de Dios; llevamos en nosotros la imagen de una autoridad que nos castigó, que nos maltrató, que nos humilló, etc. Y pensamos que Dios es así, como mi papá, como ese profesor, como mi jefe, como fulano, como mengano…y no nos acercamos a Dios por miedo a que nos castigue, a que no nos quiera ni ver. Frases como “cuando yo vaya a misa se van a

caer los santos” denotan que no conocemos a Dios.

Y este conocimiento de Dios no se encuentra en los libros, ni en los muchos estudios, sino, como dice nuestro Santo Padre, en una “experiencia”; y yo agregaría más aún, en un abrazo. Es cuando podemos percibir afectiva, emocional, racional y

sentimentalmente el Amor que Dios nos tiene cuando podemos decir que hemos empezado a conocer a Dios. Al Dios que sale corriendo a nuestro encuentro.

Ese correr del que habla Jesús en la parábola es un esquema que Dios quiere romper también en nuestra mente. Solemos tener un estereotipo religioso de Dios, lo encasillamos en imágenes infantiles que nos hemos hecho de Él en la niñez. Y

nos lo imaginamos como un anciano bonachón.26

Una de las imágenes más tradicionales que deben aflorar en la imaginación de los cristianos cuando pensamos cómo será Dios Padre es seguramente la del “anciano bonachón”. Una especie de Papá Noel con bata blanca que desde su trono de Gloria nos mira con cariño y nos espera para abrazarnos tierna y muy pausadamente. Debo confesar que esa es la imagen que a mí personalmente me acompañó durante más de la mitad de mi vida.

Pero un día llegó a mí la siguiente cita bíblica: “¡Yahvé, tu Dios está en medio de ti, el héroe que te salva!

El saltará de gozo al verte a ti y te renovará su amor.

Por ti danzará y lanzará gritos de alegría como lo haces tú en el día de la Fiesta.”

Sof 3, 17

Y entendí que esa imagen de Dios era muy lejana de la que yo tenía en mi imaginación. Por supuesto que no pienso que Dios tenga forma humana alguna, pues es espíritu. Pero nos es muy necesario a los hombres hacernos una imagen de cómo es Él para entender mejor nuestra relación con Él.

Esta cita bíblica nos ayuda a hacernos una idea aproximada. En primer lugar es un héroe; un hombre vigoroso y valiente que es capaz de hacer frente a tus enemigos y vencerlos.

26 Transcribo a continuación un fragmento de mi segundo artículo referido a la Sagrada Eucaristía. ESCUDERO, Sebastián. El manjar de los manjares. Art. 2: Conceptos erróneos. Ed. Mensajeros de

Por otro lado notemos que el texto nombra tres verbos particulares: saltará, danzará y lanzará gritos de alegría. Ciertamente no son expresiones propias de una persona estática o que el peso de los años le ha paralizado su cuerpo. Al contrario, el texto nos brinda un dato muy importante: “…como lo haces tu en el día de la Fiesta”. La Fiesta se puede referir a varias celebraciones que se daban en aquella época en el pueblo judío; pero alude específicamente a la Fiesta de Bodas, en la cual el novio y sus compañeros para manifestar su alegría debían danzar, saltar y gritar de júbilo alrededor de la novia. Eso mismo es lo que dice el texto que hace Dios alrededor nuestro: salta, danza y grita de gozo por el amor que te tiene. ¡Qué maravilla, no!

No importa la imagen que tengas de Dios; pero se cual fuere se trata de una persona sumamente apasionada por vos; con el enamoramiento propio de los novios que están llenos de gozo por amarse como se aman.

Pero además de vigor, la imagen del padre corriendo hacia el hijo habla de un padre que sale apasionado a cubrir la vergüenza que podía estar sintiendo su hijo al tener que atravesar en esas condiciones el umbral de su casa. No lo dejó llegar así, pero no porque le diera pena su estado, sino para proteger su desnudez, para evitarle el seguir humillándose. Puedo imaginármelo tapando su cuerpito desnutrido. Es que Él no es como esas personas que suelen disfrutar de nuestras caídas, que se gozan en nuestras fallas, que se ríen de nuestras penas, que se burlan de nuestras debilidades. Dios no es así; por el contrario, llora nuestro malestar y se desespera para devolvernos nuestra dignidad, nuestra identidad. Ya en el Antiguo Testamento se reveló de esta manera:

“…nadie tuvo compasión de ti, nadie te cuidó, ni siquiera por piedad…estabas desnuda, no tenías nada. Entonces pasé cerca de ti y te vi; era el tiempo de los

amores, eché sobre ti mi manto, cubrí tu desnudez y te hice un juramento…te bañé con agua, lavé tu sangre y te perfumé con aceite. Te vestí con ropajes bordados, con calzado de cuero fino…”

Ez 16, 5.7-10

Por último, también nosotros solemos negarnos a ser amados, a ser queridos, a recibir elogios, a ser abrazados con ternura. Cuántas veces también nosotros, como el hijo pródigo, nos acostumbramos tanto el chiquero que pensamos que no merecemos ser amados así; y entonces nos auto condenamos y levantamos una muralla para que no nos quieran así, para que no nos amen tanto. En definitiva, nos rehusamos a ser felices porque escuchamos las voces de los cerdos mintiéndonos que no merecemos serlo.

Y todo en definitiva por desconocer el tipo de papi que tenemos. Quisiera invitarte a que en este preciso instante, mientras lees este párrafo, estés donde estés, cierres por un momento los ojos y le pidas a Dios que te muestre su rostro, que te dé de su conocimiento, de su amor. Él está buscando gente que le conozca (Cf. Jn 4, 23-24; Os 4, 1), y que como San Pablo, pueda decir: “Todo lo considero al

presente como basura en comparación con eso tan extraordinario que es conocer a Cristo…Quiero

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