2.3 Disturbance Estimation and Attenuation
2.3.5 Disturbance Observer Methods in Flight Control
celosa de los fueros del esposo, parecía no notar aquello lo más mínimo; por lo menos no le daba importancia.
El joven era su favorito: comía, bebía y casi dormía en su casa. Von Lembke se puso a la defensiva, le
llamaba delante de la gente “joven”, le daba protectoramente palmadas en el hombro, pero aquello no servía
de nada; Piotr Stepánovich parecía reírse de él en su cara, hasta cuando hablaba con seriedad aparente, y en
público le decía las cosas más inesperadas. Una vez, al volver a casa, encontróse al joven en su gabinete
durmiendo en un diván, sin que nadie lo hubiese invitado. Aquél explicóle que había ido a visitarle, y como
no lo hallase en casa, “había aprovechado la ocasión para echar un sueñecito”. Von Lembke diose por
ofendido y volvió a quejarse a su esposa; después de reír de su irritabilidad, aquélla limitóse a hacerle
observar que estaba visto que no sabía conducirse con el debido tacto; con ella, por lo menos, no se habría
permitido nunca aquel poilo familiaridad semejante, y, por lo demás, “era inge
242 FEDOR M. DOSTOIEVSKI LOS DEMONIOS 243
nuo y franco, aunque carecía de formas sociales”. Von Lembke se tragó el anzuelo. Por aquella vez hizo las paces. Piotr Stepánovich no le presentó sus excusas, sino que, lejos de eso, le gastó una burda broma, que habría podido pasar por otra nueva ofensa, y que en el caso presente se tomó por muestra de arrepentimiento. El punto flaco consistía en que Andrei Antónovich le había dado pie desde el principio, y sobre todo, le había hablado
su novela. Imaginando que sería un joven fogoso, sensible a la poesía, como llevaba tanto tiempo de soñar con un oyente, ya en los primeros d’.. de conocerse hubo de leerle una noche, gracias a Dios que sólo dos capítulos. Escuchó aquél sin ocultar su aburrimiento, púsose a bostezar sin la n” flor cortesía, no le hizo ni un elogio, y al irse pidióle el manuscrito para, casa, tranquilo, formar su juicio, y Andrei Antónovich fue y se lo dio. t’. de entonces no le había devuelto el manuscrito, no obstante ir diariamente su casa, y a sus preguntas daba por toda respuesta risas, hasta que por fhubo de decirle que se le había perdido en la calle. Al enterarse de aque Tulia Mijaílovna, se puso horriblemente enfadada con su marido.
—Le habrás hablado también de la capillita? —inquirió casi aterr
Von Lembke empezó a reflexionar decididamente, y eso que le era r civo pensar y se lo tenían prohibido los médicos. Además, que tenía bastantes quebraderos de cabeza con su gobierno, de lo que hablaremos & pués... Era aquélla una materia especial, en la que padecía el corazón y r simplemente la vanidad del mando. Al contraer matrimonio, Andrei Antó. novich nunca hubiera pensado en desavenencias y pugnas familiares para k futuro. Así lo imaginó toda su vida, soñando con Minnas y Ernestinas.. Comprendía que no estaba en condiciones de soportar borrascas familiares. Tulia Mijaílovna tuvo con él por fin una explicación franca.
—No puedes enfadarte por esto —díjole ella—, porque eres tres veces más sensato que él y estás incomparablemente más alto en la escala s”” Ese joven conserva aún muchos vestigios de sus antiguos desvaríos de brepensador; y, a mi juicio, son simplemente chiquilladas; pero de p es imposible ponerles coto, y es menester hacerlo gradualmente. Es preciso tratar bien a nuestra juventud; yo procedo con suavidad, y lo tengo a raya.
—iPero es que el diablo sabe lo que dice! —objetó Von Lembke—. ‘r no puedo emplear la tolerancia cuando él, delante de
todo el mundo y en rl presencia, sostiene que es moral emborrachar a la gente con
vodka,
delibl radamente, para embrutecerla y evitar así que se rebele. Figúrate el papel que hago cuando me veo obligado a escuchar semejantes cosas delante ( todos.Al decir eso, Von Lembke recordó una reciente conversación que l’’ tenido con Piotr Stepánovich. Con el inocente fin de desarmarlo con su beralismo, le había enseñado su colección personal, íntima, de toda r” de proclamas rusas y editadas en el extranjero, que había ido reuniendo dadosamente de cincuenta y nueve años a la fecha, no como aficiona sino
sencillamente movido de una útil curiosidad. Piotr Stepánovich
presumiendo su objeto, díjole que en una línea de algunas de aquellas proclamas había más idea que en cualquier negocio, sin excluir, naturalmente, el Suyo.
Lembke se dio por ofendido.
—Pero para esto es aún pronto, muy pronto —dijo, casi inquisitivo, señalando a las proclamas. —Nada de pronto; cuando usted teme es señal de que no es pronto.
—Pero, no obstante, ahí, por ejemplo, se exhorta a la destrucción de las iglesias.
—,Y por qué no? Usted es hombre de talento y seguramente no cree, sino que comprende harto bien que la fe le es necesaria para embrutecer al pueblo. La verdad es más honrosa que la mentira.
—De acuerdo, de acuerdo; estoy con usted completamente de acuerdo, pero entre nosotros es pronto, todavía pronto... — balbuceó von Lembke.
—Pero ¿cómo puede usted ser funcionario del gobierno cuando usted mismo está de acuerdo en que hay que derribar las iglesias y marchar con picas sobre Petersburgo, no habiendo más discrepancia que la tocante al momento?
Aquí von Lembke, que se había dejado coger burdamente, se resintió mucho.
—No es eso, no es eso —protestó, cada vez más herido en su amor propio—; usted, a fuer de joven y, sobre todo, ignorante de nuestras finalidades, se equivoca. Mire usted, queridísimo Piotr Stepánovich: ¿usted me llama funcionario del Gobierno? Sea. ¿Funcionario independiente? Sea. Pero permítame usted: ¿cómo procedo yo? Nosotros tenemos responsabilidad y, en último resultado, también servimos a la cosa pública, como usted. Nosotros nos limitamos a sostener lo que ustedes derriban, y que a no ser por nosotros se vendría abajo. Nosotros no somos enemigos vuestros, en absoluto, no; yo se lo digo a usted; sigan ustedes adelante, progresen, derriben, incluso; es decir: todo lo viejo, lo que debe reformarse; pero nosotros, cuando sea preciso, también nos mantendremos dentro de los límites imprescindibles, y así os salvaremos de vosotros mismos, porque sin nosotros no haríais más que estropear a Rusia, despojándola de su aspecto decente, y nuestra misión consiste en preocuparse del decoro. Comprenda usted que unos a otros nos somos
indispensables. Nada: yo soy Tory y usted
whig,
así lo entiendo yo.Andrei Antónovich iba asumiendo una vehemencia de
pathos.
Gustaba de hablar discreta y liberalmente desde el mismo Petersburgo, y allí, sobre todo, no lo escuchaba nadie. Piotr Stepánovich callaba y se mostraba más serio que decostumbre, lo que hubo de despertar más todavía las suspicacias del orador.
—Sabe usted que yo soy “el amo del gobierno”? —prosiguió, yendo Y viniendo por el despacho—. ¿Sabe usted que yo, por la muchedumbre de mis obligaciones, no puedo cumplir con ninguna, y que, por otro lado, puedo decir con toda verdad que no tengo aquí nada que hacer? Todo el busilis está en que aquí todo depende del criterio del Gobierno. Supongamos que
FEDOR M. DOSTOIEVSKI
LOS DEMONIOS 245