5.2 Disturbance Observer Augmentation
5.2.1 Observer Design
Virguinskii vivía en casa propia, es decir, de su mujer, en la calle de la Hormiga. Era una casa de madera, de un solo piso, y no había en ella más inquilinos. Con pretexto de ser el cumpleaños del, dueño de la casa, habían- se reunido allí quince invitados; pero aquella velada en modo alguno parecíase a las habituales veladas con que se celebran los cumpleaños en provincias. Desde el principio de su estancia allí, los esposos Virguinskii habían convenido entre sí, de una vez para siempre, que invitar amigos al cumpleaños era una estupidez consumada y “que no había motivo alguno para alegrarse”. Algunos años lograban rehuir por completo a la gente. El, aunque hombre de aptitudes y muy lejos de ser “un pobre hombre”, parecía, sin embargo, algo estrafalario: gustaba de la soledad y, además, hablaba “con arrogancia”. La misma madame Virguinskaya, que ejercía la profesión de comadrona, ya por ese solo hecho se encontraba más bajo que nadie en la escala social: hasta más bajo que la mujer de un pop, no obstante el cargo oficial de su marido. Aunque, de su profesión no se le advertían huellas. Pero desde sus estupidísímas e imperdonablemente francas relaciones con un picarón, con el capitán Lebíadkin, hasta la más tolerante de nuestras Señoras volvióle la espalda con significativo desdén. Pero madame Virguunskaya tomó aquello como si le hubiera sido necesario: Es de notar que aquellas severas señoras, cuando se encontraban en estado interesante, ding anse a Arma Projórovna’9 (es decir, a la Virguinskaya), prescindiendo de las Otras tres comadronas que había en la ciudad. Mandaban llamarla incluSo los propietarios del distrito...; hasta ese extremo tenía fe todo el mundo en su ciencia suerte y habilidad en los lances decisivos. Paró la cosa en que hubo de limitarse a actuar en las casas ricas exclusivamente; le gustaba el dinero con pasión. Comprendiendo muy bien su poder, acabó por no
19 Irene, hija de Projor.
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FEDOR M. DOSTOIEVSKImente, supongo, por la rapidez de su conformidad. Acudieron, flaturalm te, por generoso bochorno, para que no dijeran luego que no se habían atre. vido a ir; pero, no obstante, Piotr Verjovenskii estaba obligado a aprecj* noble hazaña y, por lo menos, a contarles en recompensa alguna anécd principal. Pero Verjovenskii no tenía el menor deseo de satisfacer su leg ma curiosidad, y no les refirió nada superfluo. En general, los trataba severidad notable, y hasta con desdén. Aquello acabó de irritarlos y miembro Schigálev ya había incitado a los demás a “pedirle cuentas”; pe naturalmente, no ahora, en casa de Virguinskii, donde se habían reunj muchos individuos secundarios.
A propósito de estos individuos secundarios, tengo también la de que altos miembros del primer quinquevirato
sospechaban aquella n que en el número de los huéspedes de Virguinskii había miembros de pos para ellos desconocidos, también fundados en la ciudad, según la ma organización secreta y también por Verjovenskii; así que, en resumj cuentas, todos los allí congregados sospechaban los unos de los otr
adoptaban mutuamente altivas actitudes, lo que infundía a toda la reu un aire desconcertante y hasta, en parte, novelesco. Por lo demás, había
también individuos por encima de toda suspicacia. Así, por ejemplo, un yor, pariente próximo de Virguinskii, un hombre de todo punto inocente que ni siquiera habían invitado, pero que había ido al cumpleaños espo neamente y no había sido posible echarlo. Pero el dueño de la casa est sin embargo, tranquilo, porque el mayor “no podría nunca delatar”; por no obstante toda su estupidez, toda la vida había gustado de meterse don quiera se reunían los liberales más extremados. No tomaba parte en n pero le gustaba escuchar. Por si eso fuera poco, estaba también compro tido; ocurría que, por su mano, siendo él joven, habían pasado paquetes teros de La Campana, y proclamas, y aunque ya no se atrevía ni a hojear ni a repartirlas, habría considerado el negarse a esto último como una vil rematada; y hay en Rusia muchos individuos así, hoy mismo. Los de invitados, o representaban el tipo del noble amor propio humillado hasta bilis o el del primer noble arranque de la fogosa juventud. Eran de este n mero dos o tres profesores, uno de ellos cojo, ya de unos cuarenta y cin4 años, que daba clase en un colegio, hombre muy rabiosillo y notablemei4 vanidoso, y dos o tres oficiales. De los últimos, un artillerito muy joveñ que sólo hacía unos días había llegado, procedente de un establecimíenø militar de enseñanza; un chico silencioso que aún no había tenido tiem de hacer amistades, y que se encontraba de pronto ahora en casa de Vfrguinskii, lápiz en ristre, y sin tomar parte apenas en la discusión, hacía 4 cada momento anotaciones en su cuadernito. Todos veían aquello, pero rió sé por qué esforzábanse por aparentar que no lo advertían. Había también allí un colegial gandul que, de acuerdo con Líamschin, introdujo aquel li’ brito de fotografias obscenas en el saco de la vendedora de marras; un mO cetón robusto, de modales desenvueltos, pero al mismo tiempo recelosO con una sonrisa inmutablemente halagüeña, y al par, el plácido aspecto de la perfección triunfante encerrada en sí misma. Había ido allí también nO e explico para qué, el hijo de nuestro alcalde, el mismo chico repulsivo, renlatamdlitc aviejado, y del que ya hice mención al contar la historia de a tenientma Toda la noche permaneció callado. Y, finalmente, para terminar un colegial, muy fogoso y apasionado, de dieciocho años, que estaba sentado con el sombrío aspecto de un joven herido en su dignidad y que sufría a ojos vistas por culpa de sus dieciocho años. Aquel mocoso era ya jefe je una partida independiente de conspiradores, reclutada entre los alumOS de la clase superior del colegio, según, con el consiguiente asombro, púsose después en claro. No he mentado a Schátov. Estaba allí, en el pico trasero de la mesa, con su silla algo apartada de la fila de las demás y fija en el suelo la vista, callaba lúgubremente; no había querido probar el té ni el pan, y ni por un momento había soltado de la mano su gorra, cual si de ese modo quisiera demostrar que no era un invitado, sino que había ido allí a un asunto, y cuando se le antojase, se levantaría y se iría. No lejos de él estaba Kirillov, también muy callado, pero sin mirar al suelo, sino que, por el contrario, examinaba tercamente a cada uno de los que hablaban con su inmóvil mirada sin brillo y lo escuchaba todo sin la menor emoción ni extrañeza. Algunos de los invitados, que no lo habían visto nunca, le lanzaban miradas preocupadas y furtivas. Ignórase si estaría enterada madame Virguinskaya de la existencia del quinquevirato. Supongo que lo sabía todo, y precisamente por su marido. La estudiante, indudablemente, no tomaba tampoco parte en nada, pero tenía sus preocupaciones personales: pensaba permanecer allí un día o dos a lo sumo, y luego continuar viajando por todas las ciudades en que hubiera Universidad para “denunciar los sufrimientos de los pobres estudiantes e inducirles a la protesta”. Llevaba consigo algunos centenares de ejemplares de un llamamiento litografiado, y, al parecer, obra suya. Es de notar que el colegial había sentido odio hacia ella desde el primer instante; pero un odio asesino, no obstante ser la primera vez que la veía, y que a ella le había pasado otro tanto con él. El mayor resultaba ser tío suyo, y aquel día volvía a verla después de diez años. Al entrar Stavroguin y Verjovenskii tenía coloradas las mejillas como amapolas. Acababa de tener con su tío una discusión por sus ideas sobre la cuestión femenina.
II
Verjovcnskii, con notable indolencia, dejóse caer en una silla a la cabecera de la mesa, casi sin saludar a nadie. Tenía un aire malhumorado y hasta arrogante. Stavroguin hizo un cortés saludo; pero, no obstante estar todos aguardándole, todos, como si obedeciesen una orden, afectaron apenas reparar en ellos. La dueña de la casa encaróse, severa, con Stavroguin, no bien hubo éste tomado asiento.
—Stavroguin, ¿quiere usted té? —Démelo —respondió aquél.
—Té para Stavroguin —ordenó a la echadora—. Y usted, ¿quiere? —esto ya a Verjovenskii.
LOS DEMONIOS 305
—Déme, claro que sí; ¿quién les pregunta esto a unos invitados? Pc1 démelo con leche, porque en su casa dan una basura infame en vez de té, eso que hoy celebra un cumpleaños.
—Pero cómo, ¿también usted acepta esas fiestas —dijo la estudiani de pronto, riendo—. Ahora mismo estaba hablando de eso.
—Antigualla —refunfuñó el colegial desde el otro pico de la mesa.
—,Qué es una antigualla? Hollar los prejuicio, por inocentes qu sean, no es ninguna antigualla, sino, por el contrario, para vergüenza de t dos, es todavía una cosa nueva —en un momento saltó li estudiante, echándo se hacia delante en su silla—. Además, que no hay prejuicios inocente,
—añadió con acritud.
—Yo sólo quise decir —replicó el colegial con ma agitación horribl4
—que los prejuicios, aunque sean, sin duda, cosa viej y se les deba supr mir, respecto a los cumpleaños, todos saben ya que sor una estupidez y un antigualla, que hablar de ello es perder un tiempo prelioso, ya que sin es todo el mundo pierde, y que se podría emplear el ngenio en algo más útil...
—Mucho divaga; nada entiende —exclamó la estuliante.
—A mí me parece que cada cual tiene derecho a iacer uso de la palabra, y si yo quiero expresar mi opinión como cualquiei otro...
—Nadie le privará del derecho a hacer uso de la pilabra —animóle, tajante, la dueña de la casa—; únicamente se le invita a o mascullar las frases de ese modo, porque nadie le entiende.
—Pero permítame usted observar que me está fatando a la conside- ración; si yo no acabo de expresar mi pensamiento, noes porque no lo tenga, sino al contrario, por la misma abundancia de ellot.. —rezongó el colegial, poco menos que desesperado, y se embrolló defitivamente
—Si no sabe usted hablar, cállese —gritó la dueñade la casa. El colegial saltó de su silla.
—Sólo quería decir —exclamó todo encendido deochorno y mirando tímidamente en torno suyo —que usted sólo se propuía lucir su talento, porque ha venido el señor Stavroguin... Eso es.
—Esa idea es puerca e inmoral, y está demostranlo toda la insignificancia de su educación. Le ruego no vuelva a dirigine la palabra —intimóle la joven con dureza.
—Stavroguin —empezó la dueña de la casa—, ants de usted llegar estaban discutiendo aquí acerca de los derechos de la fanlia. Mire ese oficial
—señaló a su pariente, el mayor—. Claro que no voy fastidiarlo con semejante disparate, que hace mucho tiempo está resudo. Pero ¿de dónde han podido tomar el derecho y los deberes de la familin el sentido de ese prejuicio con que ahora se los imaginan? Ese es el prblema. ¿Cuál es su opinión?
—cQue de dónde han podido tomarlo? —interpeló. su vez Stavroguin.
—Es decir, nosotros sabemos, por ejemplo, que el prejuicio de Dios se deriva del trueno y el relámpago —interrumpió, de pnto, la estudiante,
casi sin quitarle ojo a Stavroguin—. Es harto sabido que la Humanidad primitiva, asustada ante el trueno y el relámpago, deificó al enemigo invisible, sintiéndose ante él débil. Pero ¿de dónde procede el prejuicio de la familia? ¿De dónde han podido sacar a la misma familia?
—Eso no es enteramente lo mismo... —quiso hacer observar la dueña de la casa. —Supongo que la respuesta a esa contestación resultaría indecente
—observo Stavroguin.
—,Cómo es eso? —dijo, echándose hacia delante, la estudiante.
Pero en el grupo de los profesores oyéronse risas, que inmediatamente corearon, desde otro pico de la mesa, Líamschin y el colegial, y después una franca carcajada el mayor.
—Debía usted escribir un vodevil —díjole la dueña de la casa a StavrogUin.
—Eso no redunda en honor suyo, no sé cómo se llama —falló, con enérgico disgusto, la estudiante.
—Pero tú no ahondes tanto —espetóle el mayor—. Eres una señorita; debes conducirte con modestia, y parece que estás sentada en una aguja.
—Haga el favor de callar y no dirigirse a mí familiarmente con esos burdos símiles. Yo es ésta la primera vez que lo veo, y no quiero saber nada de su parentesco.
—Pero ¡si yo soy tu tío, si te he tenido en mis brazos de niña!
—,Qué tengo yo que ver con que me haya llevado en los brazos? Yo no le pedía a usted que me llevara, sino que, por lo visto, aquello a usted, señor oficial descortés, le proporcionaba una satisfacción. Y permítame usted hacerle observar que usted no osará hablarme de “tú” más que al modo ciudadano, y que, de una vez para siempre, se lo prohíbo.
—jTodas son así! —dijo el mayor, dando un puñetazo sobre la mesa; y dirigiéndose a Stavroguin, que estaba sentado frente a él—: No; permítame usted: yo soy un liberal, y le tengo cariño a mi época, y me gusta oír discusiones con talento; pero le prevengo..., de hombre. De las mujeres, de éstas de ahora, abomino... ¡No, ése es mi flaco! No te retuerzas de ese modo
—Usted no hace más que estorbar a los otros; usted no sabe decir nada —exclamó la dueña de la casa con indignación.
—No; yo demostraré —acalorándose el mayor, dirigióse a Stavroguin—. Yo cuento con usted, señor Stavroguin, como recién llegado, aunc ue no tengo el honor de conocerlo. Sin el hombre, caen como moscas.. 20 Esa es mi opinión. Toda su cuestión femenina es..., simplemente una falta de originalidad. Le aseguro a usted que toda esa cuestión femenina la han forjado para ellas los hombres, echándosela, los muy estúpidos, al cuello... ¡Gracias le doy a Dios por no ser casado! Ni la más pequeña innovación, ni
20 En alguna otra edición se suprime el símil.
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FEDOR M. DOSTOIEVSKILOS DEMONIOS 307
un sencillo patrón se les ocurre; hasta los patrones se los hacen los hom bres. Ahí la tiene usted a ésa: la he llevado en mis brazos, he bailado con ella la mazurca cuando tenía diez años, y hoy viene; naturalmente, me apre suro a darle un abrazo, y a la segunda palabra, sale diciéndome que no hay Dios. Bueno, sería a la tercera, no a la segunda; pero, de todos modos, ¡qué prisa! Bueno; supongamos que la gente de talento no cree; pero eso será su talento; pero tú, digo, burbuja de jabón, ¿qué sabes tú de Dios? Porque a ti te lo ha enseñado eso un estudiante. Si te hubiera enseñado a encender lamparillas, 2’ las encenderías.
—Usted no hace más que mentir; usted es un hombre malo y yo antes le demostré, con pruebas, todos sus defectos — repuso la estudiante con4 desdén y cual si tuviera a menos entrar en explicaciones con aquel hom.
bre—. Yo precisamente le decía a usted antes que a todos nosotros nos ha enseñado el Catecismo: “Si honras a tu padre y a tus parientes, vivirás muchos años y serás rico.” Esto está en los diez mandamientos. Si Dios considera necesario, por amor, ofrecer una recompensa, resulta que ese Dios de ustedes es inmoral. He aquí con qué palabras se lo demostré yo a usted antes, y no a la segunda palabra, sino porque usted invocó sus derechos. 4fj ¿Quién tiene la culpa de que usted sea un estúpido y no se haya enterado de
nada hasta ahora? Se da por ofendido y se enrabia... Esa es toda la clave de su generación. —Estupidilla! —exclamó el mayor.
—Y usted es un estúpido. —Eso es, insúltamc!
—Pero permítame usted, Kapitón Maksímovich, si usted mismo me ha dicho que no cree en Dios —gritó desde el extremo de la mesa Liputin.
—6Qué tiene que ver que yo lo haya dicho?... ¡Eso es otra cosa! Yo es
posible que no crea, pero no del todo. Yo, aunque no crea del todo, no diré, ‘ sin embargo, que hay que acabar con Dios de
un tiro. Yo, cuando aún ser- vía en los húsares, ya me preocupaba de Dios. En todos los versos se da por descontado que los húsares beben y se divierten; pero, ¿lo creerán ustedes, saltaba por las noches de la cama en calcetines y me ponía a santiguarme delante de la imagen, pidiéndole a Dios que me infundiese fe, porque ya entonces no podía estar tranquilo. ¿Hay Dios o no lo hay? Hasta tal punto me atormentaba eso. Por la mañana, claro, te distraes, y de nuevo parece que se te desprende la fe, y, además, en general, he notado que de día se pierde siempre algún tanto la fe.
—Y no tiene usted baraja? —inquirió con toda la boca Verjovenskii, dirigiéndose a la dueña de la casa. —Con ardor, me adhiero a su pregunta —exclamó la estudiante, roja de indignación por las palabras del mayor. —Se pierde un tiempo de oro escuchando discusiones estúpidas —fallo la dueña de la casa, y miró significativamente al marido.
La estudiante se envalentonó.
—Yo quería informar a la reunión de los sufrimientos y la protesta de los estudiantes; y como estamos perdiendo el tiempo en discusiones inmotales...
—Nada es moral ni inmoral! —saltó en seguida, sin poderse contener, el colegial, no bien empezó a hablar la estudiante.
—Eso ya lo sabía yo, señor colegial, mucho antes de que a usted se lo enseñaran.
—Pues yo sostengo —insistió aquél— que usted, que viene de Petersburgo, es una niña, porque se pone a querer enterarnos de lo que estamos hartos de saber todos. De los mandamientos: “Honra a tu padre y a tu madre”, que usted no supo decir bien, y que son inmorales.. .Eso ya, desde Bielinskii, lo sabe toda Rusia.
—Pero ¿acaso no vamos a acabar nunca? —interrogóle, enérgica, ma- dame Virguinskaya al marido.
Como dueña de la casa, avergonzábase de la insignificancia de aquellas discusiones, sobre todo después de haber observado algunas sonrisas y hasta muestras de perplejidad entre los huéspedes por primera vez invitados.
—Señores, —dijo de pronto, alzando la voz, Virguinskii—. Si alguno desea hablar de algo más atinente al asunto o tiene algo que comunicar, le invito a hacerlo sin pérdida de tiempo.
—Yo me atrevería a formular una pregunta —dijo suavemente el profesor cojo, que hasta allí había permanecido callado y con cierto empaque—. Desearía saber si estamos nosotros aquí ahora celebrando una sesión, o sencillamente no pasamos
de constituir una reunión cualquiera de simples mortales que han venido invitados. Lo pregunto, más que nada, por el buen orden y por salir de dudas.
La “hábil” pregunta hizo impresión. Todos se miraron unos a otros, esperando cada cual la respuesta del vecino, y todos, de pronto, fijaron sus miradas en Verjovenskii y en Stavroguin.
—Yo, sencillamente, propongo votar la contestación a la pregunta:
“Estamos celebrando sesión, o no lo estamos?” —dijo madame Virguinskaya.
—Me adhiero en un todo a la proposición —asintió Liputin—, aunque es un tanto vaga. —También yo me adhiero, también yo —clamó una voz.