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La cultura, independientemente de como se interprete, subyace al proceso de desarrollo y tiene relaciones importantes con el comportamiento económico de todos los países. Al asumir el papel de la cultura en el proceso de desarrollo económico, tanto en países industrializados como en vías de desarrollo, se utiliza el término “cultura” en su sentido constitutivo amplio de formas de vida, más que en el sentido especifico de actividad cultural. Para conceptualizar el desarrollo en función de los seres humanos traslada la cultura desde la periferia del pensamiento económico a un escenario central; ni la cultura ni la economía son algo estático, sino que ambas están en continuo cambio, por que las relaciones entre las variables son procesos dinámicos más que constantes fijos. En consecuencia, unir los intereses económicos y los culturales es volver a la noción básica de creación de valor, donde la generación de valor cultural y económico se puede distinguir como resultado de un proceso de desarrollo que equilibra el deseo de bienes y servicios materiales con las necesidades y aspiraciones más profundas que los seres humanos tienen de reconocimiento, expresión y satisfacción cultural (Throsby, 2001).

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En esta perspectiva, Juan Camilo Restrepo (2001), define que la economía de la cultura es: “la administración recta y prudente de los bienes que tienen valor cultural, de hecho los países de la comunidad andina poseen riquezas culturales que se convierten en tesoros económicos por descubrir”; sin embargo, bajo este panorama los procesos globalizantes, logran irrumpir en el campo cultural. Ciertamente Diana Crane (2002), es quien identifica cuatro enfoques teóricos (Ver Tabla 3) que pueden ser utilizados para entender las relaciones entre la diversidad cultural y la globalización, dando lugar a lo que hoy se conoce como globalización cultural, es decir, la transmisión o difusión a través de los límites nacionales de conocimientos, ideologías, expresiones artísticas, medios de comunicación y estilos de vida (Pizano et al, 2004).

Tabla 4 Modelos de globalización cultural

Fuente. La fiesta, la otra cara del patrimonio. Valoración de su impacto económico, cultural y social. Convenio Andrés Bello

Dentro del tercer modelo: donde el proceso de transmisión de la cultura es multidireccional entre centro y periferia, la teoría de la recepción no ve la globalización cultural como una amenaza a las identidades nacionales o locales; muestra que la tendencia predominante es el multiculturalismo y no la dominación imperialista de unas culturas sobre otras. Entonces, las fiestas se enriquecen con el intercambio cultural y social; por ende, se constituyen en organismos vivos que evolucionan con el tiempo y se adaptan posiblemente a los cambios del entorno (Pizano et al, 2004).

En síntesis, la cultura en un contexto de desarrollo ayuda a: 1). proporcionar nuevas oportunidades para que las comunidades pobres generen ingresos; 2.)

Catalizar el desarrollo a escala local mediante los diversos recursos sociales; 3.) Conservar y generar ingresos a partir de los activos culturales existentes; 4.) Fortalecer el capital social; 5). Diversificar las estrategias del desarrollo humano y del aumento de la capacidad. Además, las formas en que el ecosistema soporta la biosfera y la infraestructura cultural soporta el universo social: ambos a su vez proporcionan un sostén esencial para la vida económica llevada a cabo en sus respectivos dominios que junto con la política cultural conforman los componentes claves de la estrategia del desarrollo.

Saliendo un poco del desarrollo económico, García Canclini (2004), trae a colación la experiencia vivida en México, donde mediante las obras de arte de grandes muralistas, se refuerzan las relaciones de la cultura con el estado, el sector educativo, sindicalistas, entre otros. Así pues, el intento de superar las divisiones críticas de la modernización capitalista estuvo ligado a México la formación de la sociedad Nacional. Junto a la difusión educativa y cultural de los saberes occidentales en las clases populares, se quiso incorporar el arte y las artesanías mexicanas a un patrimonio que se deseaba común; Rivera, Sequeiros y Orozco propusieron síntesis iconográficas de la identidad nacional inspiradas a la vez en las obras de mayas y aztecas, los retablos de iglesias, las decoraciones de pulquerías, los diseños y colores de la alfarería poblana, las lacas de Michoacán y los avances experimentales de vanguardias europeas.

Esta reorganización hibrida del lenguaje plástico fue apoyada por cambios en las relaciones profesionales entre los artistas, el estado y las clases populares. Los murales en edificios públicos, los calendarios, carteles y revistas de gran difusión, fueron resultado de una poderosa afirmación de las nuevas tendencias estéticas dentro del incipiente campo cultural, y de los vínculos novedosos que los artistas fueron creando con los administradores de la educación oficial, con sindicatos y movimientos de base (García Canclini, 2004: 78).

Aporte de las Industrias Culturales al Producto Interno Bruto - PIB. Mediante

el estudio sistemático de relaciones entre economía y cultura, se afirma que un gran porcentaje del PIB mundial, proviene de campos como el cine, la televisión, la industria editorial, la red informática o el turismo.

En Estados Unidos los aportes fluctúan entre el 4 al 7 por ciento, en las relaciones de producción, distribución nacional e internacional y consumo de bienes, productos y servicios de las industrias culturales (audiovisual, fonográfica, editorial); en países latinoamericanos está entre 2 y 4.5 puntos porcentuales del PIB. Colombia hace parte de esta dinámica: durante algunos años de este siglo las industrias culturales contribuyen a las cuentas nacionales más que las exportaciones de café, el país se sitúa en muchos indicadores, pese a bajos índices de lectura por persona es la tercera industria editorial de América Latina, la cuarta productora de cine en el continente y a la vez es atractivo exportador de contenidos creativos (Castellanos, 2009).

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Aunque todavía no hay una medición rigurosamente aceptable, es significativo el efecto del turismo cultural, es decir, aquel que genera visitas a lugares de riqueza arquitectónica e histórica, como Cartagena o Popayán, a paisajes culturales compuestos por sitios, gastronomías o costumbres en el eje cafetero, las zonas Pacífica y Caribe, o el trasegar por carnavales regionales, lo que implica grandes aportes al circuito económico de organización, servicios, conservación, publicidad y consumos en toda la cadena productiva del turismo, y por ende al PIB nacional.

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