Examinaremos en primer lugar la tesis kantiana según la cual todo eude- monismo es un hedonismo19. Conviene precisar ante todo el significado exacto
de esa afirmación. Kant no tiene inconveniente alguno en admitir que ser feliz es una exigencia necesaria de todo ente racional finito20. También concede que
la moral, una vez que se ha constituido autónoma y exclusivamente sobre el de- ber, postula la existencia de «la incondicionada totalidad del objeto de la razón práctica pura, con el nombre de bien supremo»21, que consiste en la síntesis ope-
rada por Dios en la otra vida entre dos realidades de suyo heterogéneas, la mo- ralidad y la felicidad, de suerte que quien por la virtud se hizo digno de ser feliz, lo sea realmente. Admitir como definitivo el sufrimiento de los justos y la pros- peridad de los inmorales sería un escándalo para la razón.
Lo que Kant afirma rotundamente es que la felicidad y la moralidad son
realidades esencialmente diversas, por lo que ni la felicidad puede ser un prin- cipio de la moral, ni la moralidad puede garantizar la felicidad. No se refiere
Kant al concepto popular y prefilosófico de felicidad, cuyo contenido semánti- co, bastante indeterminado, no coincide del todo con el de la moralidad22. La
tesis de Kant es que la elaboración filosófica muestra que la felicidad es un ideal de la imaginación, que significa algo así como la suma de todos los placeres sensibles. Si ella fuese el principio que motiva el comportamiento moral, la éti- ca resultante sería puro y simple hedonismo. Desde el punto de vista de Kant, la argumentación es bastante clara. Si la felicidad es una realidad hedónica, consistente en la suma de todo placer y en la ausencia de todo dolor, las posibi- lidades son dos: o la consideramos como una realidad de naturaleza «extra-éti- ca», y entonces no puede ser principio de la Ética; o la consideramos de algún
19. Por «eudemonismo» entendemos una teoría filosófica que considera que la felicidad es el bien de la vida humana considerada como un todo.
20. Cfr. KANT, I., Crítica de la razón práctica, cit., p. 30. 21. Ibíd., p. 119.
modo como principio de la moral, y entonces la moral es un conjunto de reglas para obtener el placer y evitar el dolor o, lo que es lo mismo, es una moral he- donista.
Pero el punto de apoyo de todo el razonamiento no es nada claro. ¿Por qué afirma Kant que la felicidad es forzosamente una realidad hedónica, y por qué excluye que pueda estar en la línea del bien específico del hombre en cuanto ser racional? Ciertamente se advierte en la Crítica de la razón práctica una falta de información histórica. Tiene presente la posición de Epicuro (que, sin embargo, no describe con exactitud), la de los estoicos y las posiciones más o menos sen- sualistas del empirismo británico. No demuestra conocer bien el concepto aris- totélico de eudaimonía. No obstante, su afirmación no es simplemente un juicio histórico equivocado, como sería el de quien afirmase que de hecho todas las éticas eudemonistas conocidas hasta ahora han sido hedonistas. Kant formula
una tesis filosófica: la felicidad es, y no puede no ser, una realidad hedónica. Esta tesis depende del formalismo de la moral kantiana, el cual, a su vez, está estrechamente ligado a su teoría del conocimiento. El único acto cognosci-
tivo que nos pone en contacto con la realidad es la intuición sensible, y el único acto que pone a la voluntad en contacto con la realidad es el sentimiento de pla- cer y de dolor. No hay objetos o contenidos del conocimiento y de la apetición que sean de índole racional. Los elementos racionales son principios formales que operan síntesis a priori sobre el material sensible: en el plano especulativo, lo racional no son objetos del pensamiento, sino funciones que sirven para pen- sar lo sensible; en el orden práctico, lo racional no es objeto del querer, sino un principio formal que regula la volición de los bienes sensibles. En definitiva, todo lo racional es formal, y todo contenido del conocer y del apetecer es sensi- ble, empírico. Los objetos de los deseos son sensibles, y el objeto último del de- sear humano es igualmente sensible. El único bien racional o moral tiene lugar cuando la voluntad se determina a obrar por el principio que procede del espíri- tu (a priori), sometiendo las máximas subjetivas a la forma de la universalidad. Los bienes, con independencia del principio regulador a priori, pueden ser sola- mente sentidos. «Si se quiere que el concepto de bien no se infiera de una ley práctica precedente, antes bien sirva de fundamento a ésta, sólo puede ser el concepto de algo cuya existencia prometa placer determinando así la causalidad del sujeto a producirlo, es decir, la facultad apetitiva»23. Y así Kant concluye que
toda «ética de bienes y de fines», es decir, toda reflexión que conceda relevancia ética a los objetos de las tendencias o inclinaciones humanas, será forzosamente hedonista. Y toda ética fundamentada sobre un bien supremo o sobre la aspira- ción hacia él, lo será con mayor motivo.
Todo queda sometido a una alternativa que no admite mediación alguna: o formalismo o hedonismo. Pero la alternativa es falsa: está enteramente viciada
EL PAPEL DE LA CONCEPCIÓN GLOBAL DEL BIEN HUMANO EN LA ÉTICA 103
por la aceptación del error común y fundamental del sensualismo24. Dicho grá-
ficamente: «Si se pulveriza primeramente el universo en una multitud de sensa- ciones y el hombre en un caos de excitaciones instintivas (que deben estar —por otra parte, de modo incomprensible— al servicio de la conservación exclusiva de su existencia), claro es que se necesita entonces un principio activo y organi- zador, el cual, a su vez, se reduce al contenido de la experiencia natural. Dicho en pocas palabras: la naturaleza de Hume necesitaba una razón kantiana para existir; y el hombre de Hobbes necesitaba la razón práctica de Kant, si es que ambos debían acercarse a los hechos de la experiencia natural. Pero sin esta su- posición fundamentalmente errónea de una naturaleza tipo Hume y de un hom-
bre tipo Hobbes, no era necesaria aquella hipótesis; ni tampoco, por supuesto,
aquella interpretación del a priori como “ley funcional” de tales actividades or- ganizadoras»25.
La aceptación de los presupuestos empiristas impide entender a Kant que la pregunta por el bien supremo no es una pregunta por el placer, sino una pregun- ta por el género de vida que es razonable querer para sí, es decir, búsqueda de lo que según la razón es el bien completo y autosuficiente. Si a la realización de ese género de vida la llamamos felicidad, y si a ésta la consideramos como el fin al que miran últimamente nuestras acciones, felicidad y moralidad no son reali- dades heterogéneas, y la ética eudemonista no es hedonista.
La tesis kantiana priva de sentido inteligible al sistema tendencial humano, y lo hace de modo poco creíble. Es poco creíble, en efecto, pensar que el deseo de alimentarnos, el deseo de saber o de tener amigos, el gusto de trabajar, la creatividad, etc. son pura y simplemente deseos de placer, y no tendencias hacia bienes verdaderos, que ciertamente han de ser moderadas por la razón. Además, la caracterización puramente negativa de las tendencias impide alcanzar una vi- sión equilibrada del placer. Para Kant, o el placer está totalmente ausente del plano de la motivación, o lo ocupa y lo vicia por entero. Es una posición rigoris- ta para la que cualquier idea de satisfacción de la tendencia es al menos sospe- chosa, ya que no admite que el bien moral pueda ser objeto de la aspiración hu- mana26.
24. Cfr. SCHELER, M., Ética, cit., vol. I, p. 104.
25. Ibíd., pp. 104-105. Max Scheler hace esta crítica para sostener su concepción «material» del a priori, es decir, su idea de que el a priori no se opone a todo contenido y a toda experiencia, sino sólo a un tipo de contenidos y a un tipo de experiencia, quedando a salvo los contenidos eidéti- cos de la experiencia fenomenológica. Tampoco Max Scheler admite el eudemonismo, pero, al seña- lar la dependencia de la tesis kantiana que estamos estudiando respecto del empirismo británico, in- dica con acierto la raíz del problema.
26. Un estudio más detenido acerca del placer y de su relación con el bien se encuentra en LAM-