o de un «proyecto de vida»: obrar moral e identidad personal
La explicación más inmediata de que la Ética haya concentrado su interés en el fin último o bien supremo de la vida humana, ya desde sus inicios en la Grecia clásica, reside en la teoría de la acción, la cual permite constatar que el
obrar humano deliberado mira siempre a un fin último o bien supremo. Éste es
el primer punto en el nos vamos a detener1.
1. Sobre la materia tratada en este apartado, además de las fuentes clásicas, se puede consultar: ABBÀ, G., Felicidad, vida buena y virtud, cit.; ANNAS, J., The Morality of Happiness, cit.; BUCKLEY, J., Man’s Last End, Herder, St. Louis 1949; BIEN, G. (ed.), Die Frage nach dem Glück, Stuttgart-Bad Canstatt 1978; DÍAZ, C., Eudaimonia: la felicidad como utopía necesaria, Encuentro, Madrid 1987; FREIRE, J.B., Un veneno que cura: diálogo sobre el dolor y la felicidad, EUNSA, Pamplona 1995; GONZÁLEZ DE LAFUENTE, A., Acción y contemplación según Platón: Jalones para una filosofía de la
vida activa y un connubio entre teoría y práctica, CSIC, Madrid 1965; JACOBS, J., Virtue ans Self-
Knowledge, Englewood Cliffs (New Jersey), Prentice Hall 1989; MARÍAS, J., La felicidad humana, Alianza, Madrid 19943; MAYRING, PH., Psychologie des Glücks, Kohlhammer, Stuttgart-Berlin-Köln
Ya nos hemos referido a las frases iniciales de la Ética a Nicómaco, que muestran que el deseo y la acción tienen como término correlativo el bien o fin: no hay deseo ni tendencia sin un fin o un bien (verdadero o aparente); si hay de- seo, debe haber un fin al que el deseo apunta. La misma correlación existe en la afectividad y en el plano de la acción libre. La alegría y la tristeza tienen un con- tenido, y la acción voluntaria o acción libre contiene un bien: no hay acciones deliberadas «vacías». Tendencias, sentimientos y acciones están sometidos a la ley de la intencionalidad: unos y otros son fenómenos intencionales, aunque cada uno lo sea a su modo.
Cuando en esta perspectiva se habla de fin último o de bien supremo, se está sosteniendo la tesis de que la estructura intencional o «finalista» de la con- ducta humana es en último término unitaria y globalizante. Lo que significa, desde el punto de vista de los bienes o fines, que el universo de los objetos del querer se articula en una totalidad u horizonte desiderativo que de algún modo los contiene a todos. Viendo la misma cuestión desde el punto de vista del suje- to, hablar de fin último significa que el sistema tendencial y operativo humano es en último término unitario, por más que contenga impulsos que parecen opo- nerse entre sí, y que el conjunto de sus acciones forman una vida, una totalidad unitaria en sentido biográfico, en la que es posible avanzar y retroceder, cambiar de rumbo, volver a empezar, dando lugar a diversas etapas que, sin embargo, si- guen constituyendo la vida de tal o cual persona. Fin último o bien perfecto sig-
nifica objeto último del deseo, fin o bien global en el que los deseos quedan sa- tisfechos, que no deja nada importante fuera de sí y que no es referible a ningún fin ulterior o, lo que es igual, es querido por sí mismo y no en orden a otra cosa.
¿Qué nos autoriza a pensar que el obrar deliberado presupone un fin o bien como el que acabamos de describir? La respuesta más a mano se apoya en la ob- servación de que las acciones humanas se estructuran según secuencias más o menos unitarias en las que unas acciones —y los bienes a que ellas miran— se ordenan a otras. La reflexión racional advierte también que en la serie de accio- nes y de bienes ordenados unos a otros no se puede proceder al infinito, porque esto equivaldría a admitir que puede existir una aspiración sin objeto. Debe existir alguna operación o algún bien querido por sí mismo, que sería el fin últi- mo o bien perfecto2. Dicho con otras palabras, podemos considerar el vivir
como una grande y continua acción, que habrá de ser comprendida a la luz del bien al que apunta o que está en ella contenido.
1991; MILLÁNPUELLES, A., La libre afirmación de nuestro ser..., cit., pp. 241-274; PINCOFFS, E.,
Quandary Ethics, «Mind» 80 (1971) 552-571; RICHARDSON, H.S., Practical Reasoning about Final
Ends, Cambridge University Press, Cambridge 1994; RHONHEIMER, M., La perspectiva de la mo-
ral..., cit., cap. II; ROJAS, E., Una teoría de la felicidad, Dossat, Madrid 198910; SIMPSON, P., Good-
ness and Nature. A Defense of Ethical Naturalism, Martinus Nijhoff, Dordrecht-Boston-Lancaster
1987; SPAEMANN, R., Felicidad y benevolencia, cit. 2. Cfr. ÉN, I, 2, 1094 a 18-22.
A este razonamiento, ya propuesto por Aristóteles, se puede dirigir una im- portante objeción. La experiencia parece sugerir que los hombres no obramos mirando a un único fin último o bien supremo, sino que existen en nuestra vida diversos ámbitos o sectores, cada uno de los cuales parece tener su propio fin. Así, por ejemplo, todas las actividades realizadas por un ingeniero de lunes a viernes en la central eléctrica cuya manutención dirige, tienen como finalidad vigilar el funcionamiento de todos los sistemas de la central para que no se inte- rrumpa el suministro de energía eléctrica a la ciudad vecina. Sin embargo, las actividades deportivas realizadas por nuestro ingeniero los sábados por la maña- na tienen como finalidad el descanso y el mantenimiento de un buen estado de salud. El ingeniero de nuestro ejemplo realiza también, durante el fin de sema- na, otras actividades, de las cuales algunas responden al deseo de conceder a su mujer y a sus hijos la atención que merecen, mientras que otras responden clara- mente a una finalidad religiosa. ¿No quedaría bien explicada su conducta afir- mando que cada sector de la vida —el trabajo, el descanso, la salud, la atención a la propia familia, la religión, etc.— tiene un fin propio independiente del de los otros sectores, y que, por lo tanto, existen diversos fines últimos y no uno solo? O, en otros términos, ¿no parecen demostrar estas observaciones que, al realizar nuestras diversas actividades, no consideramos nunca la vida como una gran acción unitaria, sino que, por el contrario, actuamos en vista del fin especí- fico de la actividad que en cada momento nos ocupa?
La respuesta a estas preguntas es negativa. Si los fines de cada actividad
fuesen fines verdaderamente últimos, serían fines no articulados ni articulables en una totalidad que los engloba, por lo que habría que admitir que son fines inconmensurables. Pero la experiencia enseña que sólo conmensurándolos, es decir, poniéndolos en mútua relación en el seno de un todo más amplio, pode- mos tomar las decisiones oportunas cuando se produce un conflicto entre ellos.
Supongamos, por ejemplo, que un cambio en la organización del trabajo en la central eléctrica pone a nuestro ingeniero en la siguiente alternativa: o aceptar un nuevo horario que prevé trabajar también los sábados y algunos domingos por turno, pero con la ventaja de ascender de categoría profesional y de obtener un consistente aumento de la retribución; o mantener el horario de trabajo ante- rior, con lo que se cierra toda posibilidad de ascensos y de aumentos retributi- vos. Aceptar el nuevo horario de trabajo le exigiría suprimir o disminuir lo que antes hacía para descansar, atender a su familia y cumplir sus deberes religiosos. Mantener estas últimas actividades como hasta ahora implicaría, en cambio, re- nunciar a notables mejoras profesionales y económicas, con todo lo que esto trae consigo. La situación le obliga a elegir entre las diversas actividades y sus respectivos fines: hay que limitar algunos para mantener otros, o viceversa. Ante estos conflictos, nuestro ingeniero razona, y trata de comprender lo que la posi- ción económica, la carrera profesional, la atención debida a la propia familia, el descanso, la religión, o la disminución de estos bienes aporta o quita a la vida lograda, a la plenitud que busca o, más sencillamente, a la felicidad propia y a la EL PAPEL DE LA CONCEPCIÓN GLOBAL DEL BIEN HUMANO EN LA ÉTICA 91
de los seres queridos. Sin entrar aún en juicios de valor, es innegable que la de- cisión que tome nuestro ingeniero presupone una idea —acertada o desacertada que sea— acerca del bien global de su vida, bien al que refiere y en razón del cual establece prioridades entre los demás fines.
El razonamiento que acabamos de exponer no nos dice cuál es el fin último del hombre, ni tampoco significa que la idea que cada uno tiene acerca de su bien global no pueda cambiar a lo largo de la vida. Lo que sí nos dice es que muchas de las decisiones que tomamos o, más concretamente, que las decisio- nes con que establecemos una jerarquía entre nuestras diversas actividades y sus respectivos fines, sólo pueden ser tomadas razonablemente sobre la base de la idea que en ese momento de la vida tenemos acerca de nuestro bien global, acer- ca del tipo de vida que deseamos, que la Ética llama fin último. Es posible con- mensurar los fines de las diversas actividades, estableciendo determinadas prio- ridades entre ellos, sólo sobre la base de un fin único y de orden superior. Desde el punto de vista de la teoría de la acción, la unicidad del fin es inseparable de
su carácter de último, y el único fin último es la condición de posibilidad del or- den o de las prioridades que cada uno establece para la propia vida3.
El mismo ejemplo utilizado muestra en qué sentido se afirma que el fin úl- timo es único. Ser único no significa necesariamente ser exclusivo de los de- más fines. En realidad, también se puede considerar el fin último como un bien inclusivo, esto es, como un bien que actúa como principio o criterio ordenador de muchos otros bienes, articulándolos en un proyecto o plan de vida que pare- ce el mejor y el más deseable. Por eso, los estudiosos de Ética hablan con fre-
cuencia de «vida buena», o de «vida lograda», para referirse al fin último. Es
decir, el fin último no es una cosa, un estado o un sentimiento de satisfacción. Es más bien un tipo o un género de vida. Quien sacrifica su salud, su familia o sus convicciones religiosas sobre el altar de la carrera profesional lleva un gé- nero de vida diverso de quien, no aceptando ese sacrificio, se organiza para cultivar simultáneamente las diversas dimensiones existenciales que considera importantes, aunque ello implique aceptar criterios de orden que, considerando aisladamente cada una de esas dimensiones, podrían ser interpretados como lí- mites.
Esta última observación nos permite precisar qué se quiere decir exacta- mente cuando se afirma que el fin último hace conmensurables las finalidades no últimas. Conmensurar los fines no últimos significa ponerlos en relación mú- tua, articularlos en una totalidad armónica y deseable, concediendo a cada uno de ellos el puesto y la importancia que en esa totalidad les corresponde. Con- mensurarlos no significa disponer de ellos arbitraria o instrumentalmente. En términos más técnicos, el hecho de que el fin último sea uno solo no significa
3. Este punto es bien expuesto por ANNAS, J., The Morality of Happiness, cit., especialmente caps. I y XV.
que los demás fines queden reducidos a medios, disponibles, por consiguiente, para un tratamiento puramente instrumental. Los fines no últimos y el fin último
no se relacionan entre sí como los medios y el fin. Su relación mútua se asemeja más bien a la que existe entre las partes y el todo. Las diversas actividades y di-
mensiones existenciales de la vida humana son partes de la vida buena, y aqué- llas, para ser efectivamente tales, deben ocupar el puesto que en la vida buena les corresponde. La vida por ellas integrada deja de ser buena cuando esas acti- vidades y fines se buscan o se realizan desordenadamente, es decir, con intensi- dad, extensión, modalidad, etc. diversa de la exigida por la vida buena4.
Cuanto acabamos de decir corresponde a la estrecha e ineludible relación entre identidad personal y bien, puesta de manifiesto de modo brillante por Ch. Taylor. Nuestros juicios y decisiones morales presuponen en último análisis un cuadro de referencia, del que no es posible prescindir, porque ese cuadro no es otra cosa que nuestra propia identidad personal. A la pregunta por mi identidad o por la identidad de la persona que cruza la calle, no se puede dar respuesta cumplida indicando el nombre y apellidos, la ciudad natal o la profesión. Saber quién es una persona es saber lo que para ella es importante, conocer las distin- ciones cualitativas o «valoraciones fuertes» que inspiran sus juicios y decisio- nes, sus sentimientos de alabanza y de desaprobación, y que explican el signifi- cado que atribuye a sus actividades y a su vida. Lo que una persona hace o no hace es últimamente comprensible sólo si sabemos lo que esa persona quiere ser, es decir, si sabemos lo que ama5.