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Ecological Effect Models for Assessing the Risks of Pesticides: Ongoing Developments in the US and EU

En puridad, el debate acerca de la innovación en la literatura infantil se remonta al periodo moderno.

En su afán de romper con la tradición, las llamadas literaturas de vanguardia (literatura moderna, literatura avant-garde) asumieron la innovación y la experimentación como metas de la creación literaria. Sin embargo, la mayor parte de los críticos están de acuerdo en que esta voluntad de cambio no tuvo mayor impacto en la literatura infantil, puesto que casi la totalidad de la producción se mantuvo apartada de estas corrientes y continuó con los modelos tradicionales del realismo decimonónico y de la fantasía que se considera heredera de la tradición folklórica.

Dusimberre, en su obra Alice to the Light House: Children’s Books and Radical

Experimentation in Art (1987), (Alicia hacia El faro: Los libros infantiles y la

experimentación radical en el arte), sostiene que la experimentación de autores modernos como Virginia Wolf se vio muy influida por los experimentos que realizaron autores de literatura infantil como Carroll y Lear quienes, menos condicionados por las prescripciones de la literatura victoriana, pudieron jugar de manera más libre con el sinsentido (nonsense) y otras formas de juego, dando pie a la ruptura con la tradición que propusieron más tarde los autores de la primera mitad del siglo XX.

No obstante, y aunque resulte atractivo pensar que los cambios de la literatura moderna se propiciaron en el seno de una literatura infantil innovadora y alejada del canon que se ofrecía a los niños y niñas, lo cierto es que una mirada panorámica a la literatura infantil del siglo XX revela que la innovación no parece ser la tendencia general, sino que más bien resulta excepcional.8 La innegable influencia de autores como Carroll, pese a extenderse a través de un largo período, se manifiesta solamente en casos aislados, como el de los álbumes editados por Harlin Quist en colaboración con François Ruy-Vidal entre 1966 y 1978: esta producción figura como una de las excepciones en la que se observa una sintonía con la experimentación de las vanguardias a través de una ruptura hacia el surrealismo, manifestada mediante el ataque a la lógica y la proliferación de imágenes que se asocian de manera azarosa (Paley, 1990).

Para la corriente moderna, la experimentación en los libros para niños y niñas significó el apartarse del realismo para abordar territorios más oscuros como el inconsciente y lo irracional, alejarse de las convenciones para experimentar con las formas, la vuelta a un cierto romanticismo que equiparaba a los niños con los poetas, y el desafío al utilitarismo del didacticismo. No obstante, no todos los críticos consideraron esta experimentación como necesariamente innovadora: así Perrot en 1978, reconociendo esta tendencia surrealista, señalaba cómo el llamado “avant garde” era un término que implicaba una gradación, por lo que resultaba necesario analizar el corpus de la literatura infantil como objeto cultural para determinar si las obras se inscribían verdaderamente en este movimiento que desafiaba el status quo propiciado por la educación y la ideología del Estado.

En definitiva, hasta la llegada del postmodernismo, si bien se reconoce una tradición de libros experimentales para niños y niñas que se inició con Blake y sus Canciones de inocencia y Canciones de experiencia y se continuó con

8 Este punto lo han sostenido autores como Reynolds (1994) que se refiere a la tendencia al conservadurismo, Nodelman (1992), quien se refiere a la pervivencia de modelos que se repiten, y Colomer (1995-1998), cuando expone el “supuesto de simplicidad” de Shavit -que será descrito más adelante-.

álbumes modernos muchas veces creados por artistas de vanguardia como Oscar Kokoschka o El Lissitsky (Paley,1990,1991-1992), ésta no llega a constituir en ningún momento una tendencia relevante de la literatura infantil9. Lejos de eso, la mayoría de la literatura infantil ha demostrado ser

poco proclive a la experimentación y a la subversión, resistencia que puede explicarse por la función educativa que le ha tocado ejercer y por el conservadurismo a la hora de seleccionar el tipo de experiencias en las que se quiere introducir a los jóvenes (Colomer, 1995-1998).

En cuanto a la época postmoderna, hemos señalado cómo las innovaciones con respecto a la tradición se manifiestan no tanto a través del experimentalismo subversivo que caracterizó al modernismo, sino más bien por medio de la recontextualización de formas tradicionales que, presentadas de esta manera, resultan -más que subversivas- problemáticas y/o artificiales. Algunos autores han manifestado su entusiasmo por la presencia de características atribuibles al postmodernismo en las obras infantiles, como lo muestra esta afirmación de Beckett:

La literatura infantil contemporánea se ha convertido en un campo para la innovación y la experimentación, desafiando las convenciones, los códigos y las normas que tradicionalmente han gobernado al género. Fuertemente influenciada por la estética moderna y del postmodernismo, la literatura infantil ahora refleja las corrientes dominantes en la literatura adulta y, algunas veces, incluso las inicia. (Beckett, 1995:xvii).

Un poco más cautelosa que Beckett, Nikolajeva (1996) plantea que la tendencia a la innovación no es una tendencia dominante, pero que probablemente irá en aumento tal vez debido a que los autores muestran más confianza en sus lectores o porque tal vez las habilidades de los lectores para entender la complejidad de las obras también ha crecido.

9 En la literatura infantil española también se han resaltado autores que trajeron la innovación moderna a la literatura infantil. El trabajo de Jaime García Padrino “Tradición e innovación en la narrativa infantil” (1999-2000), ofrece un balance en estas tendencias en la literatura infantil en lengua castellana.

Pero este entusiasmo ha sido debatido, pues, aunque es cierto que existen cada vez más obras que albergan rasgos de la modernidad y postmodernidad, éstas siguen sin representar la tendencia general de la literatura infantil. Stevenson afirma que este tipo de apreciaciones en torno al elevado grado de innovación de la literatura infantil muestran más un deseo que una característica real del campo:

La literatura infantil, por lo tanto, no es un género dado a la innovación, y demuestra más bien una preocupación de preservar las estrategias narrativas convencionales. Las ficciones experimentales y la investigación sobre las convenciones están, por lo general, años atrás que las de la literatura para adultos (Stevenson, 1999:10).

Ambas posiciones del debate en torno a la innovación reconocen la presencia creciente de rasgos innovadores y rompedores de las convenciones; el punto de debate está, por tanto, en el grado de generalización de la tendencia. Mientras a algunos les gustaría sentir que estos cambios son una señal que supone un debilitamiento de la tendencia conservadora en la literatura infantil; otros advierten que esa tendencia se mantiene y probablemente mantendrá, debido a los condicionantes educativos y las necesidades del público lector, que necesita conocer las narraciones tradicionales y aprender acerca del funcionamiento de las convenciones para poder identificar las propuestas de las narraciones más experimentales e innovadoras.

En este debate, la postura favorable a la innovación encuentra argumentos en la experimentación y la ruptura que se aprecia en la producción de álbumes modernos. Y hasta algunos que, como Stevenson, consideran que la tendencia general de la literatura infantil es el apego a las convenciones, subrayan que el álbum es la excepción (este tema será tratado más adelante en la Sección 2, en la que abordaremos el álbum y su especificidad).

1.4.2.B) El debate sobre el postmodernismo en la literatura infantil

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