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2.3 Analysis of literature with regard to Enabling Factors

2.3.4 Analyses and description of Enabling Factors

2.3.4.4 EF4: Internal Interconnectedness (II)

Guattari, es totalmente el opuesto al de Althusser. Queda, evidentemente, la amis- tad profunda que dirige sus homenajes a Foucault. Valoro, no obstante, sin tener el tiempo aquí de establecer lo que esta amistad creadora no debe enmascarar, tan- to del uno como del otro, el pensamiento —central— de lo que es una singulari- dad concreta que cambia por completo.

Entonces, ¿cómo convocarlo para nuestro tiempo? ¿cuál es esta evidencia que lo mantiene con nosotros, aunque sea en la distancia irónica de su perpetua retirada, en la línea del frente donde luchamos contra la infamia reaccionaria? Yo la disemino, esta evidencia, en cinco motivos mayores, todos ellos ligados a la cons- tatación de un agotamiento (otra de las palabras que también amaba). “Agotado”, lo estaba a menudo, y se sentía entonces como muchos de sus héroes, Melville o Beckett, por ejemplo.

1. Al agotamiento de todo pensamiento del fin (el fin de la metafísi- ca, el fin de las ideologías, el fin de los grandes relatos, el fin de las revoluciones...), Deleuze opone la convicción de que nada es “in- teresante” al menos que sea afirmativo. La crítica, los límites, las impotencias, los fines, las modestias, todo eso no vale una sola afir- mación verdadera.

2. Los motivos de la unidad, de la agrupación, del “consenso”, del va- lor común, no son más que malas fatigas del pensamiento. Lo que haya de valor es, ciertamente, sintético, como lo es toda creación, pero en la forma de la separación, de la disyunción. La síntesis dis- yuntiva, ahí está la verdadera operación de quién está “forzado” a pensar (pues no se piensa “libremente”, se piensa bajo presión, se piensa como “autómata espiritual”).

3. Es necesario dejar de especular sobre el tiempo, su precariedad, su omnipresencia subjetiva. Acabemos con toda fenomenología de la “conciencia íntima del tiempo”. Pues lo que cuenta es la eternidad, más precisamente esta intemporalidad temporal que recibe el nom- bre de acontecimiento. El gran y único “golpe de dados” donde la vida (se) juega su azar como su eterno retorno.

4. Hay que acabar con la obsesión del lenguaje. La palabra importa vi- vamente, pero es tomada en su correlación multiforme con la ex- periencia afirmativa integral, no es una potencia sintáctica consti- tuyente. Confundir la filosofía con la gramática, o con el inventario de las reglas, es una aberración. Dejemos ahí, como una vieja piel, la idea de que la forma natural del pensamiento es el juicio. Sobre todo no juzgar: un buen axioma del pensamiento. En lugar del jui- cio, la experiencia impersonal, el devenir, cogido “por el medio”. 5. La dialéctica es(tá) agotada. Es preciso levantarse contra lo negati-

vo. Se reúne así, según el método del Retorno, con el punto 1: en- contrar ascéticamente, lo que quiere justamente decir sin negación de ninguna clase, por pura confianza involuntaria en los devenires, la afirmación integral de lo improbable.

Diría, de buena gana, que lo que recapitula todas estas preciosas lecciones, para aquel mismo que como yo no comparte el detalle o lo argumentario, que lo que las sostiene es una sola prescripción negativa: combatir el espíritu de finitud, combatir la falsa inocencia, la moral de la derrota y de la resignación, contenida en la palabra “finitud” y en las molestas proclamaciones “modestas” sobre el destino finito de la criatura humana. Y una sola prescripción afirmativa: no acordar su con- fianza más que al infinito. Para Deleuze, el concepto es el recorrido de sus compo- nentes reales a “velocidad infinita”. Y el pensamiento no es nada más que una ar- diente exposición en el infinito caótico, en el “Caosmos”. Sí, la línea del frente de la que yo hablaba más arriba, aquella donde se mantiene con nosotros, y por lo mis- mo se afirma como un contemporáneo capital, es ésta: que el pensamiento sea fiel al infinito del que él depende. Que no se conceda nada al detestable espíritu de fi- nitud. Que en la única vida que nos es impartida como despreocupada por los lími- tes que el conformismo nos asigna, intentemos, a toda costa, vivir, como decían los antiguos, “como inmortales”. Lo que quiere decir: exponernos tanto como se pue- da, exponer en nosotros, tanto como se pueda, el animal humano a lo que lo excede.

UN FILÓSOFO, EN LAS FRONTERAS DE UNA MUTACIÓN del pensamiento, de sus objetos y sus fines. Y que intentaba captar, sobre un horizonte de genealogía nietzscheana, las configuraciones donde toma sentido lo que hay en tal o cual mo- mento, tal gesto de la verdad.

Un intelectual —contra todos aquellos, decía, a los que la palabra les da náuseas. Una figura solitaria de la maestría, sin escuela, sin entorno, a menudo silencioso. Un sabio, en la excelencia de este término, lleno de humor, modesto, capaz, cuando la ocasión lo requería, de una gran violencia racional.

Alguien cuyo maestro invisible seguía siendo George Canguilhem. Donde re- conocer el gusto del trabajo, de la prueba, documentada, de la interrupción, tanto como la certidumbre puntual: el no desfallecer es regla de ética.

Una escritura francesa, rápida y curva a la vez, pronta a la imagen, como a su revocación.

Títulos de nobleza insospechables conferidos a la biblioteca, a la comproba- ción, al archivo.

La capacidad de sorprender, y también el poder de desaparecer. Una radical ausencia de ostentación, un hombre del metro y de la multitud, de la enseñanza para algunos, de la gloria anónima bajo su nombre propio.

Un militante de las causas singulares —todas los son— un hombre del ado- quín y de la declaración. La alianza, siempre admisible, de la majestad de la cáte- dra y la trivialidad de las prisiones.

Brevemente, en estos tiempos tan rebajados, aunque se le lea, y muy poco, de acuerdo o en desacuerdo, una barrera contra la canallada. Ni en el saber, ni en las instituciones, queda de él demasiado. Y sin él estamos un poco más expuestos, somos un poco más vulnerables.

Para una generación de filósofos el riesgo fue la guerra, la Resistencia. Allí perdimos a Cavaillès y a Lautman. El riesgo de Foucault era simplemente el mundo tal cual es, sin gracia, y en la asfixia siempre recomenzante de todo lo que aspira a lo universal.

Estaba —este benefactor— al mismo nivel con el mundo, para mí, y lo vuel- vo a sentir estos días con una penetrante inquietud, era como una especie de di- que lejano y asegurado contra todo lo que se encuentra allí de bajura y de irrevo- cablemente sometido. Estaba al cuidado de saber lo que un sujeto puede cultivar de relación legítima consigo mismo. Así, según una tendencia nacional esencial, las disposiciones más finas del conocimiento se subordinan a la ética.

Es necesario decir el racionalismo de Foucault, reivindicar su tensión y exten- derlo. Añadir fe al detalle de sus construcciones no es tan decisivo como reconocer que no se cederá sobre la ambición y la universalidad de los dispositivos del conocimiento.