II. REVIEW OF LITERATURE
2.4 Effect of nutrient supply on biological properties of soil
A
FORISMOS— S
ENTENCIASEl libro de los Aforismos sobre la sabiduría de la vida es muy importante ya que, en algún modo, podemos considerarlo como el testamento práctico de Schopenhauer.
Así pues, espero que no disguste ahora al lector que, con permiso del muy claro Chilesotti[40]
, reproduzca aquí algunos de los pensamientos y de las sentencias dispersos en tal libro.
En el primer capítulo, titulado División fundamental, Schopenhauer comienza reduciendo a tres condiciones fundamentales «lo que distingue las suertes de los mortales»:
1.º Lo que se es; por tanto, la personalidad en el sentido más lato (la salud, la fuerza, la belleza, el temperamento, el carácter moral, la inteligencia y su desarrollo).
2.º Lo que se tiene (propiedad y riqueza de cualquier naturaleza).
3.º Lo que se representa. Con esta expresión, dice Schopenhauer, «se entiende la manera en la que los demás se figuran a un individuo, por tanto, lo que este es en la representación de los demás» (honor, rango, gloria).
Aquí algunas sentencias:
De lo que se es
El mundo en el que se vive depende del modo de entenderlo, que es diferente en cada cabeza; según la naturaleza de las inteligencias aquel parecerá pobre, insípido y vulgar, o rico, interesante o importante...
En los escenarios, Ticio representa a los príncipes, Cayo a los magistrados, Sempronio a los lacayos, o a los soldados, o a los generales, y así. Pero estas diferencias no existen más que en el exterior. En el interior, como hueso del personaje, se oculta en todos el mismo ser, o sea un pobre comediante con sus miserias y sus afanes.
En la vida social sucede lo mismo. Las diferencias de rango y de riqueza dan a cada cual el papel a representar, al que no corresponde diferencia interna alguna en felicidad y bienestar; aquí también está en cada cual el mismo pobre bobo con sus miserias y sus fastidios, que pueden diferir entre los individuos en cuanto al fondo, pero que en cuanto a la forma, o sea con relación al ser propio, son más o menos los mismos en todos; cierto es que hay diferencia en el rango, pero esta depende únicamente de la posición o de la riqueza, quiere decirse del papel que hay que representar.
Nadie puede escapar de su propia individualidad.
Los límites de las facultades intelectuales son, de forma especial, los que determinan de una vez para siempre la aptitud para las alegrías de orden superior.
Lo que un hombre es por sí mismo, lo que le acompaña en la soledad, y lo que nadie sabría darle o quitarle, es, evidentemente, más esencial para él que todo lo que puede poseer, o puede ser a ojos de los demás.
Un hombre de ingenio, en la soledad más absoluta, encuentra en sus pensamientos, y en su imaginación, algo con lo que entretenerse con deleite, cuando, por contra, el individuo pobre de espíritu podrá variar las fiestas, los espectáculos, los paseos y los divertimentos sin conseguir expulsar el aburrimiento que le tortura.
Un buen carácter, moderado y dulce, podrá contentarse en la indigencia, mientras que todas las riquezas del mundo no podrían satisfacer a un carácter ávido, envidioso y malvado.
En cuanto al hombre dotado permanentemente de una extraordinaria individualidad, intelectualmente superior, él puede estar sin la mayor parte de esos placeres a los que, por lo general, aspira la gente; es más, estos no son más que una interrupción y un peso. Cuanto podemos hacer es emplear la personalidad, tal cual nos fue dada, para nuestro mayor provecho; por consiguiente, no cultivar sino las aspiraciones que se le adaptan, no buscar sino el desarrollo que le es apropiado, evitándose cualquier otro; no elegir, por lo tanto, sino el estado, la ocupación, el género de vida que le convienen.
Lo que uno tiene en sí mismo es lo esencial para la felicidad en la vida.
Únicamente porque de ordinario la dosis resulta tan pequeña, es por lo que la mayor parte de los que ya han salido victoriosos en la lucha contra la necesidad se sienten tan infelices como quien se encuentra aún en la batalla.
El vacío de su interior, lo insustancial de su conciencia, la pobreza de su espíritu les llevan a buscar compañía, pero una compañía compuesta de personas semejantes a ellos; porque similis simile gaudet[41]. Entonces empieza la persecución común de los pasatiempos y de los divertimentos, que ellos buscan desde el principio en los gozos sensoriales, en los placeres de cualquier especie y, finalmente, en las orgías. La fuente de este funesto derroche, que en un tiempo increíblemente breve hace que se disipen grandes herencias de tantos hijos de familia, ricos de nacimiento, no es en realidad sino el aburrimiento resultante de esta pobreza y de este movimiento del espíritu que acabamos de describir. Un joven que es traído así al mundo, rico por fuera pero pobre por dentro, se esfuerza inútilmente en suplir el defecto de la riqueza interna con la externa; él quiere recibir todo de fuera, igual que los viejos que tratan de fortalecerse con la transpiración de las jovencitas.
externa.
Lo que contribuye más directamente a nuestra felicidad es un humor alegre, ya que esta buena cualidad encuentra enseguida su recompensa en sí misma. De hecho, quien es gayo siempre tiene motivo para serlo por la misma razón que él lo es.
Nada puede sustituir tan completamente a todos los demás bienes, como lo hace esta cualidad, mientras que ella misma no puede ser sustituida por cosa alguna.
En mis primeros años de juventud un día leí en un libro antiguo la siguiente frase: Quien
ríe mucho es feliz, y quien llora mucho es infeliz. La observación es muy banal, pero,
debido a su sencilla verdad, nunca la he podido olvidar, y ello pese a ser el superlativo de un «truism» (perogrullada). Así pues, debemos abrir puertas y ventanas a la jovialidad cada vez que se presenta, pues esta no llega jamás en mal momento, y no dudar en recibirla, como solemos hacer, queriendo antes darnos cuenta de si tenemos, en todo respecto, buenos motivos para estar contentos; o también por miedo a que ella nos distraiga de reflexiones serias y de importantes preocupaciones; pero que estas puedan mejorar nuestra condición es harto incierto, mientras que la jovialidad es un beneficio inmediato...
Pues cuanto más posee un hombre en sí mismo, tanto menos útiles pueden ser los demás para él.
Por eso la superioridad de la inteligencia conduce a la insociabilidad.
¡Ah! Si la calidad de la sociedad pudiese sustituirse por la cantidad, merecería la pena incluso vivir en el gran mundo; pero por desgracia cien mentecatos amontonados no dan un hombre inteligente.
... En la soledad, allí donde cada uno es reducido a sus solos recursos, se capta lo que uno tiene por sí mismo; allí el imbécil, bajo la púrpura, suspira aplastado por el peso de su miserable individualidad, mientras que el hombre altamente dotado puebla y anima la contrada más desierta con sus pensamientos.
...
Así pues, concluyendo, se ve que un individuo cualquiera es tanto más sociable cuanto más pobre de espíritu es y, en general, cuanto más vulgar es...
La razón por la cual tantas mentes pobres están expuestas al aburrimiento tiene que ver con que su intelecto no es más que el intermediario de los motivos para su voluntad...
... Para combatirlo[42]
se sugieren a la voluntad, poco a poco, motivos reducidos, provisionales, elegidos indistintamente para estimularla, y para poner también en funcionamiento el intelecto que debe captarlos; por tanto, estos motivos están en relación con los motivos reales y naturales, igual que el papel moneda lo está en relación con el dinero, porque su valor no es más que convencional. Tales motivos no son más que juegos de naipes, entre otros, inventados precisamente para el fin que hemos indicado.
En su ausencia, el hombre pobre de sí mismo se pondrá a aporrear los cristales o a golpear todo lo que cae entre sus manos.
También el puro sirve fácilmente como sustituto de los pensamientos... ¡Oh, raza miserable!
... No hay mucho que ganar en este mundo; la miseria y el dolor lo llenan, y para aquellos que han sorteado estos males, el aburrimiento permanece allí acechándoles en cualquier parte.
Incluso, de ordinario, es la perversidad la que reina y la estulticia la que habla más fuerte.
El destino es cruel y los hombres son miserables.
En un mundo así, aquel que tiene mucho en sí mismo se parece a una habitación con el árbol de Navidad; iluminada, cálida, alegre, en medio de las nieves y los hielos de una noche de diciembre...
Para el hombre destinado a imprimir la huella de su espíritu en la humanidad entera no existen más que una sola felicidad y una sola infelicidad, y pueden o perfeccionar su ingenio y completar sus obras, o impedírselo. Para él lo demás no tiene importancia...
De lo que se tiene
Las personas que, sin contar con un patrimonio, logran ganar mucho dinero con su ingenio, cualquiera que este sea, caen casi siempre en la ilusión de creer que su ingenio es un capital estable, y que el dinero que rinde su ingenio es por consiguiente el interés de dicho capital. Por eso, no ahorran parte de lo que ganan para darse una renta segura, sino que gastan en la misma medida que ganan. Se sigue que, cuando sus ganancias se estancan o cesan completamente, caen en la miseria; de hecho, o bien se agota su talento mismo, perecedero por naturaleza —como lo es, por ejemplo, el genio de casi todas las bellas artes—, o bien desaparecen las especiales circunstancias o las ocasiones que lo hacían productivo.
Los artesanos pueden siempre llevar una vida tal, porque la capacidad que requiere su oficio no se pierde fácilmente o puede ser subrogada por el trabajo de sus obreros; además, sus productos son objetos de necesidad cuyo comercio está siempre asegurado; con razón, dice un refrán alemán: Ein Handwerk hat einen goldenen Boden; a saber, quien ha oficio, ha beneficio[43]
.
En general, se encontrará que, ordinariamente, aquellos que ya han luchado con la verdadera miseria y con la carencia las temen incomparablemente menos, y que están más inclinados al derroche que quienes conocen estos males solo de oídas.
No creo que sea indigno de mi pluma el recomendar aquí el cuidar en conservar la fortuna propia, ganada o dada en herencia, pues es una inestimable ventaja el poseer una
sustancia tan terminada, aun cuando no bastase sino para dejarnos vivir holgadamente solo y sin familia, en una verdadera independencia, a saber, sin necesidad de trabajar. He aquí lo que constituye el privilegio que libra de las miserias y de los propios tormentos de la vida humana; he aquí la emancipación de la esclavitud general que es destino de los hijos de la tierra. Solo por este favor del destino se nace como hombres verdaderamente
libres; solo por esta condición se es verdaderamente sui juris, dueños del propio tiempo
y de las propias fuerzas, y se podrá decir cada mañana: el día me pertenece. Pues la diferencia entre quien tiene una renta de mil táleros y quien tiene una de cien mil es infinitamente más pequeña que entre el primero y quien nada tiene.
Solo un pobre diablo se inclina bastante a menudo y bastante tiempo, y sabe doblar la espalda en reverencias de noventa grados exactos; solo él padece todo con una sonrisa en los labios; solo él reconoce que los méritos no tienen valor alguno; solo él elogia públicamente y en voz alta, o en grandes caracteres, las chapuzas literarias de sus superiores o, en general, de los hombres influyentes: solo él puede iniciarse a tiempo, a saber, desde la primera juventud, en la oculta verdad que Goethe nos ha revelado con estas palabras: «Que nadie se lamente de la infamia, pues ella es la potencia, se diga lo que se diga».
De lo que se representa
Conceder demasiado valor a la opinión de los demás es una superstición universalmente dominante; aunque ella tenga sus raíces en nuestra naturaleza, o haya brotado con el nacimiento de la sociedad y de la civilización, es seguro que ejerce, en cualquier caso, sobre nuestra conducta una influencia desmesurada y hostil a nuestra felicidad.
La influencia del todo benéfica de una vida retirada sobre nuestra tranquilidad de ánimo y sobre nuestra satisfacción proviene, en gran parte, de que ella se sustrae de la obligación de vivir constantemente bajo la mirada de los demás; y, en consecuencia, nos quita la incesante preocupación por su opinión: lo que supone como efecto la rendición a nosotros mismos. De este modo, igualmente evitaremos muchos males efectivos, cuya única causa es esta aspiración puramente ideal, o, para decirlo más correctamente, esta deplorable demencia...
Un excelente refrán árabe dice: Bromea con el esclavo, y él te mostrará el trasero. Tampoco es desdeñable la máxima de Horacio: Sume superbiam quaesitam[44] meritis (Asume la soberbia que requieren los méritos).
La modestia es, propiamente, una virtud inventada principalmente para uso y consumo de los patanes, porque exige que cada uno hable de sí mismo como si fuese un patán: lo que establece una admirable nivelación y produce la apariencia misma como si no hubiese, en general, algo más que la canalla.
... El orgullo más barato es el orgullo nacional. Él revela en los que adolecen de él la ausencia de cualquier cualidad individual de la que poder estar orgulloso, pues, si así no fuese, este no hubiese recurrido a una cualidad que comparte con tantos millones de individuos. Cualquiera que posea distinguidos méritos personales reconocerá, sin embargo, claramente, los defectos de su nación; pues los tiene siempre ante sus ojos. Pero cualquier miserable imbécil, que no tiene en el mundo nada de lo que enorgullecerse, se precipita sobre este último recurso; o sea, el estar orgulloso de la nación a la que casualmente pertenece. Se diría que con ello se siente aliviado; y, en agradecimiento, está dispuesto a defender con manos y pies todos los defectos y todas las tonterías propias de sus compatriotas.
... Se trata de un valor convencional, más exactamente, de un valor simulado; su acción resulta en un fingido respeto, y todo se torna comedia para la masa. Las condecoraciones son letras de cambio libradas a la opinión pública; su valor se basa en el crédito del librador.
...
... En efecto, la masa tiene ojos y oídos, pero nada más; sobre todo escasea su entendimiento, y corta es también su memoria.
El honor es objetivamente la opinión que los otros tienen sobre nuestro valor, y subjetivamente, el temor que nos inspira tal opinión.
... El fundamento del principio del honor femenino es un espíritu corporativo saludable, incluso necesario, pero bien calculado y fundado en el interés: se le podrá fácilmente atribuir la importancia más alta en la vida de la mujer, se le podrá asignar un gran valor relativo, pero nunca jamás un valor absoluto que trascienda al de la vida y sus fines... ... El matrimonio morganático, es decir, contraído a pesar de toda conveniencia externa, es, en último término, una concesión que se hace a las mujeres y a los curas; dos personas a las que hay que guardarse en lo posible de conceder cualquier cosa...
... Con el cristianismo los juegos de los gladiadores fueron abolidos; pero en su lugar, y bajo el soberano reinado de la religión de Cristo, se instituyó el duelo, con el juicio de Dios como intermediario. Si los primeros eran un cruel sacrificio ofrecido a la pública curiosidad, el duelo es un sacrificio no menos cruel al prejuicio general; sacrificio en el que no resultan inmolados culpables, esclavos o prisioneros, sino hombres libres y nobles.
El necio corre tras los placeres de la vida, y no encuentra más que desengaños; el sabio evita los males. Si a pesar de sus esfuerzos no alcanza la meta, la culpa es del destino, no de la locura. Pero, por poco que lo consiga, no tendrá nunca desilusiones, porque los males de los que habrá escapado son siempre reales. En el caso mismo de que hubiese hecho, para evitarlos, un giro demasiado grande, o hubiese sacrificado inútilmente algún
placer, él no habrá perdido nada en realidad, pues los placeres son quiméricos, y desolarse por su pérdida sería una mezquindad, o más bien una ridiculez.
En cualquier caso, pasado poco tiempo llega la experiencia, y nos lleva a comprender que la felicidad y el placer son una fata morgana[45]
, la cual, visible solo de lejos, desaparece cuando uno se aproxima a ella; y que, en cambio, la pena y el dolor tienen una realidad, y se presentan inmediatamente y por sí mismos sin atender a ilusiones o esperanzas lisonjeras.
La magnificencia es siempre asunto de mera apariencia, como la decoración de los teatros. Le falta la esencia.
El repicar de las campanas, los trajes sacerdotales, el gesto devoto y los actos grotescos son el reclamo, la falsa apariencia de la devoción, etc. Así pues, casi todas las cosas de este mundo pueden considerarse nueces vacías; la carne es rara por sí misma, y todavía más lo es que se esconda en su cáscara. Es menester buscarla en un lugar completamente diferente y de ordinario se la encuentra solo por casualidad.
La canción, tan conocida, de Goethe «He puesto mis esperanzas en la nada» significa, en el fondo, que solo cuando el hombre se haya liberado de todas sus pretensiones y haya sido reducido a la desnuda y pelada existencia, podrá adquirir esa calma del ánimo en que se basa la felicidad humana, pues tal tranquilidad es indispensable para gozar el presente de la vida y el porvenir.
Bastarse a sí mismo, ser para uno mismo todo en todo y poder decir omnia mea mecum
porto (llevo conmigo todas mis posesiones), estas son, ciertamente, las condiciones más
favorables para nuestra felicidad; por eso nunca se repetirá lo suficiente la máxima de Aristóteles: «La felicidad es para los que se bastan a sí mismos».
Lo que quita a los grandes espíritus el gusto por la sociedad es la igualdad de derechos y la pretensión que se deriva, frente a la disparidad de las facultades y de las producciones (sociales) de los demás. La denominada buena sociedad aprecia toda clase de méritos, salvo los méritos intelectuales; es más, estos no entran sino de estraperlo.
Ella impone la obligación de demostrar una paciencia sin límite con toda tontería, con toda extravagancia, con todo absurdo, con toda torpeza; los méritos personales, sin embargo, deben mendigar el perdón u ocultarse, porque su superioridad intelectual, sin el concurso de la voluntad, ofende por su sola existencia.
Para los hombres sería una lección importante el aprender a amar la soledad de buena hora, esta fuente de felicidad y de quietud intelectual.
calentarse recíprocamente el espíritu, análogo al modo en el que, cuando hace mucho frío, se calientan el cuerpo amontonándose y pegándose los unos a los otros. Pero el que posee en sí mismo un gran calor intelectual no tiene necesidad de tales acumulamientos... La consecuencia de todo ello es que la sensibilidad de cada uno está en razón inversa a su valor intelectual; decir de alguien «es muy insociable» significa, más o menos, «es un