II. REVIEW OF LITERATURE
2.2 Nutrient availability, uptake and use efficiencies in crops/cropping system as influenced by nutrient management approaches
2.2.3 Nutrient use efficiency
Después de lo que hemos dicho en el capítulo anterior, poco nos queda por exponer en relación con la doctrina moral de A. Schopenhauer, la cual se inserta, naturalmente, en el tronco de su metafísica, de la que es, por decirlo de alguna manera, una forma particular; con otras palabras, una consecuencia lógica.
Todo se basa en la afirmación de la voluntad de vivir.
Una vez demostrado cómo cada criatura, y por ende también el hombre, son impulsados en sus actos, más o menos, por el deseo de gozar, de poseer, de reproducirse, se sigue que dichos actos deben ser necesariamente malos y corruptos.
En verdad, dice Schopenhauer, todas las malas acciones pueden reducirse a la
voluntad de vivir a costa del otro. En este sentido, entre los delitos más crueles y las
formas más refinadas del egoísmo solo hay una diferencia de grado.
Por el contrario, «a medida que la individualidad pierde su valor para el individuo, a medida que este reconoce que la individualidad es una ilusión, y que existe en él mismo no menos que en los demás, él procede por el camino de la virtud».
Así se explica cómo, desde el punto de vista de Schopenhauer, «las acciones verdaderamente morales no pueden nacer sino de la convicción de que el mal sea esencialmente inherente al mundo de los fenómenos, y de la resolución firme de reducirlo a un mínimo. El secreto de esto se encuentra en una palabra: abnegación».
Se diría que a misma guisa que «la voluntad de vivir implica la afirmación de sí mismo, en cualquier forma y sentido, cada acción caritativa implica la negación de sí mismo, en un sentido o en otro».
Schopenhauer considera al asceta como el tipo ideal de perfección moral. Aquí están sus palabras:
«Cuando un hombre cesa de hacer una distinción egoísta entre él y los otros, cuando participa de los dolores de los demás en la misma medida en que lo hace de los suyos, queda claro que un hombre tal, reconociéndose a sí mismo en los demás seres, debe considerar el dolor infinito y general de la vida como el suyo propio; y apropiarse, de esta forma, de los sufrimientos del mundo entero. Abraza el conjunto, lo entero; aferra la existencia; reconoce la inutilidad de cada lucha y su convicción deviene en jubilación de la voluntad. La voluntad ya no se dirige hacia la vida; el hombre adopta el estado de voluntaria renuncia, la negación de la voluntad de vivir. El fenómeno que señala este estado es la aversión al mundo, a la voluntad de vivir; es la transición de la virtud a la vida del asceta».
Schopenhauer admira en el ascetismo «la represión voluntaria de la voluntad»; en el
conjunto, a lo entero, a la esencia del universo.
Parece interesante, desde el punto de vista de la doctrina moral que ahora nos ocupa, destacar los juicios de Schopenhauer expresados sobre el cristianismo; tanto más, repito, cuanto que parecería, a priori, que la moral de Schopenhauer fuera el envés de la medalla de la moral evangélica.
Antes de nada, conviene notar que, para Schopenhauer, «el cristianismo está constituido por dos ingredientes heterogéneos; por un concepto moral de la vida afín a la religión del Indostán, y por un dogma hebreo». «El elemento puramente moral —escribe a este propósito Schopenhauer— debe considerarse como un elemento cristiano, y tiene que distinguirse del dogmatismo hebreo, al que ha sido acoplado forzosamente...». Según el deísmo hebreo, «Dios no solamente hizo el mundo, sino que lo creyó muy bueno cuando se hizo».
Schopenhauer deriva, a partir de la presencia de este principio hebreo de la doctrina cristiana, el origen de todas las dificultades y contradicciones que la roen, así como el de «aquellos extraños misterios tan desagradables para el sentido común...».
Por consiguiente —entusiasta, Schopenhauer, de la sabiduría hindú y del budismo—, atribuye la parte positiva del cristianismo a la influencia de los elementos hindúes y budistas. «Por mor de su origen[36]
, el cristianismo pertenece a la fe antigua y sublime de la humanidad, opuesta, absolutamente, al optimismo falso, innoble y nocivo, encarnado en el paganismo griego, en el judaísmo y en el islam». En otro lugar, dice: «... El cristianismo es el reflejo de la antigua luz hindú que iluminaba las ruinas de Egipto, reflejo que, por desventura, cayó en el territorio hebreo».
Dicho esto, ¿cuál es la última palabra de la moral de Schopenhauer? La compasión... «Mi verdadero ente, escribe, existe en cada criatura viviente no menos de cuanto existe en mí mismo. Es, por mor de esta confesión, por lo que el sánscrito ha formulado la expresión tat-twam asi, o sea, esto eres tú, que irrumpe, en tono compasivo, del hombre que se reconoce. Y sobre esta compasión se funda toda virtud verdadera y desinteresada; y aun encuentra su expresión en cada buena acción. Finalmente, es esta compasión, a la que se dirige cada apelación a la amabilidad, al amor humano y a la misericordia, la que nos recuerda en qué sentido estamos todo unidos en un mismo ente.
... La emoción y el placer que conlleva el sentir y, más aún, el ver, y máxime el llevar a cabo una buena acción, nacen de la inspirada certeza de que detrás de las múltiples variedades del individuo está una unidad ciertamente existente y, puesto que se ha revelado a nuestra mirada, también accesible».
De nuevo:
«... Un carácter bueno vive en un mundo externo homogéneo a su propio ente; para él todos los demás son, en vez de no-yo, también yo. Por eso sus relaciones con todos son amistosas: se siente emparentado con cada cual, se interesa directamente por el bien y el mal de cada cual, y confía en que también él encontrará para sí mismo idéntica simpatía. De ahí la profunda paz de su ente interno y esa disposición de mente calmada, sincera, satisfecha, que hace felices a todos los que se encuentran en su presencia...».
La moral de Schopenhauer inculca, entonces, la fraternidad universal.
La inculca, sin embargo —nótelo el lector—, por determinados motivos trascendentales; todavía está lejos de admitir la afirmación de la felicidad en el ideal de la fraternidad humana.
A este respecto dice Fouillée:[37]
«Mais la fraternité elle-même est provisoire ; elle n'est qu'un premier moyen de revenir vers l'unité absolue. Pour y rentrer tout à fait, il ne suffit pas de vouloir le bien des autres et par là de ne plus vouloir son bien propre : il faut encore arriver à ne plus vouloir l'existence. Là est la complète libération, l'acte de liberté par excellence et conséquemment de suprême moralité. Il semble d'abord que le suicide soit le meilleur moyen de l'anéantissement. On connait la réponse de Schopenhauer. “ Le suicide, dit-il, nie seulement la vie e non la volonté de la vie. L'homme qui se tue, en effet, veut en réalité la vie e l'accepterait volontiers ; la seule chose qu'il ne veuille pas c'est la douleur. Ensuite, le suicide ne met fin qu'a la vie individuelle et n'empêche pas la renaissance de l'âme, la palingénésie. Le sage ne devra donc pas recourir an suicide. Les degrés qu'il franchira successivement pour atteindre son but sont d'abord la chasteté absolue, qui empêche la souffrance de se perpétuer sur terre, puis l'ascétisme qui prenant conscience du mal inhérent à l'existence, éteint en nous l'attachement à la vie, enfin le nirvâna proprement dit, acte suprême de liberté par lequel la volonté se dégage entièrement des formes et des nécessités de la vie sensible. ”».[38]