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Llegados a este punto se puede ya observar con suma claridad cómo la orientación de los estudios sobre el nacionalismo siguió, hasta bien entrado el siglo XX, una línea histórico-ideológica que apenas cuestionaba la división más o menos natural de la humanidad en grupos nacionales. Desde Rousseau hasta Lenin, los diferentes enfoques en torno a la cuestión daban cuenta generalmente de algo así como una toma de conciencia respecto a una realidad supuestamente preexistente, que había emergido a lo largo de los dos últimos siglos por diferentes causas de carácter ideológico-político.

Según explica magistralmente José Álvarez Junco en la Enciclopedia del

nacionalismo dirigida por Andrés de Blas, “la nación era, pues, lo “natural”, el dato

previo, y el Estado lo artificial, la creación humana. Una falta de ajuste entre una y otro constituía la clave de los problemas contemporáneos. Lo que implícitamente conducía a una propuesta obvia: sólo la adecuación de las fronteras de los Estados a las “realidades” étnicas evitaría, a largo plazo, conflictos enconados, potencialmente violentos” (Álvarez Junco, 1999: 198). Desde este punto de vista, el derecho de autodeterminación de los pueblos se reveló como una herramienta jurídica teóricamente ideal para la resolución del problema. El estrepitoso fracaso de dicho principio, certificado a lo largo del siglo XX, conllevó la aparición de estudios críticos con las diferentes visiones clásicas de la cuestión nacional, siendo estos obra mayormente de sociólogos antes que de historiadores. El

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presente epígrafe intentará dar cuenta de los principales aportes al respecto desde la segunda mitad del siglo XX –descontados Hayes y Kohn– hasta la actualidad72.

2.3.1. La escuela primordialista: Anthony D. Smith

El máximo representante de lo que algunos autores han dado en llamar teoría primordialista del nacionalismo es Anthony D. Smith73, quien en su libro Theories of

Nationalism intenta ofrecer una mirada general al fenómeno, considerando que el estudio

del surgimiento de cada nación particular ha de estar inscrito en una construcción teórica más amplia, para lo cual se pregunta bajo qué condiciones y a través de qué mecanismos surgen los movimientos nacionalistas (Smith, 1971: 6). Este autor sostiene que, ante la crisis del mundo tradicional –especialmente de la religión– y la emergencia del mundo moderno, representado por el triunfo de la industrialización y de la técnica, el nacionalismo surge como respuesta integradora que proporciona un asidero válido para aprovechar la eficacia de la modernidad sin perder la raíz identitaria hundida en la tradición. Para Smith, “it is rather the sense of discontinuity, of violent and rapid change, which such processes as urbanisation manifest, that is relevant; for it makes difficult the re-establishment (and discovery) of shared values and beliefs, so necessary to sustain a complex industrial society”74 (Smith, 1971: 63). Esta aproximación surge como reacción

72 En el presente epígrafe 2.3. se trabaja con una nomenclatura de las teorías del nacionalismo aceptada por

gran parte de la comunidad académica. Se sigue la propuesta de Erika Harris (2009), quien distingue fundamentalmente entre la escuela primordialista –representada por Anthony D. Smith– y la escuela modernista –cuyo máximo exponente sería Ernest Gellner–. Otros nombres utilizados para denominar estas mismas escuelas de pensamiento son los de esencialismo, por un lado, e instrumentalismo/constructivismo, por otro. (Smith, 1998; Álvarez Junco, 1999; Harris, 2009). Una propuesta alternativa es la de Özkirimli (2010), que trabaja con tres escuelas diferenciadas: la primordialista –de la que excluye a Smith y en la que integra a Van den Berghe, Geertz o Hastings–, la modernista –representada en diferentes variedades por Gellner, Anderson o Hobsbawm– y la etnosimbolista –donde incluye a Smith–. Junto a estas tres escuelas, Özkirimli afirma la existencia de “nuevos” modelos de estudio del nacionalismo, como pudieran ser los del nacionalismo banal de Billig (que será desarrollado unas páginas más abajo), el nacionalismo como formación discursiva de Calhoun o la etnicidad sin grupos propuesta por Brubaker.

73 La prolífica e influyente obra de este autor lo ha convertido en una suerte de gurú para los defensores de

las teorías primordialistas del nacionalismo, que por otra parte suelen ser los más favorables a esta ideología. Otros autores relevantes de esta escuela son John Armstrong (1982) y Pierre van den Berghe (1982). El primordialismo, según la Encyclopedia of nationalism editada por Motyl, “refers to a conception of ethnicity that stresses the objective, enduring, and fundamental character of these group identities” (Motyl, 2001, II: 422). [“se refiere a una concepción de la etnicidad que acentúa el carácter objetivo, duradero y fundamental de estas identidades grupales”. Traducción propia.]. Como se mencionó más arriba, Özkirimli (2010) incluye a Van den Berghe en el grupo primordialista, al tiempo que coloca a Armstrong junto a Smith en la corriente llamada etnosimbolista.

74 “Lo relevante es más bien la sensación de discontinuidad, de cambio violento y rápido, que se manifiesta

en procesos como la urbanización; esto dificulta el re-establecimiento (y el descubrimiento) de valores y creencias compartidas, tan necesarias para sostener una sociedad industrial compleja”. Traducción propia.

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ante las teorías del nacionalismo que otorgaban un mayor valor a la búsqueda de un orden estructural como causa para la aparición de esta ideología, marginando o incluso negando los factores culturales que llevan a la identificación de un grupo humano dado con cierta doctrina nacionalista.

Las teorías del nacionalismo criticadas por Smith –entre las que destacan las de Elie Kedourie y Ernest Gellner, que serán comentadas más adelante–, fracasan porque, según este autor, tratan de manipular el fenómeno para que concuerde con la teoría y confunden las definiciones con las propias teorías (Smith, 1971: 86). Además, muchas de las teorías que se enfrentan a la identificación entre lengua y nación, de reminiscencias herderianas, pierden de vista que el concepto de cultura es mucho más amplio que el de

lengua, siendo el primero mucho más importante a la hora de definir la nacionalidad

(Smith, 1971: 149). El nacionalismo étnico sería, para este autor, la solución aplicable ante el problema de la “legitimidad dual”, es decir, la situación de crisis de la autoridad tradicional que hace tambalear a las antiguas y sólidas convicciones. La fusión entre las propuestas de quienes Smith da en llamar asimilacionistas, aquellos que defienden la auto-realización de los hombres en el marco del Estado moderno, científico y racional, y los denominados revitalistas, quienes pretenden conservar la tradición comunal para así regenerar espiritualmente a su pueblo, daría lugar al nacimiento del nacionalismo étnico (Smith, 1971: 241-255).

En obras posteriores75, Smith profundiza en su teoría de las etnias como germen creador de las naciones, definiendo aquellas como “named human populations with shared ancestry myths, histories and cultures, having an association with a specific territory, and a sense of solidarity”76 (Smith, 1986: 32). El grupo humano que constituye

75 En Nations and Nationalism in a Global Era, Smith (1995) realiza una defensa cerrada de la nación y

del nacionalismo como únicos marcos realistas para la construcción de un orden mundial en el que prevalezcan la libertad y la paz. Para este autor, que no niega los efectos desestabilizadores y destructivos que se le pueden achacar al nacionalismo, esta ideología es la única en condiciones de asegurar la existencia de las naciones en tiempos de uniformización generalizada provocada por la globalización y por lo que él llama “corporate efficiency”, noción de claras connotaciones negativas en cuanto descriptor de un fenómeno cuasi-robotizador de los comportamientos humanos. Además, considera que el nacionalismo es la única ideología moderna que se puede erigir en verdadero sustitutivo de la religión, al proporcionar una base suficientemente sólida para satisfacer el humano anhelo de inmortalidad, en este caso insertado en la ligazón entre la etnia, por un lado, y la memoria común, los símbolos y los mitos, por otros, que garantiza al individuo su pertenencia a un grupo con carácter eterno. Esta cuestión enuentra un desarrollo profundo en una de las obras más descollantes del autor, The Ethnic Origins of Nations (1986).

76 “Una comunidad humana con nombre y mitos ancestrales, historias y cultura compartidas, que tienen una

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la etnia respectiva tiene un carácter duradero a lo largo de la historia y acumula una memoria colectiva hecha de victorias y derrotas, hechos heroicos y trágicos, que contribuyen a otorgarle un sentido particular de unicidad y persistencia en el tiempo. El elemento definitorio de la etnia es, para este autor, precisamente la continuidad, la memoria compartida que da pie espontáneamente a la creencia en un futuro también compartido. Además, la principalidad del grupo étnico en cuanto conformador fundamental de la nación está sostenida por la difusión de la historia del propio grupo como “mapa cognitivo” y “moralidad pública” (Smith, 1998: 192-195). La creencia en la pertenencia a la propia etnia ha de servir a las masas para identificarse con una serie de símbolos y valores a los cuales aferrarse para encontrar sentido en la existencia.

Así, este autor se erige como valedor de la antigüedad de las naciones, o al menos de su primaria sustancia étnica, que sirve de pilar básico para la construcción del edificio nacionalista, imposible de ser levantado en un contexto que no plantee una conexión real con una percepción histórica común, con la etnia compartida y con lo originario oculto o reprimido hasta la emergencia de la comunidad nacional en un momento histórico determinado. En definitiva, según la teoría primordialista, al tiempo que resulta innegable la modernidad de la doctrina nacionalista, en tanto producto histórico, su esencia se basa en una realidad añeja: las naciones o, si se prefiere, las etnias.

2.3.2. La escuela instrumentalista

En oposición a las teorías primordialistas, el instrumentalismo observa un proceso de invención de las identidades nacionales a través de los postulados de la teoría nacionalista que, utilizando diferentes ingredientes sociohistóricos, crea entidades nacionales que pretenden dar la impresión de haber existido siempre, de ser algo originario, cuando es precisamente un intenso trabajo de persuasión –y de educación o reeducación mental– el que ha conseguido hacer aparecer esa imagen aparentemente natural. Desde el punto de vista instrumentalista, las naciones no son reflejo de ninguna realidad presente y eterna, sino que necesitan ser formadas por una doctrina, por una teoría política: el nacionalismo, verdadero creador de las naciones.

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A esta conclusión llegará Ernest Gellner en su obra Nations and Nationalism, que parte de una definición neta del fenómeno: “Nationalism is primarily a political principle, which holds that the political and the national unit should be congruent”77 (Gellner, 1983:

1). Bajo este paraguas el autor admite la existencia teórica de nacionalismos razonables, de tendencia ética, imparcial, que propugnan la vida en paz y en armonía de las naciones, al tiempo que lamenta su inexistencia práctica, siendo el nacionalismo por lo general fuente de conflictos. Junto con su propuesta de definición del nacionalismo, Gellner aporta una definición del Estado que parte de la crítica a Weber y su concepción de la entidad estatal como aquella que posee el monopolio de la violencia. Una vez más, el autor considera que dicha noción está fuera de la esfera práctica, y no la relaciona tanto con la idea del monopolio de la violencia sino con el mantenimiento del orden y la existencia de una unidad política centralizada, que es además condición necesaria pero no suficiente para la emergencia del nacionalismo (Gellner, 1983: 4). El tercer concepto clave, nación, cuenta para Gellner únicamente con dos definiciones provisionales, la culturalista y la voluntarista, ya tratadas en este epígrafe. Ninguna de ellas es adecuada para el autor, que en su obra optará por utilizar esta palabra sin intención de ofrecer una definición formal, sino más bien atendiendo “at what culture does”78 (Gellner, 1983: 7).

Manejando estas nociones como coordenadas válidas de trabajo, Gellner se lanza a una teorización del fenómeno nacionalista a través de un repaso de la evolución histórica de las colectividades humanas, centrado en el paso de las sociedades agrarias a las sociedades industriales. El autor advierte que las naciones solo pueden ser definidas como tales utilizando el aparataje intelectual que proporciona la doctrina nacionalista: “It is nationalism which engenders nations, and not the other way round. Admittedly, nationalism uses the pre-existing, historically inherited proliferation of cultures or cultural wealth, though it uses them very selectively, and it most often transforms them radically. Dead languages can be revived, traditions reinvented, quite fictitious pristine

77 “El nacionalismo es primeramente un principio político, el cual mantiene que la unidad política y la

nacional deben concordar”. Traducción propia.

78 “A lo que hace la cultura”. Traducción propia. Esta indefinición queda aclarada unas páginas más

adelante, al afirmar el autor que “the imperative of exo-socialization is the main clue to why state and culture must now be linked, whereas in the past their connection was thin, fortuitous, varied, loose, and often minimal. Now it is unavoidable. That is what nationalism is about, and why we live in an age of nationalism” (Gellner, 1983: 38). [“El imperativo de la exo-socialización es la principal evidencia según la cual hoy en día el Estado y la cultura tienen que estar conectados, mientras que en el pasado su conexión era fina, fortuita, variada, relajada, y muchas veces mínima. Ahora es inevitable. Eso es de lo que trata el nacionalismo, y por ello vivimos en una era del nacionalismo”. Traducción propia.]

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purities restored.”79 80(Gellner, 1983: 55-56). Esta operación manipuladora –quizá en

ocasiones tergiversadora– sobre la realidad encuentra un caldo de cultivo ideal, según el autor, en el contexto histórico derivado del proceso de industrialización, debido al cual los grupos culturales y lingüísticos más alejados del centro industrial, más próspero, encontrarían una nueva manera de expresar su descontento en términos de una aspiración común junto con todos aquellos prójimos que compartieran unas determinadas características.

Los viejos elementos de cohesión grupal, que se reducían al entorno más cercano, a la familia y, en otro orden, a la religión, van a ser sustituidos por el nuevo mecanismo unificador del sentimiento nacional. Esta nueva identidad cultural, esta etnicidad, que forzosamente ha de ser transmitida a través de la educación –lo cual le priva de toda condición natural o histórica– es para el autor el equivalente de una nueva forma de tribalismo (Gellner, 1983: 86-87).

Así, Ernest Gellner afirma el nacionalismo como fruto de la industrialización y de la modernización de las sociedades. Para él, las elites dirigentes del Estado fueron capaces de intuir las potencialidades con las que contaba un instrumento doctrinal como el nacionalismo para consolidar el desarrollo económico, facilitar la integración a nivel social y legitimar las estructuras de poder vigentes en el nuevo mundo post-1789. La invención del nacionalismo, en la óptica de Gellner, fue “interesada, funcional,

79 “Es el nacionalismo el que engendra a las naciones y no al revés. Se admite que el nacionalismo utiliza

la proliferación de culturas o la riqueza cultural preexistente e históricamente heredada, aunque las usa de forma muy selectiva, y mayormente las transforma de manera radical. Lenguas muertas pueden ser revividas, tradiciones reinventadas, prístinas purezas –bastante ficticias– restauradas”. Traducción propia.

80 Aquí se hace necesario rescatar la crítica, profunda y sumamente fundada, a la supremacía del

nacionalismo como forma invasiva de ver y organizar el mundo que se encuentra en la obra de Rodríguez Abascal (2000), quien define la “doctrina central” de este movimiento político como aquella que “afirma que la titularidad del poder político último y originario, fuente y origen de los demás poderes y normas sobre cierto ámbito territorial y personal, que los mismos nacionalistas se encargan de delimitar, solo le corresponde legítimamente a un grupo humano, al que habitualmente denomina “nación”, y al que atribuye un carácter necesario y básico. Nacionalista es quien deriva y hace depender de ese postulado pretensiones y proyectos políticos, es decir, quien lo adopta como una razón adecuada para emprender acciones relacionadas con el gobierno de los seres humanos” (Rodríguez Abascal, 2000: 165). Este autor, pues, asume que es posible alcanzar una definición unívoca del nacionalismo, por mucho que este pueda alcanzar en la práctica diferentes manifestaciones y ocupar diferentes espacios y coordenadas ideológicas dependiendo de la sociedad donde se implante. Al igual que Gellner, Rodríguez Abascal observa que el nacionalismo, para funcionar, cuenta necesariamente con la existencia de naciones, construcciones socioculturales que a su vez han de ser entendidas bajo un prisma nacionalista para alcanzar toda su fuerza operativa.

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consecuencia de, y respuesta a, un cambio estructural en el papel de la cultura” (Álvarez Junco, 1999: 200).

2.3.2.2. John Breuilly

También en un sentido instrumentalista, pero con un carácter más marcadamente político, se expresa John Breuilly81, quien define el nacionalismo como “political movements seeking or exercising state power and justifying such action with nationalist argument”82 (Breuilly, 1982: 2). Este autor afirma la relevancia fundamental que en el

mundo moderno tienen las relaciones entre la sociedad y el Estado, codificadas en base a la noción jurídica de ciudadanía, la cual está institucionalizada en el marco del propio Estado. En conclusión, la aspiración de cualquier nacionalismo es, pues, la del control efectivo de un territorio dado, para de tal modo ejercer una tutela de las acciones políticas que afectan al individuo, a la estructura estatal, a la legitimidad de esta estructura como ente normativo y a la identidad de la comunidad política. Además, el nacionalismo trata de justificar la defensa de ciertos intereses, normalmente particulares en origen, a través de su presentación como intereses nacionales, comunes al conjunto de la sociedad.

2.3.2.3. Benedict Anderson

En este proceso de cambio tendrían un papel fundamental los medios de comunicación impresos, como pone de relieve el profesor Benedict Anderson en su celebrado libro Imagined communities. Este autor resalta la dificultad inherente al estudio del nacionalismo, la nación y/o la nacionalidad, dificultad debida principalmente a la imposibilidad de ofrecer una definición apropiada de un fenómeno que está asentado en tres paradojas: en primer lugar, la nación es para el historiador una construcción objetiva y moderna, reciente, mientras que para el nacionalista se trata de una entidad subjetiva y antigua; en segundo lugar, el concepto general de nacionalidad es universal, en tanto se supone que cada individuo es nacional de algún lugar, mientras que al mismo tiempo las

81 Breuilly ha editado recientemente un volumen de considerable profundidad en el que se ofrece una

panorámica sobre la historia del nacionalismo que cubre prácticamente todas sus manifestaciones políticas y teóricas en cualquier lugar y tiempo, además de sus relaciones con otras ideologías y movimientos sociales (Breuilly, 2013).

82 “Movimientos políticos buscando o ejerciendo el poder estatal y justificando tal acción con argumentos

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manifestaciones concretas de la nacionalidad difieren necesariamente entre sí; por último, el inmenso poder político del nacionalismo no se corresponde con una solidez equivalente en sus postulados filosóficos o intelectuales (Anderson, 2006: 5).

Estas tres paradojas, según el autor, han condicionado los estudios sobre el nacionalismo y no han permitido establecer teorías completamente satisfactorias a la cuestión. Anderson intenta solucionar el problema ofreciendo una definición, de carácter antropológico, que ha creado escuela: la nación es “an imagined political community – and imagined as both inherently limited and sovereign. It is imagined because the members of even the smallest nation will never know most of their fellow-members, meet them, or even hear of them, yet in the minds of each lives the image of their communion”83

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