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La independencia de Portugal es reconocida por una monarquía hispánica cuya coyuntura es terrible: amputación territorial tras la pérdida del Rosellón y del propio reino de Portugal, conflicto bélico continuado con Francia, caos hacendístico e inflación galopante. Los reinos diferentes al castellano, sin embargo, vivieron durante el dominio de Carlos II (1665-1700) un periodo favorable en cuanto al desarrollo de las instituciones tradicionales de cada territorio, época conocida como neoforalismo (Pérez, 2011c: 312- 313). Durante los diez primeros años del reinado de Carlos II el poder efectivo estuvo en manos de su madre, Mariana de Austria, quien ejerció como regente. Sobre la corte sobrevolaba la sombra de Juan José de Austria, hijo bastardo pero reconocido de Felipe IV, y por tanto hermanastro del rey. Las presiones de don Juan José, apoyado por la nobleza y por el pueblo madrileño, fueron decisivas para la caída en desgracia del jesuita Juan Everardo Nithard, primero, y de Fernando de Valenzuela, después, que habían sido los hombres de confianza de la reina para el ejercicio del gobierno (Pérez, 2011c: 314). La influencia de la reina madre en los destinos del país disminuye tras el enlace de Carlos II con María Luisa de Orleans en 1679. Sin embargo, ni esta princesa francesa ni Mariana de Neoburgo, segunda esposa del rey (1690), dan descendencia al que sería último rey Habsburgo de la monarquía hispánica.
En Portugal, la monarquía restaurada sigue un camino de alguna manera diferente al de la Europa absolutista, ya que se regresa al modelo tradicional, una monarquía “nobiliaria”, en la que el rey procedía de la nobleza y era prácticamente considerado un
primus inter pares (Saraiva, 1989: 264-265). El recuerdo de la ejecución de Carlos I de
Inglaterra en 1649 tampoco incitaba al monarca a desobedecer a las Cortes, que en Portugal se siguieron convocando hasta 1698. A partir de esa fecha, de todos modos, tampoco se puede considerar al sistema político portugués como puramente absolutista, ya que tanto la nobleza como el clero –especialmente la Inquisición– mantuvieron un poder que limitaba la capacidad del monarca (Saraiva, 1989: 266). Tanto Pedro II como João V, este último ya en el siglo XVIII, tendrán dificultades para imponer su voluntad a los dos estamentos tradicionales. Mientras, la salud de Carlos II de Habsburgo empeora durante los últimos años de su reinado, marcados en lo político por el expansionismo de Luis XIV y por la alianza obligada de la monarquía católica con Holanda e Inglaterra para contrarrestar el avance de Francia. Las cancillerías europeas, ante la previsión de un trono vacío en España, se preparan para sentar en él a sus candidatos. Carlos II estipula
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finalmente en su testamento que sería Felipe de Borbón, duque de Anjou, nieto de Luis XIV, el encargado de sucederle. Se cierra así la dinastía austriaca y comienza una nueva etapa, en la que ya se podrá hablar realmente de España como entidad política unificada en un sentido moderno124.
Excepción hecha de Leopoldo I de Habsburgo, quien reclamaba la corona española para su hijo el archiduque Carlos, el testamento de Carlos II es en un primer momento aceptado por todos los grandes monarcas de Europa. Sin embargo, ciertas acciones de Luis XIV provocan la sospecha de que el Rey Sol estuviera preparando la unión de Francia y España en una sola corona (Pérez, 2011d: 317). La desconfianza suscitada en las Provincias Unidas e Inglaterra hace que ambos países pasen a apoyar las demandas del Emperador. En junio de 1702, una alianza formada por las Provincias Unidas, Inglaterra y el Sacro Imperio –a la que se uniría Portugal un año más tarde– declaran la guerra a Francia y España.
Así, la cuestión sucesoria española desemboca en una doble vertiente: en el plano internacional, guerra por la hegemonía europea; en el plano español, guerra civil entre los defensores de los respectivos pretendientes. Aragón, Cataluña y Valencia se aliaron con el archiduque, estimando que los Habsburgo respetarían los fueros de todos los reinos de España, incluyendo los castellanos (Pérez, 2011d: 319). Portugal, por su parte, comenzó apoyando al candidato francés, para cambiarse más tarde a la alianza austracista. La coyuntura de Portugal impidió al rey tomar una posición netural, ya que las condiciones del conflicto le obligaban a tener en cuenta posibles derivaciones geoestratégicas que podían extenderse hasta la costa brasileña (Serrão, 1980b: 222). En este contexto se firma en diciembre de 1703 el tratado de Methuen entre Inglaterra y Portugal, por el cual a los textiles ingleses se les permitía la entrada en Portugal libres de impuestos, a cambio de que los vinos portugueses disfrutaran de ciertos privilegios a su entrada en territorio inglés (Birmingham, 2003: 64). Las consecuencias de este tratado se dejarán sentir largo tiempo en la economía portuguesa, obstaculizando el desarrollo de una industria fuerte y provocando que las ganancias del comercio internacional de vino y productos textiles quedaran en manos de agentes extranjeros (Saraiva, 1989: 278).
124 Para Joseph Pérez, “a todos los niveles se observa una mayor homogeneidad y hasta el sentimiento de
pertenecer a una comunidad nacional, sentimiento perfectamente compatible con un fuerte patriotismo regional”. Ver Pérez (2011d: 317).
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La guerra, que se desarrolla mayormente en el centro de Europa, termina con la firma del tratado de Utrecht en abril de 1713. El duque de Anjou es reconocido como rey de España por ingleses y holandeses. España, sin embargo, sale perdiendo al ceder Gibraltar y Menorca a la corona inglesa, además de perder el monopolio comercial con América. También cedería al Sacro Imperio el resto de los Países Bajos que aún conservaba, el Milanesado, Nápoles y Cerdeña. Portugal, por su parte, recibe compensaciones ampliando sus posesiones en Brasil. En cuanto a la situación en el interior peninsular, en Cataluña se prolonga la resistencia contra el nuevo rey más allá de la firma del tratado de Utrecht. La victoria definitiva del ejército borbónico tiene lugar el 15 de septiembre de 1714, con la capitulación de Barcelona125.