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Felipe II accede al trono español en 1556, ya sin responsabilidad política alguna sobre los territorios del Sacro Imperio Romano Germánico, que ha pasado a ser gobernado por su tío Fernando. Sin embargo, algo así como un imperativo moral hace que el nuevo rey de la monarquía hispánica siga la política exterior de su padre tanto en lo referente al Imperio como a las guerras contra los turcos, conflictos a los que se dedicarán dilatadísimos recursos económicos (Pérez, 2011b: 260). Junto a esta tendencia

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imperialista, durante el reinado de Felipe II se experimenta también una evolución que en cierta manera españoliza la política del monarca, obligado a apoyarse en sus posesiones más robustas para desarrollar su programa de gobierno. Como explica John Lynch, Felipe II “could not govern his empire without Spain and he could not govern Spain without residing there”112 (Lynch, 1991: 253). En 1561, el rey decide establecer la corte de manera definitiva en Madrid. Pese a la existencia indiscutible de un sentimiento de unidad, ya fuera geográfica, histórica o cultural, en el terreno político a la altura de mediados del siglo XVI el único elemento de unión entre los diferentes reinos es la monarquía y el poder del soberano, situación que influirá decisivamente en la debilidad posterior del Estado español a la hora de intentar consolidar un Estado nacional moderno. De tal modo lo observa Bernal (2007: 469-470): “La conquista de Portugal no se resolvió en una fórmula de incorporación con todas sus consecuencias de subordinación que le son inherentes, ni con una anexión en sentido estricto; fue una unión de las coronas que, a diferencia de las de Castilla y Aragón en el último tercio del siglo XV, no llegó a cristalizar en una “unificación” de los reinos peninsulares bajo la modalidad de un estado moderno, nacional e integrado”.

A pesar de esta situación en lo político, las élites culturales ibéricas vivirían entonces un periodo de auténtica integración, como afirma Ana Isabel Buescu en su estudio sobre el bilingüismo portugués-castellano en la época moderna: “A presença do castelhano na corte e na generalidade dos círculos letrados e eruditos constitui um dos sinais mais evidentes da proximidade cultural entre os dois reinos peninsulares no século XVI” (Buescu, 2004: 14). Esta situación se prolongaría más allá de 1640, pero es que además del intercambio meramente erudito y elitista se dio una fuerte presencia del castellano como lengua editorial o del teatro en Portugal, como demuestra el trabajo de Gil Vicente, padre del teatro moderno luso, que compuso obras en los dos idiomas.

Antes de tratar la culminación de la unión dinástica es de recibo detenerse brevemente en el reinado de Sebastián I de Portugal (1557-1578), que estuvo marcado por el particular carácter del monarca, formado en “el culto al heroísmo militar y el carácter casi divino de la persona real” (Saraiva, 1989: 193). Don Sebastián deja el gobierno efectivo en manos de sus ministros, recomendados por don Henrique, para

112 “No podía gobernar su imperio sin España y no podía gobernar España sin residir allí”. Traducción

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centrarse exclusivamente en su preparación física, orientada a la lucha en la guerra (Romero Magalhães, 1993: 544). El profesor José Hermano Saraiva habla de la “obsesión” del joven rey por salvar a la cristiandad, amenazada por el poder musulmán procedente del norte de África y de Turquía. Esta obsesión le costó la vida en la batalla de Alcazarquivir, acaecida el 4 de agosto de 1578, en la que un gran ejército a su mando fue aniquilado por un contingente, también amplísimo, leal al sultán de Marruecos. Sebastián de Portugal muere sin descendencia, por lo que le sucede su tío abuelo Henrique113. El antiguo regente, a partir de entonces cardenal-rey, no representaba más que una solución parcial al problema sucesorio, ya que tampoco tenía descendencia ni estaba previsto que la tuviera. Su breve reinado estará marcado por una grave crisis económica, política y moral, provocada por el desastre de Alcazarquivir, que afecta al conjunto de la sociedad portuguesa (Romero Magalhães, 1993: 546). A la muerte de Henrique I de Portugal en enero de 1580, aparecen tres pretendientes principales, todos ellos nietos de Manuel I: don Antonio, prior de Crato, doña Catarina, duquesa de Braganza y Felipe II de Habsburgo.

Se convocaron Cortes para resolver la cuestión, pero el fallecimiento del cardenal- rey truncó cualquier posibilidad de acuerdo y se decidió entregar el poder provisional a una junta de cinco gobernadores. Los dos candidatos portugueses representaban la independencia del reino frente al poder castellano, mientras que el rey de la monarquía católica simbolizaba la unión de las coronas ibéricas en una sola cabeza. La alta nobleza y la gran burguesía se inclinaron por don Felipe, a quien estimaban favorable a sus intereses (Birmingham, 2003: 34), mientras que el pueblo llano negó cualquier apoyo a doña Catarina y se puso del lado de don Antonio, quien fue aclamado por el pueblo en Santarém y en Lisboa (Saraiva, 1989: 195-198)114. Los cinco gobernadores declararon entonces a Felipe II de Habsburgo como legítimo rey de Portugal, abriendo así el paso a las tropas castellanas, que derrotaron a los partidarios de don Antonio en la batalla de

113 Es entonces cuando surge el mito del sebastianismo, según el cual el rey Sebastián –cuyo cadáver nunca

apareció– habría de volver en algún momento a la patria portuguesa para restaurar su poder. Existe cierta bibliografía referente a la cuestión, entre la que destacan Alburquerque (1974), Azevedo (1984), Besselaar (1987) o Marinho (2003).

114 Frente a algunas interpretaciones de carácter nacionalista, la opinión de David Birmingham sobre este

hecho parece más acertada: “Nationalist separatism was not a serious issue of high politics though cultural patriotism may have existed at a popular level”. Ver Birmingham (2003, 34). [“El nacionalismo separatista no era un problema serio de alta política; sin embargo, el patriotismo cultural pudo haber existido a nivel popular”. Traducción propia]. Para el profesor Hipólito de la Torre, durante los siglos XV y XVI se habían desarrollado en la península “realidades protonacionales”. Ver de la Torre Gómez (1998: 47).

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Alcántara, el 25 de agosto de 1580. El prior de Crato permanece en Portugal hasta la primavera de 1581, cuando abandona el país, despejando definitivamente el camino para la proclamación de Felipe II en las cortes de Tomar como rey de Portugal con el nombre de Filipe I. Había culminado la unión de las coronas peninsulares, hecho que, más allá de las circunstancias particulares que lo provocaron, se venía gestando desde hacía décadas a través de una política de intrincados y en ocasiones casi incestuosos enlaces dinásticos (Romero Magalhães, 1993: 553). Se inicia así un periodo de sesenta años de unión dinástica en el que las coronas de los diferentes reinos peninsulares fueron ceñidas consecutivamente por tres reyes de la dinastía Habsburgo115.

El periodo filipino se abre en Portugal con la solemne declaración del nuevo rey de respetar las instituciones y la autonomía política del país, que se integraba en una monarquía compuesta en la que cada territorio conservaba su derecho propio116. El nuevo régimen político de Portugal se establecía, pues, bajo el mando de una unidad soberana que gobernaba administraciones separadas. Así sucedía en la totalidad del territorio peninsular. Si bien el peso del gobierno recaía en Castilla por razones históricas, económicas y políticas, junto a las Cortes de este reino mantenían cierto poder las Juntas Generales de las provincias vascongadas y las Cortes de Navarra. La antigua corona de Aragón incluía, junto al reino del mismo nombre, el reino de Valencia y el principado de Cataluña. Además, el virrey de Nápoles representaba al poder real en aquel territorio anejo a la corona de Aragón. En Madrid se establece un Consejo de Portugal con el objetivo de asesorar al rey en aquellos asuntos que lo requirieran (Romero Magalhães, 1993: 567).

Para Joseph Pérez, esta estructura administrativa se asemejaba a una confederación en la que las diferentes entidades políticas “no tienen la impresión de pertenecer a una misma comunidad” (Pérez, 2011b: 276). John Lynch abunda en esta perspectiva: “To travel from Castile to Aragon was to cross a frontier into a different social and political world, where semi-independent lords exercised numerous feudal

115 Para una mejor comprensión de este periodo son recomendables obras como las de Elliott (1996),

Valladares (1998, 2000), Bouza (2000), García Cárcel (2003), Labrador (2007) y Lynch (2010).

116 El profesor José Hermano Saraiva afirma que los compromisos de Felipe II de España habían sido

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rights to the detriment of the crown and their vassals” (Lynch, 1991: 291)117. En este

contexto, los Felipes intentaron estructurar de algún modo razonable la administración de los diferentes reinos, combinando en lo posible los diferentes marcos legales con una cierta homogeneización estatal118. Felipe II respetó sus promesas y las clases pudientes portuguesas vivieron una época de bonanza –las clases populares no podían afirmar lo mismo–. El anticastellanismo quedó reducido en el oeste peninsular a un espacio marginal (Saraiva, 1989: 234).

Felipe III de España y II de Portugal vive durante su reinado (1598-1621) la primera etapa de la decadencia hispánica. La estabilidad política fue una de las principales metas del monarca, que solo visitó una vez Portugal, con el objetivo de que las Cortes jurasen como heredero del reino al entonces príncipe de Asturias (Rodríguez Gil y Morán Martín, 1998: 74). En lo económico, el progreso comercial y material se estanca a principios de siglo –no solo en la península Ibérica, sino en toda la cuenca del Mediterráneo– y cambiará de signo definitivamente en la década de 1620, periodo que marca una ruptura en el tranquilo devenir que hasta entonces había vivido la unión dinástica ibérica.

La monarquía católica entra en una irremisible decadencia, lastrada por una crisis económica profunda, debida a los excesivos gastos de las campañas militares y agudizada por el menguante caudal de plata que llegaba de América, irrisorio en comparación con el de siglos pasados, así como por la ruina efectiva de Castilla, que había llevado el peso del imperio durante demasiado tiempo (Pérez, 2011c: 294). Muchos en aquel reino se preguntaban si los demás territorios que conformaban la corona no deberían asumir obligaciones para con el poder central, del mismo modo que se beneficiaban del estatus

117 “Viajar de Castilla a Aragón era cruzar una frontera hacia un mundo social y político diferente, donde

señores semi-independientes ejercitaban numerosos derechos feudales en detrimento de la corona y sus vasallos”. Traducción propia.

118 Como afirma José Manuel Pérez-Prendes: “Las principales fórmulas aplicadas por la Monarquía

hispánica para lograr una vertebración jurídico-política de los reinos al tiempo que se respetaban sus divergencias fueron varias y simultáneas. La estructura de Consejos, Secretarías y Virreinatos, generalizadamente extendida. El intercambio de muchos ministros a lo largo de su carrera política de unas partes a otras y de funciones de un tipo a tareas diferentes. La práctica de los principios de flexibilidad adaptativa de las instituciones, de interrelación de los poderes gubernativo y jurisdiccional, de comunicación directa Rey-súbditos (evidente realidad desde las “Cartas de relación” de Hernán Cortés a Carlos V) y las delegaciones. Su conjunto supuso ingeniosos avances en la homogeneización política, aceptando al mismo tiempo la mayoría de los particularismos de cada reino”. Ver Pérez-Prendes (1998: 109).

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de gran potencia disfrutado por la monarquía católica (Lynch, 1992: 83). Entre otras soluciones, se había optado ya desde finales del Quinientos por acrecentar la carga tributaria en puertos importantes, como el de Lisboa (Serrão, 1979: 42), lo que provocó irremediablemente en Portugal un progresivo aumento del descontento popular. A la crisis particular de la monarquía católica, inscrita de manera más general en la ya mencionada deriva negativa de los países mediterráneos, hay que añadir el cambio de tendencia cultural que se vive en el continente europeo en el siglo XVII, a lo largo del cual se siembra la semilla del pensamiento científico moderno y del imperio de la razón sobre cosmovisiones basadas en dogmas religiosos; en definitiva, aparece un nuevo paradigma ideológico que habría de imponerse como mayoritario durante la siguiente centuria y del que la monarquía Habsburgo no sería partícipe.

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