Cuando el menor llega a la pubertad y adolescen- cia suelen haberse producido cambios importantes en el sistema familiar propio (suyo y de los padres) y en el de los abuelos. Los abuelos han avanzado en edad y es muy posible que ya, introducidos en la última fase de la vejez, necesiten de la ayuda de sus hijos (los padres del sistema familiar propio), hayan perdido buena parte de la capacidad de ayuda e in- teracción con los nietos y mueran algunos de ellos. Esto conlleva nuevas exigencias para el sistema fa- miliar propio que debe abrirse para acoger a alguno de los abuelos o, en todo caso, estar dispuesto a ofrecer ayudas externas.
Los padres ya suelen estar estabilizados desde el punto de vista laboral y llevan numerosos años de convivencia. Ahora tienen que readaptar sus roles en relación con los abuelos, que necesitan más ayuda de la que pueden prestar y en relación con los hijos, ahora adolescentes que inician el proceso de independencia del sistema familiar (tabla 2.2).
En este contexto la relación con las figuras de apego desarrollada en la infancia sigue siendo funda- mental para los adolescentes. Necesitan de la incon- dicionalidad y la disponibilidad de las figuras de apego para sentirse seguros y abrirse cada vez más y de forma más atrevida y hasta arriesgada a otras re- laciones sociales con los amigos y la primera o pri- meras experiencias de pareja. La adolescencia y las relaciones entre los padres y los hijos, durante este período, son extremadamente variables de unos ado- lescentes a otros, incluso dentro de la propia familia, pero en todos los casos el proceso de la adolescencia conlleva la crisis inevitable que supone la conquista del adolescente de la autonomía frente a las figuras de apego. Esta crisis puede ser muy conflictiva o muy pacífica, pero implica siempre un cambio pro- fundo en el sistema de relaciones entre padres e hi- jos y también un cambio en el sistema de relaciones que los adolescentes mantenían con los iguales.
Una de las características más comunes de este período es la ambivalencia entre adolescentes y pa- dres. Ésta tiene múltiples manifestaciones:
— En unos momentos (en las situaciones en que están de forma satisfactoria con los iguales, por ejemplo) parecen no necesitar a las figu- ras de apego e incluso desear que éstas estén lejos; en otros (cuando están enfermos o sienten aflicción, por ejemplo) vuelven a ne- cesitar a las figuras de apego de forma muy semejante a cuando eran niños.
— Pueden confiar incondicionalmente en los padres y reconocer que su pérdida les sería difícil de soportar, pero, a la vez, se distan- cian cada vez más tiempo y en más cosas de ellos. Con frecuencia prefieren estar con los iguales, de forma que parece que el deseo máximo en relación con las figuras de apego no es tanto que estén presentes como que estén disponibles para cuando los nece- sitan.
— En unas situaciones las relaciones son armó- nicas y están llenas de contenidos positivos; en otras se pueden volver conflictivas y hasta dramáticas.
— En determinados aspectos o situaciones la
comunicación puede ser fluida; en otros los contenidos de la comunicación se ocultan o se declaran implícita o explícitamente tabúes. — Determinadas actividades o viajes con los
padres pueden ser deseados y gratificantes, mientras otras actividades o viajes pueden ser fuertemente rechazados.
— Pueden sentir hacia los padres afectos con- tradictorios: aceptación y rechazo, orgullo y vergüenza, amor y odio, etc.
En efecto, con los padres, precisamente, se da una relación aparentemente contradictoria. En ellos pueden confiar incondicionalmente, reconociendo que su pérdida sería muy difícil de encajar, pero, a la vez, aparece también en este período la tenden- cia a distanciarse más, y durante períodos de tiem- po cada vez más largos, de las figuras de apego. Un buen ejemplo es la anécdota que me contaba hace unos días una familia que tiene un hijo de trece años: cuando fueron a verle al campamento, el día de la visita de los padres, llevaba dos horas esperándolos en la puerta de entrada, pero una vez TABLA 2.2
Contexto familiar en el que se forma y desarrolla el apego: adolescencia
Sistemas familiares Figuras de apego
en juego Miembros probables de sus Características miembros
1. Los abuelos, que suelen ser viejos y dependientes.
2. Los padres.
3. Los hijos.
Posibilidad de incorporación al sistema familiar de hijos. Posibles muertes.
Pareja con hijos adolescen- tes.
Solo o con hermanos.
Su pareja. Sus hijos. Sus padres. Su pareja. Sus padres. Sus abuelos. Otros familiares. Amigo/pareja.
Dependencia de hijos o asis- tencia social.
Débiles, enfermos, problemas de soledad, etc.
Período de redefinición de ro- les intrafamiliares por el cui- dado de los padres y caracte- rísticas de hijos adolescentes. Nueva importancia de los iguales.
Posible inicio de pareja. Posibles conflictos con padres.
que les saludó, y sabía que estaban allí, desapareció durante todo el día.
Otra de las características más comunes en la adolescencia es que se puede llegar a ampliar el número de figuras de apego, incluyendo a algún amigo, especialmente en el caso de que se involu- cren en relaciones de pareja. En una investigación realizada por nosotros (López, 1993, pp. 44 a 46), durante la primera adolescencia, sujetos menores de 15 años, la figura central de apego suele ser la madre (62% de los casos), algún hermano (15%), la pareja (5%), el padre (5%), otro familiar ( 5%) o algún amigo (5%). La segunda figura de apego en importancia es el padre (43%), la madre (21%), hermana/o (18%), otro familiar (8%), amiga/o (8%), la pareja (3%) (tabla 2.3).
Estos resultados que forman parte de una investi- gación sobre adultos, en la que incluimos una muestra de 39 sujetos de 14 años, demuestran el peso de la madre, el rol del padre, sobre todo, como segunda figura de apego, la posibilidad, ya comen- tada, de que algún hermano —más frecuentemente hermana— se convierta en figura de apego, el ini- cio de la formación de vínculos de apego con la pa- reja sexual y con amigos. No hay diferencias signi- ficativas según el sexo de los adolescentes.
Estos datos son complementarios de otros referi- dos a las personas para las cuales ellos, los adoles- centes, creen que son verdaderamente importantes afectivamente. En este caso, el orden resultante es muy similar (tabla 2.4):
TABLA 2.3
Figuras de apego en la primera adolescencia
Primera figura Segunda figura de apego (%) de apego (%) Madre 62 21 Padre 5 43 Hermana/o 15 18 Pareja 5 3 Otro familiar 5 8 Amiga/o 5 8 TABLA 2.4
Para quién se considera importante afectivamente el adolescente En primer En segundo lugar (%) lugar (%) Para la madre 49 34 Para el padre 5 13 Hermana/o 23 18 Pareja 5 0 Otro familiar 5 5 Amiga/o 10 37
La madre, por consiguiente, sigue siendo de forma muy destacada figura central de apego, aun- que los hermanos/as, otros familiares y el padre ocupan también un lugar verdaderamente impor- tante, destacando el rol de los iguales bajo la fór- mula de amiga/o e incluso de pareja. Por tanto, en la primera adolescencia las figuras de apego de la infancia siguen ocupando el lugar prioritario para la mayoría de los sujetos, pero se inicia un claro proceso de independencia y diversificación que en algunos sujetos una nueva figura pasa incluso a ocupar un lugar afectivo más importante que sus propios padres.
En dicho estudio hemos diferenciado la primera parte de la adolescencia —hasta los 15 años— y la segunda —hasta los 20 años— porque ecológica- mente, tanto desde el punto de vista educativo como social, en torno a los quince-dieciséis años, se da un tránsito importante hacia una mayor auto- nomía, independencia de los padres y estableci- miento de una red de relaciones externa a la fami- lia. Los resultados obtenidos en nuestro trabajo confirman estos hechos.
Entre los quince y veinte años el cuadro de refe- rencia de las figuras de apego cambia significativa- mente. Sobre una muestra de 121 sujetos, el peso de la pareja sexual y, sobre todo, de la amiga-o, que en muchos casos es el equivalente a la pareja sexual, aumenta significativamente (tabla 2.5).
Como puede apreciarse, los iguales adquieren una importancia similar a la de la madre, despla-
zando claramente al padre. Sobre todo si tenemos en cuenta a la vez los datos referidos a los «ami- gos», «pareja» y «hermanos», se confirma una ten- dencia clara a que sean personas de similar edad las que cumplan las funciones de la figura de apego, manteniendo la madre un rol también muy importante. Estos comentarios se refuerzan con los datos obtenidos referidos a las personas que ellos (los adolescentes) creen que los consideran impor- tantes afectivamente (tabla 2.6).
En otras investigaciones (Hazan y Zeifman, 1994) se ha comprobado también que los iguales comparten algunas funciones con las figuras de apego o incluso, en algunos casos, las sustituyen, al menos a partir de los siete u ocho años. En todo caso, lo más frecuente es que los vínculos de apego y amistad se complementan y apoyan en las funcio- nes que en la primera infancia cubren casi con ex- clusividad las figuras de apego, sin necesidad de
que los amigos pasen a ser figuras de apego. El apoyo buscado depende también de la situación; por ejemplo, las funciones de proximidad y apoyo suelen cumplirlas mejor las figuras de apego cuan- do los adolescentes están enfermos o tienen graves aflicciones, o los iguales, cuando se trata de activi- dades lúdicas y sociales.
La amistad es fundamental para que los adoles- centes tengan una red de relaciones sociales más allá de la familia, dándole la posibilidad de tener compañeros de juegos e iguales con los que identi- ficarse. El grupo de amigos es también esencial para comunicarse cosas que sería conflictivo o difí- cil comentar con los padres y para compartir expe- riencias nuevas de todo tipo que, a veces, son tam- bién anticonvencionales. Asimismo, las relaciones de amistad les permiten tener las primeras expe- riencias con una pareja sexual. La amistad, a dife- rencia del apego, es voluntaria (puesto que los ami- gos se pueden elegir), simétrica (ambos miembros están al mismo nivel), exigente (hay que ganársela y conservarla, no es incondicional, obligando al menor a ponerse en el lugar del otro, respetar sus deseos, colaborar con él, etc.) y, aunque puede y tiende a ser estable, cambia con frecuencia. De esta forma, la incondicionalidad de las figuras de apego se complementa con la exigencia de la amistad, vínculo que hay que ganarse y mantener por méri- tos propios, que obliga a ponerse en el lugar del otro, colaborar con él y ayudarle.
Por tanto, en la mayor parte de los casos, aunque los amigos no lleguen a constituirse en verdaderas figuras de apego, poco a poco van compartiendo o sustituyendo en algún grado a las propias figuras de apego en las funciones que en los primeros años cumplían únicamente éstas (Hazan y Zeifman, 1994). En este sentido es necesario tener en cuenta que aunque los vínculos de apego y los vínculos de amistad son cualitativamente distintos, comparten algunos aspectos esenciales, pudiendo en la prác- tica llegar a estar muy cercanos los unos de los otros. Por ello nos atreveríamos a proponer el si- guiente esquema didáctico.
Cuando los adolescentes establecen una relación de pareja es frecuente que el compañero se acabe convirtiendo en figura de apego, incluso con prefe- TABLA 2.5
Figuras de apego en la primera adolescencia
Primera figura Segunda figura de apego (%) de apego (%) Madre 40 31 Padre 2 6 Hermana/o 14 18 Pareja 12 10 Otro familiar 0 8 Amiga/o 32 27 TABLA 2.6
Para quién se considera importante afectivamente el adolescente En primer En segundo lugar (%) lugar (%) Madre 21 28 Padre 0 2 Hermana/o 21 19 Pareja 23 0 Otro familiar 0 2 Amiga/o 35 49
Figura 2.2.—Funciones y características del apego y la amistad.
rencia a los padres, y que, por tanto, el otro miem- bro de la pareja comparta o vaya supliendo a los padres en muchas de las funciones. Un segundo es- tudio de Hazan y Zeifman (1994) refleja clara- mente estos hechos. En él se comparan sujetos en tres situaciones: sin relaciones de pareja, con pareja reciente (menos de dos años juntos) y con más de dos años de vida en pareja. Las preferencias por las figuras de apego fueron clasificadas como apego hacia los padres o hermanos, los amigos y la pa- reja. Los resultados demuestran que la preferencia por la proximidad se desplaza espectacularmente de forma progresiva de los amigos (preferidos en la primera adolescencia) a la pareja, la protesta por la separación de los padres y los amigos a la pareja, la base de seguridad de los padres a la pareja y la seguridad emocional o confort de los padres a la pareja. La pareja se convierte, en las cuatro funcio- nes del apego, en la figura principal cuando se lleva más de dos años juntos. Aunque el proceso es progresivo, los autores consideran que la formación de relaciones de apego en la pareja es un vínculo que se va formando a lo largo de aproximadamente dos años. Afirmación ésta que, sin duda, es arries-
gada, y que está sujeta a diferencias individuales muy grandes, tanto en cuanto a la temporalidad de este proceso, como a los contenidos de la propia relación. Para que un amigo o compañero de pareja sexual se convierta en figura de apego se tiene que construir una relación en la que se perciba un alto grado de compromiso (decisión de estar juntos y seguridad de que se va a seguir juntos), disponibili- dad del otro en caso de necesidad y eficacia para la ayuda, características éstas que se dan sólo de forma parcial en bastantes relaciones de pareja ado- lescentes e incluso adultas.
Es también propio de este período, con indepen- dencia de que se formen o no nuevas relaciones de apego con iguales, el que las nuevas capacidades de los adolescentes para pensar de manera formal, abstracta, científica y crítica provoquen una revi- sión de la construcción mental previa de las figuras de apego, de la propia relación con ellas y de las ideas que le atribuyen a las figuras de apego sobre el propio adolescente. Esta revisión crítica tendrá contenidos muy diferentes en cada caso. En unos, provocará una visión más realista y madura, pero no menos entusiasta de sus padres; en otros, puede
llegar a ser negativa y hasta destructiva. Es propio de los adolescentes proyectar exigencias radicales sobre los padres que difícilmente pueden ser co- rrespondidas. Conseguir que los adolescentes con- serven, a pesar de todo, una visión positiva de los padres, sus capacidades y los vínculos que tienen los padres entre sí y con ellos es fundamental para que se sientan emocionalmente bien, en un mundo y en una familia seguros y acogedores, e incluso para que sepan también arriesgarse en los nuevos compromisos y vínculos con los iguales.
3. El apEgo En los adultos