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2.1. el bebé como promotor del apego

Aunque los niños en los primeros meses de la vida pasan gran parte del tiempo durmiendo o en un estado de semiconsciencia, se puede afirmar que participan activamente en la formación del vínculo afectivo. No sólo están preprogramados para orientarse hacia la interacción con seres hu- manos, sino que disponen de características espe- ciales para activar los cuidados y la protección de los cuidadores. El niño contribuye decididamente con su configuración facial, sus capacidades de procesamiento de la información, sus señales co- municativas y sus capacidades para participar en rutinas sincronizadas.

La cara del bebé. Como en otras especies, una de las características especiales del bebé es su con- figuración facial y dependencia absoluta de los cui- dados de otras personas. La cara redondeada, la frente amplia, los ojos grandes, los mofletes, la na- riz chata y la barbilla pequeña componen un con- junto perceptivo sumamente atractivo que pro- mueve reacciones positivas e inhibe la agresión. Padres, abuelos, hermanos y extraños que se acer- can a la cuna o al coche del bebé sonríen, abren sus ojos, exageran sus expresiones y hablan utilizando un tipo de lenguaje simple, repetitivo y en tono ele- vado. Los etólogos consideran que esta «cara de cachorro» constituye un medio poderoso para acti- var la protección y el cuidado que el bebé necesita. El estado de indefensión del bebe y su incapacidad para hacer cualquier cosa que resulte amenazante a los demás favorece también conductas de cuidado y protección.

Todo ello significa que las crías de la propia es- pecie tienden a ser protegidas por la madre y el resto de los adultos. Esta tendencia de los adultos a proteger a las crías tiene naturalmente la función de

favorecer la supervivencia de la especie y del grupo al que se pertenece.

Preferencia perceptiva por los estímulos socia- les. En la actualidad se puede afirmar que el bebé, desde los primeros momentos de la vida, no sólo es capaz de percibir, sino que es un activo buscador de estímulos, manifestando una clara preferencia por aquellos que provienen de seres humanos. En- tre los atributos visuales que atraen la atención infantil se encuentran el contraste, el contorno re- dondeado, el movimiento o la complejidad, carac- terísticas del rostro humano, que además se sitúa a la distancia más adecuada a las capacidades visua- les del bebé. El rostro humano es de hecho, ecoló- gicamente hablando, el estímulo visual que más in- teresa al recién nacido entre todos los que en la vida real puede ver en las primeras semanas y me- ses de vida. Ningún otro objeto de su entorno cum- ple como el rostro humano las características indi- cadas.

Respecto a la estimulación auditiva, numerosas investigaciones demuestran una clara orientación y preferencia por la voz humana frente a otro tipo de sonidos. Los conocimientos sobre las capacidades olfativas del recién nacido no son menos sorpren- dentes. A la edad de diez días los lactantes son ca- paces de reconocer el olor de su madre, orientán- dose de manera preferente hacia un algodón que ha estado en contacto con el pecho de su madre que hacia otro de una mujer que amamanta a un niño de la misma edad (McFarlane, 1975; Montagner, 1988) .

A los quince días establecen asociaciones claras entre el rostro y la voz de la madre, hasta el punto de intraquilizarse cuando se mezcla la voz o el ros- tro de la madre con estos mismos estímulos de una persona desconocida.

Señales que permiten la comunicación y promue- ven la interacción. Además de orientar su atención de manera privilegiada hacia los seres humanos, los niños disponen de un sistema de señales, de carácter instintivo, que promueve la proximidad y el con- tacto de sus cuidadores. Entre ellas destacan: el llanto, la sonrisa y las expresiones emocionales.

El llanto es en los primeros momentos de la vida del niño una poderosa señal que atrae a las figuras de apego para detenerlo y, por ello, es decisivo para la supervivencia del bebé. Cada niño llora de dife- rente manera (las madres son capaces en seguida de identificar el llanto de su hijo). Además existen diferentes tipos de llanto. El llanto de dolor co- mienza repentinamente y se caracteriza por su falta de ritmo. Por el contrario, el hambre, frío o inco- modidad provocan un tipo de llanto rítmico, que tras un comienzo suave, aumenta progresivamente su intensidad. Ahora bien, en niños alimentados, abrigados y cómodos, cuando se encuentran solos, se da también este tipo de llanto rítmico, semejante al del hambre. Este llanto ha llamado la atención de los investigadores porque no es provocado por nin- guna de las causas mencionadas y porque entre los estímulos capaces de detenerlo destacan el acuna- miento, la voz humana y la succión no nutritiva. Estos hechos sugieren que se trata de un llanto pro- vocado por el hecho de estar solo (no sentir percep- tivamente la presencia del cuidador) y corroboran la idea de que, en la primera infancia, la atención afectiva y la compañía son una necesidad tan pri- maria como la alimentación y los cuidados básicos y que los niños cuentan con mecanismos heredita- rios que promueven la interacción. En otras muchas especies (de aves y mamíferos) es habitual que las crías y las madres estén continuamente emitiendo señales sonoras para confirmarse la mutua presen- cia. Es algo así como un continuo mensaje interac- tivo cuyo sentido podría ser expresado en palabras así:

Lacría: ¿Estás ahí?

Lamadre: Estoy aquí, puedes estar tranquila. Otra poderosa señal infantil es la sonrisa, capaci- dad que aparece en los primeros meses de vida a partir de una cierta expresión de sonrisa presente desde las primeras semanas hasta una clara sonrisa en el segundo o tercer mes. Desencadenada en los momentos iniciales por estados biológicos, es rápi- damente activada por estímulos que provienen de personas. La sonrisa infantil actúa como promotora de respuestas sociales afines por parte de las figu-

ras de apego. Su resultado previsible es que ésta prolongue la interacción y aumente la posibilidad de conductas maternas positivas en el futuro. Los adultos responden a las sonrisas y vocalizaciones de los niños con sonrisas e interacción positiva e interpretan la sonrisa infantil como un indicador de que el niño está contento y de que lo están ha- ciendo bien como padres. La sonrisa infantil es casi siempre cautivadora e irresistible. Conforme más sonríe el niño, los padres le miran, sonríen e in- teractúan más con él en una espiral de refuerzo mutuo.

En la época previa al lenguaje, los niños, además de la sonrisa y del llanto, pueden comunicarse y re- gular el comportamiento de sus progenitores a tra- vés de las expresiones emocionales. Las expresio- nes gestuales de las emociones básicas: miedo, alegría, tristeza, cólera, etc., tienen carácter univer- sal, lo cual permite a los adultos interpretar los es- tados afectivos del bebé y responder en consecuen- cia (véase capítulo: Desarrollo emocional).

Los niños, por otra parte, no tienen únicamente la capacidad de expresar emociones, sino también de contagiarse de las emociones de otras personas dando respuestas miméticas básicas.

Otras conductas que favorecen el contacto.

Mientras las crías de otras especies son capaces desde los primeros momentos de la vida de aproxi- marse y seguir a sus progenitores, en el niño este tipo de conductas de apego aparece cuando el desa- rrollo motriz se lo permite, siendo en los primeros meses de la vida más efectivas las señales arriba mencionadas. Sin embargo, desde el nacimiento el niño posee un repertorio de conductas reflejas que tienden a mantener el contacto físico una vez esta- blecido, como la succión no nutritiva, la prensión y el abrazo.

El reflejo de succión es manifiesto incluso en la fase final del período fetal. Si estimulamos con un leve toque los labios del niño, éste inmediatamente comienza a chupar. Es evidente la importancia de esta conducta en la alimentación. Sin embargo, la observación demuestra que los niños también acti- van esta conducta una vez satisfecha la necesidad alimenticia. Entre las funciones de la succión no

nutritiva destaca su valor en el desarrollo del cono- cimiento. Durante los primeros meses de la vida, el niño asimila en buena medida la realidad a través de la boca. En cuanto sus habilidades motrices se lo permiten, chupa todo objeto que cae en sus ma- nos. En lo que a nuestro tema se refiere, la succión cumple una importante función de contacto y segu- ridad. En otras culturas los niños pasan extensos períodos de tiempo succionando el pecho materno; en la nuestra, su sustituto (chupete), aunque la ma- yor parte del tiempo no ingieren alimento. Además resulta bien conocido a las madres el papel tranqui- lizador que este comportamiento tiene en los mo- mentos de inquietud, alarma, soledad, etc.

Aunque el aferramiento o abrazo, conducta ma- nifiesta en otros primates desde los primeros mo- mentos de la vida, en el ser humano aparece varios meses más tarde, el recién nacido sí dispone de los dos comportamientos a partir de los cuales se esta- blecerá el abrazo: el reflejo prensor y el reflejo de Moro. Ante una presión en la palma de la mano, el niño como respuesta, la cierra. Unas semanas más tarde este reflejo de prensión se desarrolla: si la mano pierde el contacto, el niño la mueve en án- gulo recto, como si estuviera buscando algo y la cierra rápidamente en cuanto es restablecido. Se denomina reflejo de Moro a la reacción de extender brazos y cabeza hacia atrás y posterior repliegue, cruzando los brazos o abrazo ante un movimiento brusco o un sonido intenso. Ambas reacciones, como la mayoría de los reflejos, progresivamente desaparecen como tales y se van integrando en se- cuencias más complejas. Alrededor del sexto mes, prensión y abrazo se combinan en un aferramiento dirigido, que generalmente se activa ante cambios gravitatorios, cuando el niño se siente alarmado, o en presencia de un desconocido.

Por su parte los cuidadores interpretan los refle- jos de succión y de prensión como indicadores de que el niño disfruta del contacto y la interacción.

2.2. el cuidador como promotor del apego

Los cuidadores manifiestan también, de manera generalizada, una serie de comportamientos adapta-

dos a las necesidades y capacidades infantiles que sugieren la existencia de disposiciones de la espe- cie, como el contacto físico frecuente, el manteni- miento de la mirada, el tipo de lenguaje (simple, exagerado, repetitivo, sonidos sin significado), la capacidad de establecer una sincronía interactiva: acción-pausa, como si se tratara de un verdadero diálogo, las expresiones faciales exageradas, lin- dando con la caricatura, repetidas una y otra vez y prolongadas, etc., y, sobre todo, la capacidad de sentir con el niño, de interpretar y de responder a las comunicaciones emitidas por éste. El bebé pro- gresivamente dirigirá preferencial y selectivamente sus conductas de apego hacia aquellas personas que son sensibles a sus señales y responden a ellas de manera estable y continuada.

El cuidado de los padres a los niños ha sido una cuestión que ha interesado a muchos investigado- res. ¿Qué motiva a los padres a vincularse a los ni- ños y a disfrutar de una relación que exige un enorme nivel de atención y dedicación? Algunos autores afirman que las primeras horas de la vida del niño constituyen un período sensible para el es- tablecimiento del vínculo afectivo de la madre ha- cia el bebé, a través del contacto piel a piel. Aun- que existe evidencia a cerca de la importancia de estos primeros contactos, sus efectos disminuyen con el tiempo. En el estudio de Goldberg (1983) se comparó el afecto y la capacidad de respuesta de un grupo de madres que tuvieron un contacto tem- prano piel a piel con sus hijos recién nacidos, con la responsividad de aquellas que no establecieron este contacto durante las primeras horas de la vida del bebé. Al cabo de nueve días las madres del grupo de contacto no eran ni más afectuosas ni más responsivas que las del grupo sin contacto precoz. Por otra parte, la mayoría de los padres adoptivos establecen vínculos afectivos con sus hijos tan sa- tisfactorios como los de los padres biológicos en ausencia de este contacto en el período neonatal (Singer y col., 1985). El apego estable no es cosa de minutos, horas o días, sino fruto de una interac- ción social en la que ambos, niño y cuidadores, son elementos activos. Tampoco puede decirse que el apego sea el resultado de una u otra acción con- creta, sino de un sistema de interacción especial

que se mantiene en el tiempo, sistema que explica- mos más adelante.

Por otra parte, por lo que hace relación a los pa- dres, es importante señalar que, más que sujetos a preprogramaciones para ejercer la maternidad y la paternidad (en los mamíferos estas preprograma- ciones tal vez sólo se den en las hembras), se trata de personas adultas que han tenido un largo pro- ceso de socialización en el que han aprendido por experiencia propia, a través de modelos y con la interiorización de valores, costumbres y normas so- bre cómo se debe ser madre y padre.

2.3. La formación del apego

En realidad, la formación del sistema de apego es el resultado de la interacción entre la actividad del niño en cuanto buscador de contacto y vincula- ción, y la actividad de los padres —el sistema de cuidados ofrecidos.

Esta interacción se caracteriza por ser rítmica, recurrir a códigos desformalidados de comunica- ción, estar cargada a interés y afecto mutuo, orien- tada a producir bienestar y a satisfacer las necesi- dades básicas, etc.

Sincronía interactiva. Aunque durante los pri- meros meses es el adulto quien controla la interac- ción y se adapta a los ritmos biológicos de los niños, éstos muestran una gran capacidad para sincronizar su conducta con los cuidadores. Los ni- ños tienen ritmos de atención-desatención y activi- dad-pasividad, biológicamente condicionados (Les- ter y otros, l985). Ello hace que su conducta pueda ser anticipada por quienes les cuidan, facilitando la interacción. Los adultos se adaptan a esta periodici- dad creando intercambios en los que se llega a una verdadera interacción por turnos. El adulto, ade- más, da «sentido» a esa interacción atribuyendo in- tencionalidad al niño y dando significado a su acti- vidad. Un buen ejemplo de este carácter rítmico de la interacción lo tenemos en la actividad de suc- ción. Los niños tienen un ritmo de succión muy es- table, caracterizado por series de succiones-pausa- succiones-pausa, etc. La madre aprovecha las pau-

sas para actuar (haciéndole gestos, moviéndole, diciéndole cosas...), mientras se mantiene atenta cuando el niño está haciendo las succiones.

Desformalización. El código de comunicación es poco o nada convencional. Los cuidadores y el niño se miran fijamente durante largos períodos de tiempo (por ejemplo, durante la succión), rompen el espacio interpersonal, emplean fonemas y pala- bras que no existen, transforman las palabras del lenguaje (por ejemplo, con diminutivos), ponen én- fasis emocional a los sonidos, se tocan, abrazan, acarician, etc.

Multifuncionalidad de la interacción. La finali- dad de la interacción no es únicamente la de prestar cuidados físicos y cognitivos, sino cuidados afecti- vos, placer y juego.

Por ello, los niños no se vinculan preferente- mente a quienes satisfacen sus necesidades fisioló- gicas, sino a quienes les ofrecen la posibilidad de una interacción privilegiada en la que el afecto, el placer y el juego tienen un rol fundamental.