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4.3 Multiple Band Study

4.3.4 Emissivity Calculation (TES)

A lo largo de la década de 1970, las investigaciones centradas en el primer año de vida de los bebés mostraron que éstos poseen un cierto grado de preadaptación para incorporarse a rutinas de intercambio social con sus cuidadores, como se mostró en el capítulo 3. Hoy sabemos que los recién

nacidos son seres activos, con un amplio repertorio de conductas que les permiten establecer una relación primaria con otros seres humanos, buscar- la, iniciarla y, a la vez, regular el grado de estimulación social. Muchas de estas conductas poseen al poco tiempo una función objetiva —regular y con- trolar la acción y la atención conjunta en el ámbito de la interacción social—, aunque evidentemente en su uso inicial no cumplen dicha función, de modo que su dominio por parte de los bebés se realiza en el ámbito de prácticas socioculturales iniciadas y controladas por el adulto. En esta perspectiva, los bebés no son «libros en blanco» sobre los que se escribe y moldea a base de contingencias y repeticiones. La comprensión actual del desarrollo consiste sobre todo en conocer cómo los adultos coordinan y sincronizan sus conductas con las que ya utiliza el bebé, dando lugar así a rutinas y prácticas interactivas en las que la comunicación juega un papel clave.

A los 3 meses de vida, no hay habilidad comparable a la comunica- ción. La vida social del bebé, relacionada fundamentalmente con su cuida- do —higiene, alimentación, etc.—, implica una simbiosis afectiva con sus cuidadores de la que surgen unos significados rudimentarios que son utili- zados para regularla, pero que, a la vez, se encuentran en la base de los ini- cios de la conciencia o, en otras palabras, de la subjetividad. Trevarthen (1979) utiliza el término de «intersubjetividad primaria» para designar la acomodación que los bebés hacen de su control subjetivo a la subjetividad de los otros, entendiéndose que en esta subjetividad están los inicios de la conciencia y la intencionalidad individual.

Respecto a la intersubjetividad primaria que acabamos de referirnos, dos son los aspectos a destacar: primero, las características de las prácticas en que se inscriben las interacciones adulto-niño; segundo, la intencionalidad implícita en los primeros intercambios adulto-bebé.

2.1 Las características de las prácticas interactivas bebé-adulto

Desde el inicio de la vida, adultos y bebés participan conjuntamente en prác ticas en las que lo más sorprendente es la habilidad que despliegan los adultos para sintonizar sus conductas con las del bebé en una especie de «toma-y-daca» que recuerda al diálogo entre hablante y oyente. En rutinas cotidianas de alimentación, de limpieza, de expresión de emociones, el adulto busca situaciones del tipo «ahora me toca a mí-ahora te toca a ti», en las que cada participante adopta su turno («ahora me muevo yo-ahora tú», «ahora gorjeo yo-ahora tú ...»). Este tipo de actividades posibilita que el bebé reconozca la pertinencia y la adecuación de sus conductas en relación con las conductas de sus cuidadores, condición sine qua non para la exis- tencia de intercambios comunicativos. En la medida en que las interaccio- nes se basan en la acción e interacción mutua, sin referencia a objetos o si- tuaciones externas, se habla de intersubjetividad primaria.

El adulto acomoda su conducta a las pautas innatas infantiles y sincroni- za sus movimientos, gestos y vocalizaciones en una especie de «diálogo» que Bateson (1971) denomina «protoconversación». Por ejemplo, en el ám- bito de la atención conjunta, Fogel (1977) señala que, durante los tres pri- meros meses de vida, el bebé y el adulto se engarzan en numerosas situa- ciones diádicas en los momentos de afecto positivo, situaciones en las que ambos se miran de forma sostenida y mutua. El análisis de estas situaciones muestra el carácter simétrico de la interacción y, a la vez, el papel asimétri- co de los participantes. Así, el bebé no puede sostener la mirada hacia y con el adulto hasta el infinito, ya que está limitado por constricciones bio- lógicas que le obligan a retirar la cara, mientras que el adulto se pasa casi todo el rato mirando al niño y aprovecha los momentos de atención de éste hacia él para realizar una serie de conductas —exageración facial, vocaliza- ciones, etc.— que consiguen prolongar el período de atención. Así, no es descabellado pensar en el adulto como el principal responsable de la aco- modación mutua, de modo que éste busca en todo momento coordinar su conducta con la del niño, encontrando ranuras en la actividad infantil para introducir sus propios movimientos en un intento no sólo de promover la interacción social, sino también de prolongarla.

Da la impresión que los adultos tienen un plan de actuación con sus cria- turas (Kaye, 1979) basado en la «lectura» inmediata del niño, en la percep- ción de la interacción en curso y en la experiencia de interacciones previas. El adulto acostumbra a fijar el marco secuencial y sus límites, a la vez que repite los elementos básicos de la secuencia siempre de la misma forma, de modo que, cada vez que está en estado de alerta, el bebé encuentra un en- torno estable y predecible que le permite «negociar» procedimientos comu- nicativos para acomodar su conducta a la del adulto.

Además, los adultos no sólo establecen unas situaciones rutinarias, relativa- mente predecibles por los bebés y que se rigen por reglas semejantes a las que se emplean en el ámbito del diálogo, sino que tratan a los recién nacidos como si ya fueran seres humanos con intenciones, deseos y sentimientos semejantes a los adultos (Newson, 1974); así, si el bebé emite un sonido cualquiera, el adulto responde con un «¿qué me dices, que tienes hambre?», tratando como intencional y llena de contenido comunicativo la conducta del bebé. Todas las conductas del bebé son interpretadas según el contexto y son dotadas de signi- ficado y sentido para poder hacer cosas con ellas más allá de su simple reali- zación, lo cual nos lleva al siguiente punto de nuestra discusión.

2.2 La intención comunicativa ¿innata o construida?

Una de las cuestiones centrales en la comprensión de las primeras interac- ciones sociales se refiere a la cuestión de la intencionalidad. Algunos auto- res (Piaget, 1937; Bates y otros, 1975; Harding y Golinkoff, 1979; Harding,

1982) adoptan una posición constructivista y proclaman (Piaget) que la in- tención —en este caso, la intención comunicativa— aparece a lo largo del estadio sensoriomotor cuando el bebé es capaz de coordinar secuencias de conductas dirigidas hacia una meta, es decir, cuando puede tomar concien- cia de un objetivo y establecer un plan para conseguirlo. En esta posición subyace la idea, antes explicada, de que el desarrollo cognitivo guía las conductas comunicativas de los niños y las niñas de modo que es un prerre- quisito para su aparición.

Esta posición se vio apoyada empíricamente al demostrarse que, hacia el final del primer año de vida, el niño era capaz de emplear al adulto como un medio para obtener un objeto (por ejemplo, coger la mano del adulto y llevarlo delante de un grifo para obtener agua) y, a la vez, podía emplear un objeto como medio para atraer la atención del adulto (por ejemplo, coger una muñeca y agitarla delante del adulto para que éste mire y haga comen- tarios). Las primeras conductas se clasificaron como protoimperativas («dame agua») y las segundas como protodeclarativas («mira mi muñeca») (Camaioni, Volterra y Bates, 1976).

Estas conductas aparecían al mismo tiempo que la capacidad de los be- bés de usar un objeto para obtener otro objeto (por ejemplo, arrastrar una alfombra para conseguir un juguete que está sobre ella). En último término, los tres tipos de conducta respondían a la noción de causalidad elaborada por el bebé durante el estadio sensoriomotor. Se invocaba, pues, la existen- cia de un mecanismo cognitivo, construido a lo largo del primer año de vida, mediante el cual el niño podía utilizar de forma apropiada diferentes medios para conseguir un fin deseado. En el ámbito de la comunicación, el uso de un adulto como agente de una acción determinada y el uso de un ob- jeto para reclamar la atención del adulto se consideraba como indicios cla- ros de la existencia de intención comunicativa. En la terminología de Tre- varthen (1979), estamos ahora ante una situación de «intersubjetividad secundaria», en la que la comunicación entre el bebé y el adulto gira no en torno a la relación entre ambos, sino en torno a objetos y situaciones ex- ternas.

Sin embargo, no todos los autores han estado de acuerdo con esta posi- ción y, por ejemplo, Jerome S. Bruner, ya en 1973, pensaba que la intencio- nalidad era muy anterior. En concreto, este autor afirma que, desde el naci- miento, el bebé es capaz de realizar las distintas conductas que subyacen a un acto intencionalmente comunicativo, pero que es incapaz de secuenciar- las adecuadamente en relación a un objetivo. En esta perspectiva, se cree que el bebé tiene muy desde el principio preferencia por un tipo de estímu- los y despliega conductas apropiadas para su consecución, de modo que, cuando observa los efectos de su conducta sobre dichos estímulos u objeti- vos, su conducta se torna intencional. Bruner no se arriesga a caracterizar la intencionalidad como innata, pero sí apuesta porque, en definitiva, lo de- cisivo en el establecimiento de la intención comunicativa es el hecho de que

los adultos tratan todas las conductas infantiles como si ya fueran intencio- nales, de modo que, en poco tiempo, el bebé comienza a usarlas de acuerdo con su uso en el contexto humano, social y cultural en que se desarrolla.

Esta posición ha sido desarrollada por Trevarthen (1979) que cree en la existencia de diferentes «motivos» —no influidos por el mundo exterior— en los bebés para tratar con los objetos y para tratar con las personas, de modo que ante unos y otros despliega secuencias de conductas específicas (gestos, vocalizaciones, etc.) que, poco a poco, son controladas subjetiva- mente y se tornan claramente intencionales en un contexto cultural deter- minado.

3. Sobre los orígenes de la intención comunicativa, la