5.5 Methodology Summary
6.1.1 Two-Channel Error Analysis
Comunicación y representación se saldan en el lenguaje. A lo largo del ca- pítulo hemos visto cómo algunos autores (Bruner, 1983; Tomasello, 1995, 1996) que se interesan por ambas capacidades consideran que la aparición del lenguaje representa un hito en el desarrollo de ambas. De hecho, histó- ricamente también ha sido así y, por ejemplo, Piaget entiende la aparición del lenguaje como la expresión de la función simbólica o semiótica (Piaget e Inhelder, 1969). Para este autor, el lenguaje es representación, al igual que otras conductas —imitación diferida, juego simbólico, imagen y dibu- jo—, y aparece, junto con las otras, al final del estadio sensoriomotor, una vez que el niño consigue separar la forma general de un esquema de acción de su contenido particular, emergiendo entonces la función simbólica como capacidad cognitiva que permite todas estas conductas simbólicas (véase a este respecto la exposición hecha en el capítulo 3). Para Piaget, la aparición del lenguaje tiene muy poco que ver con la comunicación, reflejando exclu- sivamente el desarrollo cognitivo del niño, por más que su aparición mejore notablemente las capacidades cognitivas y comunicativas del bebé. Los da- tos empíricos disponibles no apoyan este punto de vista, pues, mucho antes de que aparezca la hipotética función simbólica, los niños realizan usos lin- güísticos que, evidentemente, no operan como símbolos, aunque sí como signos. Una posición que explique la aparición del lenguaje en un línea de continuidad con el desarrollo comunicativo parece más plausible que la hi- pótesis cognitiva.
Hemos visto cómo el adulto y el niño se implican conjuntamente en ac- tividades desde el inicio de la vida y cómo en esas actividades ambos se comprometen en una negociación profunda y activa de procedimientos que permiten llevar la interacción a buen puerto. Como ya sabemos, lo que ne- gocian es cómo mostrar sus intenciones, cómo saber hasta qué punto son
reconocidas por el otro, etc. Inicialmente, el bebé emplea el repertorio con- ductual con que llega a este mundo (llanto, sonrisa, mirada, etc.), pero poco a poco va incorporando gestos más arbitrarios y, por tanto, más culturales, como, por ejemplo, la señalización. Ello es posible porque, como hemos visto, el adulto presenta situaciones pautadas, segmentadas, secuenciadas, etc., que se repiten una y otra vez, de modo que el bebé tiene cientos de oportunidades para observar tanto las consecuencias de sus actos, como las de los demás y siempre en relación con el mismo telón de fondo.
La aparición de la señalización es un buen ejemplo. Alrededor de los 6 meses, el bebé se interesa por los objetos y, entre otras cosas, pretende cogerlos. Para ello, utiliza el «gesto de alcanzar» que consiste en, estando sentado, estirarse hacia el objeto, con la mirada fija en él, los dos brazos extendidos y las manos abiertas. Si no alcanza el objeto y el adulto consi- dera que lo puede tener, la secuencia continúa con que el adulto acerca el objeto al bebé. Pero para ello ha tratado el «gesto de alcanzar» como si fue- ra intencional: el adulto presupone que el bebé quiere el objeto y que dicho gesto es un signo de ello, diciendo cosas como «sí, sí, te lo doy», a la vez que lo señala y luego lo coge y lo entrega. Pasan unos pocos meses y el bebé estiliza su «gesto de alcanzar»: mantiene la espalda recta, un brazo lo mantiene extendido, mientras que el otro queda más retraído y, además, aparece un cambio definitivo respecto a la situación anterior: ahora, el bebé alterna su mirada entre el objeto y el adulto: su gesto se ha tornado inten- cional. Ya no se trata de intentar alcanzar directamente el objeto, sino de hacer saber al adulto que lo quiere tener. Muy pocos meses después, alrede- dor de los 11-12 meses, el «gesto de alcanzar» desaparece y es sustituido por la señalización, usada también como una forma de requerimiento. Evi- dentemente, la señalización es un procedimiento más cultural que el «gesto de alcanzar» y, por tanto, permite nuevas posibilidades al bebé, de modo que muy pocos días después de su primera aparición, éste señala hacia un punto distante de la habitación, y el adulto coge el objeto y se lo pasa al bebé. Hay entonces ocasiones en que el bebé toma el objeto que quería co- ger, y ocasiones en que el bebé rechaza el objeto, porque lo que quería no era cogerlo, sino llamar la atención del adulto sobre dicho objeto por algu- na razón. En otras palabras, si el «gesto de alcanzar» sólo permitía «quiero X», la señalización, procedimiento más cultural y evolucionado, permite tanto «quiero X» como «mira X».
Tal y como muestra el ejemplo anterior, lo que el bebé aprende sobre el lenguaje en estas situaciones son las «condiciones de felicidad» que hacen posible que sus requerimientos, sus indicaciones, sus señales y sus pregun- tas sean comprendidas y atendidas por los demás. En definitiva, aprende las condiciones para «hacer cosas» con el lenguaje. Este aprendizaje es ante- rior a la aparición del lenguaje propiamente dicho y se cumple mediante gestos, vocalizaciones, miradas, etc., pero es imprescindible para que el lenguaje pueda aparecer. Un niño que tiene sed puede realizar un requeri-
miento a partir de coger la mano del adulto, llevarlo a la cocina y señalar hacia el grifo a la vez que vocaliza. Probablemente, el adulto entienda sin excesivos problemas que está sediento y le dé un vaso de agua. La palabra «agua» aparecerá también como un requerimiento y expresa el mismo «fondo de conocimiento» que los gestos anteriores; pero ahora el niño comprende que dicho procedimiento (la palabra) es más eficaz y más eco- nómico que ejercitar una larga secuencia de gestos y acciones.
Las primeras palabras aparecen como un proceso de «sustitución funcio- nal» en el que procedimientos arcaicos son sustituidos por procedimientos más culturales cuya eficacia y economía se es capaz de reconocer. Eviden- temente, el progreso en el lenguaje es más complicado que este simple me- canismo, como se verá con detalle en el capítulo 8, pero es importante se- ñalarlo para comprender que cuando aparecen las primeras palabras, el niño sabe ya un gran número de cosas sobre el lenguaje: la más importante de todas es que sabe cómo usarlo.
Pero junto con este proceso de «sustitución funcional» en el que se im- plican capacidades cognitivo-sociales, se debe invocar también otra capaci- dad del bebé. Nos referimos a las capacidades fonológicas que los bebés desarrollan a lo largo de su primer año de vida (véanse los detalles del de- sarrollo en el capítulo 8). Entre la realización de un gesto y su equivalente fonológico para cumplir la misma función existe una diferencia cualitativa muy importante. De hecho, desde una perspectiva evolutiva, las cosas pare- cen ser relativamente fáciles para los bebés, que desde muy pronto combi- nan gestos y vocalizaciones, de modo que, junto al desarrollo comunicativo descrito, existe un desarrollo fonológico que conduce al bebé a realizar producciones vocálicas semejantes a las que producimos los adultos.
Como se resaltó en el capítulo 3, los bebés son enormemente sensibles a la voz humana. Por ejemplo, tras 7 meses en el útero materno, ya son capa- ces de distinguir la voz humana de otro tipo de sonidos o ruidos, de forma que cuando nacen, muestran habilidades sorprendentes en torno a ella. En concreto, discriminan producciones de su comunidad lingüística de las de otras comunidades lingüísticas; son además capaces de discriminar todos los fonemas de las lenguas del mundo, capacidad que se pierde posterior- mente. Como se ve, los bebés poseen notables capacidades psicoacústicas, algunas de las cuales se van perdiendo en ausencia de experiencias lingüís- ticas apropiadas.
Al igual que en relación con la percepción del habla aparecen habilida- des notables, los bebés tienen también capacidades para producir sonidos. Así, al inicio, lloran y gritan; a partir de los 3 meses comienzan los gorjeos, que son sonidos guturales; a los 6 meses producen los primeros balbuceos, que son combinaciones de sonidos vocálicos y consonánticos que se repiten de forma melódica y entonativa. Posteriormente, alrededor de los 9 meses, aparecen las primeras formas fonéticamente estables o «protopalabras», que se emplean en combinación con gestos tanto en el ámbito de la aten-
ción como de la acción conjunta. Finalmente, alrededor de los 12 meses, aparecen las primeras palabras en sentido estricto. Como ya hemos dicho, de todo este desarrollo se da cumplida cuenta en el capítulo 8, donde se hace una exposición detallada e integrada del desarrollo lingüístico. Que- dan apuntados los principales hitos de este desarrollo en el primer año en este capítulo cuyo énfasis ha estado más en los aspectos comunicativos y en los fundamentos de las conexiones evolutivas entre la comunicación, la re- presentación y el lenguaje.
Hasta aquí nuestro viaje. Hemos partido de un bebé con un buen número de conductas que es además tratado por los adultos como si ya tuviera el re- pertorio de intenciones, expectativas y capacidades típicas de los humanos de más edad. En este comportamiento que da por supuesto en los bebés ca- pacidades comunicativas y representativas que en realidad todavía no tienen completamente desarrolladas, se encuentra probablemente la clave del de- sarrollo de la comunicación y la representación y, en consecuencia, la clave de la aparición del lenguaje.