4.4 Background Summary
5.1.3 Environmental Effects
En los últimos años se ha retomado nuevamente la discusión sobre los orí- genes de la intencionalidad comunicativa desde los postulados que incorpo- ra la «teoría de la mente». Así, hay datos que ponen en duda la existencia de una asociación desde el punto de vista del desarrollo entre las conductas en las que un objeto es usado para obtener un objeto, las producciones pro- toimperativas y las protodeclarativas. Sarriá y Riviére (1991, p. 50) hipo - tetizan «la diferenciación de los dominios social-comunicativo y físico en el período de aparición de la intención comunicativa». Otros trabajos reali- zados con gorilas y con niños autistas muestran también la incongruencia de mantener la existencia de unas estructuras cognitivas comunes para ex- plicar las capacidades relativas al dominio del mundo físico y la adaptación al medio social. Gómez (1990) muestra que una gorila, cuidada en un me- dio humano, puede utilizar a un ser humano como un objeto para obtener otro objeto y, a la vez, también puede solicitar a sus cuidadores que realicen una acción en beneficio suyo. Este autor distingue ambas actuaciones como «actos de manipulación intencional» y «actos de comunicación intencio- nal» y muestra que, entre unos y otros, existe una distancia temporal de unos 10 meses. Así, el uso instrumental del adulto y la producción de una protoimperativa no pueden responder al mismo mecanismo cognitivo, ya que existe una separación importante en la aparición de ambas conductas. Si el mecanismo fuera exactamente el mismo, no aparecería una distancia tan importante entre la aparición de una y otra conducta. Además, no se ob- servaron producciones protodeclarativas, lo cual abunda en la disociación de los tres tipos de conductas desde el punto de vista de los mecanismos que las hacen posibles.
Las investigaciones realizadas por Baron-Cohen (1989) con niños autis- tas muestran resultados semejantes. Este autor muestra que estos niños no tienen dificultades en comprender y usar el gesto indicativo protoimperati- vo y, en cambio, tienen enormes dificultades para hacer lo mismo con las
indicaciones protodeclarativas. Estas investigaciones revelan de nuevo que las producciones protoimperativas y las protodeclarativas responden a me- canismos diferentes, ya que si no es imposible explicar por qué los niños autistas no tienen problemas en el uso de las primeras y encuentran enor- mes dificultades en el uso de las segundas.
Camaioni (1993) diferencia las producciones protoimperativas y las pro- todeclarativas en el sentido de considerar que las unas («quiero X») modi - fican el entorno y las otras («mira X») influyen en el estado interno del adulto; las primeras se sitúan en el ámbito del requerimiento de un objeto o de una acción y, por tanto, para su realización, lo importante es que el niño tenga una comprensión práctica de las relaciones entre la acción y la aten- ción. Por contra, en el caso de las protodeclarativas o requerimientos de atención, el niño, además de controlar las relaciones anteriores, debe poder representarse al adulto como alguien que puede representarse algo como in- teresante. De hecho, esta autora cree que las producciones protoimperativas no evidencian, en sentido estricto, intenciones comunicativas, sino que és- tas deben relacionarse con las producciones protodeclarativas. En concreto, afirma que las producciones protoimperativas necesitan tres habilidades: coordinar la orientación hacia un objeto o evento con la orientación hacia otra persona; percibir a los seres humanos como agentes autónomos y, a la vez, anticipar las acciones que pueden realizar en relación con ciertos obje- tivos; y, por último, utilizar modos distales de interacción —vocalizaciones, gestos, etc.— para influir sobre la conducta de los otros. Desde su punto de vista, ninguna de estas condiciones, ni de sus combinaciones, muestran la existencia de intenciones comunicativas, ya que no implican una repre- sentación de los demás como capaces de tener intenciones y de comprender las intenciones del otro. La intención comunicativa requiere una nueva ha- bilidad: la construcción del otro como una persona capaz de atender selecti- vamente y de poseer estados psicológicos independientes como, por ejem- plo, mostrar interés por objetos o sucesos. Ésta es la habilidad que está presente en las producciones protodeclarativas. En el fondo, Camaioni asu- me una concepción sobre el lenguaje semejante a la de Werner y Kaplan (1963), según los cuales el lenguaje fundamentalmente es una herramienta del conocimiento que permite contemplar y compartir la realidad con los demás antes que una herramienta que permite influir en la conducta de los demás.
Baron-Cohen (1994) adopta una posición semejante y relaciona la apari- ción de la intención comunicativa con la atención conjunta y las protode- clarativas o requerimientos de atención. En concreto, propone la existencia en el sistema neurocognitivo de un componente modular denominado MAC —Mecanismo de Atención Conjunta—, que tiene como función «leer la mente» de los demás y, por tanto, funcionaría como precursor de lo que, a partir de los 4 años, niñas y niños son capaces de hacer: entender y usar el poder de la representaciones mentales. Por eso, los autistas no tendrían una
«teoría de la mente», pues dicho mecanismo sería en ellos inexistente, lo cual explicaría la no aparición en ellos de producciones protodeclarativas. Este mecanismo serviría para representar si el sujeto y otro agente están si- multáneamente atendiendo al mismo objeto o suceso y, evidentemente, se- ría innato, además de cumplir otras de las condiciones propuestas por Fo- dor sobre la organización modular de la mente y el cerebro. De este modo, la intención comunicativa, relacionada exclusivamente con la atención con- junta, aparecería de forma desligada del uso instrumental de un adulto para obtener un objeto o realizar una acción y su explicación residiría en meca- nismos innatos que, cognitivamente, permiten la atención conjunta hacia los objetos o sucesos.
Sin embargo, hay otros puntos de vista. Tomasello (1995), por ejemplo, aborda el estudio de las diferentes capacidades que se requieren para po- der «entrar» al lenguaje y la comunicación y afirma que, alrededor de los 12 meses de vida, se produce una auténtica revolución en las capacidades cognitivo-sociales de los bebés, semejante a la que se produce posteriormen- te a los 4 años de vida. En concreto, propone que a esta edad los bebés no sólo se perciben a sí mismos como seres intencionales, sino que son capaces también de percibir a los demás como personas que tienen intenciones. Pero, a diferencia de los defensores de la teoría de la mente y de la existen- cia de un mecanismo innato que permite la atención conjunta como origen de la comunicación, Tomasello (1995) considera que tanto la comunicación como la representación se originan en los intercambios sociales en los que el bebé se construye como un agente intencional y construye también al «otro» como un agente intencional, de modo que ambos pueden tener pun- tos de vista distintos sobre un foco de atención compartido.
Este autor argumenta que, alrededor de los 12-14 meses, niños y niñas son capaces de comprender y usar signos lingüísticos, lo que es determi- nante para justificar que son capaces de conocer al otro como un agente in- tencional. El uso de un símbolo implica una perspectiva particular del ha- blante en referencia al objeto referido. Así, cuando un adulto y un niño se comprometen juntos en la construcción de una torre pueden referirse a sus elementos como «rojo», «grande», «cuadrado», etc. La posibilidad de que el niño se implique activamente comporta obligatoriamente que sea capaz de especificar algo del foco de atención del adulto. Lo sorprendente es que en esas edades muestra dicha capacidad y responde de forma adecuada al símbolo empleado por el adulto e, incluso, es capaz «de reproducirlo en cir- cunstancias nuevas apropiadas» (Tomasello, 1995, p.112) mostrando así que también puede adoptar una perspectiva particular sobre el referente en el que ambos, adulto y bebé, comparten su atención.
En este sentido, Tomasello (1995) no acepta la dicotomía de Camaioni (1993) sobre la acción conjunta y la atención conjunta y, aun aceptando la misma explicación para las protodeclarativas, cree que las protoimperativas se pueden explicar como «un intento del niño no sólo para obtener el objeto,
sino para cambiar las intenciones del adulto» (Tomasello, 1995, p. 111). Este autor cree que lo determinante en el progreso de la comunicación es, por tanto, la construcción de una nueva habilidad sociocognitiva por parte de los bebés según la cual pueden percibir a los demás como seres intencio- nales y ello se expresa tanto en los procedimientos imperativos —requeri- mientos de objeto— como en los declarativos —requerimientos de atención. En definitiva, este autor se muestra más interesado por el estudio de las modalidades a través de las cuales los adultos guían y conducen el queha- cer comunicativo de los bebés, que por invocar mecanismos innatos que lo hacen posible. De lo que se trata es de conocer los mecanismos y los proce- sos mediante los cuales los niños progresan en unas capacidades cognitivo- sociales que les permiten reconocerse a sí mismos y construir al «otro» como un ser intencional con creencias, pensamientos y sentimientos. El análisis que sigue se dedica, precisamente, al análisis de esos mecanismos y procesos.