5.4 Energy-Efficient Detection Technique for the Black Hole Router
5.4.2 Energy-Efficient BHR Detection Technique
Expresado de una manera muy abreviada y reduccionista, podríamos decir que la Sociología Económica ha quedado prácticamente escindida entre un par de corrientes hegemónicas que la han monopolizado durante su corta vida. A un lado, el marxismo, en sus diferentes versiones, ha hecho de la Sociología Económica un simple calco de su teoría social, indistinguibles ambas. Al otro, las diferentes formulaciones de la teoría de la elección racional (Elster y Hylland, 1986, Coleman y Fararo, 1992, Archer y Tritter, 2000), muy emparentadas y familiarizadas con el campo económico neoclásico (Marshall, Walras, etc.). Una, se afirma, es una crítica política del capitalismo reinante. Otra, se cuenta, ciencia legitimadora del status quo. Dos corrientes mayoritarias que,simplificando y caricaturizando mucho, han copado la mayoría de las aproximaciones sociológicas al mundo económico. Listado de méritos aparte, si algo puede achacárseles simultáneamente a estas dos perspectivas podría ser el hecho de no haber realizado una teoría social completa que incluyera una sociología económica como caso particular. Más bien, su sociología económica ha sido su teoría social. Premeditado o no, la parte y el todo se han fusionado
indistinguiblemente. Su teorización sobre los intercambios económicos ha servido como factor explicativo del resto de fenómenos colectivos; lo que ha generado algunas de sus más alabadas virtudes, pero también de sus más inoperantes vicios (cierto determinismo, por citar alguno). Sin caer en un simplismo ingenuo, reconocemos, no obstante, algunos intentos posteriores que han supuesto enriquecimientos de dichas teorías (Por ejemplo: Bourdieu, 2003 o Swedberg y Granovetter, 2001; siguiendo líneas marxistas y/o weberianas).
El fenómeno económico, como hecho social, pocas veces ha recibido aportaciones exteriores a estos dos corpus mayoritarios que puedan considerarse como significativas122. Mención especial deben recibir, sin embargo, los escasos pero contundentes y sugerentes textos del húngaro Karl Polanyi (1886-1964, ver Stanfield, 1986). Catalogado dentro de la “escuela sustantivista en antropología económica” (Alvarez-Uría y Varela, 1997: 11), como un “no-marxista socialista” (Granovetter y Swedberg, 2001: 49) o dentro del institucionalismo (Martinelli, 1987), Polanyi realiza una verdadera aproximación sociológica al estudio de las sociedades de mercado (Prieto, 1996). Recordemos que una de sus tesis fundamentales destaca la novedad de la centralidad del mercado (autorregulado) como centro productor del orden social. Las sociedades modernas pivotan y giran en torno a los mecanismos de mercados autorregulados hasta el punto de ser absolutamente dependientes de estos. Las relaciones mercantiles se van a convertir en origen y destino de la vida moderna. Es decir, a partir de la “gran
transformación” (mercantilización completa de la vida colectiva), la sociabilidad se produce en y para el mercado. Aquello que conforma la vertebración social se
deriva, pronto o tarde, de la presencia ubicua y contundente del mercado autorregulado. A partir del siglo XIX, los mercados, en tanto instituciones sociales, van a someter o limitar a todo el resto de aspectos colectivos como no lo habían hecho nunca antes (Granovetter y Swedberg, 2001: 49):
“La tesis antropológica de Polanyi según la cual el capitalismo es el primer orden social de la historia que ha aislado una institución propiamente
122 Salvo quizás las provenientes de la antropología económica (Mauss, Godelier, Sahllins, Harris, etc.).
económica en relación a todas las otras instituciones sociales para pasar, desde fuera, a dominarlas y devorarlas.” (Alba Rico, 1995: 31).
Lo que no deja de propiciar un conjunto de consecuencias, tanto en la gramática del vínculo social como en la configuración de las relaciones sociales que Polanyi desgrana a lo largo de algunos de sus escritos (Polanyi, 1989 y 1994 principalmente) y en los que no vamos a entrar de modo directo (ver Block, 2001 para una buena introducción a La Gran Transformación).
Uno de los conceptos clave en Polanyi, el de mercancía123 ficticia, nos permite
abordar la propiedad intelectual desde un ángulo novedoso. Para Polanyi, es un hecho crucial (aunque habitualmente ignorado) el que existan mercados dedicados a todo tipo de objetos, incluidos aquellos que no son bienes para el intercambio en un sentido clásico (Polanyi piensa en: tierra, trabajo o dinero):
“Existen, en consecuencia, mercados para todos los elementos de la industria, no sólo para los bienes (entre los que figuran siempre los servicios), sino también para el trabajo, la tierra y el dinero cuyos precios son denominados respectivamente precios de mercancías, salario, renta territorial o «renta», e interés.” (Polanyi, 1989: 122).
El hecho de que comerciemos con elementos que no responden a los cánones clásicos (objetos que, en principio, no se producen técnicamente con el fin de ser intercambiados124 o que no son manufacturas diseñadas para ser canjeadas) es algo
123 Recordemos que, para Marx, la mercancía es, de una manera metafórica, la célula económica del sistema capitalista (Marx, 1975: 6 y 1982: 71) o la personificación de los valores de uso y de cambio. 124 En concreto, una mercancía podría venir definida de una manera aproximada por dos condiciones: i) es producto del trabajo humano (el hombre crea mercancías al transformar los objetos del mundo) y ii) se produce con el fin del intercambio en algún tipo de mercado. Quizá la primera condición no se viola completamente en tierra, dinero y trabajo, ya que existe aportación humana (cercado de una tierra o impresión de un billete), pero no está claro que sea un trabajo medible y concreto (cantidad de “trabajo socialmente necesario”) que defina a ese objeto y le otorgue un valor definido. Al respecto Marx adelanta: “Una cosa puede ser valor de uso y no ser valor. Es éste el caso cuando su utilidad para el hombre no ha sido mediada por el trabajo. Ocurre ello con el aire, la tierra virgen, las praderas y bosques naturales, etc. Una cosa puede ser útil, y además producto del trabajo humano, y no ser mercancía. Quien, con su producto, satisface su propia necesidad indudablemente crea un valor de uso pero no una mercancía. Para producir una mercancía no sólo debe producir un valor de uso, sino valores de uso para otros, valores de uso sociales.... Para transformarse en mercancía, el producto ha de transferirse a través del intercambio a quien se sirve de él como valor de uso.” (Marx, 1975: 50, subrayado mío). Es decir, para la teoría marxiana, ninguno de los objetos no mediados por el trabajo
extendido y presente en la economía moderna. Sin embargo, la existencia de un proceso de mercantilización sobre la fuerza de trabajo, las extensiones de tierra o el equivalente de intercambio universal (el dinero) no ha funcionado siempre de manera conjunta y son un invento reciente. Polanyi nos recuerda que, previo a la Revolución Francesa, por ejemplo, la tierra como “fuente de privilegios sociales” se mantenía “extra commercium” (Polanyi, 1989: 124). El mercantilismo respetó la tierra y el trabajo sin llegar a cuestionar los privilegios o garantías (heredados del absolutismo o del Ancien Régime) que los excluían del libre juego comercial. No obstante:
“Corporaciones de oficios y privilegios feudales fueron abolidos en Francia en 1790, en Inglaterra no se abolió hasta 1813-1814 el Estatuto de los artesanos y hubo que esperar hasta 1834 para la abrogación de la Ley de pobres” (Polanyi, 1989: 125).
Dicho en otros términos: hay un antes y un después de tales mercancías ficticias en la esfera económica (y social), un cambio social sustancial que va gestándose gradualmente:
“Hasta finales del siglo XVIII, la producción industrial, en Europa Occidental, fue un simple apéndice del comercio.” (Polanyi, 1989: 130).
Es en este paso del mercantilismo al capitalismo en el que sitúa Polanyi (y hemos situado nosotros en el capítulo histórico) “la gran transformación” (económica) del mundo moderno. Si la tierra y sus formas de transmisión no dependían hasta entonces de la oferta y la demanda sino de normas y tradiciones, con el trabajo ocurría algo similar. El trabajo no era más que “la actividad económica que acompaña a la vida” (Polanyi, 1989: 128); una suerte de ocupación que suministraba lo mínimo para vivir. Por lo mismo, el dinero deja de ser una pieza de cobre pesada para comenzar a penetrar en los circuitos financieros y a comprarse y venderse al gusto, pasando a ser él mismo un elemento independiente de valor.
son mercancías strictu sensu, aunque sean útiles e intercambiables: “El único atributo que tienen en común todas las mercancías es que son productos del trabajo humano” (Harvey, 1982: 25). Es complicado transitar por estos páramos, ya que nos adentramos en la teoría laboral del valor, auténtico caballo de batalla y objeto de controversias infinitas.
Nos deslizamos aquí de la norma tradicional (privilegios heredados) a la norma burocrática (leyes comerciales), en el lenguaje weberiano al uso. Se institucionaliza una nueva manera de gestionar y administrar los cuerpos de los trabajadores (el “trabajo vivo”), las extensiones biofísicas naturales (haciendas, fincas, posesiones, huertas, latifundios, etc.) y el capital financiero en todas sus nuevas expresiones (bonos, billetes, créditos, etc.). Una cesura histórica de vital importancia para Polanyi que pone el dedo sobre un cambio de paradigma, no sólo productivo sino organizativo, en todas las escalas sociales. Así pues, la conversión de estos tres
ámbitos en mercancías (ficticias) es trascendental para la evolución posterior de las sociedades occidentales en las que se realiza.
Cabe apuntar que esos tres elementos cardinales (trabajo, tierra y dinero) no pueden ser mercancías en un sentido pleno del término por sus características intrínsecas: el trabajo no puede “ser desgajado del resto de la vida, ni puede ser almacenado o puesto en circulación”, la tierra es “bajo otra denominación, la misma naturaleza que no es producida por el hombre” y el dinero “no es en absoluto un producto sino una creación del mecanismo de la banca o de las finanzas del Estado” (Polanyi, 1989: 128). En definitiva, “ninguno de estos tres elementos –trabajo, tierra, dinero- han sido producidos para la venta, por lo que es totalmente ficticio describirlos como mercancías.” (Polanyi, 1989: 128, subrayado mío). No estamos, entonces, hablando de objetos económicos estándar, sino de actividades sociales inseparables de los sujetos (trabajo), bienes públicos que nos preexisten (tierra) y dispositivos simbólicos y financieros (dinero). Tierra, trabajo125 y dinero126 no pueden ser mercancías strictu sensu. Poseen la forma (ficticia) de una
125 Obviamos en cierto sentido la invitación suculenta a discurrir y debatir sobre el papel de la fuerza de trabajo como mercancía bajo el capitalismo, aportación marxiana donde las haya y sobre la que pivota, según algunos autores, casi todo el armazón teórico de El Capital. La teoría de la plusvalía de Marx se fundamenta en la conversión ficticia de la fuerza de trabajo en una mercancía, de manera que el trabajador es un “capital viviente” (1995:123). La constitución histórica del trabajo vivo en un objeto de compra-venta constituye el requisito para una teoría congruente de la explotación bajo el capitalismo. Al menos dejamos constancia de que de esos tres elementos mencionados por Polanyi, el trabajo, es quizá el más relevante para organizar la sociedad de mercado moderna, tal y como la conocemos. Sin embargo, Marx concede, por ejemplo, a la tierra un valor mercantil importante para el paso del antiguo régimen a industrial: “Esta comercialización de la propiedad territorial, la transformación de la propiedad de la tierra en una mercancía, es el derrocamiento definitivo de la vieja aristocracia y la definitiva instauración de la democracia del dinero.” (Marx, 1995: 98). Por otra parte, en los Grundrisse, la importancia concedida la dinero es enorme, al menos en el primer libro (1978).
126 La singularidad y extrañeza del dinero ha sido ampliamente tratada, desde los pasajes de los
Grundrisse donde Marx desgrana sus peculiaridades (1978: 39-173) hasta los trabajos de Zelizer
mercancía pero no su naturaleza127. La razón (o razones) estriba en que es imposible que la acción física del trabajo se desprenda del individuo que la ejecuta (y del resto de sus características sociales128), la tierra no responde a una producción calculada sino al regalo de la evolución geofísica y el dinero no deja de ser una convención cuasi-matemática para fijar equivalencias en los intercambios. Nada que ver con una camisa, una caja de alfileres (el ejemplo más citado de Adam Smith) o un kilo de manzanas. Estamos hablando de elementos cualitativamente distintos. Igualarlos es un hecho artificial y arbitrario, una acción deliberada, o no, que rompe con los marcos económicos y sociológicos clásicos.
Pero, y aquí viene el quid de la cuestión: “Esta ficción, sin embargo, permite organizar en la realidad los mercados de trabajo, tierra y capital” (Polanyi, 1989: 128). Es decir, esas ficciones son funcionales a la existencia de una economía de
mercado. O, de manera más contundente: El mercado se construye sobre la ficción (útil) de ciertas mercancías. No debemos suponer que el carácter “irreal” o
no de estos bienes, en tanto objetos económicos clásicos, resta relevancia a su incorporación a las relaciones mercantiles. No tenemos que pensar que su papel carece de relevancia o pasa desapercibido. Todo lo contrario: es un movimiento imperioso para la extensión de la economía de mercado misma, es el requisito para un capitalismo coherente y organizado. La economización del mundo moderno es
posible gracias a una serie de ficciones que permiten mercantilizar ámbitos singulares. Esas mercancías ficticias129 son la garantía de que el mito del mercado autorregulado funcione aunque no sin problemas. Estas pequeñas fábulas sostienen
127 “...a fictitious commodity. The latter is something that has the form of a commodity (in other words, that can be bought and sold) but is not itself created in a profit-oriented labour process subject to the typical competitive pressures of market forces to rationalize its production and reduce the turnover time of invested capital.” (Jessop, 2002: 12). Poseen la forma mercantil en tanto en cuanto pasan a circular en los mercados: “El producto que entra en el intercambio es una mercancía. Pero lo que le convierte en mercancía es, pura y simplemente, el hecho de que a la cosa, al producto, vaya ligada una relación entre dos personas o comunidades, la relación entre el productor y el consumidor, que aquí no se confunden ya en la misma persona.” (Marx, 1982: 106).
128 Otra forma de verlo: “La fuerza de trabajo es una mercancía paradójica porque no es una mercancía real como un libro o una botella de agua, sino que es la simple potencia de producir.” (Virno, 2003: 133-134). Un estudio actualizado de la formación del capitalismo y la mercantilización del trabajo vivo se puede leer en Perelman (2000).
129 Este concepto no ha sido muy utilizado en sociología (en comparación con otros), y los autores que lo refieren son escasos: Jessop en un plano más teórico (1999 y 2002), Korver para hablar del mercado de trabajo en EEUU entre los siglos XIX y XX (1990), Bryson al tratar el espacio y el saber (2001), Lucore en el plano sindical (2000) o Prudham en relación al medio ambiente forestal (2004) son algunos ejemplos notables.
no sólo la “gran transformación” sino también la “gran ficción”130. Y cualquier cortapisa al devenir de tales simulaciones debe ser borrada inmediatamente del mapa social, ya que dislocaría o quebraría el orden construido alrededor de las mismas:
“La ficción de la mercancía proporciona por consiguiente un principio de organización de importancia vital que concierne al conjunto de la sociedad y que afecta a casi todas sus instituciones del modo más diverso. Este principio obliga a prohibir cualquier disposición o comportamiento que pueda obstaculizar el funcionamiento efectivo del mecanismo de mercado, construido sobre la ficción de la mercancía... Los mercados de trabajo, tierra y dinero, son sin ninguna duda esenciales para la economía de mercado” (Polanyi, 1989: 128 y 129).
La conclusión inmediata que podemos extraer es el carácter artificial de las sociedades de mercado, fundadas en un truco de prestidigitación o, hablando desde un punto de vista más antropológico, que descansan sobre una serie de mitologías
incuestionables131; mitos que funcionan cotidianamente, según Polanyi, como
supuestos invisibles ocultos tras conductas y actividades normalizadas e institucionalizadas (Alba Rico, 1995). Organizar toda la producción bajo la forma de compra y venta constituye la única manera de construir una sociedad comercial en la que el mercado sea su motor y principio rector. El sistema fabril moderno no sólo
requirió como elementos coadyuvantes una serie de innovaciones tecnológicas y productivas (Marx) o de la disciplina ascética y abnegada (Weber) sino también una serie de “simulacros”, construcciones o idealizaciones que dotaran a los mecanismos de mercado de su vigencia y eficacia. Frente a la tan extendida
interpretación weberiana de una convergencia132 entre el ethos calvinista y el espíritu capitalista inicial (el capitalismo como consecuencia no intencional de un orden moral protestante funcional al cambio en el modelo productivo, Weber, 1997 y
130 Igualmente ocurre con la propiedad, que aparece como un hecho técnico necesario y primigenio pero nunca cuestionado: “La Economía Política parte del hecho de la propiedad privada, pero no la explica.” (Marx, 1995: 104).
131 Aquí cabría introducir algunas ideas de la antropología económica (Mauss y otros) y el materialismo cultural (Harris) por cuanto existe conexión entre ámbitos simbólicos, en apariencia neutros o abstractos, y las necesidades del sustento y de la producción económica.
132 Weber insistió reiteradamente en el carácter no determinista de esta relación. Más bien se trataría de una coexistencia histórica condicionante pero no una explicación causal cerrada (Weber, 1997: 209-262).
Rodríguez, 2005) mantenemos aquí (como complemento) el carácter esencialmente mítico y ficticio de las representaciones sociales (ideológicas, en gran medida) que acompañaron tal proceso. Son esos relatos cosificados, narraciones naturalizantes y figuraciones unificadoras que igualan todos los objetos bajo la etiqueta “mercancía” los que otorgan un sentido a la máquina económica133. Asegurar la existencia de una sociedad de mercado hace preciso poder comprar y vender, igual que cualquier otra mercancía, tierra, trabajo y dinero134. Esa “ficción útil” (Nietzsche) sirve de base sobre la que se asienta el capitalismo industrial, asegurando la producción mercantil ininterrumpida y socializada. Pero, advierte Polanyi, es una invención que no opera únicamente en el puro campo económico, sino que funciona como elemento de vertebración social, excediendo y sobrepasando las prácticas de intercambio: “La ficción en virtud de la cual esto tenía que ser así se convirtió, sin embargo, en principio organizador de la sociedad.” (Polanyi, 1989: 132). Los vínculos sociales en la era moderna se alimentan de tales procesos y creencias, auténticas representaciones colectivas que configuran los órdenes sociales (Lizcano, 2006) tal y como estudiaron Weber, Marx, Simmel y otros. El capitalismo o la economía moderna resultan también una “cultura” no sólo en el sentido normativo weberiano (de ethos), sino también en el sentido antropológico clásico: como fuente de representaciones, discursos o universos simbólicos que preconfiguran las prácticas sociales. Todo esto no niega la explicación weberiana, la matiza o la perfecciona.
2.1.2 “Fetichismo de la mercancía” (Marx) vs. “mercancías ficticias” (Polanyi)
Antes de proseguir, debemos hacer una distinción esencial. No estamos hablando aquí del famoso “fetichismo de la mercancía” marxiano (Marx, 1975: 87-102 y 1995: 103-119; Lukacs, 1985, vol.II: 7-36; Lamo de Espinosa, 1981: 17-49). Dicho
133 A pesar de reconocer su falsedad: “La consideración que daban estos autores [fundadores de la incipiente teoría económica] a los recursos naturales como algo ilimitado e indestructible, que debía quedar fuera del objeto de la ciencia económica” (Naredo, 1987: 132). Malthus excluía de la riqueza el aire, la luz, la lluvia (Ibid, 121n28).
134 “But this tendency to naturalize fictitious commodities as objectively given factors of production leads to the fallacious belief, strongly criticized by Marx, that economic value arises from the immanent, eternal qualities of things rather than from contingent, historically specific social relations.” (Jessop, 2002: 12).
proceso de naturalización y cosificación mistificada135 de los objetos producidos para el intercambio presenta una serie de profundas diferencias con las tesis de Polanyi. Marx hace referencia a un fenómeno que ocurre con las mercancías propiamente dichas136 (aquello que sí se ha producido o fabricado directamente para el mercado) mientras que Polanyi habla de la conversión forzada de bienes naturales y libres en mercancías circulantes. Marx alude a una consecuencia derivada del modo de producir bajo el capitalismo, un fruto de la organización social del trabajo asalariado moderno. Polanyi se refiere a una operación técnica (discursiva y práctica) previa a la producción misma, condición de posibilidad de la extensión del mercado a todo el espacio social. Marx describe un proceso perceptivo y valorativo que sufren los sujetos sociales que participan de la producción de mercancías (las