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Model of Authenticity and Security

5.4 Energy-Efficient Detection Technique for the Black Hole Router

6.2.4 Model of Authenticity and Security

Uno de los grandes pilares que late tras las polémicas que rodean a la Propiedad Intelectual e Industrial es la noción de innovación169. Al menos, en su sentido más sociológico, dicho término requiere ser sondeado y exprimido algo más ya que, como veremos, funciona como palanca legitimadora o motor filosófico de los sistemas de protección de las invenciones y creaciones. En concreto, situamos la idea de innovación como eje discursivo de las argumentaciones y retóricas utilitaristas y pragmáticas que proyectan e impulsan al nuevo régimen de PI. En función de ello, la existencia de la apropiación mercantilista del conocimiento se funda habitualmente en el carácter innovador de este. Recordemos que la innovación representa un modelo de cambio social basado en la novedad técnica o creativa, un supuesto adelanto original que aparece como útil y mejora, en algún sentido, las condiciones sociales de existencia170. Pero “innovación” es, sin duda, un cajón de sastre que abarca realidades muy diversas. Constituye un significante que, denotando algo tan vago y etéreo (innovar, inventar, copiar, difundir, etc.), se encuentra muy connotado

169 A lo largo de este capítulo, recorreremos dicha temática de la mano de un par documentos producidos por la CEE: El Libro Verde de la Innovación o LVI (1995) y El Libro Verde sobre la

patente comunitaria y el sistema de patentes en Europa o LVP (1997). Ambos reflejan un sentir

institucional mayoritario hacia dichas temáticas y sirvieron como referentes para gran parte de las políticas nacionales del continente.

170 Recordemos que innovación es “la producción de nuevo conocimiento tecnológico” e invención, “la creación de alguna idea científica, teoría o concepto que pueda conducir a la innovación” (Elster, 2000: 86). Para otros: “…la innovación se considera como sinónimo de producir, asimilar y explotar con éxito una novedad, en las esferas económica y social, de forma que aporte soluciones inéditas a los problemas y permita así responder a las necesidades de las personas y de la sociedad.” (Libro Verde de la Innovación, UE, 1995: 4, negrita suya). Una definición algo más reducida; “transformación de una idea en un producto o un servicio comercializable.” (Manual de Frascati, OCDE) o “Innovar es la capacidad de transformar el conocimiento en riqueza” (Revista “Carácter Emprendedor” nº 0, 2006, pág. 6).

positivamente, al oponerse al estancamiento, a lo caduco u obsoleto171 (la retórica de la innovación corre paralela a la de modernización). De hecho, discursivamente se ha colocado como un a priori incuestionable, indiferente de la postura mantenida durante las discusiones o controversias examinadas. Vamos a entrar a diseccionar, en este epígrafe, algunas de las conexiones entre el imaginario de la innovación y el papel de la propiedad intelectual. Para ello nos ayudaremos tanto de literatura socioeconómica dedicada al tema como del “Libro Verde de la Innovación” (1995), documento que guía los pasos comunitarios en los últimos años y que consideramos paradigmático de todo lo que aquí relatamos.

Históricamente, la innovación no ha ocupado un lugar privilegiado en las creencias o en las ciencias humanas sino que ha ido poco a poco, en los últimos tiempos, ganando espacio y protagonismo. La conversión necesaria de una nueva tecnología en bienestar inmediato es una fórmula reciente; incluso con unas pocas décadas de vida, como veremos más adelante. Solo tras la estela de ciertas crisis y nacientes ciclos económicos, lo innovador ha conquistado el carácter y la naturaleza de solución o respuesta natural y necesaria. Lo que ha llegado al punto de que haya

quien ha etiquetado nuestros tiempos como “Era creativa”172 y las nuevas

competencias innovadoras, como auténticas luchas de clases sociales (“creative class struggle”173). En ese sentido, hemos alcanzado, tras un periplo variado durante el largo siglo XX, lo que podríamos denominar una auténtica “sociedad de la innovación”.

Si alguna palabra puede condensar los imaginarios sociales del siglo XIX (y, en menor medida, del XX) es el de Revolución. El término funcionaba como esperanza, catalizador, promesa, unidad explicativa, actitud, orientación, mecanismo, categoría política, etc., y, especialmente, como modelo de cambio social (Arendt, 2004). La sociedad decimonónica soñaba, en sus diversas versiones (conservadora o

171 “…lo contrario de innovación es ‘el arcaismo y la rutina’” (Libro Verde de la Innovación, 1995: 4).

172 “Europe in the Creative Age” (2004). Informe de Richard Florida e Irene Tinagli publicado por el Comité Asesor británico Demos. Versión completa:

http://www.demos.co.uk/catalogue/creativeeurope. Como dice Alonso (2002: 485): “... se acepta todo comportamiento; “todo vale” si es creativo”.

173 Richard Florida: http://www.creativeclass.org o “The rise of creative class” (New York, Basic Books, 2002). La “clase creativa” comprende personas empleadas en sectores científicos, técnicos e ingenieriles que fundamentan la competitividad de las naciones.

progresista, burguesa o marxista, etc.) con una mutación social que sirviera como catarsis, como cura y remedio, como organización perfecta. La Revolución proporcionaba un esquema no teológico (en principio) de recuperación, mejora y superación de problemas, insuficiencias y flaquezas. Constituía el medicamento para los males, recetado por un planteamiento de ingeniería social que veía el cuerpo social como moldeable y maleable. Si bien no era un fenómeno constante y presente, sí operaba como un horizonte histórico al que las diversas morfologías sociales tenían que aproximarse, súbita o gradualmente. Las velocidades de dicho cambio proyectaban el abanico de posiciones, el mapa político de la época. “Revolución” era, entonces, la palabra que daba sentido al mundo político, a los modos de gestionar lo público y de relacionarse. Los programas que partidos o movimientos ofrecían no eran sino diversas recetas para enfrentar la Revolución pendiente, la drástica modificación de las condiciones de vida social. Significaba la meta, el lugar de llegada que daba sentido al presente. Si una sociedad se define por los proyectos de futuro que produce, la Revolución suponía la marca y el sello de la modernidad.

Sin embargo, si a cada época podemos adscribir un modelo de cambio social favorito, la Revolución, por suerte o por desgracia, parece ir perdiendo fuerza; debilitándose el protagonismo del que gozó. No constituye ya el cambio social predilecto. No cayó en los pozos del olvido pero quedó reducido al estandarte de pequeños grupos, fuera del consenso hegemónico, mucho más prudente y sosegado. Su lugar lo ocupó otro modelo de cambio social: la Innovación. Innovar ahora es el blanco de políticas y movimientos, el lugar que ansían países y organizaciones. Innovar es mejorar, es subir, es aumentar, es actualizarse y ponerse en cabeza de una carrera invisible. El futuro no es más revolucionario, es innovador. La revolución produce monstruos, como los sueños de la razón. La innovación, en cambio, siempre camina en la dirección correcta. La receta cambió, en todas sus dimensiones pero el plato que promete es similar a lo que nos ofrecía la revolución174. El único cambio social que se busca, que se anhela, que se promueve masivamente, es aquel que conlleva la innovación. El progreso ya no pasa más, según voceros e intelectuales

174 Obsérvese la retórica institucional, casi panfletaria, respecto a los obstáculos a la innovación: “La vieja Europa es desconfiada. El innovador molesta y además al principio es frágil y se encuentra con una serie de innumerables obstáculos a la creación. Franquear las reglamentaciones existentes se asemeja a menudo a recorrer un campo de batalla. Las principales trabas y obstáculos están en la coordinación de los esfuerzos, los recursos humanos, la financiación, privada o pública, y el entorno jurídico y reglamentario.” (LVI, 41).

orgánicos, según diagnósticos y sensatos informes, por una dislocación social que ponga patas arriba el orden antiguo de una manera convulsa. Más bien, debe perseguirse una paulatina novedad que aumente la eficacia de lo existente. Pero, la “ideología de la innovación” no proviene de la nada, sino que transporta la historia que le precede, es la memoria de crisis y sacudidas; y más concretamente, fruto también, haciendo una pirueta materialista aquí, de las condiciones en que se producen. El boom tecnológico de finales del siglo XX ha sido alimentado por el imaginario innovador pero también ha nutrido al mismo hasta incrementarlo enormemente (Mattelart, 1998 y 2002 lo trata con profusión).

La Revolución nacía de una modernidad consciente de las sociedades históricas que colocaban en el centro un cambio social humano causado por la acción colectiva que dirige una historia moldeable. La Innovación, en cambio, brota de una posmodernidad que descubre las sociedades tecnológicas (posindustrialismo, etc.) enfocando hacia un cambio técnico. Si la Revolución justificaba movimientos políticos, obreros o ciudadanos decimonónicos (o de principios del siglo pasado), la Innovación va a legitimar otra manera de ver la realidad, la del cambio tecnológico y los paradigmas económicos emergentes de finales del siglo XX.

En un libro ya clásico en la sociología contemporánea, Robert Nisbet (1980) rastrea, desde el mismo Hesíodo o Esquilo hasta casi nuestros días, ese “optimismo trágico” que ha sido la idea de progreso en la cultura occidental y cómo esta permite comprender gran parte del espíritu moderno. Aquí mantenemos la hipótesis de que el fatalismo tecnológico moderno (o las “tecnologías de la trascendencia”, como las llama Noble, 1999: 129-254) y la racionalidad económica han redibujado la idea de progreso. No ha desaparecido o muerto en el camino. En ningún caso ha sido engullida por las olas de la historia; más bien se ha transformado al calor del capitalismo global e hipertecnificado en la noción de innovación, nuevo ideologema que encarna sueños e ilusiones sociales. El concepto clásico de progreso, como tal, ha quedado estancado, atrapado en críticas furibundas e inconsistencias teóricas, pero su alma sobrevive en la esperanza innovadora actual. Aclaramos, no obstante, que si bien la innovación (que deriva de “novedad”) no es lo mismo que el progreso (que tiene una connotación claramente positiva y evolucionista) sí es un discurso que,

repetido hasta la saciedad, alberga en su interior la nueva versión camuflada de la vieja idea de progreso.

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