El espacio naturalmente se encarga de darle al relato un efecto de realidad, pero constituye también un componente de coherencia y cohesión que permite construir y orientar el sentido del texto. Comprende pues el material imprescindible para la organización
narrativa del relato, ayudando significativamente a plasmar de manera concreta el tiempo y con ello una serie de géneros narrativos que establecen rasgos de contraste que regularizan los componentes de la narración.
El espacio también se presenta como símbolo de los enfoques ideológicos y psicológicos de los componentes sociales de los personajes, cumple una función de caracterización que apunta a la doctrina, el comportamiento y la personalidad de manera unificada, lo que permite colocar al personaje como un observador que revela el acontecer de su proyección personal a tiempo real. Así, los personajes se dividen el espacio, de manera tal, que se puedan establecer fronteras y relaciones que permiten configurar
ámbitos que en el relato se vuelven depósito de los efectos y afectos que construyen a los personajes y a la sociedad.
El tiempo en el relato Capítulo III
3.1. Definición
Una de las categorías abstractas relativa a la duración, sucesión y orden de los fenómenos es el tiempo, indispensable y variable en la narrativa moderna. Normalmente podemos entender que en una historia hay la función de uno o varios periodos, de ahí que se deriva que el tiempo de la historia es múltiple. La definición terminológica dice: “El tiempo característico del relato es el pasado, para subrayar la distancia entre el momento de la narración y de los hechos relatados” (Forraellas y Machese, 1994, p. 420). Un ejemplo ligado a esta cita se puede ver en la narrativa realista, donde el tiempo transcurre en un orden de principio a fin, textualmente tiene un inicio, cuerpo y final o desenlace. Sin embargo, el tratamiento de la categoría tiempo se ha hecho más interesante, ya que las técnicas novedosas como adelantarse, retroceder o detenerse en un momento son, quizá, lo más prometedor, incluso la vivencia desdoblada por la diversidad de personajes en el universo de la diégesis, es una repercusión para el tratamiento del tiempo, notoriamente a partir del acontecimiento del vanguardismo en la literatura. Por otro lado, también será una riqueza como material de análisis para la crítica literaria de la narratología.
Cuando entramos en un texto de creación literaria, muchas veces nos toca diferenciar el tiempo de la historia y el tiempo del discurso, estos últimos es más
problemático, por mostrar la sucesión cronológica de eventos susceptibles de ser dotados con mayor o menor rigor. Entenderemos tiempo del discurso como consecuencia del tiempo de la historia. Algunas veces un narrador como en la novela de La vida y la muerte me están desgastando, Yan (2013) menciona ejemplos como este:
El uno de octubre de mil novecientos cincuenta y cuatro, Día Nacional de China, también era la fecha en la que se fundó la primera cooperativa del consejo de Gaomi del Noreste. Y Mo Yan, del que apenas hemos hablado, también nació ese día. (p. 55).
Como vimos el tiempo, en este caso, tiene una manifestación particular, podríamos llamarlo momento histórico, la cual posee una carga semántica, ligada a su vez a la
condición de existencia humana, vivencia del tiempo.
La carga semántica que se le da uso a través de la categoría tiempo puede ser una visible muestra de contextos periodológicos que los suscitan. La abstracción de la narrativa de Gutiérrez (2014) en La violencia del tiempo está referida a muchos momentos del pasado de las familias, a través de su genealogía; para ser un poco más sintéticos, uno de los narradores, por ejemplo, nos presenta la nómina de la línea noble de una estirpe que pertenece desde la colonia hasta tiempos de la aristocracia costeña decadente:
Mi padre provenía de una familia alsaciana que se estableció en Metz a fines del siglo XV. Metz pertenece a Lorena, un pequeño reino que por las particularidades de su formación histórica luchó a través de los siglos por defender su soberanía contra las apetencias anexionistas de reyes poderosos. (p. 377).
Otra característica afín a la significación semántica, puede desenvolverse en la experiencia de los personajes en la presentación de diferentes tiempos vivenciales, eso dependerá de la posición del narrador, en el transcurso de la narración de El Aleph
podemos hallar lo siguiente: “El treinta de abril de 1941 me permití agregar al alfajor una botella de coñac del país. Carlos Argentino lo probó, lo juzgó interesante y emprendió, al cabo de unas copas, una vindicación del hombre moderno” (Borges, 2000, p. 106). Hasta aquí el narrador ha fijado su espacio en un tiempo pasado con una escena, sin embargo, en este otro fragmento sabremos a través de la voz que describe el narrador el alter ego de Borges (2000) ubicado en el momento de la situación más significativa, el encuentro con
El Aleph:
Sentí infinita veneración, infinita lástima. -Tarumba habrás quedado de tanto curiosear donde no te llaman – dijo una voz aborrecida y jovial –. Aunque te
devanes los sesos, no me pagarás en un siglo esta revelación. ¡Qué observatorio formidable, che Borges! Los zapatos de Carlos Argentino ocupaban el escalón más alto. (p. 115).
Otro modelo más notorio está en Diles que no me maten de Rulfo (2002), donde dice en los primeros momentos con un narrador personal o autodiegético: “Y me mató un novillo. Esto pasó hace treinta y cinco años, por marzo, (...) No me valieron ni las diez vacas que le di al juez, ni el embargo de mi casa para pagarle la salida de la cárcel” (p. 179). Pero al finalizar, un narrador con un enfoque desde afuera mostrará a este personaje que había cometido un supuesto crimen años antes, y entonces dice: “Estaba allí, como si lo hubieran golpeado, sacudiendo su sombrero contra la tierra. Gritando. En seguida la voz de allá adentro dijo: - Amárrenlo y denle algo de beber hasta que se emborrache para que no le duelan los tiros” (Rulfo, 2002, p. 183). La variación del tiempo se distingue desde los espacios narrados, no obstante, el narrador encabeza prioridades narrando individualmente las ocurrencias.
El tiempo tiene una utilidad bajo la lupa de la narratología, lo conocemos con el nombre de anacronías. En el capítulo Orden de Genette (1989) define la categoría de tiempo desde un punto de vista semionarrativo, donde el tiempo del discurso constituye un dominio que posee cambios dentro del código, en el que están incluido una cantidad de signos temporales. Entonces, se arguye de la siguiente manera en Figuras III:
Una anacronía puede orientarse, hacia el pasado o el porvenir, más o menos lejos del momento “presente”, es decir, del momento en que se ha interrumpido el relato para hacerle sitio: llamaremos alcance de la anacronía a esa distancia temporal. También puede abarcar, a su vez, una duración de historia más o menos larga: es lo que llamaremos su amplitud. (p. 103).
Así en Diles que no me maten el personaje narrador está siendo perseguido por el vengador de la sangre derramada muchos años antes y dice: “Quién le iba a decir que volvería aquel asunto tan viejo, tan rancio, tan enterrado como creía que estaba. (…) Él se acordaba” (Rulfo, 2002, p. 178). Ese retroceso en el tiempo en la voz de Juvencio Nava tiene un enlace de varios años, incluso el sujeto que lo persigue ya es de otra generación, pero el relata momentos antes de morir.
La variación de tiempos o conocido como relatos temporales secundarios se ven clasificados principalmente en pasado y futuro. El primero caracterizado por la
retrospección es también conocido con el nombre común de flashback. En Pedro Páramo
encaja lo que establece como inicio en el momento anterior al comienzo del relato, Rulfo (2002) dice la novela en el casi en el inicio de las primeras páginas:
Era la hora en que los niños juegan en las calles de todos los pueblos, llenando con sus gritos la tarde. Cuando aún las paredes negras reflejan la luz amarilla del sol. Al menos eso había visto en Sayula, todavía ayer a esta misma hora. Y había visto también el vuelo de las palomas rompiendo el aire quieto, sacudiendo sus alas como si se desprendieran del día. Volaban y caían sobre los tejados, mientras los gritos de los niños revoloteaban y parecían teñirse de azul en el cielo del atardecer. Ahora estaba aquí, en este pueblo sin ruidos. Oía caer mis pisadas sobre las piedras redondas con que estaban empedradas las calles. (p. 8).
El narrador está contando en un tiempo pertinente al momento de los sucesos, o sea en Comala, pero de pronto hay una interrupción para hacer saber en qué lugar estaba antes. Además, el creador ha insertado sigilosamente esta diferencia con una expresión o signo de puntuación que le permite entender de manera clara el mensaje.
Faulkner (2015) en Una rosa para Emily está relatando en tiempo pasado y de pronto dice:
Así fue cómo el pueblo empezó a sentir verdadera compasión por ella. Todos en la ciudad recordaban que su anciana tía, lady Wyatt, había acabado completamente loca, y creían que los Grierson se tenían en más de lo que realmente eran. Ninguno de nuestros jóvenes casaderos era bastante bueno para la señorita Emily. (p. 121). Dicho fragmento tiene un retroceso en el recuerdo de la tía Wyatt, sobre lo que significaba para la familia y las repercusiones genéticas.
La retrospección o analepsis se identifica por la evocación, esta a su vez tiene estrechas conexiones entre las funciones y las líneas de fuerza temática e ideológica que informan el relato. Para describir una época de opresión e injusticia Arguedas (1965) dice a través de su narrador en el cuento Warma Kuyay:
La hacienda era de don Froylán y de mi tío; tenía dos casas. Kutu y yo estábamos solos en el caserío de arriba; mi tío y el resto de la gente fueron al escarbe de papas y dormían en la chacra, a dos leguas de la hacienda Subimos las gradas, sin
mirarnos siquiera, entramos al corredor, y tendimos allí nuestras camas para dormir alumbrados por la luna. El Kutu se echó callado; estaba triste y molesto. Yo me senté al lado del cholo. -¡Kutu! ¿Te ha despachado Justina? -¡Don Froylán le ha abusado, niño Ernesto! (p. 89).
En la otra dimensión, como se mencionó líneas atrás, subyace un narrador que se adelanta o anticipa a los hechos, sin caer en la confusión de las profecías. Conocido como la prolepsis, esto puede tener la utilidad de reelaboración de las distorsiones posibles del orden temporal, el relato de un futuro, según Genette (1989) es:
Manifiestamente mucho menos frecuente que la figura inversa, al menos en la tradición narrativa occidental (…) El narrador en primera persona se presta mejor que ningún otro a la anticipación, por su propio carácter de retrospectivo declarado,
que autoriza al narrador alusiones al porvenir, y en particular a su situación presente, que forman parte en cierto modo de su función. (p. 121).
García (2002) afirma que fácilmente podemos hallar en un narrador autodiegético como por ejemplo, en Cien años de soledad, inicia relatando de modo peculiar, como anticipándose a un hecho de recuerdo, desviando el pasado de ese importante lugar:
Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas. (p. 5).
En realidad, la historia tiene sus principios en otro pueblo lejano llamado Riohacha, lugar que tendrá protagonismo en los capítulos consecutivos de la novela y al que vamos a denominar como retroceso al origen de la trama. Una anticipación es menos frecuente que una retrospección, por lo que sirve como un indicio no completo para no soltar al lector.