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4. Common Foreign and Security Policy

4.2 ESDP

Después de examinar con bastante detalle las condiciones en las cuales vive la clase obrera urbana, es oportuno sacar de esos hechos otras conclusiones, y compararlas a su vez con la realidad. Veamos, pues, en lo que se han convertido los trabajadores en esas condiciones, con qué género de hombres tenemos que habérnosla, y cuál es su situación física, intelectual y moral. Cuando un individuo hace a otro individuo un perjuicio tal que le causa la muerte, decimos que es un homicidio; si el autor obra premeditadamente, consideramos su acto como un crimen. Pero cuando la sociedad* pone a centenares de proletarios en

* Cuando hablo de la sociedad, aquí y en otras partes, como colectividad responsable que tiene sus obligaciones y derechos, huelga decir que me refiero al poder de la sociedad, es decir, de la clase que posee actualmente el poder político y social, y por tanto es responsable también de la situación de aquellos que no participan en el poder. Esa clase dominante es, tanto en Inglaterra como en los demás países civilizados, la burguesía Pero que la sociedad y particularmente la burguesía tenga el deber de proteger

a cada miembro de la sociedad por lo menos en su simple existencia, de velar por que

nadie muera de hambre por ejemplo, no tengo necesidad de demostrarlo a mis lectores alemanes. Si yo escribiera para la burguesía inglesa, la cuestión sería muy distinta. (1887) And so it is now in Germany Our German Capitalists are fully up to the English level, in this at least, in the year of grace 1886. (Así es ahora en Alemania. Nuestros capitalistas alemanes se hallan enteramente al nivel de los ingleses, al menos en este respecto, en el año de gracia de 1886). (1892) ¡Cómo ha cambiado todo desde hace 50 años! Hoy hay

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una situación tal que son necesariamente expuestos a una muerte prematura y anormal, a una muerte tan violenta como la muerte por la espada o por la bala; cuando quita a millares de seres humanos los medios de existencia indispensables, imponiéndoles otras condiciones de vida, de modo que les

resulta imposible subsistir; cuando ella los obliga por el brazo poderoso de la ley a permanecer en esa situación hasta que sobrevenga la muerte, que es la consecuencia inevitable de ello; cuando ella sabe, cuando ella sabe demasiado bien que esos millares de seres humanos serán víctimas de esas condiciones de existencia, y sin embargo permite que subsistan, entonces lo que se comete es un crimen, muy parecido al cometido por un individuo, salvo que en este caso es más disimulado, más pérfido, un crimen contra el cual nadie puede defenderse, que no parece un crimen porque no se ve al asesino, porque el asesino es todo el mundo y nadie a la vez, porque la muerte de la víctima parece natural, y que es pecar menos por comisión que por omisión. Pero no por ello es menos un crimen. Ahora pasaré a demostrar que la sociedad en Inglaterra comete cada día y a cada hora lo que los periódicos obreros ingleses tienen toda razón en llamar crimen social; que ella ha colocado a los trabajadores en una situación tal que no pueden conservar la salud ni vivir mucho tiempo; que ella mina poco a poco la existencia de esos obreros, y que los conduce así a la tumba antes de tiempo; demostraré, además, que la sociedad sabe hasta qué punto semejante situación daña la salud y la existencia de los trabajadores, y sin embargo no hace nada para mejorarla: En cuanto al hecho de que ella conoce las consecuencias de sus instituciones y que ella sabe que sus actuaciones no constituyen por tanto un simple homicidio, sino un asesinato, puedo demostrarlo citando documentos oficiales, informes parlamentarios o administrativos que establecen la materialidad del crimen.

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burgueses ingleses que admiten que la sociedad tiene deberes hacia cada miembro de la misma; pero, ¿hay alemanes que piensen de igual modo? (F.E.)

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En primer lugar, huelga decir que una clase social que vive en las condiciones descritas anteriormente y tan mal provista de todo lo que es adecuado para satisfacer las necesidades vitales más elementales, no podría tener buena salud ni alcanzar una edad avanzada. Sin embargo, examinemos una vez más esas diferentes condiciones bajo la relación más particular del estado sanitario en que viven los trabajadores.

La concentración de la población en las grandes ciudades ejerce ya de por sí una influencia muy desfavorable; la atmósfera de Londres no podría ser tan pura, tan rica en oxígeno como aquella de una región rural; dos millones y medio de pulmones y doscientos cincuenta mil hogares hacinados en una superficie de tres o cuatro millas cuadradas, consumen una cantidad considerable de oxígeno que no se renueva sino muy difícilmente, ya que la

manera en que son construidas las ciudades hace difícil la ventilación. El gas carbónico producido por la respiración y la combustión permanece en las calles, debido a su densidad y a que la corriente principal de los vientos pasa por encima de los techos de las casas. Los pulmones de los habitantes no reciben su plena ración de oxígeno: la consecuencia de ello es un entumecimiento físico e intelectual y una disminución de la energía vital. Por eso es que los habitantes de las grandes ciudades se hallan, es cierto, menos expuestos a las enfermedades agudas, en particular de tipo inflamatorio, que los del campo que viven en una atmósfera libre y normal; en cambio, ellos sufren mucho más de enfermedades crónicas. Y si la vida en las grandes ciudades ya no es de por sí un factor de buena salud, es de suponer el efecto nocivo de esa atmósfera anormal en los distritos obreros, donde, como hemos visto, todo se reúne para emponzoñar la atmósfera. En el campo, puede que sea relativamente poco perjudicial que haya una charca de agua contaminada muy cerca de la casa, porque allí no hay problema de ventilación; pero en el centro de una gran ciudad, entre calles y callejones que impiden toda corriente de aire, la cosa es distinta. Toda materia animal y vegetal que se descompone produce gases indudablemente perjudiciales para la salud, y si esos gases no 157

tienen salida libre contaminan necesariamente la atmósfera. Las basuras y las charcas que existen en los barrios obreros de las grandes ciudades representan por ende un grave peligro para la salud pública, porque ellas producen precisamente esos gases patógenos. Lo mismo ocurre en cuanto a las emanaciones de las corrientes de agua contaminadas. Pero eso no es todo. La sociedad actual trata a la gran masa de pobres de una manera verdaderamente repugnante. Se les trae a las grandes ciudades donde respiran una atmósfera mucho peor que en su campiña natal. Se les asigna barrios cuya construcción hace que la ventilación sea mucho más difícil que en cualquier otra parte. Se les quita todos los medios de mantenerse limpios, se les priva de agua al no instalárseles agua corriente sino mediante pago, y contaminando de tal modo las corrientes de agua, que no podrían lavarse en ellas; se les obliga a arrojar todos los detritos y basuras, todas las aguas sucias; a menudo incluso todas las inmundicias y excremento nauseabundos en la calle, al privárseles de todo medio de desembarazarse de ellos de otro modo; y se les obliga así a contaminar sus propios barrios. Pero eso no es todo. Se acumulan sobre ellos todos los males posibles e imaginables. Si la, población de la ciudad ya es demasiado densa en general, es a ellos sobre todo a quienes se fuerza a concentrarse en un pequeño espacio. No conformes de haber contaminado la atmósfera de la calle, se les encierra por docenas en una sola pieza, de modo que el aire que respiran por la noche es verdaderamente asfixiante. Se les dan viviendas húmedas, sótanos, cuyos pisos rezuman, o buhardillas con techos

que dejan pasar el agua: Se les construye casas de donde no puede escaparse el aire viciado. Se les da ropa mala o casi harapienta, alimentos adulterados o indigestos. Se les expone a las emociones más vivas, a las más violentas alternativas de miedo y de esperanza; se les acosa como a animales, y nunca se les da reposo, ni se les deja disfrutar tranquilamente de la existencia. Se les priva de todo placer, a excepción del placer sexual y la bebida, pero en cambio se les hace trabajar cada día hasta el agotamiento total de sus fuerzas físicas y morales, empujándolos de ese modo a los peores excesos en los dos únicos placeres que les quedan. Y si ello no es suficiente, si

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resisten todo eso, son víctimas de una crisis que hace que pierdan el empleo, y le quitan lo poco que se les había dejado hasta entonces.

En esas condiciones, ¿cómo es posible que la clase pobre pueda disfrutar de buena salud y vivir mucho tiempo? ¿Qué otra cosa puede esperarse sino una enorme mortalidad, epidemias permanentes, y un debilitamiento progresivo e ineluctable de la generación de los trabajadores? Veamos un poco los hechos. De todas partes afluyen los testimonios que demuestran que las viviendas de los trabajadores en los barrios malos de las ciudades y las condiciones de vida habituales de esa clase social son causa de numerosas enfermedades. El artículo del Artizan citado anteriormente, afirma con razón que las enfermedades pulmonares son la consecuencia inevitable de esas condiciones de alojamiento y son32 en efecto

Particularmente frecuentes entre los obreros. El aspecto demacrado de muchas personas que uno encuentra en la calle muestra claramente que esa nociva atmósfera de Londres, en particular en los distritos obreros, favorece en el más alto grado el desarrollo de la tisis. Cuando uno se pasea por la mañana temprano, en el momento en que todo el mundo va hacia su trabajo, se queda estupefacto por el número de personas que parecen casi o totalmente tísicas. Incluso en Manchester la gente no tiene esa cara; esos espectros lívidos, larguiruchos y flacos de pecho estrecho, y ojos cavernosos, con quienes uno se cruza a cada momento, esos rostros insulsos, desmedrados, incapaces de la menor energía, no es sino en Londres donde me ha sorprendido su gran número -si bien la tisis hace igualmente grandes estragos todos los años en las ciudades industriales del norte del país. La gran rival de la tisis, si se exceptúan otras enfermedades pulmonares y la escarlatina, es la enfermedad que provoca los más horrorosos estragos en las filas de los trabajadores: el tifus. De acuerdo con los informes oficiales

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(1892): vorkommen (indicativo) (1845) vorkämen (subjuntivo)

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sobre la higiene de la clase obrera, la causa directa de ese azote universal es el estado de las viviendas: mala ventilación; humedad y desaseo. Ese informe que, tengamos presente, ha sido redactado por los principales médicos de Inglaterra según las indicaciones de otros médicos, ese informe afirma que un solo patio mal ventilado, un solo callejón sin albañal; sobre todo si hay mucha aglomeración de vecinos, y si en las cercanías se descomponen materias orgánicas, puede provocar la fiebre, y la provoca casi siempre. Casi por todas partes esa fiebre tiene el mismo carácter y evoluciona en casi todos los casos finalmente hacia un tifus evolucionado. Ella hace su aparición en los barrios obreros de todas las grandes ciudades e incluso en algunas calles mal construidas y mal conservadas de localidades menos importantes, y es en los peores barrios donde ella hace los estragos más grandes, aunque desde luego también hace algunas víctimas en barrios no tan malos. En Londres, ella hace estragos desde hace ya bastante tiempo. La violencia desacostumbrada con que se manifestó en 1837 es lo que dio lugar al informe oficial a que nos referimos aquí. Según el informe oficial del Dr. Southwood Smith acerca del hospital londinense donde se trataron los casos de tifus, su número llegó a 1462 en 1843, o sea 418 casos más que los registrados en los años anteriores. Esa enfermedad había hecho estragos particularmente en los barrios sucios y húmedos del este, del norte y del sur de Londres. Un gran número de enfermos eran trabajadores provenientes de la provincia que habían sufrido durante el viaje y después de su arribo las más duras privaciones, durmiendo medio desnudos y medio muertos de hambre en las calles, no hallando trabajo, y de ese modo se habían enfermado. Esas personas fueron transportadas al hospital en tal estado de debilidad, que fue necesario administrarles una cantidad considerable de vino, de coñac, de preparaciones amoniacales y de otros estimulantes. El 16 y medio por ciento del conjunto de enfermos murió. Esta fiebre maligna también hizo estragos en Manchester, en los barrios obreros más sórdidos de la antigua ciudad, Ancoats, Little Ireland, etc.; de allí no desaparecía casi nunca, sin llegar a alcanzar sin embargo, como en el resto de las ciudades

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inglesas, la extensión que era de esperar. En cambio, en Escocia y en Irlanda el tifus hizo estragos con una violencia difícil de imaginar; en Edimburgo y en Glasgow, hizo una aparición muy violenta en 1817, luego del alza de los

precios, en 1826 y 1837 después de las crisis económicas y disminuyó durante cierto tiempo luego de cada uno de esas acometidas, cuya duración era de unos tres años.

En Edimburgo durante la epidemia de 1817, fueron afectadas unas 6000 personas; durante aquella de 1837, unas 10000, y no solamente el número de enfermos sino que además la violencia de la enfermedad y la proporción de los decesos aumentaron con cada retorno de la epidemia*. Mas la violencia de la enfermedad en la oportunidad de sus diferentes apariciones pareció un juego de niños comparada con aquella que siguió a la crisis de 1842. La sexta parte del número total de pobres en toda Escocia fue víctima de esa fiebre y el mal fue trasmitido con una rapidez vertiginosa de una localidad a otra por mendigos errantes el mismo alcanzó hasta a las capas media y superior de la sociedad. En dos meses, el tifus hizo más víctimas que durante los doce años anteriores. En Glasgow en 1843, el 12% de la población (o sea unas 32000 personas) contrajo esa enfermedad y el 32 % de los enfermos murió en tanto que la mortalidad en Manchester y Liverpool no pasó generalmente del 8%. La enfermedad provocaba crisis a los siete y a los quince días; ese día el paciente se ponía generalmente amarillo: nuestra autoridad cree poder concluir de ello que la causa del mal puede buscarse asimismo en una violenta emoción y un violento pavor**. Esas fiebres epidémicas hicieron estragos igualmente en Irlanda. Durante 21 meses de los años 1817-1818, se trataron 39000 casos en el hospital de Dublín, y en el curso de un año ulterior, según el

* Dr. Alison: Management of (the) Poor in Scotland (F.E.)

** El Dr (W.P.) Alison en un artículo, leído ante la British Association for the Advancement of Science (Sociedad británica para el progreso de las ciencias) en York en octubre de 1844 (F.E.)

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sheriff A. Alison (t. 2 de sus Principles of Population), su número se elevó hasta 60000. En Cork, el hospital para los atacados por la fiebre atendió, en 1817-1818, a la séptima parte de la población; y la cuarta de ésta en Limerick y el 95%% de los habitantes del barrio malo de Waterford fueron víctimas de esa fiebre*.

Si se recuerdan las condiciones de vida de los trabajadores, si se piensa hasta qué punto sus viviendas se hallan amontonadas y cada rincón literalmente abarrotado de gente, si se tiene presente que los enfermos y los sanos duermen en una sola y misma pieza, en una sola y misma cama, resulta sorprendente que una enfermedad tan contagiosa como esa fiebre no se propague más aún. Y si se piensa en los pocos recursos médicos de que se dispone para atender a

los enfermos, en el número de personas sin ninguna atención médica y que desconocen las reglas más elementales de la dietética33, la mortalidad puede todavía parecer relativamente baja. El Dr. Alison, que conoce bien esa enfermedad, atribuye directamente su causa a la miseria y a la penuria de los indigentes, lo mismo que el informe que he citado, él afirma que las privaciones y la no satisfacción relativa de las necesidades vitales hacen que el organismo sea receptivo al contagio y que, de manera general, ellas son responsables en primer lugar de la gravedad de la epidemia y de su rápida propagación. Él demuestra que cada aparición de la epidemia de tifus, tanto en Escocia como en Irlanda, tiene por causa un período de privaciones -crisis económica o mala cosecha- y que es casi exclusivamente la clase trabajadora quien soporta la violencia del azote. Es notable que, según sus manifestaciones, la mayoría de los individuos que sucumben al tifus sean padres de familia, es decir, precisamente aquellos más indispensables a los suyos; él cita a varios médicos irlandeses cuyas opiniones

* Dr. Alison: Manag(ement) of (the) Poor in Scotland, (F.E.)

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(1892): diätetischen (1845) diätarischen.

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concuerdan con las suyas.

Hay otra serie de enfermedades cuya causa directa no es tanto la vivienda como la alimentación de los trabajadores. El alimento indigesto de los obreros es enteramente impropio para la sustentación de los niños; y, sin embargo, el trabajador no tiene ni el tiempo ni los medios de dar a sus hijos un sustento más adecuado. A ello hay que añadir la costumbre todavía muy extendida que consiste en dar a los niños aguardiente, y hasta opio. Todo esto ayuda -junto con el efecto nocivo de las condiciones de vida sobre el desarrollo físico- a engendrar las enfermedades más diversas de los órganos digestivos que dejan sus huellas para el resto de la existencia. Casi todos los trabajadores tienen el estómago más o menos deteriorado y se hallan sin embargo obligados a continuar con el régimen que es precisamente la causa de sus males. Además, ¿cómo podrían ellos saber las consecuencias de ese régimen? Y, aun cuando las conocieran, ¿cómo podrían observar un régimen más conveniente, mientras no se les dé otras condiciones de vida, mientras no se les dé otra educación?

Por otra parte, esa mala digestión engendra desde la infancia otros males. Las escrófulas son casi una regla general entre los trabajadores, y los padres escrofulosos tienen hijos escrofulosos son, sobre todo si la causa principal de la enfermedad obra a su vez sobre niños que la herencia predispone a ese mal.

Una segunda consecuencia de esa insuficiencia alimenticia durante la formación es el raquitismo (enfermedad inglesa, excrecencias nudosas que aparecen en las articulaciones), muy extendido asimismo entre los niños de los trabajadores. La osificación es retardada, todo el desarrollo del esqueleto retrasado, y además de las afecciones raquíticas habituales, se comprueba con bastante frecuencia la deformación de las piernas y la escoliosis de la columna vertebral. Desde luego, no tengo necesidad de decir hasta qué punto todos esos males son agravados por las vicisitudes a las cuales las fluctuaciones del comercio, el paro forzoso, el escaso salario de los períodos de crisis exponen a los obreros. La

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ausencia temporal de una alimentación suficiente, que cada trabajador experimenta por lo menos una vez en su vida, no hace más que contribuir a agravar las consecuencias que entraña una mala nutrición desde luego, pero que al menos era suficiente. Los niños que en el momento preciso en que les