TECHNIQUES
ESOMEPRAZOLE MAGNESIUM
O
svaldo Bayer mira a los ojos de sus personajes, esos que pueblan sus histo- rias de extranjería, de esperanza, de lucha. Por eso, a este «cronista de opi- nión», como le gusta autodefinirse, lo retrata la palabra solidaridad, ese pararse en el lugar del otro. Sobre esa urdimbre movilizada por las potencialidades de labores cooperantes y la conciencia de sus necesidades, arma sus tramas el historiador, el narrador, el ensayista, el guionista de cine.Me animaría a decir que la solidaridad es el eje de su vida, sus investigacio- nes y sus polémicas. La reciprocidad nunca lavada en aguas del asistencialismo, sino afanosa en sus elementos primordiales que se articulan al diálogo, al traba- jo, a la creatividad. Un intercambio que bien podría quedar expresado en una
* Nació en Bahía Blanca, en 1952. En 1973 funda el grupo literario El ladrillo junto a María del Carmen Colombo, Vicente Muleiro y Jorge Sposari, entre otros. Luego del golpe militar de 1976, se exilia en México. Recibe ese año el Premio Casa de las Américas, de Cuba, por su libro
Contraseña. En 1981 funda la editorial Tierra del Fuego junto a Pedro Orgambide, David Viñas, Alberto Adellach y Humberto Constantini. Es autor de libros de poesía reunidos en las antolo- gías. Publicó el ensayo Confiar en el misterio (sobre la obra de Juan Gelman). Tiene libros de historia de vida Malas compañías y Ángeles trotamundos, Tierra que anda, los escritores en el exilio. Fue jefe de redacción de las revistas Plural (México), Crisis (Argentina) y Aportes (Costa Rica). Bajo el título de Juancito Caminador, compiló para Ameghino Editora la obra poética de Raúl González Tuñón. A partir del 2004 comenzó a trabajar como coordinador de la Cátedra de Poesía Latinoa- mericana de la Universidad Nacional de San Martín. Dirigió la revista cultural Nómada.
Unos de sus últimos poemarios, Palma Real (2008) recibió el Premio Casa de América de Poesía Americana.
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frase futbolera: «tomala vos, dámela a mí». Esa solidaridad que posee conteni- dos políticos porque genera decisiones en un espacio de retroalimentación, relaciones igualitarias y acciones aglutinantes.
Por eso en los libros de Bayer coagula un «nosotros», una mirada profunda- mente humana como la que expresa César Vallejo desde sus Poemas humanos. El peruano que escribió: «Vamos a ver, hombre; / cuéntame lo que me pasa, / que yo, aunque grite, estoy siempre a tus órdenes»; va convocando al semejan- te, porque: «hay, hermanos, muchísimo que hacer». Y la voz que instala sus esperanzas en lo fraterno –«nuestro bravo meñique será grande / digno, infini- to dedo entre los dedos»– resume todo el sentir en una idea contundente de comunidad. Dice: «se debe todo, a todos».
Así es este Osvaldo amigo, a la mano; este Osvaldo que lucha contra la desmemoria y acerca palabras a las imágenes mudas. Este Osvaldo coloca pen- samientos en la mirada vacía de los detenidos, retratados para el prontuario; subraya la dignidad en los reclamos de las víctimas. Este Osvaldo rellena con paciencia y respeto los huecos de una acartonada historia oficial y, bajo frases, las borradas, vuelve a palpitar el hombre de carne y sueño.
Un poeta que Osvaldo cita a menudo, Raúl González Tuñón, utilizaba la palabra «auténtico» para designar un cruce entre la coherencia y la integridad. El término le calza justo a este caminador que desde muy joven fundó el pri- mer diario independiente de La Patagonia, La Chispa, y hoy sigue espoleado por ese destello de la justicia. De allí es posible desglosar sus incontables labores, su denuncia constante y su entrega. A la vez que indaga en el pasado, Bayer tiene un mundo por delante. Lo que parece un juego de palabras, se explica en los muchos proyectos que lo impulsan; entre ellos el de escribir una historia por- menorizada del anarquismo y otra del movimiento obrero argentino.
Nos cruzamos con Osvaldo por vez primera en los pasillos de la revista
Crisis, donde yo trabajaba, aunque una relación más estrecha se inició luego por carta a fines de los años ochenta. Él vivía en Alemania y yo en Costa Rica. Pese a esa distancia geográfica éramos vecinos en asuntos como el destierro, el periodismo, la indagación del pasado libertario y la poesía. El primer libro que escribió fue de poesía, y Goethe uno de sus autores preferidos. En esa juven-
tud, también entró con fervor a la narrativa, especialmente la alemana, y viajó también por los personajes de Salgari, Verne, Dumas, Tolstoi, Chejov, Dostoievsky y Balzac.
De regreso a Argentina (una vuelta parcial, ya que él vivía la mitad del año en Berlín y yo unos meses en San José), nos juntamos varias veces a conversar y lo entrevisté largamente para un volumen sobre el exilio: Tierra que anda. En rela- ción a esto último, se me ocurre –y así se lo he hecho saber– que el eje de su vida y de sus escritos es precisamente el destierro (y dejo, para un capítulo próximo y más extenso, la interacción entre las dos marcas de Bayer: solidari- dad y nomadismo), un tema que atraviesa a la mayoría de sus personajes: de Di Giovanni a Wilckens, de Radowitzky a Roscigna, de Wladimirovich a Soto. Un Bayer niño escucha hablar en el barrio de Belgrano a los opositores al nazismo, y de adolescente ve la muerte por vez primera en el rostro del anarquista alemán Richard Turath, un exiliado, amigo de su familia, que vive en un prostíbu- lo. Y logro atrapar algo de su paisaje natal en la nostalgia de las canciones alemanas. La familia de Bayer, por otra parte, cambia constantemente de domi- cilio debido al trabajo de telegrafista del padre. Más atrás en el tiempo, asoma el rostro de otro exilado, su abuelo paterno Joseph Georg, que abandonó un día la Argentina para vivir en la encrucijada de los caminos, «con fobia al domicilio» como solía decir el poeta Baudelaire.
En las charlas, quedé impactado por la historia de ese abuelo anarquista que venía de familia de nobles, un inventor de máquinas (hizo una para el arado) que viaja de Alemania a Humboldt, en la provincia de Santa Fe, donde hace fortuna. Me llamaron la atención, primero, esa determinación extrema de aban- donar todo para largarse al vagabundeo. En segundo lugar (y aquí dejo de ima- ginar al abuelo y observo la cara del nieto), imagino a ese Osvaldo niño que, entre la emoción y la curiosidad, escucha a su padre hablar sobre ese personaje extraviado en la errancia de los caminos. El enigma familiar hace que a los veinte años Osvaldo inicie una búsqueda, coronada mucho tiempo después, cuando logra dar con la tumba de su abuelo, justamente en el pueblo donde había nacido, Schwatz. Recuerda Osvaldo que su abuelo fue «un alma libre», un hombre que murió en extrema pobreza, al que sus vecinos recordaban como
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de trato amable y gran cultura. Quedo pensando si ese Joseph no fue una marca decisiva entre las influencias del escritor.
Con la dictadura argentina Bayer se exilia en Alemania y visita a alemanes que muchos años antes fueron opositores desterrados en Argentina. También, dentro de ese sentimiento de extranjería lo conmueven los escritos de Guiller- mo E. Hudson y su vagabundeo; la contemplación de paisajes pampeanos que veía amenazados por el progreso industrial.
En esas charlas con Osvaldo en su casa del barrio de Belgrano, fui armando el retrato que finalmente incluí en uno de los libros de historias de vida, Malas compañías. Ahí está el Bayer curioso del género humano, el de la búsqueda de la dignidad, el maestro de la inquietud permanente, el viajero, el periodista de Esquel que por defender a los indios es detenido y llevado por las calles con las manos atadas, el preso que juega ajedrez con el comisario, el expulsado, el colimba castigado por no querer manejar armas. Otra de sus facetas, es poco conocida: el Osvaldo timonel en un barco que recorre el río Paraná con un capitán sonámbulo, un correntino que ya había hundido un barco, el Madrid, temblando en sus visiones y delirando sobre el timón. Cuando a Osvaldo le tocaba la guardia nocturna, sentía a sus espaldas esa figura estrafalaria –con saco de capitán y pantalón de dormir– anunciando ataques piratas, colisiones con los icebergs y emboscadas de bestias desconocidas.
Hay que decir que en sus investigaciones Bayer rescata la silueta de lucha- dores sociales y la pasión que los anima, siempre dando perfiles nítidos tallados con firme delicadeza. Bayer pugna por encontrar un sentido en el centro de las contradicciones humanas; de ese modo sus libros son una puerta a la historia encarnada en cada uno de sus personajes: los hermanos Ascaso y Buenaventura Durruti (en su recorrida «expropiadora» por Buenos Aires); Herrman Lalle- mant (fundador del club Vorwärts y del diario El Obrero); Richard Turath (que había sido miembro del gobierno de los consejos de obreros, soldados y cam- pesinos de Munich), Hans Lehmann (emigrado alemán, redactor en Argentina de la revista antinazi Das Andere Deutschland), o ese Karl von Ossietzky, al que compara con Rodolfo Walsh y que recibió el Premio Nobel de la Paz encerrado en un campo de concentración nazi.
La persistencia de Bayer en temas sociales que la frivolidad va barriendo debajo de la alfombra, subrayan el lugar que para muchos de nosotros ocupa. Así, ha debatido fervorosamente asuntos como el destierro (y una intenciona- da polémica entre exiliados internos y externos), la teoría de los dos demo- nios, el derecho a la resistencia, el reclamo por la memoria, y una aspiración que no baja los brazos (porque tiene alas): la utopía. Admiro y respeto su entrega, su trabajo y su fina sensibilidad. Y en los títulos de sus libros, como Rebeldía y esperanza, encuentro los títulos de su vida.