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Estimation strategy

CHAPTER 5. Methodology: variable selection and estimation strategy

5.4. Estimation strategy

«Un nuevo mandamiento os doy, y es que os améis unos a otros; y del modo que yo os he amado a vosotros, así también os améis recíprocamente» (Ioh 13, 34).

1. «Como hubiese amado a los suyos, que vivían en el mundo, los amó hasta el fin. Y así, acabada la cena... se levanta de la mesa, y se quita sus vestidos, y habiendo tomado una toalla, se la ciñe. Echa después agua en un lebrillo, y se pone a lavar los pies de los discípulos, y a enjugarlos con la toalla que se había ceñido» (Ioh 13, 1-5). He aquí un acto de amor humilde y servicial del Señor a sus discípulos. Y un segundo acto de amor: En la misma noche, «habiendo tomado pan, dio gracias, lo partió y se lo dio diciendo: Éste es mi cuerpo, que se da por vosotros; haced esto en memoria mía. Y asimismo tomó el cáliz y dijo: éste es el cáliz, el nuevo testamento de mi sangre, que por vosotros se derrama» (Lc 22, 19-20). ¿Pudo darnos más que lo que nos dio en la institución de la santísima Eucaristía, en el sacrificio de la santa Misa y en la sagrada comunión? ¡Verdaderamente, un amor sin límites! Lo sella al día siguiente, el Viernes Santo: «Mayor muestra de amor nadie puede dar que el sacrificar su vida por sus amigos» (Ioh 15, 13). Con este ánimo va el Señor al huerto de los Olivos, se deja atar por sus enemigos, se deja juzgar y azotar de la manera más ignominiosa. Se deja coronar de espinas y clavar en la cruz. Por amor a nosotros, para expiar nuestras culpas y para conciliarnos la gracia del Padre, para que Él nos acepte como sus hijos queridos y nos dé la felicidad de su amor.

Cuando se acerca la hora de la despedida deja a los suyos con el maravilloso testamento de su carne y de su sangre, el legado de su corazón: «Nuevo mandamiento os doy: amaos los unos a los otros como Yo os he amado.» El amor de Jesús a nosotros debe ser la medida para el amor que nosotros debemos tenernos. Y ¿cómo nos ha amado El? «Como mi Padre me ha amado, así también os he amado Yo a vosotros» (Ioh 15, 9). ¿Puede haber un amor más noble y sublime que el amor con que el eterno Padre ama a su Hijo? Con un amor igualmente noble y sublime nos ama Jesús y nos da su mandamiento: que nos amemos los unos a los otros con aquel amor con que Él nos ama.

Luego da Jesús un distintivo característico con que se reconocerá a los suyos. No es, por ejemplo, el consuelo sencillo o un fuego arrebatador en la oración; no es alguna acción extraordinaria, ni un estado extraordinario del alma; no son tampoco los milagros; no son dones extraordinarios de gracia, ni sentimientos ni ideas; es el amor al prójimo. «En esto conocerán todos que sois discípulos míos, en que os tengáis amor unos a otros» (Ioh 13, 35). Éste es el gran mandamiento: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón. Éste es el primero y mayor mandamiento. Pero el otro es semejante a éste: Amarás al prójimo como a ti mismo» (Mt 22, 37-39).

2. El amor al prójimo, en sentir de Cristo y del cristiano, no es un amor meramente natural, que ama al prójimo a causa de sus prendas naturales, por ejemplo, una persona noble, o atractiva, o simpática, etc. Eso sería un amor al prójimo por el hombre que encontrarnos en él. Puede ser este amor noble, muy noble, pero no es el amor cristiano. Éste es un amor sobrenatural con el que en el prójimo amamos a Dios. Amamos al prójimo por Dios y con el mismo amor con que amamos a Dios y a Cristo. El verdadero y cristiano amor al prójimo es amor a Dios. Amamos en el prójimo a Dios, la criatura de Dios, los dones y la gracia de Dios, al Hijo de Dios, al hermano y hermana de Cristo, a un miembro de Cristo, es decir, a Cristo mismo. «La que habéis hecho con el más pequeño de mis hermanos, lo habéis hecho conmigo.» «Estuve hambriento y me disteis de comer. Estuve sediento y me disteis de beber... En verdad os digo: lo que hicisteis al menor de mis hermano, eso me lo habéis hecho a mí» (Mt 25, 34 ss). Llega Saulo a las cercanías de Damasco. De las autoridades de Jerusalén había recibido el permiso necesario para poder llevar presos a Jerusalén a los discípulos de Cristo de quienes pudiera apoderarse. Cuando llega a Damasco, de repente le envuelve con sus rayos una luz del cielo. Saulo cae derribado en tierra y percibe una voz que le grita: «Saulo, Saulo. ¿por qué me persigues?» — «¿Quién eres Tú, Señor?», pregunta él. — «Yo soy Cristo, a quien tú Persigues» (Act 9, 2-5).

El amor cristiano al prójimo brota de la fe sobrenatural, que ve en el hombre algo más que sólo el hombre de carne y sangre. Si no hay fe sobrenatural, no hay verdadero amor cristiano; si hay poca fe, habrá necesariamente poco amor cristiano. El amor cristiano al prójimo no es en el fondo otra cosa que la extensión del amor de Dios al prójimo. La razón determinante, el verdadero motivo de nuestro amor al prójimo es Dios mismo. Nuestro amor sobrenatural se aplica en primer término a Dios, y en

segundo lugar al prójimo. Pero es un solo y mismo amor sobrenatural. Por eso nuestro amor a Dios es exactamente tan profundo, tan amplio y tan poderoso como es nuestro amor al prójimo. «Si alguien dice: amo a Dios, y odia a su hermano, ése es un embustero. Porque quien no ama al hermano suyo, a quien ve, ¿cómo puede amar a Dios, a quien no ve? Y de Dios tenemos este mandamiento: Que quien ama a Dios ame también a su hermano» (1 Ioh 4, 20-21). Así, pues, el amor al prójimo está íntimamente unido con el amor a Dios, y el precepto del amor al prójimo con el precepto del amor a Dios. Y lo está de manera que el apóstol San Juan, a la virtud del amor al prójimo, atribuye los mismos efectos que al amor a Dios. «Sabemos que hemos pasado de la muerte [del pecado] a la vida [de la gracia, de la filiación divina] porque amamos a nuestros hermanos: Quien no ama, continúa en la muerte [del pecado]» (I Ioh 3, 14). Y San Pablo se refiere al amor a Dios y al prójimo cuando entona el himno del amor: «Si hablare las lenguas de los hombres y de los ángeles, pero no tuviere caridad, me habré hecho bronce que resuena, o címbalo que clamorea. Y si tuviere el don de profecía, y supiere todos los misterios y toda la ciencia..., no sería nada» (I Cor 13, 1 ss). El amor a Dios y al prójimo son un solo y mismo amor.

El amor cristiano al prójimo es un amor de complacencia en todos los dones y bienes naturales y sobrenaturales que la gracia de Dios ha obrado y obra en el prójimo. Por ello nos alegramos y felicitamos al prójimo por estas muestras del amor de Dios para con él. Ese amor es en gran parte amor de compasión y de participación amorosa en sus debilidades y en sus fallas; una compasión sincera del prójimo por el pecado en que está envuelto, por la desgraciada eternidad que le espera si no se convierte. El amor cristiano del prójimo es amor de benevolencia para con el prójimo: en primer lugar, le deseamos lo que conviene a su vida sobrenatural: gracia de Dios, perdón del pecado, las gracias que necesita, las inspiraciones e iluminaciones sobrenaturales, fuerza para el bien, la gracia de la perseverancia y la bienaventuranza eterna; en segundo lugar, le deseamos todos aquellos bienes y valores temporales que en la consecución de su eterna felicidad ayudan y hacen progresar. El amor cristiano al prójimo es un amor de acción, un amor activo que se esfuerza sinceramente por no perjudicar en manera alguna, interior o exteriormente, en palabras ni obras, al amor. Un amor de acción que hace todo lo que está en sus fuerzas y lo que las circunstancias del momento le permiten, para mostrar positivamente su amor al prójimo. San Pío X dice con razón: «Para que Cristo se forme en todos, hay que insistir en que nada hay más eficaz que

el amor, El amor abre los corazones y da poder sobre ellos. Ningún otro lenguaje comprende mejor el corazón del hombre que el lenguaje del amor. De ninguna manera podemos conquistar mejor al prójimo para Cristo y para Dios, que con un amor sincero y práctico.

3. ¿En qué podemos conocer sin mucho esfuerzo y con gran seguridad si hacemos provechosamente la santa confesión? En que cada vez nos interese más cumplir el santo mandamiento del amor al prójimo. Practicar la confesión frecuente y fallar en el amor al prójimo, seguir descuidados, sin celo sobrenatural por la salvación de las almas; practicar la confesión frecuente y obrar inconscientemente, hablar contra el amor, ser impacientes, duros, faltos de amor al prójimo... ésas son cosas inconciliables.

Por aquí tenemos que empezar, a fin de comprender y vivir el precepto del amor a Dios y al prójimo, incluso hasta amar al enemigo. Así podemos comprobar el estado de nuestra vida interior, nuestro amor a Dios y a Cristo, nuestra sincera voluntad de amar, en noble lucha por el amor. Faltas de flaqueza habrá también en este terreno; pero no cesaremos en nuestro esfuerzo por seguir adelante y alcanzar el dominio de toda clase de debilidades humanas anejas a nuestra naturaleza. Pero, de manera especial, tenemos que poner nuestro empeño en no cometer jamás y por ningún precio una falta consciente y deliberada contra el amor. En el examen de conciencia para la santa confesión, lo mismo que en el de cada noche, dedicaremos especial atención a nuestros esfuerzos por sentir y practicar el amor cristiano al prójimo. También nuestro propósito tiene que encaminarse en gran parte a que demos amor, suframos con amor y perdonemos con amor. «El amor sea sin fingimiento. Tened horror al mal y aplicaos perennemente al bien; amándoos recíprocamente con ternura y caridad fraternal, procurando anticiparos unos otros en las señales de honor y de deferencia. No seáis flojos en cumplir vuestro deber. Sed fervorosos de espíritu, acordándoos que es al Señor a quien servís. Alegraos con la esperanza del premio. Sed sufridos en la tribulación; en la oración continuos; caritativos para aliviar las necesidades de los santos o fieles; prontos e ejercer la hospitalidad. Bendecid a los que os persiguen; bendecidlos y no los maldigáis. Alegraos con los que se alegran y llorad con los que lloran. Estad siempre unidos en unos mismos sentimientos y deseos. No blasonando de cosas altas, sino acomodándoos a lo que sea más humilde. No queráis teneros dentro de vosotros mismos por sabios o prudentes. A nadie volváis mal por mal; procurando obrar bien no sólo

delante de Dios, sino también delante de todos los hombres. Vivid en paz, si se puede, y cuanto esté de vuestra parte, con todos los hombres. No os venguéis vosotros mismos, queridos míos, sino dad lugar a que se pase la cólera, pues está escrito: A mí toca la venganza; yo haré justicia, dice el Señor. Antes bien, si tu enemigo tuviere hambre, dale de comer; si tiene sed, dale de beber: que con hacer eso amontonarás ascuas encendidas sobre su cabeza. No te dejes vencer del mal o del deseo de venganza, más procura vencer al mal con el bien o a fuerza de beneficios» (Rom 12, 9 ss).

«La caridad es paciente, es benigna; la caridad no tiene envidia, no se vanagloria, no se ensoberbece no es ambiciosa, no busca su propio interés, no se irrita, no piensa mal. No se huelga en la injusticia, antes se complace en la verdad [= justicia]; a todo se acomoda, todo lo cree, todo lo espera, todo lo aguanta» (I Cor 13, 4-7). Preciosas indicaciones para el examen de conciencia y para el propósito. Y cuando hemos pecado conscientemente contra la caridad, o la hemos practicado demasiado poco, entonces se produce un serio y hondo arrepentimiento, que se apodera de la voluntad entera y la fortalece interiormente, de manera que hace de nuestra vida una vida de amor.

Cuando hacemos la santa confesión con esta seriedad, podemos estar convencidos de que ella resulta fructuosa y bendecida por el Señor.

Oración

Señor, que la gracia del Espíritu Santo ilumine nuestros corazones y los refrigere abundantemente mediante las delicias de la caridad perfecta.

¡Oh Dios, amigo y guardián de la paz y de la caridad, da a todos nuestros enemigos verdadera paz y verdadera caridad! ¡Asegúrales el perdón de todos los pecados y condúcelos a la vida eterna! Amén.