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Social outcomes for individuals

CHAPTER 5. Methodology: variable selection and estimation strategy

5.1. Social outcomes for individuals

«El amor perfecto echa fuera el temor» (I Ioh 4, 18).

1. El centro y al mismo tiempo la cumbre de la devoción cristiana se halla en el amor perfecto hacia Dios. Es el amor a Dios por Él mismo, es decir, porque Él en sí mismo es bueno y digno de todo amor, es la plenitud de todo lo puro, noble, bueno, santo y grande.

De este amor escribe el Apóstol: «Si hablare las lenguas de los hombres y de los ángeles, pero no tuviere caridad, vendría a ser bronce que resuena, o címbalo que clamorea. Y si tuviere don de profeta y supiere todos los misterios y toda la ciencia, y tuviere toda la fe hasta trasladar montañas, pero no tuviere caridad, nada soy. Y si gastare mi hacienda

entera en pan para los pobres, y entregara mi cuerpo para ser quemado, y no tengo caridad, nada me aprovecha» (1 Cor 13, 1-3). Por supuesto, no habla del amor natural, sensible, que tan sólo es un fenómeno puramente instintivo, ni tampoco del espiritual, racional, meramente natural, fruto de un conocimiento claro y de una firme voluntad, sino del amor sobrenatural, fundado en la fe y en la gracia, y que abarca a Dios y a todo la creado con miras a Dios y por Dios.

El amor perfecto es una virtud «teologal». Se llama caridad adivina» porque se dirige directamente a Dios, y todo lo demás que fuera de Dios ama, lo ama con relación a Dios, por Dios y en Dios. Se llama también amor «divino, porque ha sido «infundido en nuestros corazones por el Espíritu Santo. (Rom 5, 5), es decir, ha sido infundido por Dios en nuestra alma, y por nuestras propias fuerzas no lo podemos obtener. Finalmente, es «amor divino» porque con él amamos a Dios de tal manera como solamente Él, en virtud de su naturaleza divina, se puede amar. Es un ascua que Dios mismo, el Espíritu Santo, que con amor santo habita en nosotros, enciende en nosotros mismos, una imagen e imitación de aquella divina y mutua efusión de amor del Padre y del Hijo de la cual procede el Espíritu Santo y que es el mismo Espíritu Santo. Es una chispa, una llama de aquel amor divino en que arde el mismo Dios, una flor de la vida y de la divina felicidad.

El amor es lo más dulce y más amable que existe en el cielo y en la tierra. Para el amor está formado nuestro corazón; en él halla su felicidad. En él se abre lo más íntimo y hondo de su ser, para entregarse por entero, para vivir y florecer en él. A ninguna otra cosa aspira, sino a encontrar un objeto digno de su amor, en el que se pueda derramar y verter por entero. ¿Qué es, pues, en resumen, ese amor sobrenatural, divino y santo, que mediante el Espíritu Santo es infundido juntamente con la gracia en nuestros corazones y que procede inmediatamente de Dios, y a Dios tiene por objeto? La Imitación de Cristo tiene razón cuando dice: «Nada hay más dulce que el amor; nada más fuerte, nada más sublime, nada más amplio, nada más amable, nada más pleno y mejor en el cielo y en la tierra, porque el amor nace de Dios, y únicamente puede descansar en Dios más allá de todo lo creado. El que ama, vuela, corre y está lleno de felicidad; está libre y sin trabas. Lo da todo para todo, y en todas las circunstancias lo tiene todo, porque descansa en el único supremo bien, que está sobre todo y de quien procede todo bien. (lib. 3, cap. 5). Este amor sobrenatural, divino y santo, y sólo él es el que con la ingenuidad de un niño y la confianza de una esposa en santo atrevimiento se eleva hasta Dios, para

estrecharle en el más dulce e íntimo abrazo como Padre, como amigo, como esposo, para penetrar hasta los más recónditos abismos de su bondad y dulzura y disolverse en las honduras de su divino corazón.

Sólo mediante este santo amor llega Dios a ser verdaderamente nuestro, nuestra posesión. Por el amor poseemos a Dios no sólo en deseo y aspiración, sino en la más perfecta realidad. Con el amor, le tenemos a Él, Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, en nuestros corazones. Mediante el amor santo nos acercamos cada vez más a Dios y nos hacemos cada vez más semejantes a Él, unidos a Él, y al mismo tiempo fundidos en un espíritu, como dos llamas se unen en una llama. Pues la naturaleza divina es un fuego puro, un río ardiente de amor. Si, pues, se encuentra en nosotros una llama de amor semejante, tiene que unirse con aquélla tan íntimamente, que esta unión sobrepase por completo toda unidad de amor que exista entre las criaturas, todo amor terrenal. El amor divino, y sólo él, sacia nuestro corazón en el torrente de las delicias divinas. El amor hace florecer en nosotros una vida eterna y siempre nueva y nos abrasa con fuego celestial. Algo grande es la esperanza cristiana. Pero más grande que la fe y más grande que la esperanza es el amor. «Ahora permanecen estas tres cosas, fe, esperanza y caridad; pero la mayor entre ellas es la caridad.. (1 Cor 13, 13).

2. «Corred para alcanzar la caridad.» La caridad santa es el último fin de todos los mandamientos. Todos ellos están compendiados en un solo mandamiento: «Amarás al Señor, tu Dios.» Al amor se refieren todos los demás mandamientos, en él y mediante él quedan todos cumplidos. Todo verdadero cumplimiento del deber es obra del amor. La caridad es la primera y la última de todas las virtudes, es toda virtud. «La caridad es sufrida, es dulce y bienhechora. La caridad no tiene envidia, no obra precipitada ni temerariamente, no se ensoberbece, no es ambiciosa, no busca sus intereses, no se irrita, no piensa mal, no se huelga en la injusticia, se complace, sí, en la verdad. A todo se acomoda, cree todo, todo lo espera y lo soporta todo» (1 Cor 13, 4 ss): ella es toda la virtud. Donde Vive la caridad, está todo: donde falta la caridad, falta todo.

Por eso somos llamados al amor. «Amarás al Señor, tu Dios.» «Señor, enciende en nosotros el amor», le rogamos- «Corazón de Jesús, que ardes en amor para con nosotros, inflama nuestros corazones con amor a Ti.» El alimento del amor son las obras. El amor se enferma y muere cuando no es alimentado con buenas obras, así como el fuego se apaga cuando no se le ceba con combustible. El combustible saca del fuego la

llama, pero a su vez alimenta con la llama el fuego. De esta manera, las buenas obras mediante el amor reciben su fuego, pero mediante el fuego se conserva el amor y crece en fuego. Quien quiere obras buenas, conserve el amor; y el que quiere amor, haga obras de amor. El que quiera el amor perfecto, es menester que con todas sus fuerzas aspire al crecimiento del amor mediante continuas obras buenas, dispuesto a hacer todo el bien que en sus circunstancias le sea posible hacer.

3. «Corred para alcanzar la caridad.» Éste es el fin al que tendemos en la santa confesión. La purificación del pecado es tan sólo camino y paso al amor perfecto.

Mediante el amor conocemos de nuevo qué daños causa en el alma el pecado venial. Éste debilita el celo del amor, aquel sentimiento fuerte y generoso que está dispuesto a darlo y ofrecerlo todo a Dios. La llama, la fuerza del amor, no puede desplegarse. Al contrario, es rechazada, y en su tendencia a Dios es detenida y obstaculizada: un daño inmenso no sólo para nosotros mismos, sino al mismo tiempo para la comunidad, para la Iglesia, y sobre todo para la gloria de Dios. ¿De qué manera eliminaremos el pecado venial? Precisamente yendo hacia el amor con toda nuestra voluntad y creciendo en el amor.

Oración

Señor mío, Jesucristo, que dijiste: «Pedid y recibiréis, buscad y hallaréis, llamad y os abrirá», le rogamos nos des el fuego de tu divino amor, para que te amemos con todo nuestro corazón en palabras y obras, y jamás cesemos en tu alabanza. Amén.