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Typologies of IVET system

CHAPTER 4. IVET national context differences

4.1. Typologies of IVET system

«Vivid en temor en el tiempo de vuestra peregrinación» (1 Petr 1,

17).

1. En relación con Dios, para nosotros, los hombres cristianos, hay dos actitudes fundamentales que mutuamente se unen y complementan: amor y homenaje, confianza y temor que humildemente se subordina, cercanía y distancia. «Me horrorizo y me enardezco; me horrorizo por cuanto le soy desemejante; me enardezco por cuanto le soy semejante» (SAN AGUSTÍN Confesiones 11, 9). San Bernardo dice con razón: «Lo que

nos santifica es la santa disposición del corazón, y ésta es doble: el santo temor de Dios y la santa caridad. Ellas son los dos brazos con los cuales abrazamos a Dios» (De consid. 5, 15). La santa Iglesia nos manda orar así: «Haz, Señor, que al mismo tiempo temamos y amemos tu santo nombre» (Domingo en la octava del Corpus Christi). Dios, plenitud del bien, de la pureza, de la felicidad y de la paz, nos atrae: ante Dios, absolutamente excelso, elevado, majestuoso, inaccesible, nos inclinamos humildemente, nos mantenemos a distancia, tenemos temor a Él, a Él elevamos nuestras oraciones, a Él sometemos nuestra voluntad y tememos sus justos castigos.

2. «El temor de Dios es el principio de la sabiduría» (Ps 110, 10). «El temor del Señor es gloria y honor: alegra el corazón, produce contento, alegría y larga vida» (Sirach 1, 11 ss). El temor del Señor tiene esta promesa: «El Señor cumple los deseos de los que le temen: Él oirá su clamor y los salvará» (Ps 144, 19). Cristo mismo nos amonesta: «A vos- otros, amigos míos, os digo yo: No temáis a aquellos que quitan la vida al cuerpo, y después de esto nada más pueden hacer. Yo os mostraré a quién habéis de temer: temed al que, después de quitar la vida, puede arrojar al infierno. A éste es, os repito, a quien habéis de temer» (Lc 12, 4).

seriamente, es cuando sobre todo se siente el temor. «Traspasa mi carne con tu temor» (Ps 118, 120): con el temor de la inexorable santidad y del justo castigo de Dios, que es capaz de aniquilar y exterminar mundos, pueblos, culturas enteras, por causa del pecado; con el temor de la justicia de Dios que no perdonó a los ángeles pecadores, que a causa del pecado castiga a los hombres con tantas miserias y sufrimientos y, como fruto más amargo del pecado, con la muerte a la que todos estamos sometidos; con el temor al castigo de la justicia de Dios en el purgatorio y, sobre todo, en el infierno, con el tormento y la desgracia interminables en eterno alejamiento de Dios. Sí, «oh Dios, traspasa mi carne con tu temor». Éste debe grabarse tan profundamente en lo más íntimo de nuestro ser, que continuamente nos frene, nos aleje del mal y nos mueva a proseguir la lucha contra el pecado.

Pero no solamente antes de la conversión, también cuando nos hemos vuelto enteramente a Dios y hemos roto con el pecado mortal, debemos sentirnos traspasados por el temor de Dios. El temor nos impulsa a hacer penitencia por los pecados cometidos y nos preserva de los pecados y faltas en el porvenir. El temor a los castigos que por nuestros pecados hemos merecido nos da valor para tomar sobre nosotros los esfuerzos diarios, las renunciaciones y luchas sin las cuales no podemos librarnos del pecado ni unirnos perfectamente con Dios. Siempre tenemos motivo para sentirnos traspasados del temor de Dios en vista de las muchas ocasiones de pecar, en vista de nuestra flaqueza, de la fuerza de las costumbres y aficiones torcidas, de la inclinación de nuestra naturaleza a dejarse llevar, en vista de los atractivos de la concupiscencia y del mundo, de las muchas faltas, descuidos y defectos que cada día cometemos.

Son muchos los que menosprecian el temor de Dios porque este temor les parece muy egoísta, casi indigno del cristiano. Quieren que únicamente impere el amor puro. No tienen razón. Es verdad que la devoción fundada en el amor puro debe anteponerse a la fundada en el temor; pero sería una exageración insana el querer considerar únicamente justificada la devoción de amor puro. El temor del que aquí se trata no es el temor servil o de esclavos. Este se funda únicamente en la idea del castigo: si no hubiera que contar con el castigo, se pecaría sin reparo alguno; ese temor deja subsistente la voluntad de pecar, la voluntad pecaminosa; renuncia tan sólo a la ejecución del pecado, pero no a la voluntad interior. El temor a que aquí nos referimos teme la indignación de Dios y el castigo, pero de manera que llega hasta la voluntad y la aleja del pecado: rompe con el pecado aunque sea con miras al castigo señalado

para el pecado. Este temor ahoga le afición de la voluntad al pecado. Es un temor moralmente bueno, noble y saludable, aun cuando queda muy atrás del temor filial, «un don de Dios y un impulso del Espíritu Santo», como expresamente enseña el Concilio de Trento. El temor filial es un temor de perfecto amor de Dios, de amor filial, muy íntimamente unido con Él y al mismo tiempo su garantía y expresión. El temor y amor filiales constituyen una única actitud, que gira en torno de dos polos: mirando a la bondad de Dios se inflama el amor, mirando a la majestad y justicia de Dios y a sí mismo se despierta el temor de perder al Dios amado por causa de los propios pecados.

3. El temor es tan sólo el comienzo: pero es comienzo, un apoyo imprescindible y un estímulo siempre poderoso. «Bienaventurado el que teme al Señor» (Ps 111, I). «El temor del Señor evita lo malo» (Proa 8, 13). Nos saca de nuestra calma falsa y engañosa. El mayor de los males no es tanto el pecado mismo cuanto la tranquilidad, la permanencia en el pecado, la ligereza y la superficialidad. El temor es un seguro contra nuestra debilidad. En general, será ante todo el temor el que nos asegure contra los pecados del porvenir. A pesar de todas las ventajas del amor puro sobre el temor, serán siempre relativamente pocos los que, a pesar de todas las dificultades que se presenten en contra, se mantengan a la larga por amor puro libres de pecado, incluso del venial. Sin embargo, siempre será verdad lo que dice la Imitación de Cristo: «Si quieres hacer algún progreso, mantente en el temor de Dios y no tengas demasiada libertad. No hay verdadera libertad ni alegría buena fuera del temor» (1, 21). «Quien pospone el temor de Dios no podrá permanecer largo tiempo en el bien, sino pronto caerá en los lazos de Satanás» (ibid., 24). El temor y el amor de Dios están unidos. Quien solamente quiere que impere el amor, corre el peligro de descuidar el esfuerzo en la vida moral por una confianza desmedida en la bondad de Dios (quietismo); quien tan sólo conoce el temor al juicio de Dios, se cierra la entrada al amor de Dios (jansenismo). Mas, aun cuando obremos por motivos nobles y perfectos, no puede eliminarse el temor: está presente, aunque en segundo término, desde donde ejerce su importante función, y sigue siendo la seguridad contra nuestra flaqueza moral.

El motivo del temor es un motivo imperfecto de amor de Dios; con él amamos a Dios, pero con relación a nosotros mismos, porque tememos el castigo que nos espera si no le amamos y no guardamos sus mandamientos. Pero este temor puede y debe ser elevado por nosotros a un

temor filial, es decir. En esta altura produce un sentimiento vivo de la grandeza y santidad de Dios y consiguientemente un profundo aborrecimiento hasta de los más pequeños pecados. Se convierte en temor del hijo que ama sinceramente a su padre, y su amor al padre le hace imposible causarle dolor e injurias. En el temor de causar dolor a un Dios y padre amante e íntimamente amado, lograremos sin gran esfuerzo evitar los pecados y dar una alegría a Dios, nuestro padre. De esa manera, el temor servil a Dios, por más que acentúe el yo y sea imperfecto, es un principio indispensable y un camino que conduce al temor filial y al amor perfecto de Dios.

4. Cuando nos acercamos a la santa confesión, puede sernos a menudo verdaderamente útil que nuestro arrepentimiento y sentimiento de culpa se fundan conscientemente en el motivo del temor de Dios. De suyo, para la recepción del sacramento de la penitencia, bastaría este arrepentimiento imperfecto, este llamado arrepentimiento por temor, hasta para el perdón de los pecados mortales que se confiesen. Pero no nos contentaremos con este dolor imperfecto, sino que nos levantaremos al temor filial, es decir, al arrepentimiento por amor, al dolor por motivo de amor perfecto a Dios. De esta manera, la recepción del sacramento de la penitencia se convertirá verdaderamente para nosotros en una bendición.

Por el interés de dar vida y profundidad a la confesión frecuente, como en general a la sana piedad cristiana, es importante que, con fe viva y profunda, procuremos que actúen siempre sobre nosotros aquellas verdades que consolidan en nuestra alma el santo temor de Dios: nuestra total dependencia de Dios, nuestro sentimiento de culpa, nuestra flaqueza moral, nuestros diarios desfallecimientos a pesar de todo auxilio y gracia de Dios, la inviolable santidad de Dios, su pureza, su justicia y sus juicios sobre los pecadores en el tiempo y en la eternidad. A esto se añaden la vida y la pasión de Cristo, que más que nada nos enseñan lo que es la santidad de Dios y nuestro pecado. Es un hecho innegable que Dios se preocupa del pecado y que tiene que castigarlo, porque Él es santo, es la santidad misma. Frente al pecado, por más que mirado desde nosotros sea muy pequeño, no puede mostrarse indiferente. Y también es un hecho que Cristo no está delante de nosotros tan sólo como el Señor glorificado que vive en las delicias del Cielo, sino primero como el Cristo histórico, el Señor humillado y crucificado, pendiente de la cruz con escarnio y dolor, en expiación de nuestros pecados, de mi pecado. Tan grandes como son la santidad y justicia de Dios, así es de horrible el pecado del hombre.

¿Acaso hoy nosotros, los católicos, no nos interesamos demasiado unilateralmente por el Señor ensalzado y glorificado, y en cambio casi dejamos de ver al Señor que sufre y expía por nuestros pecados? Esa manera de ver redunda en perjuicio de la justa comprensión de la santidad y justicia de Dios, que castiga el pecado; en perjuicio de nuestra educación en el santo temor de Dios, que, sin embargo, es el comienzo de la sabiduría y el fundamento de toda vida verdaderamente religiosa y santa; en perjuicio de la más honda comprensión del pecado, hasta del pecado venial, de la santa confesión y de la vida de penitencia. Quiera la gracia de Dios preservarnos bondadosamente de todas estas ideas unilaterales.

Oración

Señor, haz que siempre temamos y al mismo tiempo amemos tu santo nombre (es decir, a Ti, Dios santo), a quienes firmemente mantienes en tu amor. Amén.