Existen, a la hora de establecer un marco teórico sobre lo juvenil, una variada expresión de
posiciones y establecimientos teóricos que han venido construyendo diversas versiones sobre los
jóvenes, sus contextos, sus relaciones y sus prácticas. Con esto no se pretende asegurar que todas
las manifestaciones contemporáneas respecto a los jóvenes, hagan lecturas de sentido pertinente,
ya que algunas con pretensiones quizás un poco clásicas y hasta conservadoras, mantienen o siguen
ancladas a sistemas, modelos, premisas y percepciones que deslegitiman la dinámica y la transfor-
mación permanente del mundo y de sus actores, especialmente el de los jóvenes. Sin embargo ya
son cada vez más evidentes esas posturas y perspectivas que resignifican lo juvenil y lo establecen
como un sujeto crítico y propositivo en escenarios de desarrollo y transformación social donde la
pluralidad es considerada como básica para la acción (Arent, 1974).
prácticas sociales,
en donde aparece como prioritario y significativo dar cuenta de las construcciones realizadas en los
territorios considerados como espacios de reconocimiento (Filardo & Aguilar, 2002). Por otro lado
además del territorio se encuentran, de manera integrada, componentes como las prácticas sociales,
los usos del territorio mismo, las expresiones culturales, los rituales y los códigos del lenguaje, que
se convierten en mapas vitales de los jóvenes (Serrano, 2000), los cuales permiten dar cuenta de lo
juvenil como una dimensión holística y compleja.
Asimismo es importante reconocer dentro de este nuevo marco conceptual de los jóvenes, la
construcción de categorías de resistencia o de disidencia, que se constituyen en derroteros para
la acción y la visibilidad, respecto a procesos sociales en donde a los jóvenes se les etiqueta y es-
tereotipa como sujetos de transición conflictiva (Reguillo, 2008); por esta razón reconocerlos
como sujetos de transformación y para la transformación, parece ser una de las tantas estrategias
que las ciencias sociales han adoptado para el reconocimiento de los jóvenes también como sujetos
de derechos.
Como lo establece Maffesoli (2004), gran teórico de las tribus juveniles y de la sociología con-
temporánea, es indispensable sumergirnos en un espacio de tactalidad o de viscosidad social, donde
el ser únicamente se explica desde el ser juntos o desde el nosotros de manera omnipresente, con lo
que se establece así una mirada alternativa de pensar la salud, la educación, la democracia y el desa-
LA GESTIÓN JUVENIL COMO APUESTA PARA LA RESIGNIFICACIÓN DE NUEVOS SUJETOS Y NUEVAS
FORMAS DE ORGANIZACIÓN
rrollo humano, en la cual la colectividad prima sobre los caracteres individuales, siendo los jóvenes
también parte de los procesos de mejoramiento y cambio social.
Resignificar lo juvenil y sus formas alternativas de organización y de gestión, sugiere reconocer
a los jóvenes primero como actores activos y representativos dentro de un tejido social, reconocer
sus expresiones no como hechos pasajeros e irrelevantes, sino como portadores de un saber y una
iniciativa siempre latente, reconocer sus discursos diversos y críticos frente a lo que cotidianamente
se construye, y sobre todo reconocerlos como dignos y legítimos portadores de un proyecto que de-
finitivamente se define como distinto al de otras generaciones con las que se comparte el territorio,
que reconoce además las diferencias en una sociedad marcada por las inequidades (Urresti, 2000).
De acuerdo a esto se establece lo juvenil no como un asunto exclusivo de los jóvenes sino de todos
aquellos que construyen y comparten escenarios de desarrollo, siendo los docentes, formadores,
orientadores, familiares y maestros, corresponsables directos de sus procesos, de sus circunstancias
de vida, de sus necesidades y de sus anhelos. LA GESTIÓN EN EL MARCO DE LA RESISTENCIA Y LA PROPOSITIVIDAD
Lo juvenil entonces, y como propósito del estudio, se resignifica además desde sus mismas prác-
ticas organizativas, es decir desde las formas que tienen los jóvenes para construir un proyecto
colectivo, que vincule discursos sobre lo cultural, sobre lo político, sobre el desarrollo y sobre
la gestión, entendiendo particularmente que estas lógicas se han venido recreando a partir de los
mandatos claramente establecidos por el modelo político y económico instalado en América Latina
que ignora diversidad de las culturas y la realidad de las comunidades (Touraine,1999). Es claro en
este sentido que todas aquellas categorías implícitas en el marco del modelo de la producción, han
hecho presencia en la dinámica de la organización contemporánea, lo que se evidencia claramente en
estructuras y prácticas organizacionales construidas bajo líneas de verticalidad y sometimiento, tan
acentuadas históricamente, que difícilmente permiten la evocación de distintas formas de gestión,
dificultando con esto las expresiones sociales que dan cuenta de procesos solidarios, democráticos
y finalmente propositivos.
Esta dimensión que claramente evoca una esfera ideológica dominante, postrada en el mercado
y la producción, permite comprender como se visibilizan establecimientos de poder expresados en
prácticas de control, que para el caso específico de las organizaciones se ve manifestado en todos
y cada uno de los procesos, procedimientos, estrategias y estructuras, en las que se propende por
el establecimiento de un ordenamiento y una disciplina, para lo cual resulta interesante como los
miembros de una sociedad respetan o legitiman dicha estructura (Bourdieu, 1991). En este sentido
la gestión hace parte directa de una construcción cultural en donde hoy fácilmente se establecen
categorías como las de trabajador flexible y disciplinado, como aquel que naturaliza la dominación y
las jerarquías como un asunto propio de la gestión moderna (García, 2006).Vale aclarar que hoy son
más explícitos los argumentos y los hechos que permiten situar la categoría de poder, como aquella
que se desarrolla en escenarios altamente inestables y críticos, en los que se descompone lo político
y se pulverizan las disputas sobre principios y directrices. (Beck, 1998).
Desde esta perspectiva, cabe la reflexión sobre la forma como se construyen y se orientan en la
práctica, nuevas formas organizacionales que a partir de concepciones alternativas e incluso con-
traculturales, operan como cuerpos organizacionales que resisten a los enviones y exigencias de las
estructuras convencionales de poder que bien pueden ser entendidas como una relación de fuerzas
que se definen en una serie de circunstancias propias de un contexto social (Foucault, 1992); es
decir que se advierten en el panorama de las organizaciones, nuevas formas de comprensión de la
gestión donde se resignifica lo político, lo cultural y finalmente lo humano intersubjetivo como ca-
tegoría fundamental en la comprensión de la realidad organizativa (Berger, 2003).
Germán Andrés Cortés Millán
Este concepto de resistencia tiene pertinencia solamente si se le atribuye a la cultura de poder
que permea las instituciones, una idea de incompletud y desestabilidad, que permita la generación
de movimientos que se reproducen para y desde la transformación, con lo cual se reivindica la idea
de cómo en lo popular y en lo cotidiano se consolidan nuevas estructuras de discurso sociopolítico,
organizacional y de gestión. (De Certeau, 1996). Además de esto el concepto de resistencia permite
connotar como en su vida cotidiana, los dominados resisten la dominación, creando espacios socia-
les lejos del control de los poderosos en los que se practica un discurso oculto que emerge cuando
existen manifestaciones expresas de movimientos y rebeliones (Zibechi, 2003). Para el caso concreto del estudio, se establece cómo esta nueva mirada crítica del modelo de
gestión, que históricamente se ha fundamentado por lógicas administrativas ancladas indiscutible-
mente en el modelo de producción (Valdés, 2008), se centra en el establecimiento de discursos
de resistencia, donde aparecen nuevos sujetos, nuevas identidades y nuevas denominaciones de lo
cultural. En este orden de ideas aparece como pertinente situar, en el contexto de la gestión y las
organizaciones, las distintas expresiones o manifestaciones que hacen alusión concreta a lo alternati-
vo, a lo crítico y a lo propositivo, entendidas estas como categorías que emergen en la comprensión
de una cultura cambiante y transformadora, que se incorpora en las formas de organización social y
política de la vida cotidiana.
Claramente América Latina se ha constituido como un escenario social donde las desigualdades e
inequidades en distintos sectores, se ponen permanentemente de manifiesto, producto del modelo
de economía mundial que socava los cimientos de las economías locales y de los Estados nacionales
(Beck, 2003), con lo que comienza a despertarse un espíritu colectivo cuya finalidad es hacer frente
a esas coyunturas, por medio de la conformación y desarrollo de movimientos sociales que redun-
darán en la construcción de formas alternativas para el trabajo. Este fenómeno que adquiere dimen-
siones sociales, políticas y económicas, ha sido denominado como “tercer sector” o nueva economía,
y en este participan especialmente sectores de la población que históricamente han sido excluidos
por la lógica estructural del modelo de mercado.
Es así como en el continente latinoamericano se comienzan a reproducir esfuerzos asociados a
nuevas formas de asociatividad, donde se destacan componentes que difícilmente se encuentran en las
perspectivas sujetas al modelo tradicional y dominante, es decir que se hace presencia desde organi-
zaciones con fines esencialmente solidarios, que resignifican nuevas posibilidades de relacionarse con
los mercados, el estado y las empresas tradicionales, en función de lograr la reproducción ampliada
de la vida de la naturaleza no humana y de la vida de todos los seres humano (Razeto, 2000). Desde
esta nueva lógica de la economía social, popular o solidaria se pretende contrarrestar las distintas
formas del capitalismo globalizado que dese décadas han deteriorado lo humano, privilegiando sola-
mente la categoría de consumo, así como los recursos y los procesos en los cuales se hace presente.