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El segundo Sermón del Monte

EL LAZO QUE CONECTA el pasado con el futuro, entre lo cumplido y lo que queda por cumplir, se hallará en el Evangelio de Mateo.

Las principales promesas mesiánicas quedan agrupadas en dos grandes clases, conectadas respectivamente con los nombres de David y Abraham, y el Nuevo Testamento abre sus páginas con el relato del nacimiento y del ministerio del Mesías como el «Hijo de David, Hijo de Abraham»,1 porque en un aspecto de Su obra El «se puso al servicio de los de la circuncisión para mostrar la verdad de Dios, para confirmar las promesas hechas a los padres».2 La pregunta de los Magos, «¿dónde está el que ha nacido rey de los judíos?», suscitó una esperanza que constituía una parte de la política nacional de Judá; e incluso el indigno Idumeo que entonces usurpaba el trono era sensible a su significado: «Herodes se turbó, y toda Jerusalén con

él».3

1. Mt. 1:1.

2. Ro. 15:8.

3. No debe imaginarse que al rey le moviera ninguna emoción do tipo religioso. El anuncio de los Magos fue para él lo que el nacimiento de un heredero es para un presunto heredero. Los Magos le preguntaron: «¿Dónde está el que ha nacido Rey

de los Judíos"?» Por ello, la pregunta de Herodes al Sanedrín fue: «¿Dónde había

de nacer el Cristo?» Y, al serle mencionada la profecía que indicaba Belén de una manera tan clara, decidió destruir a todos los niños de corta edad en aquella ciudad y distrito. Herodes y el Sanedrín no habían aprendido a espiritualizar las profecías.

Y cuando la proclamación se hizo después, primero por parte de Juan al Bautista, y al final por el mismo Señor y por Sus apóstoles, «el reino de los cielos se ha acercado», los judíos conocían bien su importancia. No se trataba del «Evangelio» tal y como lo entende- mos en la actualidad, sino el anuncio del inminente cumplimiento de la profecía de Daniel.4 Y este testimonio tuvo un doble acompaña- miento. «El Sermón del Monte» es registrado como incorporando las grandes verdades y principios asociados con el Evangelio del Reino; y los milagros que le seguían daban prueba de que todo ello era divino. Y en las primeras etapas del ministerio de Cristo, Sus mila- gros no estaban reservados a aquellos cuya fe respondía a Sus pala- bras; la única cualificación que se demandaba era que el receptor tenía que pertenecer a la raza favorecida.

No vayáis por camino de gentiles, ni entréis en ciudad de samari- tanos, sino id más bien a las ovejas perdidas de la casa de Israel. Y al ir, predicad, diciendo: El reino de los cielos se ha acercado. Sanad enfermos, limpiad leprosos, resucitad muertos, echad fuera demonios; de regalo recibisteis, dad de regalo.5

Tal fue la comisión que los doce se dedicaron a cumplir a través de aquel pequeño país, a cada rincón en los que la fama de su Maestro ya les había precedido.6

Pero el veredicto de la nación, por medio de sus líderes acreditados y responsables, fue el de rechazar Sus afirmaciones mesiánicas.7

4. Cp. Pusey, Daniel, p. 84.

5. Mt. 10:5-8. El capítulo es profético, siguiendo el carácter de este libro, y llega en su testimonio hasta los últimos tiempos (ver p. ej. v. 23).

6. Mt. 4:24-25.

7. En nuestra propia época los judíos han tenido la temeridad de publicar una traducción de la Mishná, y el lector que lea sus tratados puede juzgar con qué des- precio y repulsión el Señor tuvo que haber contemplado la religión de aquellos hombres miserables. El tratado Sabbath permitirá un invalorable comentario sobre el capítulo 12 de Mateo. La Mishná es una compilación de las tradiciones orales de los rabinos, ejecutada en el siglo II d.C, para impedir que quedasen perdidos a causa de la diáspora; las mismas tradiciones, muchas de ellas, que prevalecían cuando el Señor estaba en la tierra, y que condenó con tan pocas contemplaciones

Los hechos y palabras de Cristo recogidas en el capítulo doce de Mateo constituyeron una condena abierta y deliberada y un desafío a los fariseos, y la respuesta de ellos fue la de reunirse en consejo solemne y decretar Su muerte.8

A partir de aquel momento Su ministerio entró en una nueva fase. Los milagros continuaron, porque Él no podía hallarse en presencia del sufrimiento y rehusar remediarlo; pero aquellos a los que de esta manera El bendecía eran ordenados «que no le descubriesen».9 El Evangelio del Reino cesó; Sus enseñanzas vinieron a ser camufladas en parábolas,10 y los discípulos tuvieron prohibido enseñar que Él era el Mesías.11

El capítulo 13 de Mateo es profético del estado de cosas que ha de dominar entre la época de Su rechazamiento y Su retorno en gloria para reclamar el puesto que en Su humillación se le negó. En lugar de la proclamación del reino, les enseñaba «los misterios del reino»12 Su

misión cambió de carácter, y en lugar de un rey venido a reinar, se describió a Sí mismo como un Sembrador sembrando semilla. De las parábolas que siguen, las tres primeras, pronunciadas a la multitud, describen el carácter y los resultados exteriores del testimonio en el

…Viene 7

como minando las Escrituras, pues entonces como ahora los judíos las aceptaban como poseyendo aprobación divina (Cp. Jewish Cal., Introduc. de Lindo; History

of the Jews de Milman, libro XVIII).

8. Mt. 12:1-4.

9. Mt. 12:16.

10. Mt. 13:3, 13. «Por la expresión en Marcos, comparada con la pregunta de los discípulos en el versículo 10 --y con el versículo 34-- parece ser que éste fue el

preciso momento en que el Señor empezó a enseñar en parábolas por vez primera,

expresamente dadas como tales, y propiamente así llamadas. Y la secuencia natural de las cosas concuerda aquí y confirma la disposición del relato de Mateo en contra de aquellos que los situarían (como Ebrard) entero antes del Sermón del Monte. Allí El habló sin parábolas, o principalmente sin ellas; y así continuó hasta que el rechazo que sufrió y la mala comprensión de Sus enseñanzas le llevaron a adoptar este rumbo judicialmente, tal como aquí se indica, Alford, Greek Testament, Mt. 13:3.

11. Mt. 16:20.

12. Mt. 13:11.

mundo; las tres últimas, dirigidas a los discípulos,13 hablan de las realidades escondidas reveladas a mentes espirituales.

Pero estas mismas parábolas, mientras que enseñaban a los

discípulos, de la manera más clara, que todo quedaba pospuesto de lo que los profetas les habían enseñado a esperar en relación con el Reino, les enseñó de una manera no menos clara que el día vendría con toda seguridad cuando todo se cumpliría; cuando la maldad sería desarraigada, y el Reino establecido en justicia y paz.14 Así, ellos aprendieron que iba a existir una «edad» de la cual la profecía no había registrado su existencia, y otro «Advenimiento» a su final; y «el Segundo Sermón del Monte» fue la respuesta del Señor a la pregunta: «¿Cuál será la señal de Tu venida, y del fin de esta época?»15

El capítulo 24 de Mateo ha sido bien descrito como «la clave de la interpretación apocalíptica», y «la piedra de toque de los sistemas apocalípticos».16

El versículo 15 especifica un evento que marca una época, por la cual podemos conectar las palabras del Señor con las visiones de Juan, y ambas con las profecías de Daniel.

El pasaje entero es, evidentemente, profético, y su cumplimiento pertenece claramente a los tiempos del fin. La aplicación más plena y definida de las palabras tiene que ser así para aquellos que van a ser testigos de su cumplimiento.

13. Como también lo fueron las interpretaciones de las parábolas del Sembrador y de la Cizaña.

14. Mt. 13:41-43.

15. Mt. 24:3. «Y estando él sentado en el monte de los Olivos, los discípulos se le acercaron aparte.» Cp. con Mt. 5:1: «Subió al monte; y sentándose, se acercaron a Él sus discípulos.»

El Sermón del Monte desarrolló los principios sobre los cuales se establecería el Reino. Habiendo sido rechazado el Rey por la nación, el segundo Sermón del Monte expone los sucesos que tienen que preceder a Su retorno.

Es a ellos que se dirige especialmente la advertencia de que no sean engañados por una falsa esperanza del retorno inmediato de Cristo.17

Una serie de terribles sucesos ha de tener lugar todavía; pero «todo esto será el principio de dolores»; «pero aún no es el fin». La duración de estos «dolores» no se revela. El primer signo seguro de que el fin está cerca será el advenimiento de la prueba más terrible que hayan conocido jamás los redimidos sobre la tierra. El cumpli- miento de la visión de Daniel de la contaminación del Santuario ha de ser la señal para la huida inmediata; «porque habrá entonces gran

tribulación»,18 que no habrá tenido paralelo ni siquiera en la historia

del judaísmo. Pero como ya se ha señalado, esta última gran perse- cución pertenece a la segunda mitad de la semana septuagésima de Daniel,19 y por ello permite un punto de referencia por el que pode- mos determinar el carácter y fijar el orden de los principales sucesos que marcan las escenas finales predichas en la profecía.

Con la clave así obtenida del Evangelio de Mateo, podemos diri- girnos confiadamente al estudio de las visiones apocalípticas de Juan. Pero primero se debe reconocer claramente que en el capítulo 24, como en el libro de Daniel, Jerusalén es el centro de la escena con la que se relaciona la profecía; y esto, necesariamente, implica que los judíos habrán sido restaurados a Palestina antes del tiempo de su cumplimiento.20

Las objeciones basadas en la supuesta improbabilidad de tal suceso quedan suficientemente contestadas señalando la relación entre pro-

17. Mt. 24:4-6. Esto es, la etapa final de Su advenimiento no Su venida tal cual está profetizada en la 1a Ts. 4 y en otros lugares, la cual no tiene ningún signo que la preceda. Ver la p. 163. Referir el v. 5 a los tiempos de Bar Cochba constituye un anacronismo evidentísimo. La referencia primaria en los vv. 15-20 y, por ello, a la porción más anterior de esta profecía, era el período que finalizaba con la destruc- ción de Jerusalén.

18. V. 15-21. Cp. con Dn. 12-1. Ver p. 113.

19. Ver p. 113.

20. La cuestión de la restauración de ellos a la posición de bendición ya se ha considerado en páginas precedentes. Ver pp. 159-161.

profecía y milagro.21 La historia de la raza abrahámica, con la que la profecía se relaciona tan estrechamente, es poco más que el registro de interposiciones milagrosas.

Su salida de Egipto fue milagrosa. La entrada de ellos a la tierra prometida fue milagrosa. Sus tiempos de prosperidad y de adver- sidad en aquella tierra, sus servidumbres y sus liberaciones, sus conquistas y sus cautividades, fueron todas milagrosas. Toda la historia desde el llamamiento de Abraham hasta la construcción del Templo constituyó una serie de milagros. Este período constituye tanto el principal objeto de los historiadores sagrados que poca cosa más queda registrada... No hay historiadores en el sagrado volumen del período en que se retiró la intervención milagrosa. Después de la declaración por medio de Malaquías de que un mensajero sería enviado para preparar el camino, el siguiente suceso registrado por un escritor inspirado es el nacimiento de aquel mensajero. Pero del intervalo de 400 años entre la promesa y su cumplimiento no se da ningún relato.22

Los setenta años desde el nacimiento del Mesías hasta la dispersión de la nación fueron fructíferos en milagros y en cumplimiento de profecías. Pero la existencia nacional de Israel es como si fuera el escenario único donde el drama de la profecía puede representarse en su plenitud; y desde la era apostólica hasta nuestra era presente no se puede apelar a ni un solo evento público que dé una prueba indispu- table de intervención inmediata de parte de Dios en esta tierra.23 Un cielo silencioso es una de las características principales de la dispensación en la que nuestra suerte ha sida echada. Pero la historia

21. Es algo asombroso considerar que desde que este libro fue escrito (fue

publicado en 1882), Israel ha sido ya restaurado, y que Dios se valió de las

atrocidades cometidas por el régimen de Hitler para acelerar la emigración de los judíos a Palestina, donde en 1948 proclamaron el Estado de Israel. Sal. 76:10. (N. del T.)

22. Clinton, Fasti H., vol. i, p. 243.

23. Existe, sin duda alguna, lo que puede llamarse el milagro privado de la conversión individual, y el creyente tiene prueba trascendente no sólo de la existencia de Dios, sino además de Su presencia y poder con los hombres (ver pp. 57-60).

de Israel tiene que ser aun completada; y cuando aquella nación salga de nuevo a escena, el elemento de interposición milagrosa volverá de nuevo a marcar el curso de los eventos en la tierra. Por otra parte, la analogía del pasado nos guiará a esperar un solapamiento en el paso de una dispensación a la otra, más bien que una transición brusca; y la cuestión es de particular interés, en líneas generales, de si los sucesos actuales no están llevando a esta consumación misma, la restauración de los judíos en Palestina.

La decadencia del poder musulmán es uno de los hechos públicos más patentes; y si el desmembramiento del Imperio Turco se retrasa aún, ello es debido enteramente a los celos mutuos entre las naciones de Europa, cuyos intereses rivales parecen hacer imposible una distri- bución amistosa de sus territorios. Pero la crisis no puede retrasarse indefinidamente; y cuando ésta llegue, la cuestión de la máxima importancia, siguiente en importancia a la de Constantinopla, será: ¿y qué ha de ser de Palestina? Es improbable en alto grado una anexión por parte de cualquier estado Europeo. El interés de varias de las potencias principales lo impide. Así, el camino quedará abierto a los judíos, cuando sus inclinaciones o su destino les devuelvan de nuevo a la tierra de sus padres. No solamente dejaría de impedirles su retorno cualquier influencia hostil, sino que las probabilidades del caso (y en esto estamos tratan-do de probabilidades)24 están en favor

de la colonización de Palestina por aquel pueblo a quien histórica- mente le pertenece. Hay razones para creer que ya ha empezado un movimiento de este tipo; y si, ya sea debido a que el Cercano Oriente llegue a ser lugar de paso a la India, o por alguna otra causa, surgiera la prosperidad en cierto grado a aquellas costas que fueron en su tiempo el centro comercial del mundo, los judíos emigrarían hacia allí por miles desde todos los países.

24. Es digno de notar cómo Sir Anderson distingue entre meras probabilidades y la brillante exposición de las Escrituras mismas. Es curioso ver que, al final, la emigración judía a Palestina se efectuó contra viento y marea, y frente a la oposi-

ción del mismísimo país de Sir Anderson, Inglaterra, que no quería malquistarse a

los árabes y su posible influencia en la región. Ciertamente, los judíos fueron conducidos a Israel no por circunstancias favorables, sino a pesar de todas las imposibilidades. (N. del T.)

Es cierto que colonizar un país es una cosa, mientras que crear una nación es algo muy distinto. Pero el testimonio de las Escrituras es explícito de que la independencia25 nacional de Judá no ha de ser

conseguida mediante la diplomacia ni la espada. Jerusalén ha de permanecer bajo supremacía gentil hasta aquel día en que se cumplan las visiones de Daniel. En el lenguaje de las Escrituras, «Jerusalén

será pisoteada por los gentiles, hasta que los tiempos de los gentiles se cumplan».26 Pero mucho antes de ello la Cruz tiene que suplantar a la Media Luna en Judea, pues si no es increíble que la Mezquita de Omar deje su puesto al Templo Judío en el Monte Sión.27

Si la operación de causas como las anteriormente indicadas, juntamente con la decadencia del poder musulmán, guiara a la formación de un protectorado en un estado judío en Palestina, posiblemente mediante la ocupación militar de Jerusalén por o para alguna de las potencias Europeas, no se precisaría de nada más que suponer un avivamiento religioso entre los judíos, para preparar el camino al cumplimiento de las profecías.28

25. Aquí, desdichadamente, se confunde independencia nacional con la soberanía sobre Jerusalén. En 1948 los judíos consiguieron lo primero, pero no la soberanía sobre la Jerusalén propia, la Ciudad de David, en la que entraron en 1967. En efecto, desde el punto de vista de Dios, Jerusalén «el lugar que Jehová tu Dios escogiere para poner allí Su nombre» es el monte de Sión, y en particular la era de Arauna Jebuseo, el lugar del Templo, que tiene en su centro la Mezquita de Omar, lugar santo del Islam, y en otros rincones la Mezquita de El Aqsa y la Casa del

Tesoro, o Qubbet es Silsile. Estos lugares, precisamente en el área del Templo,

están aún bajo soberanía y protección del Islam, y, desde el punto de vista objetivo,

Jerusalén continúa estando pisoteada por los gentiles. Así, aunque los judíos están

ya de vuelta a Israel, y poseen la ciudad de Jerusalén, el elemento definitorio de la ciudad y que realmente define al judaísmo como tal, la adoración judía en el Templo, está aún fuera del alcance de ellos, y está esperando al tiempo que Dios ha marcado. (N. del T.)

26. Lc. 21:24. Esto es, hasta después del período durante el cual la soberanía terrena, confiada a Nabucodonosor hace veinticinco siglos, tiene que permanecer entre los gentiles (ver p. 73).

27. Ver nota 25.

28. El siguiente extracto de la Jewish Chronicle del 9 de noviembre de 1849 es citada en Ten Kingdoms del señor Newton (2.a ed., p. 401): «Los potencias europeas no tendrán que preocuparse por restaurar a los judíos individual o

«Dios no ha desechado a Su pueblo»; y cuando la actual dispen- sación cierre sus páginas, y el gran propósito para lo que fue intro- ducida haya quedado satisfecho, los cabos sueltos de la profecía y de la promesa volverán a ser anudados, y la dispensación históricamente interrumpida en los Hechos de los Apóstoles, cuando Jerusalén era el centro designado por Dios para Su pueblo sobre la tierra,29 volverá a seguir su curso. Judá volverá a ser una nación, Jerusalén será

restaurada, y se volverá a construir aquel templo en el que ha de erigirse «la abominación de la desolación».30

…Viene 28.

colectivamente. Désele a Palestina una constitución como la de los Estados Unidos... y los judíos se restaurarán a sí mismos. Ellos volverían alegre y confiadamente, y allí esperarían piadosamente hasta que un Mesías inspirado celestialmente venga, quien tiene que restaurar la luz mosaica a su esplendor original.

29. Los gentiles eran entonces admitidos dentro del círculo, no como iguales, sino en cierto sentido como prosélitos que habían sido aceptados en el seno de la nación. La Iglesia era esencialmente judía. El templo era el lugar en que se encontraban (Hch. 2:46; 3:1; 5:42). El testimonio de ellos estaba en consonancia con las antiguas profecías de la nación (Hch. 3:19-26, ver p. 108), e incluso cuando fueron dispersados por la persecución, los apóstoles permanecieron en la metrópolis, y aquellos que habían sido dispersados predicaban tan sólo a los judíos (Hch. 8:1, 4,