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La plenitud de los gentiles

LA PRINCIPAL CORRIENTE de profecía se desliza por el canal de la historia hebrea. Ello es ciertamente verdadero en toda la revelación. Once capítulos de la Biblia bastan para cubrir los dos mil años anteriores a la llamada de Abraham, y el resto del Antiguo Testa- mento se relaciona con la raza abrahámica. Si por un corto espacio de tiempo la luz de la revelación descansó sobre Babilonia o Susa, ello fue debido a que Jerusalén estaba desolada, y a que Judá estaba en el exilio. Por un tiempo los gentiles han obtenido el principal puesto en la bendición sobre la tierra; pero ello es enteramente anómalo, y el orden normal en los tratos de Dios con el hombre va a ser restaurado. «Que ha acontecido a Israel endurecimiento en parte, hasta que haya entrado la plenitud de los gentiles; y así todo Israel será salvo, como está escrito.»1

1. Ro. 11:25, 26. No se debe de confundir la llegada de la plenitud de los gentiles con el cumplimiento de los tiempos de los gentiles (Le. 21:24). Lo primero se refiere a bendición espiritual, lo segundo al poder terrenal. Jerusalén no debe ser la capital de una nación libre, independiente del poder gentil, hasta que el Hijo de David venga a reclamar el cetro. Ver nota n.° 25 de p. 174.

Las Escrituras están llenas de promesas y profecías en favor de esta nación, ni una de ellas ha tenido todavía su cumplimiento. Y mientras que se hace de la apasionada poesía, en que muchas de las antiguas profecías están moldeadas, un pretexto para tratarlas como descripciones hiperbólicas de las bendiciones del Evangelio, no se puede apelar a la misma excusa en el caso de la Epístola a los

Romanos. Escribiendo a los gentiles, el apóstol de los gentiles razona allí este asunto en presencia de los hechos de la dispensación gentil. Las ramas naturales de la raza de Israel han sido rotas del olivo de los privilegios y bendiciones terrenas, y, «contra naturaleza», se han puesto en su lugar las ramas de olivo silvestre de sangre gentil. Pero a pesar de la amonestación del apóstol, nosotros, los gentiles, hemos llegado a ser «sabios en nuestra propia soberbia», olvidando que el olivo «de cuya raíz y rica savia» participamos, es esencialmente hebreo, porque «los dones y el llamamiento de Dios son irrevo- cables».

Las mentes de la mayor parte de las personas están esclavizadas a los hechos normales de su experiencia diaria. Las profecías de un Israel restaurado les parecen a muchos tan increíbles como las predicciones de los presentes triunfos de la electricidad y del vapor hubieran podido parecer a nuestros antepasados hace un siglo.2 Mientras que se aparenta independencia al juzgar de esta manera, la mente da solamente prueba de su propia impotencia e ignorancia. Además, la posición que los judíos han mantenido durante dieciocho siglos es un fenómeno que por sí mismo desmonta cualquier aparente presunción en contra del cumplimiento de las profecías.

No se trata aquí de cómo una falsa religión como la de Mahoma puede mantener un frente sin fisuras en presencia de una fe verda- dera; el problema es muy distinto. No solamente en la edad pasada, sino también al principio de la presente dispensación, los judíos gozaron de una preferencia en la bendición, que, en la práctica, llegaba a significar casi un monopolio del favor de Dios. En su infancia la Iglesia cristiana era esencialmente judía.

2. Reiteramos aquí que esta obra fue escrita en 1882, cuando el imperio turco era señor y dueño de la Tierra Prometida. (Ñ. del T.)

Los judíos bajo su techo se contaban por miles, los gentiles por decenas. Y a pesar de ello, este mismo pueblo llegó a ser, y por dieciocho siglos lo ha continuado siendo, más muerto a la influencia del Evangelio que cualquier otra clase de personas en el mundo. ¿Cómo puede darse razón de «este misterio», como lo denomina el apóstol, excepto de la manera en que las Escrituras lo dan, o sea, que la era de la gracia especial a Israel se cerró con el período histórico de los Hechos de los Apóstoles, y que desde aquel período de su historia «ha acontecido a Israel endurecimiento en parte?»

Pero esta misma palabra, la verdad de la cual queda tan claramen- te probada por los hechos públicos, continúa declarando que este endurecimiento judicial ha de continuar solamente «hasta que haya entrado la plenitud de los gentiles»; y el inspirado apóstol añade: «Y así todo Israel será salvo; como está escrito: Vendrá de Sión el Libertador, que apartará de Jacob la impiedad. Y éste será mi pacto con ellos.»3

Pero puede preguntarse, con toda la razón: ¿no implica ello meramente que Israel será introducido a las bendiciones del Evangelio, y no que los judíos serán bendecidos bajo un principio que es totalmente inconsistente con el Evangelio? El cristianismo, como sistema, asume el hecho de que en una edad anterior los judíos poseían un puesto peculiar de bendición: «Cristo Jesús se puso al

servicio de los de la circuncisión para mostrar la verdad de Dios,

para confirmar las promesas hechas a los padres, y para que los gentiles glorifiquen a Dios por Su misericordia.»4 Pero los judíos han perdido su peculiar terreno debido al pecado, y ahora se hallan sobre el terreno común de una humanidad arruinada. La cruz ha derruido «la pared intermedia de separación» que les separaba de los gentiles. Ha nivelado todas las diferencias. Con respecto a la culpabilidad «no hay diferencia, por cuanto todos pecaron»; y en cuanto a misericordia «no hay diferencia entre judío y griego, pues uno mismo es el Señor de todos, que es rico para con todos los que le invocan».

3. Ro. 11:25, 26. No cada israelita, sino Israel como nación (Alford, Greek

Testament, in loco).

4. Ro. 15:8, 9.

Entonces, si no hay diferencia, ¿cómo puede Dios dar bendición bajo un principio que implica que hay una diferencia? En una palabra, el cumplimiento de las promesas a Judá sería totalmente inconsistente con las verdades distintivas de la dispensación actual. La cuestión que aquí tratamos es una de inmensa importancia, y reclama nuestra consideración más dedicada. Tampoco es suficiente aseverar que el undécimo capítulo de Romanos supone que en esta época el gentil posee una ventaja, aunque ésta no constituya una prioridad, y que, por lo tanto, Israel puede disfrutar del mismo privilegio después de ello. Constituye parte de la misma revelación que, aunque la gracia desciende al gentil allí donde él se halla, no le confirma en su posición como gentil, sino que le eleva de este

terreno, y le desnacionaliza; porque en la Iglesia de esta dispensación «no hay judío ni griego».5 Por el contrario, las promesas hechas a Judá implican que la bendición llega al judío como judío, no tan sólo reconociendo su posición nacional, sino confirmándolo en ella. Por ello, la conclusión es inevitable, que antes de que Dios pueda actuar así, debe haber cesado la especial proclamación de la gracia en la presente dispensación, y se debe haber inaugurado un nuevo prin- cipio en los tratos de Dios con la humanidad.

Pero aquí sólo parece que las dificultades se multipliquen y se hagan mayores. Pues, podría preguntarse: ¿nuestra dispensación no sigue su curso hasta el retorno de Cristo a la tierra? ¿Cómo pueden ser hallados los judíos a Su venida sobre un terreno de bendición

nacional, del mismo tipo del que mantenían en una era pasada?

Todos deberán admitir que las Escrituras parecen enseñar que éste será el caso.6 La cuestión aún es planteada de si éste es el significado que realmente tiene. ¿Hablan las Escrituras de alguna crisis en rela- ción a la tierra, que tenga que tener lugar antes «del día en que el Hijo del hombre se manifieste»?

5. Gá. 3:28. Comparar esto con las palabras del Señor en Juan 4:22 «la salvación viene de los judíos».

6. En prueba de ello se puede apelar a estas mismas profecías de Daniel; y otras pro- fecías testifican de ello de una manera más llana aún, particularmente el libro de Zacarías.

Nadie que busque diligentemente la respuesta a esta cuestión puede dejar de quedarse impresionado por el hecho de que a primera vista parece haber una cierta confusión en las afirmaciones de las Escri- turas a este respecto. Ciertos pasajes afirman que Cristo volverá a la tierra, y que estará de pie en el mismo monte de los Olivos donde sus pies lo tocaron por última vez antes de que ascendiera a Su Padre;7 y otros nos dicen de la manera más llana que El vendrá, no a la tierra, sino al aire por encima de nosotros, y llamará a Su pueblo a encon- trarse allí con El, y para estar con Él.8 De nuevo, estas Escrituras nos demuestran de la manera más clara que es Su pueblo creyente que será «arrebatado hacia arriba»,9 dejando que el mundo siga su curso hasta su juicio; mientras que otras Escrituras nos afirman de manera igualmente inequívoca que no es Su pueblo, sino los malvados los que serán entresacados, dejando a los justos que «resplandecerán como el sol en el reino de Su Padre».10 Y parece que la confusión aumenta cuando notamos que las Sagradas Escrituras parecen señalar a los justos que van a ser así bendecidos en ocasiones como judíos, y en ocasiones romo cristianos de esta dispensación en la cual el judío es rechazado por Dios. Esas dificultades admiten tan sólo una solución, una solución tan satisfactoria como sencilla; la de que lo que llamamos la segunda venida de Cristo no es un solo evento, sino que incluye varias y distintas manifestaciones. En la primera de ellas, El llamará a Sí mismo a todos los justos muertos, juntamente con Su pueblo propio que esté entonces viviendo sobre la tierra. Con este evento cesará el día especial «de la gracia», y Dios volverá otra vez a «los pactos» y las «promesas», y aquel pueblo a quien le pertenecen los pactos y las promesas11 volverá a ser de nuevo el centro de la acción divina hacia la humanidad. Todo lo que Dios ha prometido queda dentro del campo de las esperanzas del creyente;12 pero éste es su horizonte próximo.

7. Zac. 14:4; Hch. 1:11, 12. 8. 1a Ts. 4:16, 17.

9. Ibid., 1.a Co. 15:51, 52.. 10. Mt. 13:40-43.

11. Ro. 9:4. 12. «Pero esperamos, según su promesa, cielos nuevos y tierra nueva» (2.a P. 3:13). Largas épocas de tiempo e innumerables suce- sos deben tener lugar antes de la consecución de esta esperanza.

Todas las cosas esperan este cumplimiento. Antes del retorno de Cristo a la tierra son muchas las páginas de las Escrituras que han de cumplirse, pero ni tan sólo una línea de las Escrituras se interpone ante la realización de esta esperanza especial de la Iglesia, de Su venida para tomar a Su pueblo consigo mismo. Aquí tenemos, pues, la gran crisis que pondrá fin al reino de la gracia, y que introducirá los predeterminados ayes del más fiero juicio sobre la tierra —«días de venganza, para que se cumplan las cosas que están escritas».13 La objeción de que una verdad de esta magnitud hubiera sido afirmada con una claridad más dogmática es olvidar la distinción entre enseñanza doctrinal y proclamación profética. La verdad de la segunda venida pertenece a la profecía, y las afirmaciones de las Escrituras respecto a ella están marcadas por las mismas caracte- rísticas que marcaron las profecías del Antiguo Testamento acerca del Mesías.14

«Los sufrimientos de Cristo, y las glorias que vendrían detrás de ellos» fueron predichos de tal manera que un lector superficial de las antiguas Escrituras no hubiera advertido que iban a haber dos venidas del Mesías. E incluso el estudiante cuidadoso, si no hubiera estado versado en el esquema general de la profecía, hubiera podido suponer que las dos venidas, aunque moralmente distintas, debían estar ínti- mamente conectadas en el tiempo. Así es con respecto a la venida futura. Algunos contemplan la segunda venida como un solo evento; otros reconocen su verdadero carácter, pero dejan de ver el intervalo que tiene que separar su primera etapa de la última. Una aprehensión inteligente de la verdad con respecto a esto es esencial para la recta comprensión de la profecía aún sin cumplir.

Pero, habiendo ya fijado así claramente estos límites básicos para que nos guíen en nuestro estudio, no podemos dejar de reprochar intensamente los intentos de llenar el intervalo con mayor precisión que lo que exigen las Escrituras.

13. Lc. 21:22.

14. Para un tratado admirable acerca de estas características de la profecía, ver

Existen eventos definidos que han de tener su cumplimiento, pero nadie puede dogmatizar con respecto al instante o manera de su cumplimiento. Ningún cristiano que estime rectamente el asombroso peso de sufrimiento y pecado que cada día que pasa añade a la culpabilidad y al sufrimiento de este mundo, puede dejar de ver que ciertamente el fin puede estar cerca; pero que no se olvide del gran principio de que «la longanimidad de nuestro Señor es para

salvación»,15 ni del lenguaje de los Salmos, «porque mil años delante de tus ojos son como el día de ayer que pasó, y como una de las vigilias de la noche».16 Hay mucho en las Escrituras que parece justificar la esperanza de que la consumación no se retardará pero, por otra parte, no es poco lo que sugiere el pensamiento de que antes de que se cumplan estas escenas finales, la civilización habrá retor- nado a su antiguo hogar en Oriente y, quizás, que una Babilonia restaurada habrá llegado a ser el centro de progreso humano y de religión apóstata.17

Mantener que todavía tienen que transcurrir largas edades sería tan injustificado como lo son las predicciones hechas tan confiadamente de que todo se cumplirá dentro de nuestro siglo. Es tan sólo en cuanto a la profecía que queda dentro del campo de las setenta semanas de Daniel que entra en el reino de la cronología, y la visión de Daniel se relaciona principalmente con Judá y Jerusalén.18

15. 2a P. 3:15.

16. Sal. 90:4.

17. Isaías 53 parece conectar la caída final de Babilonia con el gran día que se aproxima (cp. los versículos 1, 9, 10, 19); y en Jeremías 1, el mismo suceso queda relacionado con la futura restauración y unión de las dos casas de Israel (v. 20). Pero presento la sugerencia solamente como un caveat en contra de la idea de que ya hemos llegado a los últimos días de la dispensación. Si la historia de la cristiandad tuviera que llenar otros mil años, esta espera no desacreditaría en absoluto la verdad de una sola afirmación de las Sagradas Escrituras.

18. Desde luego, ninguna de las visiones de Daniel presenta una extensión mayor. Isaías, Jeremías, y Ezequiel tratan de Israel (o las diez tribus); pero Daniel trata solamente de Judá.