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Al comenzar el siglo XX la mayoría de los más importantes microorganismos habían sido ampliamente estudiados y la teoría del origen microbiano de la enfermedad infec- ciosa era aceptada de manera universal. A estos hallazgos de carácter etiológico, se ha- bían sumaron los que resultaron de otros estudios que revelaron el papel de los vectores o intermediarios en la transmisión de esas enfermedades. En 1890, cuando C.V. Chapin [45], publico su clásico libro The Sources and Models of Infección, el rol del portador sano en las enfermedades infecciosas ya estaba bien establecido. Asimismo, se demos- tró el importante papel del animal vector en la cadena de transmisión de las enfermeda- des transmisibles, como la malaria y la fiebre amarilla.

El mejor método de control de la malaria fue un tema de fuerte debate durante las pri- meras décadas del siglo XX. Battista Grassi, sugería la apretada malla de protección contra la picadura del mosquito. Robert Koch, pensaba que era posible erradicar la ma- laria, dando de manera profiláctica la quinina. Ross no estaba de acuerdo con estas dos opiniones. S. P. James opinó que la malaria sólo desaparecería con la mejora de la vi- vienda y la separación de los mosquitos de los seres humanos; de esta manera, la mala- ria se consideraba una enfermedad social y, por tanto, el remedio era mejorar las con- diciones de vida de las poblaciones expuestas: mejoramiento de la vivienda, nutrición, salud y educación, junto con modernas prácticas agrícolas. Se asumía que este mejora- miento había sido la causa de la desaparición de la malaria en el norte de Europa e In- glaterra. En efecto, de 10.000 casos ingresados en el Hospital St. Thomas de Londres, entre 1860 y 1870, solo se registraba cuatro o cinco casos anuales alrededor de 1925. También alguien opinaba que no se debía hacerse nada, para permitir el desarrollo de la inmunidad, incluso a costa de una vida de algunos jóvenes [47, 48].

Por otro lado, las desastrosas consecuencias de la malaria para los ejércitos contendien- tes en la Primera Guerra Mundial estimularon las investigaciones correspondientes que condujeron a los dos primeros quimioprofilácticos de síntesis efectivos contra la mala- ria: la pamaquina en la década de 1920 y la cloroquina en los años treinta. A esta lucha contra la malaria contribuyeron grupos de investigadores y sanitarios de muchos países cuyos conocimientos y experiencias se intercambiaban y validaban o no, en reuniones de expertos [47, 48].

A comienzos del siglo XX la reinterpretación científica de la malaria, junto a la aplica- ción de algunos postulados de la Medicina Social, que subrayaba la importancia de las causas sociales de las enfermedades y propugnaba reformas sociales para atajarlas, dotó a la acción sanitaria de una racionalidad instrumental más agresiva. Se aceleró la intro-

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57 | P á g i n a ducción de medidas preventivas y “campañas antipalúdicas”. Las primeras campañas de control de la malaria, combinaban actuaciones contra las larvas de los mosquitos – que incluían drenaje de pantanos, modificación del suelo, proscripción de la agricultura ur- bana (papas y otros canto-y-surco de cultivo tipo) – con medidas de la protección per- sonal con mosquiteros, popularización de conocimientos sobre la malaria, protección metálica de las viviendas, y prevención con dosis generosas de quinina, que solía admi- nistrarse colectivamente a determinados grupos de riesgo, como los empleados de los ferrocarriles. Los esfuerzos se concentraban en las zonas urbanas [47, 48].

Algunos países promulgaron legislaciones estrictas, incluso draconianas, para garantizar la reducción de las fuentes. Esto requería que todos los dueños de casa, para evitar los criaderos de mosquitos, asegurase la limpieza de toda la vegetación que rodea la casa a una distancia de diez metros en todas las direcciones. Cualquier recipiente que podría posiblemente contener el agua y por lo tanto, proporcionar un sitio de cría debía ser reti- rado. Las inspecciones periódicas estaban a cargo del Departamento de Salud del Go- bierno, con el fin de garantizar el cumplimiento de la ley. Los hogares que no la acata- ban eran multados y el jefe de la familia podía ser encarcelado. También se exigía que todas las minas, canteras, empresas de riego y otras adoptaran medidas específicas para garantizar que los criaderos de mosquitos fueron destruidos.

En 1907, la Organización Panamericana de la Salud, en la III Conferencia Sanitaria Panamericana recomendó a los Gobiernos Miembros que se distribuyera extensamente información sobre el paludismo, se suministrara gratuitamente quinina a las personas carentes de recursos, se incluyera la enfermedad en los informes de las autoridades por- tuarias de salud y se eximiera de impuestos a todos los productos utilizadas para la pre- vención y tratamiento. Años después, la Organización de Higiene de la Sociedad de Naciones de Ginebra estableció, en 1923, la Comisión Internacional del Paludismo de la Sociedad de Naciones. En el segundo informe general de esta Comisión (1927) concluía que los conocimientos sobre la transmisión de la malaria por el mosquito no había con- tribuido a mejorar la lucha contra la enfermedad y que el enfoque viable era reforzar los sectores sanitarios privado y público a fin de reducir la mortalidad, duración y gravedad de la dolencia, se consideraba que la malaria era resistente al ataque frontal pero que, oportunamente, sucumbiría al mejorar las condiciones sociales de los habitantes de las regiones palúdicas [49]. Asimismo, tras la Primera Guerra Mundial fue decisiva la con- tribución de la Fundación Rockefeller, empresa filantrópica estadounidense, que desa- rrolló ambiciosos programas de lucha contra la malaria y otras plagas infecciosas en cooperación con distintos países de todo el planeta. Su poderío financiero y técnico aca- bó determinando que el abordaje de la malaria dominante durante el periodo de entre- guerras se basara exclusivamente en las medidas contra el mosquito vector [47, 48]. El período en que fue dominante este tipo de control correspondió a la primera mitad del siglo XX. Tipo de control denominado “ecológico-ambientalista” por R. Barradas, dado el papel central que se asignaba al medio ambiente [50].

“Predominaba la idea que la malaria se producía como la interacción de tres grupos de factores – unos de tipo etiológico, otros relacionados con el vector y otros vinculados con el huésped – todos mediados por el ambiente. Este último comprendía una serie de varia- bles y circunstancias que eran necesarias para la supervivencia de las poblaciones de plasmodios, anofelinos y seres humanos y que favorecían el contacto entre ellas, y eso permitía que se consolidara el llamado ‘mecanismo de reservorio’, es decir, que se instala-

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ra el ciclo de transmisión. El ambiente ocupaba el lugar de la estructura social y permitía la ‘naturalización’ del proceso de salud-enfermedad. Las diversas variables se estudiaban como un conjunto no estructurado de factores relacionados de manera lineal, pareada o secuencial” (R. Barradas, 1997, p. 337).

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