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Cap. 2° Campañas antimaláricas 1903-1935, Carlos Bustíos y Col.

37 | P á g i n a Desde finales del siglo XIX, e l d isc urso gubernamental sobre el impacto de la ende- mia malárica sobre la economía agrícola comenzó a cambiar. Las autoridades civilistas tenían que resolver con urgencia el problema de la pérdida de las dos fuentes principa- les de ingresos nacionales y fiscales: el guano y el salitre. Para ello era esencial el desarrollo de las haciendas y plantaciones de productos agrícolas de exportación, así como de la mayor afluencia de capitales extranjeros en nuevos espacios económicos. Es en esta situación de urgencia que la Ley de Colonización de Tierras de Montaña fue promulgada el 21 de noviembre de 1898. En ella se establecen incentivos para la colo- nización de la Selva y la transformación de los terrenos adjudicados en áreas de uso agrícola, así como se otorga gran importancia económica y sanitaria de la fuerza de tra- bajo andina. En 1903 el Ministro de Fomento, Dr. Manuel Barrios, al fundamentar la creación de la Dirección General de Salubridad, declaraba en la Cámara de Senado- res lo siguiente: “El paludismo, que en unión de la tuberculosis y el alcoholismo, cons- tituye el factor más poderoso de la morbilidad y mortalidad en los valles de la costa, de cuyos establecimientos agrícolas aleja a los inmigrantes y a los trabajadores de la sie- rra, es otra enfermedad infecciosa que puede ser también combatida” [3].

Frente al fracaso de las políticas inmigratorias orientadas a incrementar la llegada al Perú de operarios agrícolas extranjeros, la disponibilidad y productividad de la mano de obra andina adquirió una nueva importancia para los dueños de las haciendas y plantaciones que expandían sus áreas de cultivo, en zonas donde la malaria era endémi- ca. Para la captación de esta fuerza de trabajo se generalizó el uso el sistema de “ha- bilitación y enganche” ya comentado. Tales haciendas y plantaciones utilizaban tecno- logías intensas en mano de obra, en circunstancias que la oferta de ésta era cada vez más escasa con relación a su creciente demanda en los valles de la Costa [3].

Desde inicios del siglo XX, de manera paralela con la expansión de las haciendas y em- presas agrícolas, la migración temporal de los trabajadores agrícolas de la Sierra hacia la Costa se intensificó. También se prefería a la fuerza laboral serrana en las nuevas ha- ciendas de la Selva, debido a que, por lo general, los nativos selváticos no trabajaban disciplinadamente. Esta mayor demanda de fuerza laboral, de parte de las haciendas costeñas, se daba entre los meses de marzo y agosto, durante los períodos de siembra y cosecha, que coincidían, a su vez, con los de mayor densidad anofelina. Esta última fa- vorecida por los criaderos de mosquitos multiplicados por los efectos de la acumula- ción de agua estancada; similar acumulación existía casi todo el año en las nuevas plan- taciones de la Selva.

Pronto se hizo evidente que la alta exposición a estos riesgos epidemiológicos, sumada a la falta de experiencia inmunológica específica de gran parte de los operarios “engan- chados” provocaba pérdidas importantes, causadas por la malaria, en la disponibilidad física efectiva y en la productividad de esta fuerza de trabajo. Pérdidas que ponían en peligro la rentabilidad de las inversiones agrícolas y, por ende, el éxito de la política económica de los gobiernos civilistas. El año 1916, el Dr. Francisco Graña, catedrático de Higiene de la Universidad de Lima, destacaba las relaciones entre la frecuencia de la malaria y el tipo de cultivo agrario, opinando que la mayor barrera que bloqueaba el desarrollo de la agricultura de exportación en el país era esta enfermedad, en tanto difi- cultaba la migración de trabajadores indígenas a la Costa [14].

“Es la malaria, razón primaria de esa angustiosa y perpetua carencia de brazos para la agricultura, barrera limitadora de la inmigración de los indios a la costa…Desde luego, en

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los valles de la costa existe una perfecta relación entre la frecuencia de la enfermedad y el género del cultivo. Así, las zonas arroceras son profundamente palúdicas. Menos los cam- pos dedicados a la caña de azúcar y algodón; muy poco o nada aquellas en que se cultiva el maíz y las raíces. Y bien se sabe que el arroz y la caña fueron traídos por los españoles” (F. Graña, 1919, Tercera edición 1940, pp. 17-18)

La relación entre la incidencia de los casos importados de malaria y la generalización del sistema de enganche del trabajador ya era observado con preocupación por los mé- dicos titulares de las provincias andinas. M. Cueto cita a un médico titular de la ciudad andina de Cajamarca – de donde provenían los operarios enganchados para los cultivos de arroz de Lambayeque – cuando comentaba en el año 1915 que la malaria, antes in- frecuente en su jurisdicción, era en esos años “una enfermedad que afecta a numerosos hombres internados en el hospital; debido a que la costumbre de tomar peones a través del sistema de enganche se ha generalizado… cuando no pueden seguir físicamente con su trabajo (en valles de la Costa)… ellos retornan, debilitados con una terrible anemia producida por la malaria, a poblar el hospital de esta ciudad” [15].

Sin embargo, más allá del cambio en el discurso gubernamental y médico, la interven- ción oficial sobre el problema de la malaria se limitaría, por muchos años más, en la campaña de control en Chanchamayo (1907), la primera efectuada en el país, y en la formalización de normas legales y administrativas que, por lo general, no fueron cum- plidas. Al respecto de éstas y otras limitaciones a la intervención sanitaria, el mismo F. Graña criticaba: “Desde 1906 guardan los archivos parlamentarios un magnifico pro- yecto de ley de la profilaxia de las enfermedades infectocontagiosas. Esta base legal es el punto de partida de toda medida preventiva. Su aprobación fue impedida, sin em- bargo, a impulsos de un errado respeto a la libertad individual, que se creyó vulnerada por la declaración obligatoria y aislamiento… Cuando el individuo se convierte en un peligro para la colectividad, permitirle que propague sus males no es respetar su liber- tad, sino autorizar su daño” [14].

Percepción oficial del problema malárico entre 1919 y 1935

Al inicio del “oncenio” de Leguía las autoridades sanitarias reconocían que el palu- dismo era endémico en la Costa, en algunos valles de la Sierra y en todos los cen- tros poblados de la Selva, así como el incumplimiento de las normas de profilaxia del paludismo dictadas anteriormente. El año 1925, en cumplimiento de una Resolución Suprema del 10 de agosto de 1923 se publicó la obra Estudios sobre Geografía Médica

y Patología del Perú [16], con la autoría de los doctores Sebastián Lorente, Director de

Salubridad, y Raúl Flores, Director del Instituto de Vacuna y Seroterapia. En esta pu- blicación se trata, entre otros problema, el de la endemia malárica en la costa del Pe- rú, que es calificada como “uno de los más inquietantes problemas que hay que resol- ver en nuestro país, pues su extensión considerable y los estragos que ella produce en los pobladores de los valles, son causa de la decadencia de estas regiones agrícolas”.

“Tenemos seguramente mas de cien mil palúdicos en todo el territorio de la Costa, e im- portamos al país por año alrededor de 5,000 kilos de quinina por lo que pagamos alrede- dor de 3,000 libras peruanas. El Estado adquiere anualmente más o menos quinientos ki- los (10% de ese total) para su servicio sanitario, quinina que se reparte gratuitamente, y esto se sucede año a año… El precio que se vende la quinina en la mayor parte de las po- blaciones del Perú no permite a la gente pobre (sin acceso al servicio sanitario) que es la victima especial del paludismo, adquirir este producto en cantidad suficiente para su com-

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pleta curación” (Lorente y Flores, 1925, p, 103).

En el Prefacio de ese libro [16], los autores expresan de manera transparente las ideas etnográficas y sociales dominantes en el pensamiento de las autoridades sanitarias de la “Patria Nueva”, tal como lo podemos apreciar con la lectura de algunos párrafos de dicho Prefacio:

“ Una población… en la cual se mezclan varios factores étnicos que todavía no han con- seguido fusionarse… que mantiene… la más confusa y abigarrada heterogeneidad racial, una población formada, al menos en un 75%, por indígenas que el régimen económico- social derivado de la Conquista ha reducido a un grado extremo de miseria, de depresión e ignorancia; una población dispersa en un inmenso y en gran parte abrupto territorio, de viabilidad incipiente y escasa, en el cual los pueblos se encuentran separados por grandes distancias … que impiden que circulen… las corrientes de la Civilización; una población alojada en ciudades y caseríos que carecen generalmente de las más elementales condi- ciones de salubridad y de higiene… una población, en fin, rezagada en el camino del pro- greso sanitario, en la cual hay que mirar, sin embargo, el cimiento y el eje del engrande- cimiento nacional, que reclama del Estado la más vigilante, intensa y metódica acción de tutela de los intereses de su salud y de su vitalidad” (Lorente y Flores, 1925, p. ii).

Coincidiendo con Lorente y Flores en la magnitud del problema sanitario, en ese mismo año de 1925, la Comisión de Higiene de la Cámara de Diputados afirmaba sobre la malaria lo siguiente: “Es el más grave de todos los problemas por resolver en nues- tra actualidad sanitaria…. Despuebla nuestros valles, aniquila la raza, detiene el desarrollo de nuestras industrias costaneras, centros principales de la agricultura. La mayoría (de palúdicos) pertenece a la raza india y en ellos se presentan las formas más graves y por lo tanto de más alta mortalidad… Se opone a la inmigración inte- rior de la Sierra a la Costa…” [17, 18].

Dos años después, el Dr. Alberto L. Barton [19], –microbiólogo peruano, graduado en la Escuela de Medicina Tropical de Londres – expresaba, en una comunicación al Primer Congreso Nacional de Medicina, similar opinión a la emitida por esa Comisión con relación a la gravedad social del problema malárico:

“El paludismo es, sin duda, una de las más terribles plagas del Perú, aunque ignora- mos las cifras de los atacados, así como las pérdidas de vida que ocasionaba. Los r e- gistros de Lima… arrojan para el último quinquenio un promedio de 137.02 muertos por año;…el número de asistidos en sus hospitales alcanza a 3,900 durante el año 1926, no comprendiendo…a los asistidos en los consultorios gratuitos cuyo número… es mucho mayor. La letalidad por paludismo es pequeña… Sus efectos son, sin em- bargo, mucho más hondos… haciéndolo susceptible a otras infecciones de carácter mortal (…) Hay que reconocer, sin embargo que la importancia… es principalmente de órden económico. Sus consecuencias se dejan sentir de modo especial, en la agr i- cultura. La prosperidad y desarrollo de esta industria básica nacional siente intensa- mente los efectos del paludismo disminuyendo el número de braceros, elevando los jornales y ocasionando gastos crecidos en su asistencia…” (A. Barton, 1927, pp. 5-6).

En esa misma comunicación el Dr. Barton llamaba la atención al Estado y a la so- ciedad en general sobre el hecho que siendo el paludismo y la tuberculosis los dos grandes problemas médico sociales que el país debía enfrentar y resolver, no se les concedía la atención que merecían por su importancia, debido a “que estamos dema- siado familiarizados con ellas”. Señalando su extrañeza que mientras se contempla

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40 | P á g i n a con indiferencia los estragos de esas dos enfermedades, “basta que se presenten al- gunos casos de peste, fiebre de Malta, lepra, viruela o cualquier entidad exótica, para suscitar viva alarma en el público, la prensa y las autoridades sanitarias. E sta actitud, seguramente, no se conforme con los principios de la más sana lógica” [19].

Percepción popular de la malaria

Los sanitaristas de la época, tal como destaca el historiador Marcos Cueto [20], ya comentaban que un obstáculo para el éxito de las primeras campañas antimaláricas era la percepción que las clases populares tenían de la malaria, viéndola como una condición muy distinta a la de otra enfermedad infecciosa. Estaban difundidas en el imaginario popular las ideas que las “tercianas” de los niños solo eran una manifesta- ción del “susto”; así como que se podían adquirir por permanecer mucho tiempo en el agua o por ingerir frutos verdes y que el mejor tratamiento eran las infusiones de hierbas amargas para “sacar el frío o el susto” al afectado. Asimismo, se creía que en los manantiales, quebradas y en secciones de río vivían duendes o demonios que en- fermaban a los viajeros. Para pasar sin peligro por estos lugares debían llevarse de- terminados objetos y cumplirse ritos de protección. También se recomendaba evitar pasar por esos lugares a ciertas horas, las cuales “eran las mismas en que prolifera- ban los mosquitos”. En la Selva y el año 1924 se informaba, a su vez, que debido a las experiencias negativas de los fracasos terapéuticos por insuficiencia en la autoin- dicación de la quinina o, al contrario, por la toxicidad de las dosis elevadas de la misma, los médicos tenían que recetarla con otros nombres para “que no sea recono- cida” [21]. Por otro lado, los trabajadores maláricos de las haciendas costeñas tenían un motivo para negar su enfermedad: el temor a ser separados del trabajo [22]. Además, para la población nacida en la costa era natural convivir con una gran cantidad de mosquitos y con la malaria, una manera de distinguir a los forasteros era cuando al- guien se quejaba de los insectos o de una fiebre alta intermitente. A comienzos de siglo XX durante las epidemias de malaria en Loreto los pobladores favorecían el contagio de los niños para evitar infecciones posteriores más agudas. Los indígenas de Paucartambo y Apurímac consideraban a la malaria como una enfermedad que era propia de los arrieros y de los comerciantes que transportaban mercancías entre los valles [15, 20].