centros u rbanos de la actual T únez. Sin duda algunos p u erto s secundarios, com o M azara en la costa m eridional, m ás o rien tad o hacia Ifrlqiya, tienen una cierta actividad; p ero es característico apreciar que del m ism o m odo que la actual Palm a era en to n ces llam ada M adina M ayúrqa, es decir, «la ciudad» po r excelencia de las «islas o rientales», en un territo rio insular de o tras dim ensiones, la ciudad de P alerm o absorbe prácticam ente toda la actividad económ ica de la isla p o rq u e ella es la capital; así, en las cartas de la G enizá el térm ino de Siqilliya designa a la m ism a P alerm o , que eclipsa to talm en te la vieja capital bizantina de Siracusa, muy ra ra m e n te m encionada.
Un m u n d o rural activo y com unitario
La historia económ ica y social del O ccidente rural m usulm án se reduce casi a listas de producciones ob ten id as de geógrafos árab es, surtidas de vagas co n sid era ciones sobre la «prosperidad» de tal o cual región. Sin duda es útil saber que se producía aceite en cantidad en la región de Sevilla, trigo en la de B ádja (Ifriqiya), algodón en el Sus, y que la especialización de tal o cual región se integraba en una red general de intercam bios en tre ciudades y cam po, pero nos gustaría p o d er ir m ás allá de la constitución de sim ples catálogos p ara co nocer la situación de los p ro d u cto res rurales y h acernos una idea de la p ro p ied ad del suelo. Lo q u e se sabe de la agronom ía andalusí en el siglo xi d em u estra eljlest.asab le jnLY-el alcan zado en los m étodos de cultivo de. la p a rte .m u su lm a n a d e la-península, tan to en lo q u e respecta al sector de regadío com o a la agricultura de secano. E stas técni cas no eran radicalm ente innovadoras con relación a la tradicjón-raatigua, p ero sí sacaban un m ejor p artid o de éstax enriqueciéndola con la experiencia y racionali zándola. P or o tra p arte integraban toda una ap o rtació n o rien tal, en particu lar en lo que se refiere a la utilización del agua, y o b ten ían , intensificando las labores de cultivo, el rendim iento m áxim o al que se podía llegar en el m arco de una agri c u ltu ra tradicional en el m edio m ed iterrán eo . A p en as es posible avanzar m ás en el estu d io de las técnicas, pero nos quedam os sin sab er lo co ncerniente a la e x te n sión espacial relativa del sector sobre el que se aplicaban los p receptos de los agrónom os sevillanos o toledanos. E sta agricultura intensiva era p ro b ab lem en te la que se tendía a practicar en las h u ertas periu rb an as y en las grandes p ro p ie d a des de la aristocracia; pero ¿qué pasaba en o tras p artes y, sobre to d o , a quién p erten ecía la tierra y cuál era la condición socioeconóm ica de los que la cultiva ban?
P or lo que se refiere a al-A ndalus, la m ayor p a rte de los au to res adm iten im plícita o explícitam ente la p rep o n d eran cia de la gran pro p ied ad y de la p eq u eñ a explotación. En la época de la conquista se h abrían constituido grandes dom inios perten ecien tes al E stad o y a los cuadros árab es, subsistiendo un im p o rtan te sector de p ro p ied ad aristocrática indígena. Y a en la época visigótica las tierras habían sido exp lo tad as principalm ente p o r aparceros cuya condición estaba cerca de la serv id u m b re, y este m odo de explotación se m an ten d ría en co njunto, sin cam bios bruscos, en los dom inios territo riales hispanom usulm anes. Al estu d iar la sociedad de la época califal, L évi-Proven9al escribe, po r ejem plo:
LA FRAGMENTACIÓN DEL MUNDO ISLÁMICO 137
El cam pesino, atado de padre a hijos a una tierra que no poseía legítim amente, conservaba sin duda más o m enos la misma condición que en la época visigótica, la de un siervo de la gleba, ligado al amo por un contrato tácito y perm anente de ap ar cería, en virtud del cual no tenía derecho de conservar más que una pequeña parte de la cosecha ... el cuarto, el tercio, excepcionalm ente la mitad. Pero aunque fuera hombre libre o considerado como tal, el campesino andalusí no estaba menos obli gado, aparte de su trabajo cotidiano, a las levas, a las requisiciones, sin hablar del diezmo sobre los productos de la tierra debido al fisco. Podemos suponer que lleva ría frecuentem ente una existencia mediocre, si 110 miserable, sin beneficiarse siem pre en contrapartida de una protección real por parte de su amo o de su patrón.
Los estudios m ás recientes no discuten este esquem a g eneral de la propiedad del suelo y de las form as de ex p lo tació n , au n q u e tienden a m atizar el carácter pesim ista del juicio p reced en te en cu an to a la condición concreta de los ex p lo ta dores. A sí, au n q u e el colono m uw allad no sea p ro p ietario de la tierra que cultiva, que p erten ece al E stad o , a un so b eran o o a un gran te rra te n ie n te , su situación ha m ejorado en relación a la época visigótica p o r el hecho de la transform ación del régim en de servidum bre en un sistem a de ap arcería en el que el colono a p a r cero recibe una p arte m ás im p o rtan te de la cosecha. Por o tra p a rte , aun cuando la exacción fiscal era muy gravosa en la época califal, la descentralización de la época de las taifas tiende a aligerar la presión del im puesto y esta coyuntura fa v orable a la econom ía rural contribuye a explicar el considerable desarrollo de la agronom ía andalusí en esta época. «El desarro llo de la agricultura intensiva a n d a lusí ... no p arece que se hu b iera po d id o realizar si no es gracias a la d escen trali zación del siglo xi.» A sim ism o: «El tipo social p red o m in an te en la sociedad rural m usulm ana (andalusí) era el sharik (ap arcero o colono ap arcero ), que ciertos a u tores han asim ilado a una especie de siervo, p ero que en realidad era libre y ex p lo tab a una tenencia p e rp etu a p o r la que debía un censo fijo».
Las fuentes que m an tien en esta últim a opinión son principalm ente d o cu m en tos cristianos del siglo x n , p o sterio res a la reco n q u ista, que efectivam ente m ues tran la existencia en la E spaña o rie n ta l, y sobre to d o en el valle del E b ro , de una categoría de cam pesinos m usulm anes llam ados exaricos, cuya situación co rres ponde a la an te rio rm e n te d escrita. Sin em b arg o , parece peligroso apoyarse en textos de época cristiana, c o rresp o n d ien tes a una estru ctu ra sociopolítica en g en e ral fu n d am en talm en te tran sfo rm ad a, p ara reco n stitu ir la sociedad de época m u sulm ana. Los textos árab es que nos inform an sobre la condición de las p oblacio nes rurales andalusíes en los siglos x y xi son de hecho escasos. Por una parte se en cu en tran co n trato s agrarios de ap arcería conservados en los form ularios n o ta riales y, po r o tra , algunas indicaciones en las fuentes de la época de las taifas sobre la extensión de las p ro p ied ad es territo riales de tal o cual so b eran o , de los que se dice que poseían el tercio o la m itad de la tierra de su país, así com o recrim inaciones referidas a la abusiva fiscalidad que los g o b ern an tes de la época im ponían a sus súbditos. P articu larm en te in teresa n te en este sentido es un texto de Ibn H ayyán, a u to r del siglo x i, que acusa a los dos prim eros so b eran o s escla vones de la taifa de V alencia, en los años 1011-1017, de h ab er som etido a im pues tos tan d u ram en te a los h ab itan tes de la región, que éstos vivían m iserablem ente y se veían obligados a ab an d o n a r sus pueblos o qurá (plural de qarya, que signi fica ‘localidad ru ra l’). Los g o b ern an tes no d u d ab an «en ap ro p iarse en to n ces de