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estos pueblos cuyos h ab itan tes habían em igrado p ara convertirlos en dom inios privados (dayca )», a veces volviendo a instalar, después, a los antiguos h ab itan tes com o colonos en las tierras que antes les p erten ecían . E ste texto que evoca clara­ m en te un proceso de «patrim onialización» de las tierras d e ten tad as an terio rm en te po r cam pesinos libres y p ro p ietario s del suelo, en el m arco de las com unidades ru rales, sugiere que a finales del califato la form a co rrien te de p ro p ied ad en la región levantina no sería el latifundio sino una p eq u eñ a o m ediana pro p ied ad cam pesina en el m arco de las aldeas o qurá. Sin duda se ejercían presiones p ara e x te n d e r el sector p atrim onial, p ero los repartim ientos de V alencia o de M urcia en la época de la reconquista cristiana parecen indicar qu e en el siglo xm todavía la p ro p ied ad cam pesina in d ep en d ien te de las qurá o cupaba la m ayor p arte del suelo cultivado. En la mism a región, o tro s docum entos de la mism a época m ues­ tran tam bién la im portancia de las com unidades rurales o aljamas.

El rep lan team ien to de la rep resen tació n tradicional de la sociedad rural al que se llega a p a rtir del estudio de la docum entación valenciana puede ser aplicado a o tras regiones de al-A ndalus. P odem os pensar que los hu erto s y las fincas situ a­ das en los alred ed o res inm ediatos de las ciudades p erten ecían principalm ente a las clases urb an as acom odadas, pero nada nos indica que las num erosas aldeas esparcidas po r el cam po andalusí no se co rresp o n d ieran sobre todo con un sector de la peq u eñ a y m ediana pro p ied ad . En la región levantina y en una gran parte de A ndalucía, la frecuencia de topónim os de tipo gentilicio o «ciánico» sugiere incluso form as de pro p ied ad colectiva del suelo, a u n q u e es difícil sab er sin e m b a r­ go hasta qué época éstas han sido vigentes o han co rresp o n d id o efectivam ente al patrim o n io territo rial de grupos de parien tes p atern o s; las fuentes nos ap o rtan m uy poca inform ación en este sentido. E stas estru ctu ras territo riales de carácter co m u n itario han m arcado sobre to d o la toponim ia de las zonas que habían recibi­ do una ap o rtació n étnica b eré b e r en la época de la conquista m usulm ana, y a veces se en cu en tran rastros de este origen m agribí en las fuentes m ás tardías. A sí, po f ejem p lo , la qarya de B aní cU qba (la actual B eniopa, cerca de la ciudad de G an d ía, en el sur de V alencia) es señalada, a finales del siglo xi, com o el lugar de origen de un letrad o p erten ecien te a la tribu b e ré b e r de los N afza, que p arece h ab er tenido una im plantación p articu larm en te fu erte en la región valenciana. V estigios de organizaciones tribales d eg rad ad as o sim ples estru ctu ras co m u n ita­ rias ald ean as d esem peñan sin d uda en la vida social del cam po andalusí un papel m ás im p o rtan te de lo que podríam os c reer leyendo lo que ha podido ser escrito so b re la vida rural de al-A ndalus, do n d e hasta ah o ra sólo hem os visto cam pesinos d e p en d ie n tes y m asas de trab ajad o res som etidos pasivam ente a la arb itra ried ad del E stad o y de los p ropietarios del suelo.

E l M agrib m u y cerca

Sucedía lo m ism o con m ayor m otivo en el M agrib, do n d e la fuerza y la e x te n ­ sión de las estru ctu ras tribales o aldeanas era m ucho m ayor. A llí tam poco las fuentes escritas nos p erm iten apenas estu d iar m ás que las form as de relaciones que se establecían en tre las clases urb an as de p o seed o res del suelo y los aparceros q u e , bajo diversas form as de c o n trato s agrarios, explotaban sus p ro p ied ad es.

LA FRAGMENTACIÓN DEL MUNDO ISLÁMICO 139

P ero en el M agrib central y o ccidental, sobre to d o , las form as de apropiación del suelo po r com unidades de agricultores sed en tario s o p o r g anaderos q u e p ractica­ ban diversas form as de nom adism o e ra n seg u ram en te, con m ucho, las m ás e x te n ­ didas. A sí, la descripción q u e hace A l-Idrisí de la «ciudad» que lleva el nom bre de los b ereb eres m iknása (M iknás, M equínez) m u estra una organización p rim iti­ va del territo rio calcada de la segm entación ciánica en grupos de p arien tes p a te r­ nos, que se co rresp o n d e con o tras tan tas «tribus» establecidas cada una en su pro p io territo rio : B anu Z iyád, B anu T aw ra, B anu A tu sh , etc. E stas peq u eñ as lo ­ calidades rurales o segm entos de tribus poseían inicialm ente en com ún un «viejo m ercado» (al-súq al-qadím á) «donde se reu n ían todas las tribus de los B anu M ik­ nás». En la época alm orávide este co n ju n to estab a en vías de urbanización, con la construcción de una residencia em iral fortificada, de bazares y de baños, así com o de palacios ro d ead o s de ja rd in e s, perten ecien tes seguram ente a la a risto cra­ cia dirigente. P ero au n q u e las condiciones prim itivas de la p ropiedad com unitaria del suelo habían sido sin d uda a lterad as en la p arte central de la «ciudad», en cu an to se alejaba de esta zona se e n co n trab a la antigua apropiación tribal de la tie rra , si seguim os creyendo a A l-Idrísí, que continúa: «Allí donde term inan las viviendas de los Banu A tush em piezan los cam pam entos y las viviendas de una aldea de los m iknása llam ada B anú B urnds ... Los h ab itan tes cultivan trigo, viña, m uchos olivos y árboles frutales, y los frutos se en cu en tran a muy bajo precio».

La extensión del sector de dom inios privados era sin d u d a m ucho más consi­ derab le en Ifríqiya, al m enos hasta la invasión hilálí. P ero la gran prop ied ad ta m ­ poco había conseguido hacer d esa p a re c e r allí las form as tribales o aldeanas de apropiación del suelo. T a n to respecto a al-A ndalus com o a Ifríqiya y las regiones del M agrib sobre las cuales se extendía la influencia de la econom ía urb an a y m o n etaria y la de una organización e statal, se p lan tean dos p roblem as a los cuales es prácticam ente im posible, d ado el estad o actual de los conocim ientos, a p o rta r una respuesta global: el de la n atu raleza y las m odalidades de la fiscalidad rural, y el de* la existencia e im portancia en O ccidente de form as de concesiones te rri­ toriales o de alienaciones a p articu lares del d erech o de percibir el im puesto. En al-A ndalus y en Ifríqiya existe un dom inio territo rial del E stad o , frecu en tem en te mal diferenciado del del so b eran o . A lgunos dom inios p ueden ser sep arad o s para ser concedidos a p articulares. P or o tra p a rte , el p o d er central (sultán ) tam bién p u ed e con ced er en ciqtác tierras m u ertas (ard m aw át), lo que sin duda ha p erm i­ tido en cualq u ier época la extensión del sector de dom inios privados y el cultivo de tierras nuevas por p arte de p articu lares acom odados.

P arece tam bién que en tiem pos de A l-M ansúr, el gobierno de C ó rd o b a a b a n ­ d o n ó en m anos de elem en to s m ilitares la percepción d irecta de ciertos im puestos. Sin d u d a, estas prácticas c o n tin u aro n en la época de las taifas, al m enos en el reino zíri de G ra n a d a , do n d e los jefes m ilitares recibían no sólo dom inios p ro ­ pios, sino tam b ién , p o r lo que p arece según las M em orias del rey cA b d A lláh, «feudos» (inzát) constituidos p o r p ueblos de los que pro b ab lem en te percibían el im puesto. F alta p o r sab er a cu án to co rresp o n d ía ex actam en te la exacción estatal sobre la producción agrícola, cuál era la extensión relativa de las tierra s sobre las cuales se percibía el jarádj territo rial y en q u é zonas se aplicaba únicam ente el diezm o. P odem os avanzar que la fiscalidad ru ral, a pesar de los abusos te m p o ra ­ les y circunstanciales, tendía a ser conform e a las norm as coránicas, y que las

140 EUROPA Y EL ISLAM EN LA EDAD MEDIA

alienaciones de d erechos fiscales se hacían m ás bien bajo form a de títulos (sidjilt) que concedían a un jefe político o m ilitar el conjunto de las prerrogativas estatales sobre una región, es decir, una delegación de g o bierno ( wiláya), que no afectaba fun d am en talm en te la n atu raleza mism a de las relaciones sociopolíticas. E stas co n ­ cesiones o delegaciones, así com o los im puestos no coránicos (cuya existencia e im popularidad son, po r o tra p a rte , m ejor atestiguados en m edio urb an o que en m edio ru ra l), no tenían de todas form as más que una existencia precaria y, co n ­ d en ad o s p o r el derecho y la opinión pública, son fu ertem en te cuestionados en las épocas de restau ració n de la a u to rid ad del p o d er cen tral. El m odelo de una o rg a ­ nización estatal que sólo es re p resen tad a por los agentes del sultán y los grupos sociales ald ean o s, tribales o u rb an o s, sin m ediación de ninguna clase «feudal» o «señorial», perm anece siem pre p resen te en la m entalidad colectiva y realizable en la práctica (com o, p o r ejem plo, cuando los alm orávides, en al-A ndalus, d esp o ­ seen a los reyes de taifas, suprim en los im puestos ilegales y restau ran la unidad de la com unidad y el p o d er del E stad o ).

Na c i m i e n t o d e u n Is l a m o c c i d e n t a l

En las actividades económ icas en tre la cuenca occidental del M ed iterrán eo y la cuenca o rien tal evocadas a n te rio rm e n te , Sicilia y P alerm o se sitúan en la p ro ­ longación de un espacio ifriqí, él mism o am pliam ente dom in ad o po r la p re p o n d e ­ rancia de las capitales, M ahdiyya y sobre todo Q ayraw án, desem p eñ an d o los o tro s centros u rbanos com o T ú n ez, Sfax o las ciudades del in terio r un papel de p u n to de p arad a en las rutas que llevan a aquellas m etrópolis. H acia ellas co n v er­ gen p rincipalm ente, so b re to d o después dé la extensión de la au to rid ad fátim í en el M agrib central — e incluso d u ran te un tiem po en el M agrib occidental — , tan to las caravanas q u e llevan o ro y esclavos del Sudán com o los navios cargados de m ercancías andalusíes destinadas a ser reex p o rtad as hacia Egipto y Siria. A p esar de la nueva anim ación de su fachada m ed iterrán ea y del desarrollo en sus m árg e­ nes de dos centros económ icam ente im p o rtan tes y políticam ente au tó n o m o s, P a­ lerm o, en la fro n tera del m undo cristiano, y Sidjilm ása, en contacto con el S áhara y el Á frica negra, el m undo m usulm án occidental p erm an ece, hacia principios del siglo xi, fu ertem en te centralizado alred ed o r de los dos grandes conjuntos u rbanos de C ó rd o b a, po r una p a rte , y de M ahdiyya-Q ayraw án po r o tra , que p arecen e q u i­ librarse política y económ icam ente, cuando se asiste a una lucha de influencias en tre las dos potencias po r do m in ar la p arte occidental del M agrib, caracterizada p o r una situación confusa de parcelación política y tribal.

E l oro del Sudán

Los conflictos encarnizados qu e se desarro llan en esta parte del no rte de Á fri­ ca situada e n tre el m eridiano de A rgel y el A tlán tico , en el siglo x y a principios del siglo x i, y en los que intervienen a la vez los fátim íes, los ztríes, el califato de C ó rd o b a, los em ires idrisíes de M arruecos y las grandes confederaciones trib a ­ les q u e ocupan el M agrib cen tral y occidental, han sido frecu en tem en te in te rp re ­

LA FRAGMENTACIÓN DEL MUNDO ISLÁMICO 141 tados com o luchas por el control de los p u n to s de llegada de las grandes rutas saharianas po r las cuales el o ro del Sudán era en cam inado hacia el M agrib. Mau- rice L om bard había d esarro llad o d esde 1947 la idea de que la prosperidad de las finanzas fátim íes en el siglo x , base de su éxito m ilitar en E gipto, se explicaba en últim a instancia po r el hecho de que los califas shFíes de Q ayraw án habían conseguido, d estru y en d o el E stad o de T á h a rt y ex ten d ien d o incluso d u ran te un tiem po su a u to rid ad a Sidjilm ása, c o n tro la r todas las salidas y todas las rutas del o ro del S udán. A finales de siglo, al c o n tra rio , son los om eyas de C órd o b a q u ie­ nes, por m edio de sus aliados z a n áta, d u eñ o s de la ru ta N ákur-Fez-Sidjilm ása, habrían desviado hacia al-A ndalus una gran parte del tráfico del o ro , hecho que constituiría la principal explicación de la pro sp erid ad y del p o d er del califato de C ó rd o b a en la época de la «dictadura» del A l-M ansür (hacia 980-1002).

Estas teorías se apoyan en un en fo q u e m uy «m onetarista» de la historia ec o ­ nóm ica y en la idea de qu e los gran d es estad o s de la E dad M edia m agribí con base u rb an a se habían constituido a n te to d o a p artir del desarrollo de actividades com erciales a larga distancia poco d e p en d ie n tes del e n to rn o social y económ ico local: «Cada E stad o posee un p o d er tan to m ayor cu an to m ayor es la parte del tráfico del oro que consiga co n cen trar, principal factor de fuerza y de im portancia económ ica». P or este m otivo, los califas de C ó rd o b a «se aferran a C eu ta, su ca­ beza de p u en te africana, (y) se esfuerzan en conservar sus relaciones con Sidjil­ m ása, m ediante la acción d irecta o po r un sistem a de alianzas», m ientras que «m ediante una serie de g randes ofensivas sobre Fez, T rem ecén , T á h a rt, y princi­ palm ente sobre C eu ta, los so b eran o s fátim íes, y luego los que les suceden, se esfuerzan po r im pedir a los califas de C ó rd o b a ejercer su influencia sobre Sidjil­ m ása y c o n tro lar de este m odo una p arte del tráfico de oro». El dom inio del ex­ trem o final de la ruta tran sah arian a en el M agrib prop o rcio n aría así la clave más convincente p ara explicar el auge de los grandes im perios que controlan sucesiva­ m ente el M agrib, el de los fátim íes en el siglo x , el de los alm orávides en el siglo xi, el de los alm ohades en el siglo x n . C o n tra ria m e n te , la extensión de la influen­ cia de los om eyas de C ó rd o b a so b re el M agrib occidental y el desvío hacia al-A n ­ dalus de la m ayor p arte del o ro en cam in ad o po r aquella ruta, por una p arte, y por o tra la constitución de estados in d ep en d ien tes o de «señoríos m ilitares» a u tó ­ nom os en las m arcas occidentales y m eridionales del E stad o zíri (el E stad o ham- m ádí y los grandes «feudos» de la Ifriqiyá m erid io n al), contribuirían a explicar las dificultades económ icas y sociales y el deb ilitam ien to del E stad o qayraw ání incluso antes de la llegada de los hilálíes a m ediados del siglo xi. A sí, la gran «crisis financiera» de 1050, qu e significó la retira d a de la m oneda fátim í en circu­ lación y su sustitución po r un nuevo diñ ar ziri fu ertem en te dev alu ad o , c o rresp o n ­ dería a la necesidad del g o bierno de Q ayraw án de «sacar el m áxim o p artid o de las reservas de o ro que existían en Ifriqiyá, en una época en la que se agota el flujo de o ro sudanés que d u ra n te varios siglos había alim entado reg u larm en te y enriquecido al país», estan d o la ru ta del o ro «ahora dom inada y cada vez más defo rm ad a ya sea p o r la conquista om eya, ya sea p o r el desarrollo de nuevas p o ­ tencias djaridíes».