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La palabra es el principal vehículo con el que se cuenta en las psicoterapias, y al que menos importancia se le concede en la asistencia médica, por desconocimiento del valor de la misma, así como, por una excesiva valoración de los efectos farmacológicos que repercuten más allá del deseo de quien confiadamente los consume.

En la intervención psicoterapéutica cabe una óptica multidisciplinar,

demandada por la propia variedad de los problemas que se presentan en la clínica, y debido a que ninguna psicoterapia se halla en posición epistemológica y empírica de reivindicar la solución a todos los proble- mas planteados. Asimismo, la plasticidad de la personalidad del sujeto humano, puede responder satisfactoriamente a diversos tipos de aten- ción clínica, en la medida en que en todas ellas se desenvuelven procesos comunicacionales, con determinados grados de empatía profesional, que podrán ser vivenciadas en forma transferencialmente positiva.

La profesionalidad se revela en la medida en que el terapeuta sepa adecuar la intervención apropiada, al problema, caso y situación, sin posiciones dogmáticas y exclusivismos de escuela. Y en ocasiones debe- rá saber delegar los casos que puedan responder mejor a los plantea- mientos terapéuticos de otros profesionales.

El peligro de los reduccionismos está siempre presente, en la medida que se pretenda explicar una realidad compleja a través de uno de sus componentes, sin considerar a los demás.

Los profesionales de la salud mental que no toman en consideración los componentes psicológicos y sociales por el hecho de considerar su- ficiente su formación orgánica, están respondiendo con una posición reduccionista. Lógicamente, no basta con conocimientos bio-médicos para entender las leyes de la alteración de la salud, del comportamiento, de la motivación humana y sus concausas y de sus constelaciones cons- cientes e inconscientes.

La comprensión y la explicación de la complejidad humana requiere una perspectiva integradora, que obliga al profesional de la salud men- tal, a conocer las posibilidades y limitaciones de su formación y práctica clínica, a configurarse como un profesional crítico, investigador y recep- tivo a los aportes realizados por las investigaciones de otros modelos.

En el proceso de la relación terapéutica con sus pacientes, los psicoterapeutas se ven obligados a seleccionar diversas alternativas de in- tervención, con la finalidad de alcanzar sus propósitos y propiciar la cura. Es indudable que las alternativas entre las cuales el psicoterapeuta se mueve, dependen en gran medida del marco teórico al cual se adscribe; sin embargo a pesar de la pertenencia a determinada escuela, la riqueza de las situaciones y problemáticas que se presentan en la práctica, hace casi imposible que un solo enfoque cubra el total de las demandas exis- tentes, y que por lo cual cada terapeuta, en función de estas problemáti- cas y de su propia experiencia, vaya configurando su propio enfoque.

La flexibilidad del psicoterapeuta para seleccionar aquellos métodos que mejor convengan a la situación de sus pacientes, me parece algo indispensable en el ejercicio de la psicoterapia.

Considero que, necesariamente, por la complejidad de la práctica psicoterapéutica; dada esta complejidad en primer lugar por la diversi- dad de trastornos que un psicoterapeuta ha de enfrentar, aún cuando se especialice en una población determinada: niños, adolescentes o adul- tos, y sin considerar otros aspectos tales como: sexo, edad, nivel educa- tivo, factores socio-culturales, etc. que complejizan aún más la situa- ción; se ve, por tanto, obligado a integrar en su práctica, diversidad de métodos y construir por lo tanto, un enfoque particular.

La defensa de un enfoque integrativo, está dada en primer lugar, por las consideraciones prácticas que ya he señalado, y también por algunas

consideraciones teóricas que no dejan de tener sus implicancias prácti- cas; a partir de la consideración de la personalidad como una unidad, sostengo que cualquier problema o trastorno psíquico se expresa en di- versos niveles de funcionamiento del sujeto.

El psicoterapeuta, al encontrarse con el paciente, lo hace con una con- cepción teórica previa del sujeto, de la personalidad, de los trastornos de la misma y de las intervenciones que estima, resultan reestructuradoras o terapéuticas. En estas concepciones previas están implícitas las «unida- des» que serán objeto de referencia. Así algunos terapeutas definen como unidad de referencia a las conductas, y entonces se nombran «conductistas», otros definen al inconsciente como su unidad de referen- cia y entonces se nombran «psicoanalistas»; para otros la unidad de refe- rencia puede ser la cognición, y entonces se nombran «cognitivistas»; y así podemos seguir señalando algunos otros ejemplos sobre el particular. Todos estos enfoques adolecen, a mi criterio, en que no tienen en consideración el carácter holístico del sujeto y su funcionamiento sistémico; y por lo tanto privilegian de manera absoluta los hechos que ocurren a un determinado nivel, descartando en muchos casos lo que sucede en otros.

Pienso que un problema es mejor comprendido y tratado, si se toman en consideración sus distintas facetas y modos de expresión. Las implicancias prácticas de lo dicho precedentemente resultan claras: el tratamiento será más efectivo mientras más áreas o elementos del trastor- no o problema en cuestión, sean tenidos en cuenta.

La verdadera psicoterapia, se desarrolla a partir de profundas reflexio- nes sobre el hombre y sus condiciones de existencia; y de la naturaleza, contenido y alcance de las actitudes, acciones y tareas del psicoterapeuta.

Se ha definido a la psicoterapia como: «el conjunto de conoci- mientos, métodos e intervenciones empleadas en el tratamiento de los distintos trastornos psíquicos». Por lo tanto, la psicoterapia, tiene un sentido liberador y reestructurador, ya que está dirigida a ejercer una influencia transformadora y facilitadora que permita al sujeto sometido a la misma, a efectuar una modificación de sus patrones cognitivos, emo- cionales, afectivos y de sus comportamientos; que lo lleven a una nueva forma de estructurar y organizar sus experiencias, y a los modos en los cuales se vincula con la realidad, o sea, a reestructurar los aspectos anó- malos de su personalidad y a evitar el sufrimiento.