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2.1 Environments, Systems and Protocols

2.2.2 Some Existing Attacks on Zigbee Networks

lanzar dos grandes iniciativas, confiadas a dos nobles: la guerra contra

* Un altar.

los piratas, dirigida por M. Antonio, y la guerra contra Mitrídates y la organización de la nueva provincia de Bitinia, encomendadas a Lúcu- lo. M, Antonio, bien por incapacidad, bien por falta de entendimien­ to con los gobernadores provinciales, acabó siendo derrotado en Creta y su obra en el Mediterráneo occidental quedó comprometida: en el 67, los piratas amenazaban Ostia y Nápoles y los convoyes de grano se hicieron menos frecuentes. El senado, que controlaba las elecciones con­ sulares desde hacía tres años, había, pues, fracasado, a pesar de haber puesto a los cónsules al frente de los cuerpos expedicionarios, lo que no estaba contemplado en el sistema silano. Pompeyo, a quien la Re­ pública guardaba en reserva, fue designado mediante una ley propues­ ta por el tribuno Gabinio y en tres meses limpió el mar de piratas. Lú- culo, en seis años, no había podido acabar con Mitrídates Eupator: con toda lógica, el tribuno Manilio propuso que la guerra de Asia fuese con­ fiada a Pompeyo; Cicerón, apelando a la falta de ingresos fiscales, apo­ yó la propuesta y César hizo lo mismo. La ley fue aprobada, enemis­ tando a Lúculo y Pompeyo; el nuevo general logró separar de Mitrída­ tes al rey de Armenia y al de los partos y hacerlo huir del Ponto. Redu­ jo Armenia a vasallaje y expulsó a Mitrídates de la Cólquide. Pudo ter­ minar la conquista del Ponto y partió para apoderarse de Siria, tan de­ bilitada entonces que habría sido preciso abandonarla, ya a los armenios, ya a los partos. Pacificó el Líbano, se apoderó de Jerusalén y supo, en Jericó, que Mitrídates Eupator había muerto en Crimea.

Pudo, entonces, organizar sus conquistas en Asia: al territorio lega­ do por Atalo añadió los de Bitinia y Siria y reorganizó el de Cilicia. Bitinia, acrecida con una parte del Ponto, constituyó una nueva pro­ vincia, mientras que Cilicia recibía una gran parte del litoral meridio­ nal anatolio y, poco después, la isla de Chipre. La provincia de Siria se prolongó con la franja litoral palestina; por último, Creta y Cirenai- ca formaron una sola provincia: el Mediterráneo oriental se convertía en un lago romano y las escasas ciudades tenidas por independientes (Amisos, Rodas, las ciudades licias, Seleucia de Siria, etc.) no lo eran sino nominalmente. En retaguardia, quedó montado todo un disposi­ tivo de reinos vasallos, desde el Cáucaso al Mar Rojo (siendo los más importantes los de Armenia, Capadocia y Commagene), que podía ser tanto preludio de nuevas anexiones cuanto formar una línea de Estados- tampón frente a los partos (durante los tres siglos siguientes, ambas po­ sibilidades fueron utilizadas. Armenia y la Osroene conservaron casi cons­ tantemente su autonomía).

No subsistía, pues, sino uno de los grandes reinos, Egipto, pero era tan rico y sus monarcas entregaban tales sumas a los políticos, que esta­ ba claro que la facción que se adueñase de él se garantizaría una venta­ ja decisiva. Egipto era un Estado vasallo con políticos astutos, pero sa­ cudido por crisis dinásticas, arbitradas por los motines de los habitan­ tes de Alejandría; el Senado era, pues, frecuentemente llamado a iíi-

Las guerras mediterráneas

«El crédito y el mercado de dinero que hay en el Foro de Rom a dependen, so­ bre todo, de las operaciones financie­ ras de A sia.» (CIC ERÓ N , En fa v o r de

la ley Manilia, 19.)

Ver mapa 11

La organización de las conquistas

Cicerón (sigue). Edil en el 69, fue ele­ gido pretor en el 66 y presidió el tri­ bunal sobre dineros extorsionados a los provinciales (quaestio de repetundis). Aparecía como am igo de Pompeyo. Sus talentos eran innegables y aunque ho­

rno novas, para muchos nobles era un

mal menor. Resultó elegido cónsul con facilidad para el 63.

Cayo Ju lio César (102-44). D e vieja fa­ milia patricia y em parentado con Ma­ rio, com enzó la carrera política junto a Cornelio Cinna. Perdonado por Si­ la, fue a estudiar a Asia. Pontífice en el 73, cuestor en el 68 (en H ispania), en el 65, para su edilidad curul, ofre­ ció juegos fastuosos. Formó entonces en la facción de Craso, pero sin desvincu­ larse nunca de la ideología de los po-

tervenir. Sila había designado a un rey que fue muerto por los alejan­ drinos, que prefirieron al bastardo Ptolomeo Auleta (Auletes). El sena­ do alegó que Egipto había sido legado al pueblo romano, pero Ptolo­ meo XII Auleta compró con largueza el reconocimiento de su legitimi­ dad y Craso, durante su censura, no pudo lograr la anexión del reino. Auleta, no obstante, fue expulsado por sus súbditos, a raíz de la pérdi­ da de Chipre, y Roma estuvo tres años dudando reponerlo en el trono. Finalmente, Gabinio, gobernador de Siria, se encargó de hacerlo, con un pequeño cuerpo expedicionario que dejó instalado en Alejandría: Egipto había, pues, entrado más o menos en la clientela de Pompeyo cuando en el 51 advino Cleopatra VII.

En Roma, la marcha de Pompeyo había creado un vacío y el Sena­ do, paralizado por sus disensiones internas y por la incapacidad de sus partidiarios más fieles, gobernaba a muy corto plazo, acumulando irre­ gularidades para anular las elecciones consulares que no eran de su gus­ to y sujeto a las rivalidades personales que existían en la facción de Cra­ so. Este había reorganizado en torno suyo el partido popular y se ro­ deaba de patricios arruinados, como César (antiguo marionista) o Cati­ lina (antiguo silanista). Abogado famoso, de riqueza proverbial, es ve­ rosímil que ambicionase, más que ninguna otra cosa, un gran mando militar que le asegurase la gloria. En el 65 se hizo elegir censor, pero su programa político (anexión de Egipto y concesión de la ciudadanía romana a los galos de la llanura padana) era poco hacedero y obedecía a una operación propagandística. Al año siguiente, el fracaso de Catili­ na en su candidatura consular le llevó a proponer, mediante un cóm­ plice, una ley agraria revolucionaria, pero el Senado recibió entonces el apoyo de un gran hombre, vinculado a la facción de Pompeyo: Cice­ rón.

Este célebre abogado había logrado la hazaña de ser elegido cónsul (sin ser noble), gracias a la poca entidad de los candidatos de la aristo­ cracia, a la muy conocida inmoralidad de Catilina y, sobre todo, al apoyo del orden ecuestre y de algunos hombres de negocios. Empezó por ha­ cer fracasar la ley agraria (que quizás no fuese más que una operación de propaganda) y la noticia de la muerte de Mitrídates Eupátor, que dejaba manos libres a Pompeyo, incitó a Craso a la prudencia y dejó campo libre a sus dos aliados, César y Catilina. El primero triunfó en sus dos propósitos: la elección a la pretura (para el 62) y, sobre todo, lograr el cargo vitalicio de pontífice máximo, lo que era una baza polí­ tica inestimable. Catilina, por el contrario, derrotado por segunda vez en el consulado y temiendo el regreso de Pompeyo, decidió tomar el poder por la fuerza, con ayuda de los descontentos y, sobre todo, de los numerosos nobles arruinados y sin porvenir: la promesa de una abo­ lición de deudas era su principal argumento. La hazaña de Cicerón, es­ casamente ayudado por-el Senado, fue la de obligar a Catilina a aban­ donar Roma e ir a Etruria, en donde alzó un ejército rebelde. Catón el Joven logró, a duras penas, la ejecución de los catilinistas que habían

quedado en Roma, entre los que había un tribuno de la plebe y un pretor. Gracias a una moratoria de deudas, se verificó la unión sagrada contra Catilina, que cayó con las armas en la mano. El inminente re­ greso de Pompeyo había privado al conspirador de muchos apoyos po­ líticos (César y Craso no tenían ningún interés en ofrecer un excelente pretexto para que fuese llamado el vencedor de Asia), pero la fácil li­ quidación de la conjura permitía al Senado no pedir ningún auxilio al vencedor de los piratas y de Mitrídates. Tras estos sucesos, quien apa­ recía como el jefe en ascenso de los aristócratas era el joven Catón, tri­ buno de la plebe en el 62, mientras que César, de segundo de Craso, se convertía en su igual a la cabeza del partido populans.

Pompeyo fue volviendo por pequeñas etapas, encontró una Italia tranquila y, en consecuencia, desmovilizó su ejército. Se encontró, ade­ más de con la hostilidad de Lúculo, de Catón y de Craso, con la frial­ dad de César y de Cicerón, mientras que la gran familia de los Metelo le enajenaba su amistad por haber repudiado a uno de sus miembros, Mucia, su esposa fiel. Sus peticiones (tierras para sus veteranos y la ratificación del conjunto de sus medidas en Oriente) fueron aplazadas por un Senado poco interesado en aumentar su gloria y su clientela, tras la celebración de un fastuoso triunfo de dos días. En esta situación, César, candidato consular para el 59 con el apoyo de Craso, supo en­ contrar un terreno para el entendimiento entre estos dos rivales y ga­ rantizar su propia elección: tal fue el llamado primer triunvirato, pac­ to privado y secreto entre estos tres hombres, pronto reforzado por el matrimonio de Pompeyo y Julia, la hija de César. El nuevo cónsul cum­ plió sus promesas e hizo votar una ley agraria que daba tierras a los ve­ teranos de Pompeyo y aprobar la obra del general en Oriente, así como el reconocimiento de la legitimidad de Ptolomeo Auleta en Egipto. César se ganó a los hombres de negocios rebajando en un tercio el importe de las contratas estatales y humilló a los senadores con severas disposi­ ciones sobre la administración provincial. Para sí, logró un mando im ­ portante, haciendo previamente anular una decisión del Senado que lo acantonaba en la Italia del sur para que acosase a los bandoleros: un plebiscito le dio la Galia cisalpina con tres legiones; y el Senado, para alejarlo de Italia lo más posible, añadió a eso Iliria y, sobre todo, la Nar­ bonense, con una cuarta legión. César contaba, desde entonces, con la posibilidad de hacerse con un ejército y de probar que el régimen republicano estaba en precario.

III. EL PRIN CIPADO D E POM PEYO Y LA C O N Q U IST A D E LAS

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