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Intelligent Testbed

5. CONCLUSIONS

5.1 Future Work

5.1.4 Intelligent Testbed

Los conspiradores que eliminaron a Domiciano pidieron al viejo se­ nador Cocceyo Nerva que tomase el poder. Fue proclamado en Roma, a la edad de 66 años. Su familia se había distinguido ya en época repu­ blicana y él mismo había ejercido dos consulados. La actitud de los pre-

torianos, no obstante, seguía siendo inquietante e insegura la fidelidad de los ejércitos provinciales. Empero, su reinado se abrió en un clima de franca restauración senatorial. La memoria de Domiciano fue con­ denada y la propaganda monetaria evocó el regreso al equilibrio tras los excesos de la tiranía. En materia financiera, se aplicó, en Roma y en Italia, una política de prudencia, incluso de austeridad. Parecía que venían días mejores: Plinio hablaba de la reddita libertas y Tácito ala­ baba al emperador por haber reconciliado dos realidades contradicto­ rias, el principado y la libertad.

La debilidad de la posición de Nerva se manifestó cuando los preto- rianos exigieron el castigo de los asesinos de Domiciano. Resultaba in­ dispensable poner término a las amenazas de guerra civil y concillarse al ejército. Nerva, impulsado por el grupo de senadores hispanos, adoptó a M. Ulpio Trajano, legado de la Germania superior, le confirió el títu­ lo de Caesar y poderes que lo convertían en consors imperii o asociado al trono. Con ello se garantizaba el apoyo de un ejército provincial fuerte y cercano a Italia. El clan hispano preparó desde entonces el adveni­ miento de Trajano, ocupando los puestos principales (Germanias, Egip­ to). Cuando murió Nerva, el 25 de enero del 98, la sucesión se realizó sin dificultad.

Trajano no se dio prisa por entrar en Roma y permaneció fortifican­ do la frontera renana hasta el 99. Militar por formación, pero oriundo de una buena familia senatorial de provincias, podía afianzar el com­ promiso entre las aspiraciones del Senado y las exigencias del ejército. En realidad, su advenimiento revela que éste era el dueño del poder imperial. Pero, a lo largo de su reinado, siguiendo un camino que, en el 100, era exaltado por el Panegírico del Plinio el Joven, se esforzó por cuidarse de los senadores. A lo largo de las ideas del panegirista se de­ sarrolla un retrato acorde con los ideales estoicos: el de un príncipe que se impone por sus virtudes eminentes, protector del Estado, dispensa­ dor de justicia, garante de las instituciones y respetuoso con las tradi­ ciones. Es un retrato muy cercano al compuesto por Dión Crisóstomo, en sus discursos Sobre la Monarquía.

Alrededor del emperador el clan hispano se fortaleció y ocupó las posiciones clave en el Estado: Licinio Sura y L. Julio Urso Serviano eran sus jefes; junto a ellos había itálicos de Cisalpina (cuyo más célebre re­ presentante era Plinio el Joven), griegos (como C. Julio Quadrato, de Pérgamo) e, incluso, homines novi promovidos en el servicio militar, como el mauritano Lusio Quieto.

El príncipe estoico, según Plinio y Dión Crisóstomo, vierte su be- neficiencia sobre el género humano. Desde el comienzo de su reinado, Trajano acomete una política de grandes obras públicas, llevada, cier­ tamente, al principio con prudencia, pero que se acelera después del 107, cuando el botín de la guerra dácica y la explotación de la provin-

Plinio. Senador oriundo de Com o, en la C isalpina. A fam ado orador, corres­ ponsal am able, realizó su carrera al ser­ vicio del príncipe (62-h. 1 1 3).

Tácito. Senador originario de Vaison, en la N arbonense. Crítico literario e historiador, realizó tam bién una bri­ llante carrera (h. 55-120). U n «acre mo­ ralista». (J. B A Y E T .)

El Panegírico de Trajano es el discurso de acción de gracias pronunciado por Plinio cuando, en el año 100, obtuvo el consulado. El texto, acto seguido, fue recom puesto para su publicación.

A D R IA N O

Y LA PR O M O C IO N DE LAS PR O V IN C IA S

cia resultante nutren con recursos sustanciales al fisco imperial. Roma se beneficia con importantes acondicionamientos, de los que los más notables son la construcción del Foro de Trajano y la refección de las márgenes del Tiber. Lo mismo sucede en las ciudades (arco de Bene­ vento) y en las carreteras de Italia. Aunque las provincias no fueron des­ cuidadas (numerosas restauraciones de vías se acometen en Hispania, Germania, otras nuevas se abren en Africa, se instalan verdaderas obras de arte como los puentes de Drobetae en el Danubio y el de Alcántara en el Tajo), la política seguida por este provincial tendió a mantener la superioridad de Italia sobre el mundo romano.

Una de las manifestaciones de esta política aparece en la institución de los alimenta, ilustrada por algunos documentos epigráficos de pri­ mer orden (tablas alimentarias de Veleia y de los Ligures Baebiani) o por monumentos itálicos (arco de Benevento). El emperador adelanta­ ba a propietarios agrícolas sumas de dinero cuyo interés (entre 2,5 y 5 por 100) estaba destinado a asegurar el mínimo vital a los niños de

Italia. Algunos historiadores (HIRSCHFELD, CARCOPINO, ROSTOVTZEFF),

han visto en ello una institución de crédito hipotecario, destinada a re­ novar la agricultura itálica. La pequeñez de las sumas comprometidas no consiente, sin embargo, proponer tal cosa como objetivo principal. Se trata, mejor (y es opinión acorde con la de sus contemporáneos), de una obra de asistencia pública, destinada a mantener la cifra de pobla-' ción de Italia, según el principio de que el poder de un príncipe se m i­ de según el número de sus súbditos.

Trajano dejó en la literatura latina la imagen de un príncipe perfec­ to, ejemplificando con su epíteto de Optimus princeps las esperanzas de Plinio el Joven. En el siglo IV, al advenimiento de cada nuevo sobe­ rano, era corriente que el Senado le desease ser más dichoso que Augusto y mejor que Trajano.

Murió el 9 de agosto del 117, cuando salía de un Oriente presa de revueltas tras el fracaso de la campaña pártica. La noticia tardó dos días en llegar desde Selinonte, en Cilicia, hasta Siria, cuyas tropas aclama­ ron emperador al gobernador Publio Elio Adriano. No sabemos si Tra­ jano lo había adoptado en su lecho de muerte. El entorno del nuevo emperador sostuvo esa tesis. En todo caso, subsiste el misterio y el de­ sarrollo de la investidura de Adriano contraviene el esquema ideal an­ helado por Plinio el Joven. El Senado no pudo hacer otra cosa sino rati­ ficar la elección de las tropas y admitir que era digno de reinar. Adria­ no, empero, tenía a su favor excelentes títulos.

Hispano, como Trajano (una de cuyas tías era abuela de Adriano), y sobrino de éste por matrimonio, gracias al apoyo de su pariente había ascendido los escalones de la carreta honoraria y muy pronto participó en los secretos del entorno imperial. A raíz de la campaña pártica era jefe de estado mayor y, en vísperas de la partida de Trajano a Italia,

recibió el importante gobierno de Siria, en el corazón del alterado Orien­ te.

Su acceso al Imperio tuvo como inmediatas consecuencias un vuel­ co completo en la política exterior y cambios profundos en el personal al servicio del emperador. Numerosos consejeros de Trajano fueron de­ sechados (Lusio Quieto). En el entorno del príncipe aparecieron hom ­ bres nuevos (Marcio Turbo). Hizo ejecutar a cuatro consulares muy des­ tacados en el Senado (seguramente, los jefes del clan expansionista) y, luego, se separó del clan hispano. Finalmente, una vez que hubo des­ pachado al prefecto del pretorio, Atilano, a quien sustituyó por el fiel Turbo, mantuvo sólidamente las riendas del Imperio.

Adriano, que contaba 41 años cuando accedió al poder, era pro­ fundamente distinto de su predecesor. Varius, multiplex, multifonnis·. así lo definía el epítome De Caesaribus (14,6). Aparece como un em­ perador seductor e inquietante a un tiempo. Fino espíritu, cultivado, de hermosa y ágil inteligencia, era tanto un hombre de acción como un amable diletante. Para él, el Imperio tenía que salvaguardar y enri­ quecer la civilización grecorromana: Italia no debía seguir dominando a las provincias y el Imperio tenía que ser diverso en su unidad. Este emperador, profundamente impregnado de las enseñanzas del helenis­ mo (se le llamaba, en broma, Graeculus), aparece como un alma cos­ mopolita que renuncia a la política itálica de Trajano para vincularse a la promoción de las provincias.

Su obra legislativa y administrativa es considerable. Organizó el con­ sejo del príncipe y los servicios centrales, hizo que el célebre jurista Sal- vio Juliano procediese a la codificación del edicto pretorio (131): en ade­ lante, el derecho romano dependía del emperador y de sus juristas, en cuanto a evolución e interpretación. Adriano quiso, sin embargo, ate­ nuar el efecto unificador de estas medidas. A lo largo de sus viajes (pa­ só en las provincias por lo menos doce años de su reinado) multiplicó las promociones jurídicas a comunidades, pero esforzándose en no da­ ñar con ello los derechos locales. Sus amonedaciones atestiguan, a tra­ vés de la elección de los símbolos de las provincias, su esfuerzo para promoverlas y los provinciales le rindieron los honores que merecía con­ firiéndole frecuentemente las magistraturas o los sacerdocios supremos en sus ciudades. Varias reglamentaciones sobre la explotación de tierras (inscripción de Ain Yemala, en Africa) o minas (lex metalli Vipascen- sis, en Lusitania) intentaron dar nueva vida a la economía de las pro­ vincias.

Se le debe, sobre todo, la integración política de las élites helenófo- nas, muy escasa hasta entonces. Adriano sentía verdadera simpatía por Oriente, su cultura, sus religiones. Las ciudades griegas recibieron im ­ portantes privilegios (concedió abundantemente el derecho de acuña­ ción) y la presencia griega en el Senado creció sensiblemente durante

Marcio Turbo. Procedente de las cohor­ tes pretorianas, recorrió bajo Trajano m uchas de las etapas de la carrera pro­ curatoria. Adriano le confió las mayo­ res responsabilidades. Su carrera ha si­ do estudiada p or H .-G . PLAUM , Les

C arrières p ro cu rato rien n es, t. I,

p p . 199-216.

El hombre

La política

Las amonedaciones de Adriano exaltan su política

provincial. Aquí, Adriano como restaurador de las provincias de Hispania.

La sucesión

A N T O N IN O PIO Y LA PO LITICA DE INMOVILISMO

Antonino restaura los viejos cultos itálicos: el dios Silvano,

en el reverso de las monedas.

su reinado. En el reinado siguiente, el retor Elio Aristides daría, en su discurso A Roma, la medida de la adhesión griega a su política: el mundo se había transformado en una democracia dirigida por el mejor de los ciudadanos; y Roma, ciudad-estado, permitía a sus mejores, nacidos en todas las provincias, participar en el gobierno de las masas.

Los últimos años del reinado estuvieron consagrados a preparar la sucesión imperial. Hay que renunciar, hoy por hoy, a la brillante hipó­ tesis de que Adriano habría querido elevar al Imperio a su hijo bastar­ do L. Ceyonio Cómodo, convertido, por adopción imperial, en Elio César 0. CARCOPINO). Adriano parece que reservó el Imperio al joven M. An­ nio Vero (a quien afectuosamente llamaba “ Verissimus"). Con el fin de atraerse a un clan importante de senadores itálicos, adoptó a Cómo­ do, de frágil salud, con cuya hija casó a Annio Vero. Al morir poco después el heredero designado, eligió a un senador sin hijos, de avan­ zada edad y pariente de Vero, T. Aurelio Fulvo Boyonio Arrio Antoni­ no. Este hubo de adoptar, por este orden, al joven hijo de Cómodo y a Annio Vero. Pero a lo largo del reinado de Antonino Pío cambió la situación protocolaria de sus dos hijos adoptivos y su pariente Annio Vero (con su nuevo nombre de M. Aurelio Vero César) pasó por delan­ te de L. Elio Aurelio Cómodo.

Antonino sucedió a Adriano el 10 de julio del 138. Aunque nacido en una familia de Nimes, había pasado la mayor parte de su vida en Italia, en donde tenía importantes propiedades, en Etruria, Umbría, Piceno y Campania. Había seguido una apacible carrera, exclusivamente urbana e itálica, excepción hecha de un proconsulado en Asia, hacia el 135-136. Patricio conservador y administrador íntegro, pero de esca­ sa energía, había sido elegido por Adriano para no trastocar los princi­ pios establecidos. De hecho, a todo lo largo de su reinado se preocupó por no innovar y por practicar la política de su antecesor: igual aten­ ción a las provincias (reparación de vías, construcciones públicas), igual atención a los asuntos municipales. Acaso hubo una gestión de las fi­ nanzas públicas algo más económica, pues dejó a su muerte 675 millo­ nes de denarios en el tesoro. Influenciado, sin duda, por el movimien­ to arcaizante, sensible a lo literario (en lo que Aulo Gelio y Frontón le ilustraban), restauró los más viejos cultos de Roma, del Lacio y de Italia. Pero no rechazó las simpatías manifestadas por Adriano hacia los cultos orientales. Sencillamente, actuó con mayores prudencia y m é­ todo: bajo su reinado, el culto metróaco, reformado, acentuó su carác­ ter oficial y la teología solar llegó, incluso, a proveer a la propaganda oficial de algunos de sus símbolos.

Bajo Antonino alcanza el Imperio su apogeo, hecho de equilibrio y prosperidad. Los contemporáneos fueron conscientes de tal situación y la propaganda oficial, ejemplificada en la numismática, utiliza con insistencia los temas de la edad de oro. Quizá se vivió, en la corte y en los medios dirigentes, en la falsa creencia de que tal situación excep-

cional iba a ser duradera. Igualmente, el reinado de Antonino aparece como una época en la que toda imaginación se desvanece. El mismo no es, en absoluto, un espíritu curioso y superabundante en ideas co­ mo el de su antecesor. La norma es no trastocar nada: los mandos, los gobiernos se confían, como en el pasado, a nobles recientes, a homines

novi. No se vacila en alargar un poco la duración de los gobiernos o

de las prefecturas, aunque el personal imperial no gane con ello en com­ petencia. Reproche más grave es el que puede hacerse a que el empera­ dor no deja Roma o sus villae de Italia: no conoce bien el Imperio y no prepara a sus sucesores para asumir las tareas de gobierno; sus hijos adoptivos pasan su juventud en Roma y carecen por completo de for­ mación militar.

El inmovilismo de esta generación tuvo las más enojosas consecuen­ cias cuando, bajo Marco Aurelio, quedó abierta la primera crisis del Im­ perio.

El 7 de marzo del 161, cuando murió Antonino Pío, Marco Aurelio tenía 39 años. Había recibido una excelente formación literaria y filo­ sófica que le había permitido asimilar las culturas griega y latina; pero, no habiendo ejercido ningún cargo importante del Estado, carecía de práctica política. Asceta de frágil salud, por voluntad de Antonino ocu­ paba una posición privilegiada respecto de su hermano. No obstante,

desde su llegada al poder, asoció a éste mediante el imperium procon­

sular y la potestad tribunicia, confiriéndole el título de Augusto: es el primer ejemplo de colegialidad imperial. Los dos soberanos eran pro­ fundamente distintos: en tanto que Marco Aurelio (que tomó el cog­

nomen de Antonino) se dedicaba seriamente a la pesada carga del Im ­

perio, Lucio Vero (a quien había transmitido su cognomen) manifesta­

ba una indiferencia y un diletantismo llamativos.

Marco Aurelio encontró en la filosofía estoica razones para enfren­ tarse abnegadamente a la crisis del Imperio: la amenaza persa, la inva­ sión germánica, la usurpación de Avidio Casio o la peste que lo flageló desde el 165.

Tuvo que pasar la mayor parte de su reinado en los campamentos, y se afanó en restaurar las fronteras y el poder de Roma. A su lado apa­ recieron hombres nuevos, hijos de caballeros en su mayor parte, llega­ dos a la cima del poder gracias a sus cualidades militares: Avidio Casio, un sirio, a quien confió el mando sobre todo el Oriente; Helvio Pérti- nax, hijo de un caballero itálico y futuro emperador; Claudio Pompe- yano, el mejor general del reinado, hijo de un caballero sirio. Eligió a sus yernos entre esos hombres de confianza, que le debían su carrera, a fin de preservar la posición privilegiada de Cómodo, príncipe nacido en la púrpura (el 31 de agosto del 161), que fue proclamado Caesar a raíz del triunfo pártico del 166 y, luego, Augustus en el 177.

M A R C O AU RELIO Y LA CRISIS D E L IM PERIO

Cognom en. Con eJ praenom en (nom ­

bre de pila) y el no men o gentilicium (apellido, gentilicio), el cognomen (so­ brenombre) form a parte de la denom i­ nación personal y es su elem ento más individualizador.

El entorno im perial

C óm odo, en numerosas inscripciones, lleva el título de nobilissimus princeps. En las monedas se alude a su nobili­

tas. Son los más eminentes títulos de

nobleza y se explican porque había na­ cido cuando ya su padre disponía del poder imperial.

Política interior

El principado antonino

La prueba más dolorosa fue la sublevación de Avidio Casio, a quien apoyó todo el Oriente, salvo Capadocia (abril-junio del 175). Roma pa­ deció por la detención de los convoyes de trigo egipcio. Pero el empe­ rador, fiel a sus ideales filosóficos, llevó a cabo una política de clemen­ cia. Las acuñaciones se hacen eco de las dificultades de los tiempos: exal­ tan la Virtus del emperador y la mención de la Religio Augusti recuer­ da la angustia religiosa y el recurso a divinidades exóticas, sobre todo egipcias (Thot-Hermes). Por otra parte, la Concordia Exercitus o la Fi­ des muestran la vuelta del ejército al primer plano y su peso en la vida del Imperio. Obligado a hacer la guerra, Marco Aurelio, bajo la influen­ cia de su estado mayor, parece que consideró una política de conquis­ tas destinadas a dotar de un glacis protector a las provincias danubia­ nas. Al morir, el 17 de marzo del 180, recomendaba a Cómodo la pro­ secución de las guerras y la resolución, mediante la victoria, del proble­ m a germánico.

Las fuentes iluminan mejor su política exterior que la interior. Res­ pecto del Senado adoptó una actitud de leal colaboración, consultán­ dolo sobre la totalidad de los grandes problemas del momento y sin permitir que los caballeros formasen parte del consejo del príncipe cuan­ do había que juzgar a un senador. Pero, por otra parte, introdujo en el Senado, mediante adíe crio, a sus más fieles servidores, procedentes del orden ecuestre, de los que algunos eran oriundos de las provincias danubianas. Más preñada de consecuencias estuvo su actitud hacia las provincias. En su pensamiento político, Roma se sitúa en el centro, abru­ mando a todos con un poder monárquico absoluto: el mundo de las ciudades pierde el vigor que le había prestado la hábil política de Adria­ no y el Imperio, concebido antaño como una federación de Ciudades, evoluciona lentamente, por efecto de las concepciones universalistas del soberano, hacia una monarquía unificadora y centralizada.

Con su reinado se cierra lo que se ha convenido en llamar el princi­ pado antonino. La legitimidad del príncipe descansa sobre la investi­ dura senatorial, que resulta necesaria, incluso a posteriori; bien es cier­ to que, a menudo, el papel de esta asamblea se limita a dar el visto bueno a la elección del emperador reinante, que se dota, en vida, de

sucesor, a quien ha adoptado y conferido los poderes esenciales (impe­

rium proconsular y tribunicia potestas)·, el título de Caesar designa al sucesor. El príncipe antonino, al modo de Augusto, acumula en su per­ sona un conjunto de poderes que no se reflejan exactamente en la titu­ lación imperial; pero, en el conjunto de sus atribuciones, ostenta la om ­

nipotencia gracias al imperium. Este, que daba al principado augústeo

un carácter demasiado militar (y qué, por esa causa, se había manteni­ do más o menos en penumbra), se convierte en la atribución caracterís­

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