De acuerdo con Victor y cols. (2000), es importante estudiar el significado de la soledad para las personas mayores con el fin de entender esta experiencia y desarrollar políticas de intervención social apropiadas. Rubio y Aleixandre (2001) también plantean que, en la investigación sobre soledad, un primer paso sería descubrir con qué asocian las personas mayores la soledad y cómo entienden este concepto. En los últimos años, la investigación ha analizado el significado de la soledad para las personas mayores, aunque los estudios todavía son escasos.
Desde una perspectiva constructivista, Sternberg (1997) define las teorías
implícitas como “construcciones hechas por las personas y que se relacionan con
sus metas”. Estas concepciones constituyen la psicología popular de la gente y tienen una gran importancia ya que influyen en su comportamiento en mayor medida que las teorías desarrolladas por la comunidad científica. Son representaciones idiosincrásicas de los acontecimientos vitales que se elaboran en la interacción entre el individuo y su contexto social. Por tanto, dentro de una misma cultura podemos encontrar representaciones de la realidad similares, pero al mismo tiempo se dan diferencias entre los individuos.
Horowitz, French y Anderson (1982) analizaron el concepto de “persona solitaria” de la población general. Encontraron múltiples significados de la soledad, pero señalaron que las características más importantes se organizan en torno a una “estructura cognitiva” compartida por muchas personas en una misma cultura. El concepto de persona solitaria funciona como una gestalt, es decir, cuando la descripción de una persona coincide con suficientes características del prototipo, como “introvertido” o “triste”, el prototipo total se activa. En su estudio las características más comunes eran las siguientes: “evita el contacto social y se aísla de los otros”, “se siente deprimido” y “piensa que quiere un amigo”. Se citaban más emociones que cogniciones en el prototipo y las emociones más salientes eran de tipo interpersonal (rechazado, enfadado, aislado, inferior, etc.).
Por otro lado, desde la fenomenología, se busca describir la experiencia tal y cómo sucede en la conciencia del individuo, sin buscar explicaciones causales. Rubenstein y Shaver (1982) plantearon que, para entender la soledad, es necesario analizar su significado para los individuos que la experimentan. Cuando estos autores preguntaban a las personas cómo sentían su soledad en el cuerpo, una gran proporción de ellas la describía como “un agujero o un espacio en mi pecho (o en mi estómago, o cerca del diafragma)”. Es decir, las
personas sienten la soledad como un vacío dentro de sí mismos y esta descripción supera el ámbito de la definición de la soledad como “un déficit percibido en las relaciones sociales”, comúnmente aceptada en la literatura científica. McInnis y White (2001) también encuentran que, en las personas mayores, la soledad se relaciona con las pérdidas, es emocionalmente dolorosa y tiene múltiples dimensiones. Se describe como un tipo de “sufrimiento silencioso” que a menudo no se expresa por el miedo a ser visto como una carga por las personas cercanas.
Victor y cols. (2002b) afirman que la soledad es un concepto subjetivo y que su vivencia se relaciona con el significado, las expectativas, y las causas percibidas de la misma. En otro estudio, los autores recogen el significado de la soledad para las personas mayores dentro de tres categorías: funcional, como un estado mental y como características de la red social. Las definiciones
funcionales se centraban en la pérdida de habilidades en la vida cotidiana, como
una combinación de pérdidas de salud y financieras. La soledad como un estado
mental hacía referencia a aspectos como la felicidad en pasar tiempo solo y la
motivación para relacionarse con otros. Las definiciones como características de la red social se relacionaban con el tamaño y la cercanía de la misma. También se incluían aspectos como la presencia de un confidente y la pérdida de la pareja con la que se ha compartido una gran parte de la vida (Victor, Bowling, Bond y Scamber, 2003).
En nuestro país, la soledad se ha definido como el aspecto vital más importante para el 6,2% de los mayores, ocupando el segundo lugar entre muchos aspectos después de la preocupación por el estado de salud. Las personas mayores asocian la soledad fundamentalmente con “un sentimiento de vacío y tristeza” (48,8%), con “la pérdida de seres queridos” (42,3%) y con “no tener a nadie a quien acudir” (28,5%). La soledad también se relaciona con “no tener familia o tenerla lejos” (26,8%) y con “no sentirse útil para nadie”
(17,3%). Uno de cada diez hombres mayores también a asocia la soledad a “carecer de razones para vivir” (Imserso, 2000).
Iglesias (2001) plantea una investigación cualitativa en la que los participantes describen su experiencia de soledad en relación con dos acontecimientos vitales: la jubilación y la viudedad. En primer lugar, se plantea que la retirada del mundo laboral puede llevar a una desvinculación social relacionada con la pérdida de amistades que se tenían en el trabajo y con la reducción de actividades fuera del hogar. No obstante, la experiencia de soledad aparece solamente cuando la jubilación coincide en el tiempo con otras circunstancias familiares adversas, como la viudedad, la dispersión de los hijos o las malas relaciones con otros miembros de la familia. Entre los mayores jubilados, el miedo a la soledad se asocia en mayor medida con la pérdida de la pareja y el empeoramiento de la salud.
En segundo lugar, las personas viudas describen distintas circunstancias que rodean esta experiencia. La soledad se asocia, a nivel personal, con la pérdida de la relación de intimidad con la pareja, con la desilusión por la vida y con problemas para conciliar el sueño. A nivel familiar y social, se describen situaciones problemáticas derivadas de la lejanía física de los hijos o de la insolidaridad y los conflictos familiares, así como la reducción de las actividades sociales y el empobrecimiento de las relaciones con los amigos y vecinos.
En otro estudio cualitativo con personas mayores que viven solas, los participantes describen dos tipos de experiencia que identifican con la soledad. Por un lado, la ausencia de apoyo instrumental, el no tener una persona a la que acudir en momentos de emergencia o cuando tienen problemas de salud produce una sensación de miedo, inseguridad e indefensión, sobre todo por las noches. Por otro lado, se describen sentimientos de vacío y tristeza por carecer
de compañía en sus hogares, es decir, por no tener una persona de confianza que proporcione el apoyo emocional necesario en momentos de tristeza y decaimiento. A menudo las personas mayores demandan ayuda instrumental a amigos y familiares, pero la soledad emocional prefieren soportarla antes que solicitar apoyo de otras personas. Los mayores también asocian el sentimiento de soledad con el recuerdo obsesivo de los seres queridos que han fallecido y con la falta de ilusión por la vida. Por último, la soledad se relaciona con la dispersión geográfica de los hijos y con problemas en las relaciones familiares (López, 2005).