La investigación sobre el altruismo también ha demostrado que, aunque no se trate de la motivación primaria de la conducta altruista, ayudar a otros se asocia con beneficios para aquel que la realiza. La teoría del “aumento de la estima” sugiere que dar apoyo a otros podría contribuir a aumentar los recursos personales de aquel que da el apoyo (Batson, 1998). La persona que da apoyo puede tener pensamientos positivos hacia sí mismo y hacia otras personas, así como sentirse respetado y valorado por otros. Contribuir al bienestar de personas cercanas mediante su cuidado sin esperar una recompensa inmediata podría ser en sí mismo un comportamiento constructivo y restaurador. En las últimas dos décadas se han publicado distintos estudios empíricos sobre los efectos positivos del comportamiento altruista en la persona que proporciona la ayuda.
La investigación demuestra que dar ayuda a otros tiene efectos positivos en el bienestar de quien la proporciona, siempre que la persona no se sienta sobrecargada por dicha ayuda, como puede ser el caso de los cuidadores principales de personas dependientes (Schwartz, Meisenhelder, Ma y Red, 2003; Silverstein, Chen y Heller, 1996). La evidencia viene fundamentalmente de la literatura sobre el voluntariado y la ayuda a otras personas en la comunidad, aunque también se han realizado estudios sobre los efectos de dar ayuda en términos de apoyo social a personas cercanas. Post (2005) revisa los estudios
que demuestran que las conductas altruistas se asocian con emociones positivas, un mejor estado de salud, una mayor longevidad y un mayor bienestar.
Los primeros estudios empíricos se centraron en los efectos beneficiosos del
voluntariado en la persona que lo realiza. Hunter y Lin (1981) encontraron que
los voluntarios mayores estaban más satisfechos con su vida y mostraban menos síntomas psicológicos de depresión, ansiedad y somatización que los no voluntarios. En otros estudios el comportamiento voluntario se ha relacionado con niveles más altos de felicidad y bienestar (Krueger, Hicks y McGue, 2001; Morrow‐Howell, Hinterlonh, Rozario y Tang, 2003), con la autoestima y el afecto positivo (Midlarsky y Kahana, 1994), con un menor nivel de síntomas depresivos (Musick y Wilson, 2003) y con una menor mortalidad (Musick, Herzog y House, 1999; Oman, Thoressen y McMahon, 1999)
Otros estudios se centran en los efectos positivos del apoyo dado a otras personas dentro de la red social, como amigos y familiares. Stoller (1985) observó que dar apoyo a los hijos y a otros familiares tiene un efecto más positivo en el bienestar de las personas mayores que recibir apoyo de las mismas personas. Stevens (1992) también encontró que proporcionar apoyo a personas de la red social aumentaba la satisfacción vital en una muestra de adultos mayores. Concretamente, dar apoyo instrumental explicaba el 6,8% de la varianza de la satisfacción vital, después de controlar el efecto de otras variables como la salud, la integración en la comunidad y la edad.
Schwartz, Meisenhelder, Ma y Reed (2003) observaron que, después de controlar el efecto de otras variables, dar ayuda a otros se asociaba con menores niveles de depresión y ansiedad y esta relación era más significativa que la encontrada entre recibir ayuda y la salud mental. Sin embargo, “sentirse sobrecargado por las demandas de otros” tenía un importante efecto negativo
en la salud mental más potente que el de proporcionar ayuda. Reinhardt (2001) también demostró que dar apoyo emocional a la familia aumentaba los sentimientos de satisfacción con la vida en una muestra de personas mayores con una discapacidad visual. Las variables de dar y recibir apoyo explicaban proporciones similares de la varianza en distintos indicadores del bienestar: depresión, satisfacción con la vida y adaptación a la pérdida de visión.
De Jong Gierveld y Dykstra (2008) hallaron evidencia empírica de que las personas de mediana edad y mayores que proporcionaban apoyo a un mayor número de generaciones dentro de la familia se sentían menos solas que aquellas que daban menos apoyo. Sin embargo, sólo dar apoyo a los hermanos se asociaba con una menor soledad. Proporcionar apoyo a los padres no se relacionaba significativamente con la soledad, mientras que dar apoyo a los hijos se relacionaba con la soledad de forma positiva. Las autoras explican los resultados según las creencias normativas de apoyo en el contexto familiar.
W. M. Brown, Consedine y Magai (2005) observaron que dar apoyo social estaba asociado con una menor morbilidad, mientras que recibir apoyo y la reciprocidad no tenían relación con el estado de salud. Los efectos de dar apoyo eran significativos después de que se controlaran variables sociodemográficas, el tamaño de la red y las limitaciones funcionales. S. L. Brown, Nesse, Vinokur y Smith (2003) también encontraron que proporcionar apoyo instrumental a amigos, familiares y vecinos, y dar apoyo emocional al cónyuge se relacionaban con un menor riesgo de mortalidad en una muestra de adultos mayores casados. Recibir apoyo no tenía ningún efecto en la mortalidad una vez que se tenía en cuenta el efecto de dar apoyo. Aquellos que no daban apoyo instrumental o emocional a otros tenían el doble de riesgo de morir en los cinco años siguientes que aquellos que ayudaban a otros en su red social.
Post (2005) concluye su revisión teórica y empírica diciendo que el comportamiento altruista es un factor protector de la salud y el bienestar, al igual que otros factores, como una dieta saludable, no fumar y el nivel educativo. Sin embargo, hasta el momento hay un escaso desarrollo teórico y empírico sobre los posibles mecanismos que podrían mediar en la relación entre dar apoyo y sus consecuencias positivas. Este autor sugiere tres modelos que explican cómo las conductas altruistas pueden tener efectos en la salud y el bienestar: la teoría evolutiva, las ventajas fisiológicas y el aumento de la emoción positiva.
Primero, desde una perspectiva evolutiva, las conductas altruistas de las personas mayores pueden mejorar las posibilidades de supervivencia de otras generaciones (p.ej. los nietos), lo cual les proporciona un sentido de “generatividad” (Lee, 2003). Segundo, ayudar a otros también se asocia con emociones positivas, como sentirse más “elevado”, con energía y más calmado, lo cual tiene efectos en los indicadores fisiológicos del estrés (Field, Hernández‐ Reif, Quintino, Schanberg y Kuhn, 1998; Lunks, 1988). Por último, las conductas altruistas también se relacionan con la presencia de emociones positivas, como la amabilidad, el cariño y la compasión, que pueden desplazar estados emocionales negativos, que causan estrés psicológico e impiden el bienestar. Las emociones positivas a menudo no son compatibles con estados emocionales negativos, como la ansiedad, el miedo, la tristeza y el enfado (Anderson, 2003). Ayudar a otros de forma compasiva permite a las personas sentirse bien consigo mismas y con otros, lo cual tiene efectos en indicadores de la salud física y mental (Post, Underwood, Schloss y Hurlbut, 2002).
A nivel psicológico, se ha defendido que dar ayuda puede aumentar la autoestima, el sentido de identidad personal y el control primario sobre el ambiente. Algunos autores han llamado a esta posición teórica “el aumento de la estima” (Batson, 1998). Este podría ser un mecanismo importante en el caso
de las personas mayores que empiezan a experimentar pérdidas de salud y una limitación en sus capacidades funcionales (Boerner y Reinhardt, 2003). Otros estudios han demostrado que el efecto de proporcionar apoyo a otros en el