Antes de proceder, se debería establecer una diferencia poco frecuente pero útil sobre la terminología relacionada con la valoración. La forma nominal, valoración, debería usarse para el producto de la evaluación, y la forma verbal, valorar, para el acto de efectuar la evaluación. Esto permite subrayar el acto de valorar como una serie de acciones cognitivas, un proceso ejecutado por un individuo que puede o no puede haber sido consciente al hacerlo.
La diferencia se estableció en un artículo (Lazarus, 1995) publicado en una revista dedicada a los temas de debate de la ciencia social. Un comentador cri- ticó el uso que yo hacía por no haber sido coherente a lo largo del texto, pero esto no restaba valor a la diferencia. McAdams (1996) ha formulado una dife- rencia paralela con respecto al concepto del self.
Hay dos actos de valoración: primario y secundario. Aunque siempre fun- cionan interdependientemente, conviene comentarlos separadamente.
Acto primario de valoración
El acto primario de valoración se refiere a si lo que sucede es relevante para los propios valores, compromisos relativos a los objetivos, creencias sobre el self y el mundo e intenciones situacionales. Los valores y las creencias pueden ser factores más débiles al influir sobre la acciones o las reacciones que los com- promisos relativos a los objetivos porque podemos disponer de valores sin haber actuado nunca en base a ellos. Podemos pensar, por ejemplo, que es bue- no tener riqueza, pero que no merece la pena comprometerse excesivamente
para obtenerla. El término compromiso relativo al objetivo, por el contrario, implica que una persona luchará duró por alcanzar dicho objetivo, a pesar del desánimo y la adversidad.
El principio fundamental en este caso es que, si no hay ningún compromi- so relativo a un objetivo, no hay nada de importancia adaptativa en juego en un encuentro para activar una reacción de estrés. Sin nada en juego para el pro- pio bienestar en una transacción determinada, no se producirán ni el estrés ni las emociones. La persona vive atendiendo a asuntos rutinarios hasta que se pro- duzca un indicador de que algo de mayor importancia adaptativa está ocu- rriendo, en tal caso interrumpirá la rutina ante la posibilidad de daño/pérdida, amenaza o desafío (Mandler, 1984).
¿Qué preguntas nos formulamos en el acto primario de valoración? Es fun- damental la pregunta de si hay o no hay algo en juego –en efecto, nos pregun- tamos: “¿Tengo algún objetivo en juego, o está alguno de mis valores nuclea- res comprometido o amenazado? Y en caso afirmativo, ¿Qué podría pasar?” Si la respuesta a la pregunta fundamental de la valoración primaria es no –en otras palabras, no consideramos la transacción relevante para nuestro bienestar– no hay nada más que examinar en la transacción; no se producirá estrés.
Si, por el contrario, valoramos que lo que está ocurriendo es una condición de estrés, las alternativas transaccionales son daño/pérdida, amenaza o desafío. El daño/pérdida consiste en algún perjuicio que ya se ha producido. La amenaza es la posibilidad de tal perjuicio en un futuro. El desafío es algo equivalente al eustres de Selye, donde la persona que se siente desafiada lucha con entusiasmo contra los obstáculos, se siente expansiva –incluso divertida– sobre la lucha que le espera. Los ejecutores de todo tipo, músicos, actores, artistas disfrutan de los efectos liberadores del desafío y odian los efectos limitadores de la amenaza.
Acto secundario de valoración
El acto secundario de valoración se refiere al proceso cognitivo-evaluador que se centra en lo que puede hacer la persona sobre la relación estresante per- sona-medio, especialmente cuando se ha producido una valoración primaria de daño, amenaza o desafío. Tal valoración, que no es más que una evaluación de las opciones de manejo, no es realmente el manejo sino el substrato cognitivo para el manejo. Aun así, si es parte de una búsqueda activa de información y significado sobre la acción a ejecutar, no es inapropiado referirse también a dicho proceso como manejo. La cuestión de la denominación es un tema ambi- guo y, como he manifestado repetidas veces, el acto de valorar y el manejo, a menudo, son difíciles de distinguir empíricamente.
Como la amenaza y el desafío se centran en el futuro, habitualmente nos hallamos en un estado de incertidumbre porque desconocemos qué es lo que va a suceder realmente. La amenaza y el desafío pueden ocurrir en la misma situa- ción o en una relación continua, aunque normalmente suele dominar uno de los
dos. En algunas situaciones, somos más amenazados que desafiados, y en otras situaciones, suele ocurrir lo contrario.
Cuanto más seguros estemos de nuestra capacidad para superar los obstá- culos y los peligros, más probable es que seamos desafiados que amenazados y viceversa, la sensación de inadecuación promueve la amenaza. Como la con- fianza en uno mismo varía considerablemente de una persona a otra, los indi- viduos difieren en su propensión a experimentar amenaza o desafío. Podemos pensar en esta tendencia como en un rasgo de personalidad y puede aplicársele un concepto equivalente al de la auto-estima (Bandura, 1982, 1997).
Pero las situaciones varían significativamente en una dirección o en la otra. Algunas imponen demasiadas demandas para los recursos de la persona, y son tendentes a ser amenazadoras, mientras que otras situaciones permiten suficien- te flexibilidad para la aplicación de destrezas y para la persistencia, fomentando así más el desafío que la amenaza. Los contenidos substanciales de las variables ambientales que influyen sobre una valoración consisten en las demandas situa- cionales, las limitaciones y las oportunidades de las que el individuo es cons- ciente. Las variables ambientales formales que lo hacen son dimensiones situa- cionales como carácter novedoso/familiaridad, predictibilidad/impredictibili- dad, claridad de significado/ambigüedad y factores temporales como la inmi- nencia, la temporalización y la duración. Estas variables pueden moderar el efec- to de las variables de contenido que influyen sobre la valoración.
Especulando aún más sobre este particular, sugiero que la familiaridad, la predictibilidad y la claridad favorecen el desafío; la inminencia, la escasa tem- poralización (si existen muchos otros motivos de estrés) y la larga duración favorecen la amenaza. Sin embargo, y en coherencia con el punto de vista rela- cional del estrés, en cualquier transacción tanto las circunstancias ambientales como las variables personales se combinan para determinar si habrá una valo- ración de amenaza o de desafío.
Hacia los años sesenta, mis intereses se centraban en el estudio del funcio- namiento de la valoración y del manejo en el proceso del estrés. El manejo puede reducir las reacciones de estrés, algunas veces mediante acciones que cambian la relación real entre la persona y el medio (manejo centrado en el problema) y algunas veces cambiando meramente el significado de dicha rela- ción (manejo centrado en la emoción). También he usado el término manejo cognitivo para expresar esta idea de que el manejo puede influir sobre el estrés y la emoción mediante una revaloración de la relación persona-medio. Originalmente pensaba en estos procesos como en defensas del ego, posterior- mente llegué a comprender que era más apropiado considerarlos genérica- mente como formas de valoración y revaloración, y no necesariamente como engaños de uno mismo, aunque puedan se defensivos en una circunstancia determinada.
Sin embargo, también he observado que conceptualmente la valoración y el manejo van mano con mano y se solapan, lo que genera dudas si, en una cir-
cunstancia determinada, un pensamiento o una acción relacionados con el estrés, son una valoración, un proceso de manejo o ambas cosas a la vez. La incertidumbre se origina en el hecho de que el manejo cognitivo (como una defensa del ego) es básicamente una revaloración, que es difícil de distinguir de la valoración original, salvo a través de su historia. No son muchos los investi- gadores que han estudiado este aspecto, pero Troop (1998) contempla este dilema con mucha atención, sofisticación y sabiduría. Dada la ambigüedad, la respuesta sobre el proceso que se está produciendo debe basarse siempre en la exploración plena de lo que pasa por la mente de un individuo particular y del contexto en el que surge la transacción.
El adjetivo calificador, “secundario” no trata de connotar un proceso menos importante, sugiere sólo que la valoración primaria es una evaluación de si lo que está sucediendo merece o no nuestra atención y movilización. Conversamente, la valoración secundaria se centra en lo que ha de hacerse para el manejo. Por lo tanto, las diferencias entre ellas no se relacionan con la tem- poralización sino con el contenido de la valoración. La valoración primaria no necesariamente se produce en primer lugar, ni opera independientemente de la valoración secundaria, y entre ambas existe una activa combinación. Los conte- nidos diferentes de cada tipo de valoración justifican que sean tratadas separa- damente mientras se describen. Sin embargo, en la práctica y en la investiga- ción deberían ser consideradas como partes de un proceso común.
En cualquier transacción estresante, debemos evaluar las opciones de mane- jo y decidir cuáles seleccionar y cómo ponerlas en marcha. Las preguntas for- muladas varían en razón de las circunstancias, pero se relacionan con aspectos como: “¿Debo actuar? ¿Cuándo debería actuar? ¿Qué puede hacerse? ¿Es facti- ble? ¿Cuál es la mejor opción? ¿Soy capaz de ejecutarla? ¿Qué costes y benefi- cios conlleva? ¿Cuáles podrían ser las consecuencias de cada tipo alternativo de respuesta, digamos, actuar o no actuar?” Las decisiones sobre las acciones de manejo no siempre se graban en piedra y a menudo deben ser modificadas de acuerdo con el transcurso de los sucesos, aunque algunas de ellas no puedan modificarse una vez traspasado determinado umbral.
Las cuestiones previas han sido formuladas en términos muy generales, pero se suelen requerir más detalles sobre la transacción para tomar decisiones realistas sobre qué pensar y hacer (Janis & Mann, 1977). Como las condicio- nes varían significativamente, cada tipo de estrés, por ejemplo, daño/pérdida, amenaza o desafío, contiene sus propios aspectos particulares sobre las decisio- nes y la acción. Por lo tanto, para un análisis efectivo, las categorías globales, como éstas, deberán limitarse a condiciones estresantes más específicas, por ejemplo, duelo por la pérdida de un ser querido, enfermedad mortal, una enfermedad terminal, un rechazo, una ofensa leve o grave, una oportunidad laboral, etc. Como verá posteriormente, la respuesta emocional a estas condi- ciones puede diferir, aunque las diferencias individuales siempre siguen sien- do substanciales.
Dependiendo de lo que se halle en la investigación sobre el manejo y la emoción, incluso los detalles precedentes deberán ser mejor especificados. Las diferentes versiones del duelo o de la enfermedad –por ejemplo, cómo murió la persona– presentan propiedades psicológicamente relevantes que podrían influir sobre lo que pueda hacerse para manejar la situación y la emoción que se experimente. Del mismo modo que los individuos deben contemplar estos pequeños detalles en sus propias valoraciones y esfuerzos de manejo, el estudio científico de la valoración y del manejo deberá considerarlos también en la investigación de los principios, y lo mismo podría aplicarse a los esfuerzos clí- nicos para ayudar a las personas a manejarse más efectivamente.
Las categorías más globales del análisis del estrés, como daño/pérdida, ame- naza y desafío, que he presentado como tipos de estrés, pueden ser combinadas en la misma transacción y, por lo tanto, deberían separarse sólo si conviene al análisis. Por ejemplo, las valoraciones de daño, que tienen que ver con el pasa- do, también presentan implicaciones para el futuro y, por lo tanto, normal- mente también contienen elementos de amenaza. Las valoraciones de desafío también pueden incluir elementos de amenaza. Aunque las valoraciones de amenaza tienden a estar subordinadas al desafío cuando el estado mental es de optimismo sobre los propios recursos para lograr el resultado deseado, esto pue- de cambiar rápidamente dependiendo de los cambios fortuitos, y en tal caso la amenaza puede predominar sobre el desafío.
Independientemente de que se usen o no los términos de amenaza y desa- fío, como contrapuestos a, digamos, la sensación de dominio o control sobre los sucesos, desde 1984 se ha producido una enorme cantidad de investigación que defiende las propuestas básicas de esta teoría cognitiva-mediadora del estrés y del manejo centrada en la valoración. La revisión de todos los estudios requeri- ría demasiado espacio y sería tediosa para el lector y para mí, por lo tanto me limitaré a nombrarlos. Aunque el listado que se presenta a continuación pue- de ser aburrido, los estudios que se mencionan son valiosos como contribucio- nes en la investigación de la teoría de la valoración y pueden ser útiles para el lector interesado en profundizar sobre este tema:
Abella & Heslin (1989); Babrow, Kasch y Ford (en prensa) que analizan la ambigüedad o incertidumbre en la valoración y subrayan que la información y el significado no son lo mismo; Bombadier, D’Amico & Jordan (1990); Chang (1998); Croyle (1998); Croyle (en prensa); una serie programática de Dewey referida al estrés laboral (1987, 1989, 1991a, 1991b, 1992a, 1992b, 1992c); Hemenover & Dienstbier (1996a, 1996b); Jacobson (1987); Landreville, Dubé, Lalande & Alain (1994); Landreville & Vezina (1994); Larsson (1989); Larsson, Kempe & Starrin (1988); Lavellee & Campbell (1995); Long, Kahn & Chutz (1992); Nyamathi, Wayment & Dunkel-Schetter (1993); Parker (1984); Paterson & Neufeld (1987); Peeters, Buunk & Schaufeli (1995); Peeters, Schaufeli & Buunk (1995); Repetti (1987); Sellers (1995); Solomon, Mikulincer & Hobfoll (1987); Terry (1994); Terry, Tonge & Callan (1995); una
serie programática de Tomaka & Blascovich, en Tomaka & Blascovich (1994), Tomaka, Blascovich, Kibler & Ernst (1997), Tomaka, Blascovich, Kelsey & Leitten (1993), Turner, Clancy & Vitalino (1987) y Vitalino, Russo & Maiuro (1987). Esta investigación, gran parte de la cual está vinculada con trabajos y estudios de situaciones, y enfermedad física y dolor crónico, defiende la impor- tancia de la valoración en una variedad de fuentes de estrés.
También debemos pensar en esta investigación en términos del concepto de manejo, que será desarrollado con más detalle en el Capítulo 5. Yo presupon- go (véase también Lazarus & Foolkman, 1984) que el buen manejo consiste con mucha frecuencia en la selección del mejor proceso de manejo para una situa- ción particular, siendo el criterio la combinación entre lo que uno hace, los requisitos de las condiciones a las que se enfrenta y las necesidades individua- les. También consiste en ser capaz de abandonar rápidamente una estrategia que fracase y cambiarla flexiblemente por otra. La calidad de la valoración es crítica para un buen manejo. La capacidad y voluntad de la persona para soste- ner una estrategia de manejo incluso ante condiciones desfavorables hasta que se haya consolidado como un buen intento, es también importante. Dadas las complejidades y ambigüedades de la vida social, y el proceso de manejo, un buen manejo no es algo que pueda tomarse a la ligera. Indudablemente, muchas veces depende de una cantidad considerable de buena suerte.
Durante mucho tiempo valoré la calidad epigramática de la oración serena de Alcohólicos Anónimos, que se relaciona más con la valoración secundaria que con el manejo:
Señor, concédeme el coraje para cambiar lo que pueda cambiarse, la serenidad para aceptar lo que no pueda ser cambiado y la sabiduría para reconocer la dife- rencia.
Cuando todo está dicho y hecho, dadas las dificultades para enjuiciar lo que funcionará y lo que no, la sabiduría de estas palabras ofrece una pauta filosófi- ca. No aporta una ayuda concreta con los detalles de cada caso específico o tran- sacción estresante.
Cómo se valoran las valoraciones
Magda Arnold (1960) consideraba el acto de valorar como algo más ins- tantáneo que deliberado. Manifestaba (p. 172):
La valoración que activa una emoción no es abstracta. Es inmediata y delibe- rada. Si vemos a alguien que nos amenaza con su dedo, instantáneamente evita- mos la amenaza, incluso si sabemos que no trata de herirnos ni tocarnos. Antes de poder ejecutar tal respuesta instantánea, hemos debido de estimar de algún modo que ese dedo puede herirnos. Como el movimiento es inmediato, la valoración del posible daño también debe ser igualmente inmediata.
La primera vez que me referí a la valoración (Lazarus, 1966), me pareció que Arnold había desestimado la complejidad del juicio de las diversas emociones. A este respecto sigo pensando lo mismo, pero ahora me impresiona más la ins- tantaneidad de la mayoría de las valoraciones, incluso las complejas y las abs- tractas. Las valoraciones se basan comúnmente en muchas claves sutiles del medio, lo que se ha aprendido de la experiencia previa y una serie de variables de personalidad, como los objetivos, intenciones situacionales y recursos o apti- tudes personales. Todo esto establece la base para decidir el modo de respues- ta, lo que nos muestra cuán complicado puede ser el proceso.
En este orden, es sorprendente la velocidad de muchas o de la mayoría de las valoraciones y es poco lo que sabemos sobre su funcionamiento. Reisenzein (en prensa) se ha referido recientemente al proceso cognitivo implicado en ellas. Debe existir una simultaneidad considerable en los procesos de escaneo de las fuentes de información, si eso es lo que hacemos. Me inclino a pensar que dis- ponemos de la información necesaria en las yemas de nuestros dedos, quizá como si fuera un conocimiento táctico sobre nosotros mismos y nuestro medio, por lo tanto el escaneo como se entiende en un ordenador no siempre es nece- sario, ni siquiera probable en la mayoría de los casos.
Cuando Arnold escribió su monográfico, la psicología empezaba a pensar en términos de fases de procesamiento de información. Por ello, el tratamien- to que yo di a la valoración fue más abstracto que el de Arnold, más conscien- te y deliberado. Aunque la expresión era redundante, empleé el término valo- ración cognitiva para subrayar la complejidad del proceso de enjuiciamiento que implicaba.
Uno de los cambios a mencionar que se han producido en la psicología des- de entonces es la actitud y el interés en los procesos inconscientes. En 1950, la psicología era nihilista sobre la capacidad de nuestra ciencia para manejar la mente inconsciente (véase, por ejemplo, Eriksen, 1960, 1962). En lo que res- pecta a la mediación cognitiva en el área del estrés y de la emoción, la pregun- ta en ese momento era si una valoración puede ser inconsciente.
En las décadas de los ochenta y los noventa, se produjo una explosión de interés por lo inconsciente, y por su significado, y la respuesta actual más común a la pregunta de si una valoración puede ser inconsciente es una rotun- da afirmación. Se asume que a menudo hacemos valoraciones sin conciencia de los complejos factores implicados en el juicio. Sin embargo, ni la instantanei- dad ni el inconsciente coinciden entre sí, ni requieren un tipo de pensamiento simple o primitivo (Lazarus y comentadores, 1995).
La explosión de interés y la investigación, también han tendido a centrarse en lo que podría llamarse el inconsciente cognitivo, que se relaciona con las cues- tiones a las que atendemos o no atendemos y las influencias de estos sucesos e ideas sobre el pensamiento, sentimiento y acción. Algunos libros y artículos recientes atestiguan este interés: Bargh (1990), Bowers (1987), Brewin (1989), Brody (1987), Buck (1985), Epstein (1990), Kihlstrom (1987, 1990), LeDoux
(1989), Leventhal (1984), Shepard (1984), Uleman y Bargh (1989) y otros. También podemos remontarnos a las posturas de Merleau-Ponty (1962), de Polany (1966) y más recientemente a la de Reber (1993).
Concluyo que hay dos vías opuestas fundamentales a través de las que pue- de producirse una valoración. En primer lugar, el proceso de valoración puede ser deliberado y en gran medida consciente. En segundo lugar, puede ser intui- tivo, automático e inconsciente. La diferencia es importante porque las cir- cunstancias en el momento de la valoración pueden variar significativamente. Algunas veces una valoración requiere una búsqueda deliberada y lenta de información sobre la que decidir el modo de reaccionar, especialmente sobre lo que puede hacerse para manejar la situación. Otras veces se precisa de una valo-