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Con el radical cambio de la perspectiva dominante en la psicología desde el conductismo militante hasta la mediación cognitiva, no debería de sorpren- dernos que existan desacuerdos entre los psicólogos sobre los méritos de la teo- ría de la valoración. Los debates entre Zajonc (1980, 1984) y yo (Lazarus, 1982, 1984a, 1991b) son ilustrativos (véase también, Lazarus, en prensa, 1998).

Recientemente Parkinson y Manstead (1992) han publicado una crítica a la teoría de la valoración, aunque sin ninguna refutación de los teóricos de la valo- ración. Como sería útil articular la substancia de cualquier desacuerdo entre nosotros, aprovecho esta oportunidad para presentar mi propia refutación.

Debería señalar desde un comienzo que las cuestiones son más que sustan- tivas porque reflejan epistemologías y metateorías contrastadas. Recordando lo dicho en el Capítulo 1, las diferencias epistemológicas se relacionan con pres- cripciones y proscripciones sobre el modo en que se adquiere información sobre el mundo, y reflejan la naturaleza de la ciencia y el modo en que se define. La metateoría se relaciona con las presunciones que hacemos sobre la naturaleza de las mentes humanas y animales (Lazarus, 1998).

Los comentarios de Parkinson y Manstead son de particular interés y un poco curiosos, a mi parecer, porque, a excepción de un punto fundamental, a pesar de su esfuerzo por elaborar una crítica a mi teoría de la valoración, pare- cen aceptar la mayoría de lo que he manifestado sobre el papel de la valoración en el estrés y la emoción. Al mismo tiempo, critican un poco –como a menu- do lo hacen ésos que se sienten obligados a defender la ciencia– el llamado enfo- que del sentido común para las cuestiones relativas a la mente, que tiende a ser denigrado. Éste es un particular que se comenta en Lazarus (1995).

Tabla 4.2 Temas Relacionales Nucleares para cada Emoción Ira Ansiedad Temor Culpa Vergüenza Tristeza Envidia Celos Asco Felicidad Orgullo Alivio Esperanza Amor Gratitud Compasión Experiencias estéticas

De Lazarus (1991). Emoción y Adaptación, Tabla 3.4, p. 122. Copyright de Oxford University Press. Reproducción autorizada.

En cualquier caso, Parkinson y Manstead afirman (1992, pp. 138-139): También aceptamos la definición de Lazarus sobre la emoción que implica necesariamente una relación evaluadora con algún objeto intencional, un recono- cimiento de su significado personal. Creemos que esto capta con precisión la idea de la emoción contenida en el sentido común, permitiendo que nuestras reflexio- nes teóricas se concentren en la medición del concepto implícito a través del auto- informe subjetivo.

Los autores añaden a continuación su punto de desacuerdo (p. 139): Ante la teoría de Lazarus sólo dudamos de si la valoración cognitiva es la úni- ca ruta hacia la aprehensión del significado personal de los sucesos o relaciones objetivas.

Una ofensa degradante contra mí o los míos. Enfrentarse a una amenaza incierta, existencial. Un peligro físico inmediato, concreto y sobrecargante. Haber transgredido un imperativo moral.

No haberse mantenido a la altura del ideal del ego. Haber experimentado una pérdida irrevocable. Esperar algo que tiene alguna otra persona.

Resentir a una tercera parte por la pérdida o amenaza del afecto o favor de otra persona.

Tomar o estar cerca de un objeto o idea indigesta (metafó- ricamente hablando).

Hacer un progreso razonable en dirección a la realización del objetivo.

Fomento de la propia identidad del ego dando crédito a un objeto o logro valorado, bien propio o de alguien con quien nos identificamos.

Una condición molesta e incongruente para el objetivo que ha mejorado o se ha eliminado.

Temer lo peor pero anhelar algo mejor.

Desear o participar en el afecto, habitualmente aunque no necesariamente recíproco.

Aprecio por una donación altruista que aporta un benefi- cio personal.

Sentirse conmovido por el sufrimiento ajeno y desear ofre- cer ayuda.

Emociones provocadas por estas experiencias pueden ser cualquiera de las anteriores; no hay una secuencia específica.

De estas dos afirmaciones, la primera me sorprendió especialmente porque según el texto parecen estar expresando que el único desacuerdo substancial entre nosotros es si la valoración es un factor necesario o meramente suficiente en el proceso de la emoción. Me parece un modo excesivamente simple para refe- rirse a un desacuerdo sustancial.

Como he afirmado previamente (Lazarus, 1995), si se observara empírica- mente que las emociones podrían activarse sin la mediación cognitiva, acepta- ría esta postura con total comodidad. Sin embargo, dadas las evidencias con las que contamos en la actualidad, no es mi postura preferida, porque no veo razón para aceptarla.

Un argumento razonable sería que existen reacciones emocionales biológi- camente determinadas ante una serie limitada de estímulos –por ejemplo, seña- les musicales y sociales que, especialmente con los niños y sobre todo con los recién nacidos y con los animales, pueden contener significados emocionales inherentes. Esto puede observarse, por ejemplo, en las reacciones a la aproba- ción y desaprobación materna, aunque en esos casos es difícil determinar qué parte se debe al aprendizaje. En este mismo orden se cita algunas veces el fenó- meno del vislumbre, es decir, cuando un estímulo se acerca rápidamente a nuestros ojos, reaccionamos con defensas automáticas contra él incluso cuando sabemos que la persona responsable no va a causarnos daño (véanse Campos, Mummer, Kermoian & Campos, 1994 sobre el funcionalismo). Sin embargo, no creo que la base empírica sea suficientemente fuerte ni que se aplique con suficiente amplitud a los fenómenos emocionales como para empujarme a abandonar mi predilección por un enfoque simple, centrado en el significado.

Las pruebas empíricas de cada parte son débiles o inexistentes, porque aun- que sea posible la confusión total de los procesos de valoración y los neurofi- siológicos mediante fármacos y drogas, música o cualquier otro factor, no ten- go un convencimiento pleno de que la causación independiente –es decir, en el sentido de la mediación cognitiva– pueda hacerse por razones metodológicas. Sobre la premisa de la deseabilidad de la parsimonia, es preferible disponer de un único principio que de dos sobre el modo en que se activa una emoción, suponiendo que dicho principio cubra debidamente el área. Por el momento considero que lo hace.

Los que critican la teoría de la valoración deben presentar las pruebas de la causación neurofisiológica o de algún otro tipo directo de causación, que sean independientes de la valoración, del mismo modo que ellos exigen a los teóricos de la valoración que defiendan sus argumentos con más y mejores pruebas por considerarlo como “la única ruta hacia la aprehensión del significado personal de los sucesos o relaciones afectivas” tal como lo expresaban Parkinson y Manstead. Gran parte de su crítica se centra en la alegación de que las pruebas sobre el rol de la valoración son débiles, pero citan escasas evidencias del sentido opuesto. Las citas de investigaciones a las que se refieren también son muy selectivas. Por ejemplo, no se refieren a muchos estudios, como el de Shaver,

Schwartz, Kirson y O’Conner (1987), cuyas investigaciones sobre las emocio- nes y sus antecedentes, incluyendo la valoración, defienden muchos de los fac- tores que se estudian en la actualidad sobre la valoración, a pesar de su depen- dencia de los datos de auto-informes.

Estos autores manifiestan que no hemos logrado presentar pruebas empíri- cas que demuestren que las valoraciones preceden a la emoción (el lector debe- ría ver también Lazarus y colaboradores, 1995, sobre las relaciones temporales entre la valoración y la emoción). Reconozco las dificultades implicadas en la separación empírica de la valoración y la emoción y admito que no se ha esta- blecido la separación temporal.

La separación de una valoración de la emoción depende de la existencia de un intervalo temporal, que sería imposible de observar si la respuesta emocio- nal a una valoración fuera instantánea. Incluso si hubiera un pequeño interva- lo temporal, no quedaría espacio para tratarlo como variable separada, lo que sería necesario para demostrar el vínculo causal. No sé con certeza cómo resol- ver el problema, y en una ocasión sugerí el empleo de métodos microanalíticos para hacerlo (Lazarus, 1995) (pero véase Reisenzein, 1995).

Parkinson y Manstead se refieren a un problema mucho más serio que éste cuando apuntan (p. 133) que:

Los respondentes en las dimensiones de los estudios de valoración informan sobre sus representaciones de la emoción y no directamente sobre la lectura de las experiencias que viven en ese momento.

En otras palabras, están diciendo que las explicaciones dadas para las emo- ciones se producen después del hecho y que podrían representar racionalizacio- nes de sus emociones, lo que ciertamente es una posibilidad, aunque sólo sea una posibilidad lógica sin apoyo empírico del que yo tenga conocimiento.

Si analizamos a Aristóteles con seriedad, como mínimo existen dos tipos de causalidad, cada una de ellas con consecuencias muy diferentes sobre el modo de entender los fenómenos (White, 1990). En la jerga filosófica, una se llama causación sintética, y es la que se aproxima al problema desde la perspectiva del análisis tradicional causa-efecto, es decir, es necesario demostrar que ciertas variables antecedentes resultan en la reacción, como en los cánones de experi- mentación de John Stewart Mill (1949; primera publicación de 1843).

El segundo tipo de causalidad se denomina causalidad lógica o analítica. En este caso, una variable implica lógicamente otra sin ninguna adscripción cau- sal necesaria. En otras palabras, una valoración implica una emoción particular, pero también es un aspecto integral de la emoción. Por lo tanto, no procede considerar la valoración como causa antecedente de una emoción porque la valoración y la emoción son partes del mismo fenómeno.

En su revisión, Shweder (1991) refleja con claridad este aspecto y critica mi esfuerzo por tratar la valoración como una variable causal en el sentido sintéti- co. Soy reacio a eliminar la variedad sintética de mi convicción de que la cien-

cia tradicional causa-efecto ha sabido mejorar sustancialmente nuestras vidas. Sin embargo, este enfoque es incompleto en el modo que emplea para entender los fenómenos de nuestras vidas (véase Capítulo 1), porque se limita a procesos parciales y nunca nos conduce al fenómeno completo (también podríamos hablar de sistemas), tal como aparecen en la naturaleza.

Parkinson y Manstead también se muestran partidarios de las pruebas de laboratorio sobre la relación causal, como parece ser la norma en la psicología moderna. Sin embargo, desde hace mucho tiempo dudo de que las pruebas expe- rimentales puedan atribuirse a cualquier cosa, aunque los datos puedan ser muy útiles para confirmar nuestras ideas. Los psicólogos que buscan tales pruebas, a menudo, exageran su viabilidad como ciencia y deberían reconocer su carácter tentativo y su falibilidad (Lazarus, 1998). La idea de la prueba es fundamental- mente imperfecta, lo que no equivale a decir que no debería buscarse la eviden- cia, porque la ciencia no debe depender de la fe exclusivamente. Las teorías no se descartan sobre la base de evidencias específicas, pero deben ser suplantadas a medida que se modifica el clima intelectual o zeitgeist (Kuhn, 1970).

La epistemología tradicional de la psicología moderna ha pasado de moda. Parkinson y Manstead no logran ver que una teoría, incluso aquélla que no haya sido demostrada, puede ser el modo más útil de pensar en un fenómeno y, como tal, no debería ser atacada directamente salvo que uno encuentre una alternativa más eficaz (Reisenzein, 1995). La psicología siempre se ha sentido algo incómoda con la teoría, pero es importante buscar la comprensión teórica más exacta y global que podamos elaborar. Aunque pueda decirse mucho más al respecto, creo que es preferible apoyar mi defensa de la teoría de la valora- ción sobre la base de lo que ya he dicho.

Me gustaría concluir este capítulo preguntándome cómo sería una persona que no tuviera emociones. Dreikurs (1967, p. 207) ofrece una reveladora e inte- resante respuesta:

Podemos descubrir fácilmente la finalidad de las emociones si tratamos de visualizar a una persona que no las tenga. Su capacidad de pensamiento le enri- quecería de mucha información. Podría imaginarse qué debería hacer, pero nunca tendría certeza sobre lo que es correcto y lo que es incorrecto en una situación complicada. No sería capaz de adoptar una postura definida, de actuar con fuerza, con convicción, porque la objetividad completa no induce a las acciones firmes. Esto requiere un fuerte sesgo personal, la eliminación de ciertos factores que lógi- camente pueden contradecir factores opuestos. Tal persona sería fría, casi inhu- mana. No podría experimentar ninguna asociación que lo hiciera sesgarse o posi- cionarse a un lado en sus perspectivas. No podría querer nada con mucho entu- siasmo y no podría ir más lejos. En síntesis, sería un ser humano carente comple- tamente de efectos.

A esto yo añadiría que la persona sin emociones no sería una criatura bio- lógica de carne y hueso sino una máquina. Digo esto porque tengo la impre- sión de que a menudo las personas defienden las teorías que subrayan la razón,

según las cuales el ser humano ideal sería aquel que piensa más que siente. Las emociones no son valoraciones, sino un sistema organizado complejo constitui- do de pensamientos, creencias, motivos, significados, experiencias orgánicas subjetivas y estados fisiológicos, todos lo cuales surgen de nuestras luchas por la supervivencia y florecen en los esfuerzos por entender el mundo en el que vivimos. El análisis de Dreikurs es un correctivo importante a un modo de pen- sar que ha tratado erróneamente a la razón como fría, sin considerar el calor emocional que se genera cuando algún elemento personal está en juego depen- diendo de los resultados de la transacción.

No digo que tengamos dos mentes –una emocional y otra racional– como manifestaba imprudentemente Goleman (1995, p.8) al escribir “En el sentido auténtico, tenemos dos mentes, una que piensa y otra que siente.” ¡Tonterías! Sólo tenemos una mente, y ésta contiene tanto el pensamiento como el senti- miento. La pasión y la razón se combinan en nuestra mente. Sólo cuando esta- mos en guerra con nosotros mismos divergen ambas, pero en este caso nos refe- rimos a un estado patológico y no a uno sano. Ambas son partes de un todo, embebido cada subsistema en un sistema mayor integrado. Nada hay más huma- no que nuestra razón y nuestras emociones. Probablemente somos las criaturas más emocionales del mundo como resultado de la complejidad y sutileza de nuestro pensamiento, el rol de nuestra mente y nuestro cuerpo en la adaptación y nuestra dependencia de las restantes personas, todos ellos factores relevantes para sobrevivir y para nuestro florecimiento como individuos y como especie.

Manejo

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Quisiera dar comienzo a mi primer comentario formal sobre el manejo mediante la recapitulación de los cuatro temas a los que me he referido en los capítulos previos sobre la importancia del manejo y la unidad del estrés, la valoración, el manejo y la emoción. Esto permitirá sintetizar las ideas de lo que me gustaría que el lector tenga en mente.

En primer lugar, la importancia del proceso de manejo en la emoción ha sido subestimada habitualmente porque se subrayaba la valoración. Muchas teorías de la emoción, aunque no estén enemistadas con el concepto del mane- jo, realmente ignoran el proceso del mismo. Mi postura es que, además de la valoración, el manejo es un aspecto esencial del proceso de emoción y de la vida emocional.

En segundo lugar, tradicionalmente el manejo y la emoción se han venido tratando como entidades diferentes, diciendo que el manejo seguía a una tran- sacción estresante y la activación a una emoción. Creo que sería preferible tratar el manejo como una parte integral de una unidad conceptual –a saber, el proce- so de emoción. La emoción es un sistema superordinado que incluye la motiva- ción (los objetivos de un individuo), la valoración, el estrés, la emoción y el manejo como partes componentes. Fragmentar el proceso de emoción en sus componentes, sin contemplar su interdependencia, distorsiona la naturaleza.

En tercer lugar, el manejo está implicado en el proceso de emoción desde el comienzo hasta el final. La valoración secundaria, que prepara el modo de manejar la situación, es un factor importante incluso en el estadio de activación porque afecta al modo en que la persona entiende la naturaleza del encuentro

adaptativo al que se enfrenta, especialmente las opciones de manejo disponibles y cualquier limitación contra las mismas. El manejo, junto con la valoración es, en efecto, un mediador de la reacción emocional (véase Folkman & Lazarus, 1988a, 1988c). Los constructos –motivación, valoración, manejo, estrés y emo- ción– aparecen combinados en estado natural y sólo deberían ser separados para las finalidades del análisis y del discurso.

En cuarto lugar, la división tradicional entre las emociones de tono positi- vo y de tono negativo, si se adopta de forma excesivamente literal, conduce a distorsiones del proceso de emoción. Por ejemplo, es fácil asignar el manejo sólo a las emociones estresantes, como la ansiedad, la ira, la culpabilidad, la ver- güenza, la tristeza, la envidia, los celos y el asco. Sin embargo, las denomina- das emociones de tono positivo conllevan con frecuencia daños y amenazas, que requieren manejo.