Existen tres modos de considerar el manejo desde la perspectiva del ras- go/estilo. Una consiste en describir meramente los patrones de manejo que parecen habituales en el individuo –es decir, descubrimos que presentan cierto grado de estabilidad correlacionando pensamientos y acciones de manejo en las
mismas personas a lo largo del tiempo y en diversas condiciones. Éste es un enfoque ateórico de la estructura porque un rasgo de manejo se define empíri- camente por su estabilidad o consistencia a lo largo del tiempo y de las condi- ciones. En este sentido, los rasgos y los estilos no difieren entre sí, siendo ambos definidos empíricamente como acciones que son características del indi- viduo (Lazarus, 1998c).
Un segundo enfoque consiste en derivar de la teoría las disposiciones de personalidad o rasgos que podrían influir sobre los patrones de manejo estables. En efecto, tal disposición, digamos, un objetivo o creencia, conduce a la for- mación de un estilo estable de manejo a lo largo del tiempo y en diferentes transacciones. Se puede comprobar que las disposiciones modelan coherente- mente los pensamientos y las acciones de manejo, que en tal caso pueden ser considerados como estilos que en cierta medida trascienden a las condiciones ambientales a las que se enfrenta el individuo. En este enfoque, los dos repre- sentan diferentes tipos de constructos. El enfoque de rasgo normalmente con- duce a correlaciones interindividuales e intraindividuales muy bajas o, en el mejor de los casos, modestas.
El tercer enfoque, y en mi opinión el más sofisticado y prometedor, ha sido propuesto y defendido por Wright y Mischel (1987) y muchos otros teóricos de similar perspectiva, y algunas veces se identifica como un enfoque de rasgo con- dicional. Desde esta perspectiva, se dice que ciertas condiciones ambientales se convierten en funcionalmente equivalentes mediante un rasgo, como el compro- miso de un objetivo o creencia. Debe demostrarse empíricamente que el rasgo modela la reacción bajo ciertos tipos de condiciones ambientales –a saber, aqué- llas que son relevantes y sobresalientes para la relación persona-medio.
Las evidencias de este enfoque se derivan de las predicciones que validan un estilo de manejo mediante sus correlaciones bajo tales condiciones. De este modo, el logro de metas sólo debería influir sobre los afanes de logro en aque- llos contextos en los que dichos afanes se definen subjetivamente como rele- vantes para los objetivos que ocupen una posición elevada en la jerarquía de objetivos de la persona (McClelland, Atkinson, Clark & Lowell, 1953).
Yo prefiero no adoptar un enfoque puramente empírico, ad hoc, en el que los pensamientos y las acciones de manejo se correlacionen entre una ocasión y la otra y que se describe en la alternativa 1 previamente comentada. En el marco de referencia del rasgo, las variables disposicionales influyen sobre la selección de las estrategias de manejo bien de forma general (alternativa 2) o en contex- tos ambientales particulares (alternativa 3) que son previsibles a partir de la teo- ría del rasgo. En lugar de esto, yo me inclino a favor del marco de referencia cau- sal en la alternativa 3, en la que tratamos de identificar las disposiciones de per- sonalidad que afectan sobre los pensamientos y acciones de manejo, sobre la base del principio de las condiciones ambientales funcionalmente equivalentes.
¿Cuáles son algunas de las disposiciones o rasgos de personalidad que influ- yen sobre los estilos de manejo? En el Capítulo 3, se sugerían tres: los objeti-
vos y la jerarquía de objetivos, las creencias sobre uno mismo y el mundo y los recursos personales. Los recursos incluyen la inteligencia, la educación, el dine- ro, las habilidades sociales, disponer de amigos o familia cooperativa, el atrac- tivo físico, la salud y la energía y los modos favorables de pensamiento como el optimismo.
Desarrollado más profundamente en el Capítulo 8, una perspectiva de sis- temas del estrés, de la emoción y del manejo es, necesariamente, multivariada. Esto significa que, aunque podamos adoptar un enfoque centrado en el rasgo para el estudio de los factores que influyen sobre el estilo de manejo con una o dos variables antecedentes, corresponde al investigador/teórico incluir tantas de dichas variables como sea posible si queremos identificar las vías que con- ducen a desarrollar estilos de manejo importantes. Ninguna variable actúa ais- ladamente, cada una interactúa con otras variables en el sistema y contribuye a la teoría del manejo definiendo los factores de personalidad o ambientales rele- vantes o sobresalientes –en efecto, lo que constituye un sistema.
La historia de la investigación de los estilos de manejo se remonta a las ideas sobre los estilos de expresión de los años treinta y a los estilos cognitivos y controles de los años cincuenta. A continuación se describen las líneas de este trabajo, que condujeron a las tipologías o dimensiones de manejo empleadas en la investigación actual.
El primer trabajo moderno del que tengo conocimiento sobre los estilos cog- nitivos, fue el estudio de Allport y Vernon (1933) sobre los movimientos expre- sivos, que se diferencian normalmente de las acciones instrumentales en las que existe un esfuerzo explícito dirigido al objetivo, aunque la diferencia entre los expresivos y los instrumentales es a menudo ambigua y difícil de definir.
Estos autores estudiaron el ritmo de las acciones de una persona (e.g., movi- mientos lentos o bruscos), grado de énfasis al escribir (e.g., trazo profundo o presión ligera) y la expansividad (e.g., uso del espacio de escritura, uso de letras grandes y distanciadas o letras pequeñas y unidas).
Se observó una consistencia moderada en los movimientos expresivos con el paso del tiempo y bajo diversas condiciones, lo que sugería que realmente exis- tían estilos. Y si había estilos expresivos, también debería haber estilos cogni- tivos, que serían más útiles para el estudio porque se relacionan con el modo habitual que emplean las personas para pensar y manejar sus transacciones adaptativas.
En el apogeo de la influencia freudiana de los años cincuenta y sesenta, muchos otros teóricos/investigadores, sobre todo los psicoanalíticos o psicólo- gos del ego, iniciaron estudios sobre los estilos cognitivos. Entre los más sobre- salientes se hallaban Gardner, Holzman, Klein, Linton y Spence (1959). Sus temas de estudio contemplaron una variedad de tareas cognitivas en las que se observaron estilos de pensamiento y percepción coherentes. Dirigido por Klein, los hallazgos más celebrados de este grupo se referían al estilo cogniti- vo denominado “Leveling versus sharpening” [Nivelación/acentuación] (Holzman
& Gardner, 1959), que se convirtió en la base de un proyecto de investigación a largo plazo. La nivelación es la tendencia a prescindir de las diferencias per- ceptuales entre los objetos y los sucesos; una persona con este estilo percibe las cosas en términos de semejanza o similitud. El estilo opuesto, la acentuación, subraya la percepción de diferencias entre los objetos y los sucesos.
El valor clínico práctico de este contraste es la hipótesis de que los nivela- dores favorecerían el mecanismo de defensa de la represión mientras que los acentuadores preferirían el de la intelectualización (o distanciamiento) para el manejo de la amenaza. Los hallazgos confirmaban este curioso vínculo entre los estilos cognitivos y las defensas del ego, lo que ha motivado la investigación de diversos psicólogos durante varias décadas. Klein (1958, 1964) especulaba que las propiedades motivadoras de las defensas del ego aceleraban el desarrollo de los estilos cognitivos, a los que consideraba como extensiones automatizadas de los esfuerzos por defenderse de la amenaza. Sin embargo, la dirección que pro- puso para la relación entre el estilo cognitivo y la defensa podría adoptar cual- quier sentido, y esto ha quedado como una cuestión abierta que por el momen- to no se ha respondido.
Mientras tanto, otro grupo de investigación encabezado por Herman A. Witkin (Witkin, Lewis, Machover, Meissner & Wapner, 1954) se centró en una tarea diferente. Se elaboró una situación de laboratorio en un esfuerzo por dife- renciar a las personas que eran perceptualmente dependientes de las señales del medio externo de aquéllas que dependían de las señales de su propio cuerpo. Sentados en una silla en un recinto oscuro, los sujetos juzgaban la inclinación de una barra luminosa vertical presentada en un marco luminoso. La silla esta- ba inclinada en varias posiciones, algunas veces en la misma dirección que la barra y algunas veces en una dirección diferente.
El recinto era completamente negro, por lo tanto, los sujetos estaban obli- gados a depender de las señales kinestésicas (sensaciones de sus músculos actuando contra la gravedad) para juzgar si la barra se inclinaba hacia arriba, o de las señales visuales. Aquellos que favorecían más las señales visuales fueron denominados como “dependientes del campo”; aquellos que favorecían las señales kinestésicas fueron llamados “dependientes del cuerpo”. Se observó que estas tendencias opuestas eran estables. Por lo tanto, era razonable considerar- las como estilos cognitivos, que en estudios posteriores se comprobó que corre- lacionaban con ciertos rasgos de personalidad incluyendo las defensas del ego. Un último grupo de investigación, también organizado por Witkin, amplió los estilos perceptuales originales en una dimensión mucho más amplia (Witkin, 1965; Witkin, Dyk, Faterson, Goodenough & Karp, 1962) a lo que se refirió como la “diferenciación psicológica”. Este constructo fue definido como la tendencia a ser analítico (dependiente del cuerpo) o, alternativamente, global (dependiente del campo) en la percepción de los objetos y los sucesos.
También había un interés considerable por saber cómo eran las defensas del ego y cómo se manifestaban en la vida cotidiana. Un estudiante mío, Johns
Hopkins, y yo desarrollamos un experimento (Lazarus & Longo, 1953) demos- trando que la tendencia a defenderse de dos modos opuestos contra dos tipos de amenaza, fracaso en la ejecución y una descarga eléctrica dolorosa, era un ras- go estable de personalidad. Aquellos que recuerdan sus éxitos mejor que sus fracasos eran más propensos a recordar mejor los estímulos verbales que ha- bían estado seguidos por una descarga eléctrica que los estímulos verbales que nunca se habían asociado con la descarga. Estas tendencias opuestas parecían análogas a la dicotomía defensiva ubicua entre la represión y la sensibilización, algunas veces alternativamente referida como evitación y vigilancia, que pre- senta connotaciones algo diferentes o adicionales.
Lazarus, Eriksen y Fonda (1951) demostraron también que los pacientes clí- nicos en régimen externo, diagnosticados con reacciones de conversión, eran menos propensos a escuchar frases amenazantes en comparación con las neutra- les, que aquéllos diagnosticados como obsesivos-compulsivos, que escuchaban más frases amenazantes que neutrales. En el experimento, se dificultó la com- prensión de las frases enmascarándolas con un sonido blanco, lo que permitía que la media de los sujetos fuera capaz de comprender sólo el 50 % de lo que había escuchado. Como se predecía desde los conceptos psicoanalíticos de la defensa del ego, los pacientes de conversión empleaban presumiblemente defen- sas represivas (o evitación) mientras que los obsesivo-compulsivos parecían pre- ferir las defensas de intelectualización ( o vigilancia) como método de manejo.
Otros autores continuaron centrando su investigación en estilos defensivos análogos, aunque algunas veces clasificados y conceptualizados de modo dife- rente. Por ejemplo, Golstein (1959, 1973) usó el leguaje del manejo y la evi- tación, conceptos que se sobreponían con las mediciones que hizo Byrne (1964) de la represión-sensibilización, que se ha usado más ampliamente en el estudio de los estilos defensivos que cualquier otra medida. Posteriormente, Miller (1987) usó términos como monitoreo o embotamiento y presentó una justifi- cación teórica diferente.
Con el paso de los años se mantuvo la investigación sobre la represión-sen- sibilización como estilos cognitivos o defensivos, y hubo gran interés por com- probar si la ansiedad de rasgo baja, que normalmente correlaciona con el esti- lo represivo, constituye un estado mental real de la persona o es defensivo. El problema es el modo de determinar si lo que se ha clasificado como estilo repre- sivo refleja un proceso de defensa o es meramente un modo de presentarse socialmente. En el último caso, la puntuación alta en represión sólo determina que tales personas parezcan ser psicológicamente sanas (baja ansiedad) cuando, en realidad, esconden la verdad de su angustia y disfunción (Hock, Krohne & Kaiser, 1996; Weinberger, Schwartz & Davidson, 1979; Shedler, Mayman & Manis, 1993, 1994).
Estos aspectos de la medición, y otros, si los estilos cognitivos, como la represión-sensibilización, deberían ser considerados como una dimensión o una tipología dicotómica, han plagado la investigación centrada en los estilos cog-
nitivos, temas que aún siguen debatiéndose. De este modo, parte del trabajo del grupo de investigación de Krohne en Mainz, Alemania (e.g., Krohne, 1978, 1993, 1996) se dedica a estos particulares. Krohne y Egloff (en prensa) han dise- ñado el “Inventario de Manejo de Mainz” para tratar estos aspectos desde la pers- pectiva psicométrica. En un reciente artículo de Hock, Krohne y Kaiser (1996) se presenta una revisión muy valiosa de este trabajo, que también hace referen- cia a las variables de personalidad que influyen sobre los estilos de manejo y que se usan para predecir la salud física y el bienestar subjetivo.
La investigación sobre el estilo de manejo (o defensivo), que había sido pre- viamente examinado por George Klein, Herman Witkin y otros durante los años cincuenta y sesenta bajo la rúbrica teórica de psicología del ego psicoana- lítica, ha mostrado cierta vitalidad e interés entre los estudiosos a lo largo del tiempo. Este enfoque del manejo presenta, sin embargo, algunas limitaciones serias a las que me referiré a continuación.
Limitaciones de enfoque de rasgo/estilo
Una limitación importante del enfoque de rasgo/estilo es que reduce el manejo a un contraste entre dos estilos opuestos extremadamente amplios. Simplifica excesivamente la variedad y riqueza de tipos de pensamientos, accio- nes y estrategias de manejo que emplean las personas bajo circunstancias de estrés, que son las piedras angulares del enfoque procesal.
En segundo lugar, el enfoque de estilos de manejo ha ignorado las inten- ciones impresas en los objetivos y las estrategias integradoras que podrían defi- nirse como motivadoras, que usan las personas al tratar de sobreponerse al daño, la amenaza y al desafío (Laux & Weber, 1991; Weber & Laux, 1993). Estas limitaciones se aplican tanto a si uno concibe la represión-sensibilización (o si usa otros términos como evitación-vigilancia o monitoreo-embotamiento) como una dicotomía o como una dimensión.
Una tercera limitación es que los estilos de manejo ignoran habitualmente el gran tramo intermedio de la distribución del estilo (una excepción se halla en la investigación de Goldstein, 1959, 1973). En otras palabras, y especial- mente cuando se considera como una dimensión, el poder predictor de un esti- lo se basa en una pequeña minoría de sujetos en cualquier extremo de la dimen- sión, de forma que el grupo intermedio de sujetos no contribuye en los resul- tados de la varianza.
Esta dependencia de los extremos de la distribución invita a criticar que las personas que se corresponden con los extremos de estos dos estilos defensivos –evitación-represión y vigilancia-sensibilización– pueden ser consideradas como neuróticamente rígidas en su enfoque de manejo. Con toda probabilidad, para que un enfoque del manejo sea eficaz deberá ser flexible. En otras palabras, el mejor manejo debería ser flexible a los requisitos de las condiciones estresantes a las que se enfrenta la persona, lo que lo convierte en centrado en el proceso.
Una cuarta limitación del enfoque de rasgo/estilo es que las diferencias en los efectos sobre los resultados adaptativos de disposiciones de manejo opues- tas, aunque estadísticamente significativas, son invariablemente modestas en su poder discriminativo. Esto no sólo significa que la cantidad de varianza pre- dicha por estos estilos debe ser también modesta, además que aquéllos que optan por este enfoque de manejo hacen demasiado de demasiado poco.
Cuando digo esto no defiendo una perspectiva contextual sin calidad sino un enfoque de significado relacional que no sea simplemente mecánico, un enfoque que se base en la situación ambiental y en la personalidad del indivi- duo. Esto sería compatible con la tercera alternativa de la teoría del rasgo a la que me he referido anteriormente, donde los rasgos de personalidad identifican las variables ambientales que son funcionalmente equivalentes.
Para avanzar en esta dirección, debemos evaluar con detenimiento la ame- naza, porque el individuo siempre maneja algo en particular. Debemos apren- der a describir en detalle el modo de manejo de las personas, qué es lo que manejan y los significados relacionales orientados al objetivo que subyacen a su alternativa de manejo, considerando las variaciones individuales. Esto es lo contrario de lo que se hace desde la perspectiva de los estilos de manejo.
Aquellos cuyas investigaciones subrayan el enfoque disposicional o de ras- go/estilo rara vez evalúan el grado en que el estilo de manejo, que dice ser deri- vado del rasgo, es representativo del modo en que la persona se maneja real- mente en diferentes contextos y en varias momentos. Ésta puede ser la limita- ción más importante del enfoque de rasgo/estilo ante el manejo. En mi propia investigación (Cohen & Lazarus, 1973) ya se ha demostrado que es escasa o ine- xistente la relación entre una medida de rasgo y la medición del proceso de manejo. Para su crédito, los estudios recientes de Krohne, Slangen y Kleemann (1996) y de Kohlmmann (1993) han confirmado que el grado de relación es modesto en el mejor de los casos, lo que dificulta el debate de si los estilos de manejo tienen mucha influencia sobre el modo en que la persona maneja ame- nazas concretas en situaciones particulares.
Sobre este particular, Krohne et al. (1996, p. 328) presentan una conclu- sión mixta:
En general, nuestros resultados confirman la importancia del papel de las variables disposicionales de manejo en la predicción de la ansiedad prequirúrgica y la adaptación perioperativa.
Inmediatamente después en la misma página añaden:
Sin embargo, parece que las conductas reales de manejo no mantienen una relación directa con las disposiciones de manejo clarificando así la necesidad de contemplar la conducta real del paciente en la situación perioperativa para prede- cir la adaptación y planificar las intervenciones.
Kohlman (1993) incluso es menos entusiasta sobre la medición del estilo de manejo. Tres comentarios diferentes se refieren a esta cuestión:
De especial interés es que en ambos estudios una mayoría de sujetos adopta- ban un modo flexible de manejo ante diferentes situaciones. Es decir, cambiaban la conducta de manejo de acuerdo con la modificación de las demandas situacio- nales. (p. 119)
Estos estilos de manejo casi no se relacionaban con los patrones de conducta real de manejo y agregaban medidas de manejo conductual y cognitivo. (p. 120) Los resultados presentados muestran que aún estamos lejos de poder estable- cer previsiones exactas de los patrones de la conducta de manejo sobre la base del estilo de manejo. (p. 121)
Mi crítica no se refiere al concepto mismo del estilo, sino al tipo de medi- ción que está en boga para dicho fin, y a la ausencia de la vinculación de estos estilos con lo que las personas realmente hacen desde la perspectiva del proce- so. La excesiva amplitud de los estilos de manejo, irónicamente, conduce a una excesiva estrechez en la gama de los pensamientos y acciones de manejo capta- das en la investigación. Me parece que no deberíamos confiar excesivamente en un única dicotomía o dimensión sino en una variedad de estilos que pudieran describir e integrar la gran variedad de pensamientos y actos de manejo usados para los daños, las amenazas y los desafíos reales y los significados relacionales sobre los que se basan. Los rasgos motivacionales y las intenciones situaciona-