DIFFERENCES IN PROFITS BETWEEN MEMBER AND NON-MEMBER ESTATES, JULY
3. Field Workers
Gran parte del análisis feminista que ha analizado la posición económica de las mujeres sudasiáticas ha partido de una serie de cuestionamientos del lugar de la raza y el género dentro de los análisis marxistas de la clase.31Los estudios se han centrado en las debilitadas industrias en las que se concen- traron como obreras la primera generación de mujeres sudasiáticas, en especial textiles; estudios que han tenido una importancia increíble en el reconocimiento de la fuerza de trabajo de las mujeres sudasiáticas. No obs- tante, pese a esta aportación, tomando una frase de Chow, estos textos están cargados de la angustia de quien asume la «noble» tarea de devolver las imágenes hasta el momento «deshonradas» de las mujeres sudasiáticas a su correcta imagen «santificada» como obreras y luchadoras. Y el proble- ma es que «deshonra y santificación pertenecen al mismo orden simbóli- co», el de la idealización.32
Cuando las hijas de estas trabajadoras acceden al mundo académico como estudiantes de humanidades y ciencias sociales, se encuentran con que, aunque estos estudios conceden reconocimiento a la fuerza de trabajo de sus madres, tías y hermanas, al mismo tiempo, el marco está sesgado y limitado. Uno de los principales efectos problemáticos de estos textos es que la posición de sujeto de las mujeres sudasiáticas es simple y arrollado- ramente la de productoras; son piezas, aunque piezas importantes y hasta el momento ignoradas, de la maquinaria capitalista. Prácticamente nunca se las reconoce como consumidoras; como participantes impuras de los circuitos del capitalismo. En lugar de ello, se las compadece por sus con- diciones laborales y se las idealiza por ocupar la posición más oprimida de la metrópolis. Se las quiere especialmente cuando hacen huelga —enton- ces, se convierten en heroínas que combaten el sistema, con saris y pancar- tas a sus espaldas.
Aquí vemos una versión diferente, aunque muy poco reconocida, de la política de la salvación: la salvación y glorificación de la figura de las opri- midas operarias de costura sudasiáticas, que se inclinan sobre sus máquinas y trabajan en talleres infrahumanos o a domicilio. Tales construcciones per- miten que los estudiosos académicos ocupen una posición de sujeto que: (1) asume la noble tarea de remarcar la horrible situación de las mujeres subal- ternas en las metrópolis de Gran Bretaña; y (2) espera generar cambio social
31 Sallie Westwood, All Day Every Day, Londres, Pluto Press, 1984; Annie Phizacklea,
Unpacking the Fashion Industry, Londres, Routledge, 1990.
a través de esta ilustrada tarea, mientras las huellas de la filantropía social permanecen discretamente selladas entre las páginas de la investigación; a la vez, estos autores, (3) al aliarse con los subalternos de Occidente, se crean, entre aquellos compañeros suyos que se resisten al género y la raza, una posición de sujeto cuya radicalidad se considera mayor que la del más radi- cal de los marxistas. Cabe considerar que estos textos académicos, que cons- tituyen una variante de las orientaciones de la economía política del área de los Estudios del Desarrollo y, más recientemente, de los crecientes estudios sobre la globalización, representan, por más que sea de manera inconscien- te, una versión de la carga de la persona económicamente privilegiada den- tro de la economía capitalista internacional. Así pues, puedo sostener que (lo que Spivak identifica como) el «espíritu de autocomplacencia en tanto que salvadores de la marginalidad»33 se encuentra también en construcciones que en apariencia se ocupan de un tema serio como es el capital y el trabajo en una economía global.
En efecto, hay que destacar la fuerza de las líneas de poder del capitalis- mo sobre las vidas de las mujeres subalternas, en las cadenas de montaje y como empleadas domésticas, trabajadoras sexuales y trabajadoras a domici- lio. Después de todo, tal y como recalca Spivak, a pesar de la especificidad de la definición que esta autora da de la mujer subalterna y del uso del tér- mino en un sentido más amplio, «la subproletaria urbana constituye el suje- to paradigmático de la actual configuración de la División Internacional del Trabajo».34Lo que cuestiono en este artículo, sin embargo, es el modo en que se concede este reconocimiento. Se suele dar por sentado que se está hacien- do lo correcto cuando se adoptan marcos analíticos que analizan la raza y el género en la economía internacional y globalizada. Esta causa encomiable no está exenta de agujeros y fantasías. Al igual que muchos de los demás gestos que la han precedido, está llena de buenas intenciones y puede tam- bién proyectar determinadas ansiedades e idealizaciones sobre la figura de la mujer subalterna.
En un análisis de una serie de textos feministas en el ámbito de los estu- dios del desarrollo,35Aihwa Ong observa que las compilaciones que inten- tan examinar «la posición de las mujeres en el cruce entre fuerzas capitalis- tas globales y vida cotidiana del trabajo asalariado y no asalariado» prestan
33 G. C. Spivak, «Can the Subaltern Speak?», op. cit., p. 61.
34 Gayatri Chakravorty Spivak, In Other Words. Essays in Cultural Politics, Londres, Routledge, 1988, p. 218.
35 Nicki Nelson (ed.), African Women in the Development Process, Londres, Routledge y Kegan Paul, 1981; Kate Young, Carol Wolkowitz y Roslyn McCullagh (eds.), Of Marriage and the
más atención a los mecanismos del capitalismo y el patriarcado que a las vidas de estas mujeres. Señala que «el capitalismo se perfila como un sistema poli- mórfico e históricamente condicionado; tiene más contradicciones y personali- dades que las mujeres y hombres que al parecer son el tema del volumen».36
Partiendo de una posición célebre por sus críticas del achatamiento de la complejidad de las vidas de las mujeres del Tercer Mundo en todo el plane- ta, incluidas las metrópolis de Occidente, la aportación de Mohanty a los debates sobre economía política brinda una perspectiva más matizada. A las mujeres no sólo se las percibe como obreras inocentes sometidas a una explotación extrema dentro de la economía global; también se las reconoce como sujetos contradictorios, de por sí implicados, a la vez como consumi- dores y como productores, en los discursos y estructuras del planeta. Mohanty plantea lo siguiente:
Los retos para las feministas en este terreno son a) entender que las trabaja- doras del Tercer Mundo tienen intereses objetivos en común como trabajado- ras (que son, por lo tanto, agentes y toman decisiones como trabajadoras); y b) reconocer las contradicciones y dislocaciones existentes en la propia con- ciencia que las mujeres tienen de sí mismas como trabajadoras y, por lo tanto, de sus necesidades y deseos —que, en ocasiones, van en contra de organizar- se a partir de sus intereses comunes (los resultados de la capacidad de acción). Así pues, hay trabajo por hacer en este campo, analizando las cone- xiones entre la posición social de las trabajadoras del Tercer Mundo, por un lado, y, por otro, sus experiencias históricas y presentes de dominación. Un repaso de la lucha colectiva de las trabajadoras pobres del Tercer Mundo en relación con la teorización de los intereses comunes aquí expuesta ofrece un
mapa del punto en el que se encuentra nuestro proyecto.37
El deseo de un cambio internacional mediante la creación de lazos globales constituye la entidad que define aquello a lo que Mohanty se refiere cuando habla de «nuestro proyecto». Este deseo tampoco excede, desde luego, el ámbito de la producción, en el sentido de que contribuye igualmente a la producción/representación de las mujeres del Tercer Mundo. Sin embargo, dedica mucha más atención a advertir la heterogeneidad de las posiciones objetivas y la naturaleza contradictoria de las subjetividades. De lo que no
36 Aihwa Ong, «Colonialism and Modernity. Feminist Re-Presentations of Women in Non- Western Societies», en Kum-Kum Bhavnani (ed.), Feminism and Race, Oxford, Oxford University Press, 2001, p. 112.
37 Chandra Mohanty, «Women Workers and Capitalist Scripts. Ideologies of Domination, Common Interests and the Politics of Solidarity», en J. Alexander y C. T. Mohanty, Feminist Genealogies, Colonial Legacies, Democratic Futures, Nueva York, Routledge, 1997.
estoy, con todo, completamente segura es de que consiga escapar de una asociación romántica con las «luchas» de las mujeres del Tercer Mundo como trabajadoras. En la medida en que se tiende a considerar que los tex- tos que se inscriben en el marco de la economía política marxista son mucho más «políticos» y «radicales» que los que están informados por creencias cul- turalistas, el tipo de posiciones de sujeto y de sujetos colectivos que estos tex- tos construyen consigue escapar con excesiva frecuencia al análisis. A pesar de la maestría de Mohanty a la hora de localizar tendencias latentes en los análi- sis feministas, hasta ella puede pasar por alto la limitada representación de las mujeres subalternas en la obra de estudiosas que se han mostrado más que prontas a insistir en el mantra de la raza y del capitalismo/patriarcal. Así pues, vemos cómo el punto de vista de las piezas y el mecanismo se pone subrepti- ciamente en primer plano a costa de la profundidad.
Tradicionalmente, los debates sobre producción y consumo, en el peor de los casos, han levantado ampollas y, en el mejor, al estar una y otro colocados en terrenos bien diferenciados, han hablado pasando por alto otras posicio- nes, con acusaciones de «determinismo económico», «ombliguismo identi- tario», «realismo intransigente» y «subjetividades que flotan libremente» volando de un campo a otro en el fuego político cruzado. En fecha más reciente, ha habido esfuerzos interdisciplinarios que han intentado repensar conjuntamente cuestiones colocadas en ámbitos separados, por medio de un reconocimiento de la conexión entre: (1) las mercancías en las esferas de la producción y el consumo y (2) la coexistencia de cuerpos que producen y consumen.38Aunque cabe tomar esto como una oportunidad para repensar lo que significa ser un productor, para considerar «[...] al nativo —hoy en día, con frecuencia, un sinónimo de los oprimidos, los marginados, los mal- tratados [...]— también como espacio del error, del espejismo, del engaño y de la inmundicia»;39existe aún una fuerte tendencia dentro de esta nueva dirección de pensamiento, gran parte de la cual está todavía haciéndose, a imaginar a la productora subalterna como una víctima absoluta. En una con- ferencia sobre la industria global de la moda, en el Instituto de Artes Contemporáneas de Londres (1997), en medio de una mesa de periodistas y estudiosos académicos, se le pidió a una mujer sudasiática que hablara de su vida como operaria textil a domicilio, de un modo que rayaba en el viejo sentido antropológico del espectáculo expositivo. Una vez más, compasivas
38 Paul Du Gay (ed.), Production of Cultures/Cultures of Production, Londres, Sage Publications y Open University, 1997; Douglas Kellner, «Critical Theory and Cultural Studies. The Missed Articulation», en Jim McGuigan (ed.), Cultural Methodologies, Londres, Sage, 1997; Scott Lash,
The Culture Industries. Biographies of Cultural Products. 39 R. Chow, Writing Diaspora, op. cit., p. 30.
lágrimas de cocodrilo corrieron para la ocasión por las mejillas de una des- tacada feminista blanca en el ámbito de la moda que formaba parte de la mesa, mientras la mujer sudasiática permanecía sentada en un lugar extraño, fuera de toda concordancia con su propio habitus, para ofrecer un testimonio: ¿era aquello una repetición de aquellas reacciones de los lectores a ese modo de «dar voz» a las mujeres asiáticas observado por Parmar? Curiosamente, los debates sobre la producción y el consumo de la moda parecen de algún modo coagular poses problemáticas respecto de las mujeres sudasiáticas.40