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DAILY RATES IN AGREEMENTS OF AUGUST 1955 AND JUNE 1956 OVER SIMILAR PRICE-ZONES

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Y, sin embargo, la pregunta persiste: ¿por qué seguimos tan obsesionados con la época de las colonias? ¿Se debe a que la superación de esta época alude a un fait accompli[hecho consumado] y, a la vez, a una transición que en realidad es imposible? Los elementos de continuidad entre el colonialismo y el presente parecen indiscutibles. «Sangrienta batalla en Afganistán»: el error sugiere que no se trata de un titular de cualquier periódico actual; es una cita de las primeras páginas de Moby Dick, de Herman Melville, publicada en 1851. Este tipo de inmediatez a la hora de analizar la rela- ción entre colonialismo y presente corre, sin embargo, el riesgo de llevar- nos por un camino equivocado. Por ejemplo, resulta evidente el modo perentorio en que el colonialismo ha dibujado materialmente las fronteras de la geografía moderna. Se trata de una geografía inaugurada en el siglo XVI, que proyectó en todo el mundo, primero, los lineamentos de Europa y, en segundo lugar, los de «Occidente»; una geografía que tal vez encuen- tre su expresión más acabada (en el lenguaje de Hegel, que tal vez realice su concepto) en las fronteras de África dibujadas en Berlín con «regla y compás» en 1885.

12 Theodor W. Adorno, Minima Moralia. Reflexionen aus dem beschädigten Leben (1951), Gesammelte Schriften IV, Frankfurt a.M., Suhrkamp, 1980, p. 170 [ed. cast.: Mínima moralia, trad. de Joaquín Camorro, Madrid, Taurus, 1998, p. 151].

Reconocer la acción ampliada de esas fronteras es indispensable para enten- der las raíces de muchas de las tensiones y fallas que pesan sobre el presen- te. Por un lado, contribuye a una explicación de la propia derrota sufrida por los movimientos anticoloniales, en la medida en que la imaginación política de estos movimientos se vio obligada a desarrollarse dentro del registro del discurso colonial, derivando de él la forma de la nación e interiorizando sus fronteras, tal y como ha demostrado con tanta elocuencia Partha Chatterjee en su Nationalist Thought and the Colonial World [El pensamiento nacionalista y el mundo colonial].14Por otro lado, si examinamos los conflictos más sig- nificativos y dramáticos de los últimos años, desde la ocupación de Iraq hasta las guerras «locales», todos definidos en términos estrictamente «étni- cos» (Ruanda y Timor Oriental, Sri Lanka y Sierra Leona), la matriz genera- dora colonial parece evidente y, en cierto sentido, indiscutible.

Sin embargo, no podemos dejar escapar el hecho de que esta interpreta- ción de los conflictos actuales, precisamente debido a su insistencia en su carácter «étnico», acaba funcionando como imagen especular que reestable- ce la legitimidad de aquella vieja fórmula, hic sunt leones[aquí hay leones], que señalaba en los mapas de la edad moderna los territorios de la barbarie. En otras palabras, atribuyendo, una vez más y de manera exclusiva, la res- ponsabilidad de las masacres y los genocidios del presente al colonialismo francés o al imperialismo británico, lo que se pone en el centro como único protagonista es la subjetividad imperial, eliminando de este modo toda posibilidad de acción por parte de los «subalternos». La imagen de los con- flictos contemporáneos que nosotros sugerimos, una imagen mucho más productiva políticamente, a la vez que da el justo relieve a la absoluta per- sistencia de hilos «verticales» de dominación y de explotación, subraya el papel ambivalente desempeñado por el fracaso de un conjunto de proyectos reales, promulgados históricamente, que aspiraban a la liberación de estas mismas formas de dominación y explotación.

De hecho, la sensación es que, al postular, de nuevo, una lógica de abso- luta continuidad, acabamos validando y perpetuando un mecanismo «redentor», ya sea de autoabsolución (en el caso del sujeto subalterno), ya sea de mera supresión (en el caso del sujeto «occidental»): supresión en la medida en que esta lógica prescinde de las luchas anticoloniales como mero inconveniente (claramente positivo pero en realidad irrelevante) en el hilo linear e ininterrumpido de la historia de dominación y explotación, al igual que priva al sujeto colonizado insurgente, al subalterno rebelde, de toda forma posible de acción o de toda posibilidad de intervención directa en la

14 Partha Chatterjee, Nationalist Thought and the Colonial World. A Derivative Discourse, Londres, Zed Press, 1986.

historia; autoabsolución en la medida en que elimina de la historia toda responsabilidad directa que no esté identificada con el Occidente colonial y, de este modo también, todo acto revolucionario que no pertenezca a Occidente, es decir, no sólo transfiere toda responsabilidad, sino que asi- mismo —y sobre todo— desplaza la acción del sujeto colonizado al eterno Sujeto (neo)colonial.

Dentro de esta perspectiva, el presente se ve inexorablemente succiona- do hacia el vórtice del pasado colonial, como re-presentación de éste (neo- colonialismo) o como variación sobre él que se polariza geográficamente en las fronteras que dividen los primeros, segundos, terceros y cuartos mundos. El potencial de lo «post» cede necesariamente a la lógica de hierro del «otra vez», que se repite en el «neocolonialismo», tal y como aseveraba Nkrumah inmediatamente después de la independencia de Ghana.15 Este potencial se derrite como la nieve bajo el sol ante la persistencia del «subdesarrollo» y la «dependencia» que ata a cada Sur del mundo a su Norte respectivo.

Irónicamente, categorías como las de «neocolonialismo», «subdesarro- llo», «intercambio desigual» y «dependencia», más allá de la utilidad des- criptiva que puedan tener en referencia a casos específicos, acaban estando al servicio de una retórica política como la que empleaba el Congreso Nacional Africano al final del apartheid. Tapan los efectos sociales devasta- dores de las políticas «neoliberales» impulsadas por los gobiernos sudafri- canos en los últimos años en nombre de la ineluctabilidad y la deseabilidad del «desarrollo» y tienden a estigmatizar las extraordinarias luchas contra estas mismas políticas, tildándolas de «reaccionarias», cuando en verdad constituyen un ejemplo paradigmático de lo que P. Chatterjee denominó recientemente «la política de los gobernados», a la vez que mostraba su total irreductibilidad con respecto a los procesos de gubernamentalidad.16

15 Analizando el libro de Kwame Nkrumah, Neo-Colonialism. The Last Stage of Imperialism, Londres, Panaf, 1965 [ed. cast.: Neocolonialismo. Última etapa del imperialismo, México, Siglo XXI, 1965], Robert J. C. Young señala con acierto en su Postcolonialism. An Historical Introduction, Oxford y Malden, Blackwell, 2001, que «su énfasis en la continuidad del dominio neocolonial tiene la des- ventaja de sugerir una impotencia y una pasividad que subestima lo que se ha conseguido desde la independencia, incluidos los propios movimientos por la independencia, perpetuando los este- reotipos de indefensión, aunque haya una solidaridad implícita, y reforzando los supuestos de la hegemonía occidental al retratar al Tercer Mundo como su víctima eterna y homogénea [...]. El neocolonialismo, como concepto, es tan desempoderador como las condiciones que describe. La supresión de las posibilidades de acción es también un problema de teorías más recientes de un poder que actúa a través de la explotación económica» (pp. 48-49).

16 Partha Chatterjee, The Politics of the Governed. Reflections on Popular Politics in Most of the

World, Nueva York, Columbia University Press, 2004. Ashwin Desai describió con gran elo-

cuencia esta «política de los gobernados» en We Are the Poors. Community Struggles in Post-

En términos más generales, a las objeciones por lo demás minuciosas basa- das en la supuesta imposibilidad de un «post»-colonialismo, es posible replicar que proceder de esta manera significa acabar dilapidando la heren- cia y continuidad del anticolonialismo en su totalidad y, con ello, el sentido profundo de su fracaso, de su «laguna» y, siguiendo la interpretación que hace Eric Santner de la Tesis sobre la Filosofía de la Historia de Walter Benjamin, su carácter de «síntoma que insiste» en el presente.17 De este modo, se «cose nuevamente» (se sutura) la discontinuidad poderosa, radical y subversiva que introdujeron las luchas anticoloniales, haciendo añicos ese tiempo «homogéneo y vacío» que Benjamin indicaba como dimensión cons- titutiva del discurso histórico de Occidente (y de lo colonial).

Por este motivo, hablar de lo postcolonial es especificar el tiempo que llega problemáticamente «después» de las colonias, después de esa geografía no resuelta que surgió en Berlín en 1885; significa sacar a la luz la imposibilidad de esa trinchera formada sobre el papel, la aparición de ese territorio sobre el mapa, sin negar una sola gota de la sangre que se vertió y que se sigue ver- tiendo a causa de ese mapa. Al mismo tiempo, nos invita a reconsiderar la complejidad de un mundo que, gracias sobre todo a las luchas anticoloniales, se ha hecho verdaderamente uno y cuya unidad sigue estando atravesada por el espacio subversivo de diferencias así como por una profunda desigualdad, por desequilibrios flagrantes y por una explotación incesante.