Chapter 2. Perceptions of Opportunities and Interpretations of the Rules of the Game
2.5. Final Remarks
El proyecto arquitectónico se realiza desde y para la realidad. Entendiendo el concepto de realidad en el sentido tradicional que le da la filosofía: forma de ser de las cosas en cuanto existen fuera de la mente. En el capítulo anterior se ha insistido en la idea del proyecto como operador que transforma, y pone en relación, el mundo cognitivo con el mundo real, y en que es precisamente esa operación-relación la que constituye la esencia de la actividad de proyectar. Surge, una vez más, la diferencia conceptual entre el mundo del arte y la arquitectura. El arte permite el solipsismo, es decir el idealismo subjetivo que niega o ignora la realidad exterior. El artista puede alegar como mérito que se debe sólo a sí mismo, y a su propia expresividad, que trabaja para él, y que el tema del reconocimiento exterior es absolutamente secundario y prescindible. Por el contrario, el proyecto arquitectónico encuentra su razón de ser en su integración en el mundo exterior. Nace y encuentra su sentido en el medio – físico y social- y empeña todo su esfuerzo en su transformación y mejora. En cierto modo, el arquitecto es siempre un pragmatista que entiende la realidad como algo infinitamente complejo, múltiple y, en última instancia, como el medio en el que se proyectan las esperanzas, tal y como la entiende Dewey:
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““Realidad” resulta lo que deseamos que sea la existencia después de
analizar sus efectos y decidir que es lo que los suprimiría; Realidad es lo que sería la existencia si nuestras preferencias racionalmente justificadas estuviesen tan cabalmente arraigadas en la naturaleza que agotaran y definieran el ser íntegro de esta, volviendo innecesaria la busca y la lucha” Dewey, John. La experiencia y la naturaleza.
Abbagnano, Nicola
Dizionario di Filosofia. Unione Tipografico-Editrice Torinese, Turín, Italia, 1961
Versión castellana: Diccionario de Filosofía. Fondo de Cultura Económica. México, 1963
Si el proyecto arquitectónico se genera y busca la integración en la realidad, la teoría del proyecto tiene, consecuentemente, sus raíces y su sentido en las formas en que lo real se manifiesta. Lo real, el mundo exterior, se muestra de forma compleja, diversa y multiforme. Así, aunque su percepción puede ser mas o menos unitaria o global, su lectura sólo puede hacerse mediante una interpretación analítica.
Gran parte del trabajo de la ciencia, posiblemente el más importante, es el que conduce a la taxonomía de la realidad en sus infinitas posibilidades: ya sea mediante la descomposición en reinos propios de las ciencias naturales, bien mediante el estudio diferenciador del comportamiento de las partículas subatómicas.
Desde el enfoque que interesa al trabajo del arquitecto, un primer análisis, elemental pero certero, de la realidad llevaría a la consideración de dos aspectos que representan dos mundos bien diferenciados: Por un lado, un
mundo humano y social, constituido por las relaciones, los problemas y las
necesidades de los hombres y, por otro, un mundo físico y material, integrado por todas las cosas materiales que conforman el medio físico: naturales y artificiales, vivas o inertes. Es preciso insistir en que ambos aspectos deben considerarse analizados a partir de una concepción de una realidad única, total e integrada.
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En consecuencia, toda arquitectura, y toda teoría arquitectónica, deberá sustentarse, simultáneamente, en ambas manifestaciones de la realidad. La arquitectura trabaja para mejorar la realidad. No es posible ignorar que la arquitectura tiene su origen en la necesidad de mejorar las condiciones de vida de los hombres, de proteger sus vidas y sus bienes, de alejar los temores y, en definitiva, procurar mayor felicidad. Para ello, resulta necesario producir alteraciones en el medio natural que actúa como un aliado que contribuye a conseguir tales propósitos y, en consecuencia, debe ser tratado con respeto, cuidado y atención. Perder esa perspectiva supone una auténtica perversión del sentido de lo que la arquitectura es y debe ser.
Sin embargo, lo concluido anteriormente no ha establecido las pautas de un comportamiento único a lo largo de la historia. Si se atiende a los cuatro principios de la moral enunciados por Lichtenberg en sus Aforismos: el filosófico o bien en sí mismo, el religioso o bien por voluntad de Dios, el humano o bien por amor propio y el político o bien por prosperidad social.
Citado por Savater, Fernando. Ética para Amador. Editorial Ariel, S.A. Barcelona, 1991
Las prioridades humanas han sufrido variaciones a lo largo de la historia en función del paradigma político, ideológico y económico imperante en cada momento. Así, en una simplificación excesiva pero clara, en la cultura occidental, pueden considerase, desde la ética, tres etapas básicas: Una primera etapa presidida por la religiosidad medieval, una segunda influida por el humanismo renacentista y, por último, una tercera, iniciada con la Ilustración y la Revolución Francesa en la que cobran protagonismo los problemas sociales, e institucionales en la dialéctica entre Estado y Sociedad Civil.
Ahora, en los comienzos del siglo XXI, parece oportuno echar una mirada atrás sobre los principios constituyentes del proyecto moderno con objeto de estudiar su vigencia y su evolución.
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En primer lugar, es necesario, precisar algunos aspectos relacionados con el concepto de moderno, o de modernidad. Al menos, para aclarar el enfoque que se le da en este estudio.
Al día de hoy, no es posible afirmar que los problemas sociales y económicos que surgieron como consecuencia del progreso industrial y el desarrollo de la economía capitalista, hayan desaparecido. Por el contrario, las injusticias derivadas de un mal reparto de la riqueza son cada vez mayores, aunque en el primer mundo, se hayan reducido las bolsas de pobreza extrema, o se hayan desplazado de unos grupos sociales a otros. Si bien el antiguo proletariado ha visto, en términos generales, notablemente mejoradas sus condiciones de vida, sus carencias parecen haber derivado hacia la población inmigrante. En cuanto a los problemas del tercer mundo, merecen un tratamiento aparte, pues el grado de iniquidad al que está sometido las dos terceras partes de la humanidad supera lo tolerable.
Estas consideraciones anteriores se realizan con la intención de argumentar razonadamente que toda idea de modernidad debe implicar ineludiblemente una preocupación por lo social y lo colectivo. Por otro lado, la modernidad considera irrenunciables el progreso científico y tecnológico, puesto al servicio de los seres humanos.
Fueron varios los arquitectos que pronto empezaron a vislumbrar que la nueva arquitectura debería inscribirse dentro de las pautas establecidas por la nueva sociedad que se estaba configurando. Así Gottfried Semper (1803-1879) enuncia que
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“la arquitectura sólo se puede concebir (a partir) de la armonía con las
condiciones de la sociedad humana” Kruft, Hanno-Walter
Geschichte der Architekturtheorie. C. H. Beck'sche Verlagsbuchhandlung (Oscar Beck) München, 1985
Versión castellana: Historia de la Teoría de la Arquitectura 2, desde el siglo XIX hasta nuestros días. Alianza Editorial, S.A. Madrid, 1990
También Sloan se muestra sensible ante las demandas sociales:
“El arquitecto ha de tener en alta consideración los deseos de la
sociedad”
Kruft, Hanno-Walter
Geschichte der Architekturtheorie. C. H. Beck'sche Verlagsbuchhandlung (Oscar Beck) München, 1985
Versión castellana: Historia de la Teoría de la Arquitectura 2, desde el siglo XIX hasta nuestros días. Alianza Editorial, S.A. Madrid, 1990
La preocupación social de los arquitectos pioneros de la primera mitad del siglo XX es de sobra conocida y sus manifestaciones más destacadas son las investigaciones sobre las nuevas formas de organización urbana, los estudios y realizaciones sobre las tipologías colectivas (culturales, sociales, laborales, etc.) y, sin duda, la preocupación por los problemas de alojamiento, es decir, por la urgente necesidad de garantizar una vivienda digna para todos los seres humanos. Las inquietudes y logros alcanzados durante todo este periodo están ampliamente documentados en los textos de los propios arquitectos así como en las publicaciones de la época, en las conclusiones de los CIAM y, por supuesto, en la propia obra de los arquitectos, principalmente en la Unión Soviética, Holanda, Alemania y Francia.
Hasta tal punto llega la toma de conciencia entre los arquitectos, que Le Corbusier se atreve a proponer, no sin cierto candor, a la arquitectura como solución a los problemas sociales:
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“La sociedad desea violentamente algo que obtendrá o que no obtendrá. Todo reside en eso, todo depende del esfuerzo que se haga y de la atención que se conceda a estos síntomas alarmantes:
Arquitectura o revolución. Se puede evitar la revolución.”
Le Corbusier 1887 – 1965.
Vers une architecture. Versión castellana Hacia una arquitectura. Editorial Poseidón, S.R.L., Buenos Aires, 1964. editorial Poseidón, S.L., Barcelona, 1977.
Todavía en la segunda mitad del siglo XX, Alvar Aalto mantiene el compromiso de la arquitectura con la felicidad de los hombres y como paliativo de la dureza de la sociedad actual.
“Me parece que en la vida hay muchas situaciones organizadas de
modo demasiado brutal; es tarea del arquitecto conferir a la vida una estructura más amable”
Aalto, Alvar 1898 – 1976.
Entre Humanismo y Materialismo. Conferencia en la Asociación de Arquitectos de Viena, 1955. Museo de Arquitectura de Finlandia. Helsinki, 1982
Desde este enfoque, se consideran antimodernas tanto las posturas que ignoran, por activa o por pasiva, los graves problemas sociales, como todos los discursos y actitudes anticientíficas que, bajo el pretexto de las consecuencias espurias a que den lugar algunas aplicaciones de la ciencia, propugnan la irracionalidad, la arbitrariedad y, sobretodo, una percepción frívola del mal.
A lo largo de todo el trabajo se hace continua referencia a la arquitectura y al proyecto moderno, y se elude deliberadamente el concepto de contemporaneidad. Se entiende que hablar de arquitectura o proyecto contemporáneos no tiene más significación que su simple ubicación temporal, sin que apenas contenga más señas de identidad que permitan precisar qué es un proyecto contemporáneo. Así, dentro de la arquitectura contemporánea
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y actual es posible situar concepciones bien diferentes, unas alentadas desde ideas de progreso y otras francamente regresivas; unas dentro de una corriente lógico-científica, y otras inspiradas en intenciones subjetivas, irracionales y artísticas. En definitiva, unas concepciones acordes con su momento y otras anacrónicas.
Azaña consideraba que “lo actual” es solo contemporáneo hoy (obras mediocres, a la moda) por el contrario, lo verdaderamente contemporáneo es siempre moderno (obras de calidad).
Por el contrario, la idea de proyecto moderno es más restrictiva y, como se trata de ver, obedece a unas pautas concretas de acción y de expresión, por estar alentado por un sentido determinado y determinante de la misma idea de modernidad: el rigor científico como actitud que busca la verdad y ética social que persigue la felicidad de la mayoría.
Dicho sentido de modernidad, no constituye, en absoluto, un corsé que provoque el anquilosamiento del proceso o condicione la rigidez del resultado, por el contrario, se convierte, como el aire para la paloma de Kant en el verdadero soporte, no solo de la posibilidad de volar, sino de la auténtica libertad de hacerlo del mejor modo posible.
Emmanuel Kant. Crítica de la Razón Pura
Sin entrar en la clásica dicotomía filosófica entre necesidad-libertad, es preciso, desde un punto de vista más operativo, ligado al proyecto arquitectónico, aclarar dos conceptos sobre los que se insistirá en otros momentos: en primer lugar, las condiciones necesarias de partida, constituyen el pretexto del proyecto que solo limitan aquello que debe ser limitado y posibilitan aquello que debe ser hecho; en segundo lugar, debe advertirse que todo proyecto es autodeterminista. Es decir, en cierta medida, es causa de sí mismo, o dicho de otro modo: en el proceso del proyecto, las decisiones anteriores son causa de las siguientes. Por último, como Spinoza, se piensa
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que sólo es verdaderamente libre quien actúa desde el conocimiento y la
razón:
“...veremos fácilmente qué diferencia hay entre el hombre que se guía por el solo afecto, o sea, por la opinión, y el hombre que se guía por la razón. El primero, en efecto, obra –quiéralo o no- sin saber en absoluto lo que se hace, mientras que el segundo no ejecuta la libertad de nadie, sino sólo la suya, y hace solo las cosas que sabe son primordiales en la vida y que, por esa razón, desea en el más alto grado. Por eso llamo al primero esclavo, y al segundo libre, ...”
Baruch de Spinoza. Ética demostrada según el orden geométrico. Parte IV Proposición LXVI, Escolio. Editora Nacional. Madrid. 1980. Ediciones Orbis, S.A. Barcelona 1984
La idea de modernidad no guarda relación, en este caso, con los conceptos de estilo, actualidad o moda, sino que tiene raíces más profundas que afectan a los procesos del proyecto y a la coherencia con el verdadero sentido o razón de ser de la arquitectura en ese mismo proyecto.
Como ya se ha comentado, lo que se conviene en denominar proyecto moderno constituye la respuesta operativa que la arquitectura adoptó para hacer frente a una realidad nueva. No es necesario volver a insistir en el cúmulo de circunstancias de toda índole que configuraron esa nueva realidad y abocaron al nacimiento de una nueva arquitectura cuyo origen cabe situar a mediados del siglo XVIII, pero aparece realmente, a principios del siglo XX. Sin embargo, todas aquellas circunstancias constituyentes son susceptibles de reducirse, en una simplificación acaso excesiva, en los que pueden considerarse los dos pilares esenciales, ya enunciados, del proyecto moderno:
a) Pilar epistemológico: Basado en el prestigio creciente de la ciencia como
fuente primordial y fiable de conocimiento, hasta el punto de englobar, no solo a las disciplinas denominadas científicas, sino haciendo llegar su influjo, en
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mayor o menor medida, a todas las áreas cognoscitivas (incluidas las más esotéricas y oscurantistas).
También la arquitectura, gracias a la creciente demanda de las exigencias técnicas, queda felizmente unida al mundo tecno-científico, de manera que ve así conjurada, al menos en parte, la estulticia. Lo científico se consagra, también para la arquitectura, como camino para alcanzar la verdad. Queda, sin embargo, una reserva: el progreso tecno-científico ha favorecido el que, desde el punto de vista constructivo, prácticamente todo sea realizable, abriendo la posibilidad de edificar lo aberrante. Aunque, como se ha dicho antes, este efecto indeseado no debe llevar a renegar del progreso.
La búsqueda de la verdad a través de lo científico; entendiendo la ciencia como entelequia en su sentido primordial (del griego 20$0. = actividad constante) constituye uno de los soportes que sustentan la idea de modernidad. En los precedentes ya se hizo referencia al hecho de que la idea de verdad constituye el soporte epistemológico del proyecto moderno. Este principio de verdad se constituye, como se verá más adelante, en uno de los pretextos teóricos y metodológicos.
Nuevamente, resulta preciso hacer una llamada acerca de que una característica del proyecto moderno es que el principio de verdad no sólo no está reñido con la libertad y la necesidad, sino que constituye su soporte. Resultan así de aplicación al proceso del proyecto las palabras del evangelio: “Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres.” Juan 8:32.
b) Pilar ético: Basado en el principio de la mayor felicidad para el mayor
número de personas. El trascendental cambio iniciado con la Ilustración, y que llevará a la creación de una nueva conciencia social que considera al individuo como ciudadano y, por lo tanto, poseedor de derechos inalienables, y a éste integrado en una colectividad, implicó para la arquitectura una transformación sin precedentes. Los arquitectos se vieron obligados a plantearse nuevas cuestiones o principios que, hasta entonces, no habían sido tomados en
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consideración. La arquitectura sufre, sin consecuencias formales, un cambio de sentido ya que tanto el hombre individual, como la sociedad, adquieren un protagonismo que hasta entonces no tenían. La vida del hombre individual y colectivo pasará paulatinamente a ocupar el lugar central de las preocupaciones y será, por lo tanto, para ellos para quienes se concibe construir un mundo nuevo, en el que el ser humano pueda desarrollarse y vivir en plenitud y armonía.
El proyecto moderno tiene así su soporte ético en las necesidades humanas. El concepto de lo necesario tiene diversas formas de manifestarse a través del proyecto moderno: bien como consecuencia de la aplicación de criterios de racionalidad a la forma y a la construcción, derivados de una concepción estructural de la arquitectura; bien mediante interpretaciones funcionalistas y organicistas derivadas del entendimiento del objeto arquitectónico como sistema. Aunque quizás, las mejores obras están impregnadas de ambas formas de entendimiento.
El paisaje de la modernidad esta iluminado pues, tanto por el prestigio del paradigma científico, como por la conciencia ético social que demanda un mundo mejor. A pesar de las grandes decepciones del pasado siglo, no hay motivo para pensar que ninguno de los dos argumentos haya perdido intensidad sino que, por el contrario, si se dejan a un lado posturas cínicas, relativistas y posmodernas, habrá que convenir que mantienen plena vigencia, pues, por un lado, los grandes problemas humanos, por desgracia, no pueden darse por resueltos, sino más bien al revés; por otro, la ciencia parece seguir consolidándose como fuente, por el momento inagotable, de conocimiento y progreso, por más que en tantos aspectos este mediatizada por el comercio y la guerra.
Sobre ambos pilares se fundamenta la modernidad y, en consecuencia, el proyecto moderno deberá estar siempre sustentado por ellos. Desde este punto de vista, puede afirmarse que todos los problemas estilísticos, formales, constructivos, etc. que confieren su identidad al proyecto moderno, son consecuencia y tienen su origen en los dos pilares mencionados, y que inspiran la concepción arquitectónica moderna.
Esto es así, hasta tal punto, que se piensa que es posible establecer como baremo crítico fundamental del proyecto moderno el grado de adecuación a las exigencias de ambos fundamentos. Así, podría colegirse que resulta posible determinar el status de modernidad de todo proyecto, analizando tanto su grado de implicación científica (lógica interna, coherencia estructural y geométrica), como su cumplimiento de los presupuestos ético-sociales (sentido panhumano), imperantes desde el siglo XVIII, que anteponen la dignidad y la felicidad del hombre -de todos los hombres- a cualquier otra instancia.
La aceptación de esta propuesta constituye el punto de arranque, la condición “sine qua non”, que regula el grado de coherencia del presente trabajo, de modo que no resultaría posible ni entendible el desarrollo de este estudio sin la admisión de tal condición de partida. Como dice Bertrand Russell, es preciso comenzar a partir de algunas proposiciones que deben darse por sabidas:
“Dado que una proposición sólo puede ser probada por medio de otras
proposiciones, está claro que no es posible probar todas las proposiciones, pues las pruebas solamente pueden empezar dando algo por supuesto.”
Russell, Bertrand. Ensayos Filosóficos. Alianza Editorial, S.A. Madrid, 1968,...1985.
Este capítulo se encarga de analizar la relación necesaria entre ética y ciencia, en su relación con el proyecto arquitectónico moderno y, al mismo tiempo, de observar los efectos, siempre negativos para la arquitectura, de la quiebra de
los vínculos que deben existir entre fundamento ético y el planteamiento y desarrollo científico del proyecto. Un mal, por lo demás, común a toda actividad intelectual susceptible de ser utilizada desde el poder.