El arte arquitectónico asturiano, cuyas características mágicas estudiába- mos en los capítulos precedentes, tuvo una vigencia corta. Podríamos decir que todos sus monumentos -al menos los conocidos y catalogados hasta ahora- se levantaron entre el segundo cuarto del siglo IX y los primeros años del siglo X. Y es que, con todas sus innovaciones y con todo el cúmulo de mensajes que aportaba, no era en realidad más que una etapa en la evolu- ción de una idea, un módulo más que, con su presencia y su desaparición, aportaría su grano de arena para la experiencia ocultista de los constructores que vendrían después.
El templo de San Salvador de Valdediós, consagrado en el año 893, acusa ya la influencia de otros conocimientos venidos de más allá de las fronteras cristianas. La primitiva experiencia visigoda, tamizada por un pueblo nuevo como era el árabe invasor, había sufrido una evolución a la que no era ajena la sabiduría oriental. Monjes cordobeses emigrados a las Asturias menos de doscientos años después de la conquista musulmana traían consigo una radical evolución de los módulos arquitectónicos visigodos. Sin perder el sentido mágico de constructores que buscaban la realización en piedra de un concepto superior del conocimiento, añadían a su experiencia el saber islá- mico que ya había sido empleado con éxito en los esquemas arquitectónicos de la mezquita califal de Córdoba
El arco de herradura -recordémoslo, la búsqueda de la expresión del pentá- culo- adquiría su sentido exacto y correcto desde el punto de vista de la más pura expresión esotérica. Porque fijémonos en que mientras en las construc- ciones visigodas el pentáculo resultante era una figura invertida, en muchas de las muestras que nos han llegado de los módulos mozárabes aparece ya el arco en el cual es posible inscribir la misma figura con la punta hacia arriba. La importancia esotérica de este hecho es fundamental, puesto que el signi- ficado oculto del pentáculo cambia radicalmente según su posición y, si sim- boliza al hombre pensante en su posición derecha -el Manas sánscrito (4),
4. El Manas sánscrito es el quinto principio de la constitución humana, la facultad de pensar que tiene el hombre, la que le hace aglutinar y combinar los otros cuatro principios de la naturaleza
que fue incluso expresado por Leonardo en sus dibujos-, en posición invertida fue secularmente considerado como signo de magia negra, la goecia, y repre- sentó esquemáticamente al chivo o al toro, según el momento ritual que se atravesaba.
Sin embargo, el efímero arte arquitectónico asturiano, en su módulo ideal del templo esquematizado por lu superposición arca-cruz, había llegado a la misma solución de la forma del pentáculo, a partir de la circunferencia que tiene por centro el límite del ábside central. Con la particularidad de que en aquel módulo estaba inserta también la cruz angulada de 36° que menos de trescientos años después habrían de adoptar los templarios como enseña secreta de los grandes módulos de arquitectura esotérica que transmitirían a los constructores del gótico (5). El corto tiempo de supervivencia que tuvo el
5. Uno de los problemas a cuya solución no se ha llegado de modo unánime y que sigue despertando controversias en los investigadores es precisamente este de la angulación de la cruz templaria. Incluso hay discrepancias respecto a la forma usual de dicha cruz. Mientras que investigadores como Maurice Guinguand (en L'or des templiers, R. Lafont, Paris, 1973) insisten en que esa abertura angular era de 34°, basándose en cálculos astronómicos y en distancias angulares de determinadas constelaciones empleadas como guías náuticas, otros, como J. H. Probst-Biraben (Los misterios de los templarios, Dédalo, Buenos Aires, 1973) se apoyan en la cruz de las Ocho Beatitudes, de 45°, tomando como punto de apoyo el pretendido alfabeto secreto que los templarios ulilizaban en sus transacciones comerciales. Por mi parte, pienso que el problema reside precisamente en el hecho de que los templarios, al contrario que los benedictinos o los caballeros de Malta, no tuvieron una sola angulación en sus cruces. Siendo como eran incansables buscadores del saber ocultista, adaptaron esa angulación según las conveniencias de cada significación que querían representar.
Así, cuando se trató de ajustar los módulos de la construcción, adoptaron la angulación de 36° -como estamos comenzando a comprobar en este capítulo- que es, precisamente, la décima parte del valor angular del círculo y la mitad de los 72 años que tarda el sol en recorrer un grado equinoccial. 36° es, además, el valor de los ángulos del pentáculo regular de los constructores. Además, esta cruz de 36°, inscrita en el módulo arca-cruz, deja la posibilidad de una construcción complementaria, la cruz de Ocho Beatitudes, de 54° centrales y ángulos exteriores de 90°.
En cambio, cuando quisieron marcar angulaciones telúricas, al margen de los módulos de la construcción, los templarios debieron utilizar la cruz de 40°, tal como tuvimos ocasión de estudiar en el capítulo 4. Y 40° es la novena parte del valor angular del círculo -recordemos la importancia cabalística del 9, adoptada en tantos aspectos por los templarios- y punto clave de la numeración
arte asturiano -el intento, diríamos mejor- fue, pues, un paso definitivo que inmediatamente vendría a acumularse a los saberes que traían los construc- tores mozárabes desde la zona musulmana de la península.